El carrusel
El carrusel
Era domingo; Elia y Rosario habían ido a misa.
A tan solo unas cuadras de la vecindad, se encontraba, enclavada en la esquina, la iglesia de Nuestro Señor de la Humildad.
Un pequeñísimo recinto que parecía salido de un cuento de miniaturas.
La ermita marcaba el final del callejón y, a pesar de sus escasos cuatro metros de fondo, delineaba una frontera, ya que detrás de ella se encontraba la avenida Circunvalación.
La iglesia recibía a los trabajadores de la zona bajo el manto de su Cristo.
No cabían más de veinte personas, por lo que doña Dominga les había recomendado que llegaran temprano, y así lo hicieran, porque esa antigua capilla era la preferida de las trabajadoras sexuales y los carteristas, fieles devotos que se encomendaban al Señor de la Humildad, quien les repartía la ilusión de que serían absueltos a base de fe.
Dentro del lugar, el silencio se encapsulaba, convirtiéndolo en un refugio lejos del alboroto cotidiano.
La luz de la calle irrumpía, generando un ambiente de santidad en ese vestigio de la historia.
Mujeres de ojos grandes y sagaces en los burdeles, cambiaban su expresión a una casi angelical aquí.
Hombres con los rasgos marcados de hollín, que pagaban por tener a esas damas, se encontraban, todos rezando, unos al lado de otros.
Pertenecían a un mismo mundo, soñadores del mismo sueño.
Desde su banca de madera, Rosario alcanzó a distinguir dos nucas.
A una, le bajaba en trenza el cabello grueso, rayado con canas, pero aún brillante; la otra, desnuda, estaba habitada solamente por un lunar del lado derecho. Eran Dominga y Chema.
—Solo el arrepentimiento puede abrirnos las puertas del cielo nuevamente; solo la penitencia nos otorga el perdón —concluyó el padre.
Rosario y su madre salieron de esa iglesia, la más chiquita que habían visto nunca, pero, según los vecinos, la más milagrosa.
Como contraste a la mañana de plegarias, caminaron unas cuadras hasta llegar a la Segunda Cerrada de Manzanares.
Habían pasado por ahí varias veces, ya que quedaba muy cerca de la vecindad, pero, en esta ocasión, Elia quiso parar frente al «Carrusel» o «La Pasarela», como le llamaban algunos.
Ahí desfilaban, en círculos y vestidas con minifalda, varias mujeres, desde muchachas quizá más jóvenes que la propia Rosario hasta señoras que, días más tarde, la joven llegaría a encontrarse de la mano de sus hijos en los puestos del mercado.
Elia quería que su hija entendiera lo que pasaba en ese sitio y, así, alejarla de él.
—Date cuenta, hija. Los clientes observan relamiéndose los labios y señalando después de darse un buen «taco de ojo». Hacen su selección. La elegida toma del brazo al hombre y desaparecen detrás de esos cuartos pequeños. Nunca vengas sola aquí, nunca, te lo suplico —le pidió Elia.
Rosario no podía dejar de ver aquellos rostros oaxaqueños, yucatecos, poblanos y tlaxcaltecas.
Mujeres provincianas que, como ella y su madre, se encontraban en la búsqueda de oportunidades.
Estas damas, ilusamente, creían en las promesas de zacateros y padrotes; ponían en riesgo su salud e incluso su vida para dar de comer a su familia.
Salpicadas de mentiras y proyectos, o incluso de supuesto amor, se dejaban llevar en un rapto que solo les dejaba arrepentimiento.
Su madre se encargó de echarle toda una letanía acerca de esas mujeres.
—Quiero prevenirte, porque son muchas las cosas que pasan aquí.
Probablemente, te encontrarás con mujeres que se maquillan con exageración.
Las vas a ver del brazo de un hombre y, al día siguiente, colgadas del hombro de uno distinto.
Su ropa no es como la que usamos tú y yo.
Ellas no se ponen enaguas que les cubren las piernas, ni nuestras blusas bordadas; al contrario, ellas muestran parte de sus pechos para atraer a los hombres.
También le explicó que, inocentes, caían en una ratonera cargada con el queso de la esperanza, esa que creían les haría olvidar la escasez, la privación y la penuria.
—Pero no entiendo, mamá, por qué estarían con uno y luego con otro. Si tienen un novio, no deberían andar con otros hombres, ¿no? Es lo que siempre me has dicho.
—Hija, son mujeres que entregan su cuerpo a cambio de dinero, a cambio de tener para darles de comer a sus niños.
Rosario no pudo ocultar su sorpresa ante lo que escuchaba. «¿Cómo que les pagan? ¿Qué es eso de entregar su cuerpo?».
—Son muchachas que se ven obligadas por la vida a ser prostitutas.
Créeme que es un sacrificio, hija, pero ese oficio es como un trompo que se pone a girar y ya no lo pueden parar nunca.
Si la tripa les ruge a los chamacos, pues se hace lo que sea para darles de comer —le explicó su mamá con un dejo de tristeza y continuó—.
Algunas comienzan vendiendo flores o dulces, otras hacen la limpieza de lugares que nadie quiere limpiar; eso las protege de la prostitución hasta que tienen otro chilpayate del que no saben quién es el padre y, entonces, ya no les alcanza con lo poco que ganan.
»Déjame decirte algo más —prosiguió—; allá en el pueblo, mi mamá nunca me contó lo que le pasa a una mujer cuando empieza a desarrollarse.
No se hablaba de esos temas. Jamás me dijo que un día me iba a salir sangre de entre las piernas.
Imagínate el susto que me metí, creí que me estaba muriendo, que algo se había descompuesto en mis adentros.
Luego, me dio asco y, finalmente, vergüenza.
Me sentía sucia y no sabía cómo mantener mi ropa sin manchas.
Comencé a hacer unos bultitos con retazos de manta de los chincuetes que nos hacía mamá, de esas «faldas de trasero» que usábamos todas las mujeres.
Los lavaba a escondidas, tratando de que ningún hombre me viera.
Por mucho tiempo, creí que era una enfermedad que debía ocultar.
Cuando me enteré de que nos pasaba a todas las mujeres del mundo, que no me había lastimado, que no era nada malo y que es la manera en que el cuerpo se prepara para tener un bebé, ya era demasiado tarde.
Estaba embarazada de ti y no tenía idea de cómo había sucedido.
Fue entonces cuando mi hermana mayor me dijo: «Traes un chamaco en el vientre» .
Si yo solo le había dado la mano al muchacho que me gustaba, el mejor amigo de mi hermano, tu papá.
Él solo me había dado un beso y mi estómago empezó a crecer.
»Tu abuelo no dejaba que entraran hombres a nuestra vivienda, por más amigos de mis hermanos que fueran; decía que nadie iba a venir a burlarse de sus hijas en su propia casa.
Yo, la mera verdad, me había ido a pasear una tarde con él gracias a la alcahueta de una prima, que le dijo a papá que yo iría a su casa.
Yo tenía quince años, él veinte. Ya nunca supe si de verdad él me quería o, si la amenaza de mi padre, si no se portaba como hombre y tomaba responsabilidad de lo que había hecho, lo espantó.
La cosa es que nos juntamos y naciste tú.
Por eso, yo sí te quiero explicar todo lo que mi mamá nunca me dijo, incluso esto de las mujeres que están con hombres por dinero.
Yo no quiero que, porque no sabes cómo funciona tu cuerpo, tomes decisiones equivocadas —terminó diciéndole a Rosario mientras la tomaba de las manos.
En el ambiente bullicioso, en lo masivo de esas calles, la vida de una sola persona, de una mujer marcada para siempre, parecía importar poco en cuanto se quitaba el maquillaje, ese que cubría sus duelos, sus vicios y sus carencias.
Después salían las marcas de las golpizas y de la angustia, del tormento.
¿Acaso la vida de una mujer en condición de calle carecía de valor?
¿Acaso aquellos ojos color avellana remarcados con lápiz oscuro no lloraban, dolientes?
Provocativas y capciosas, parcialmente desnudas, se asomaban desde sus balcones y, recargadas en sus antebrazos, hacían que sus pechos colgaran para llamar la atención de los clientes.
De esa manera, podrían cumplir con la cuota obligatoria que les evitaría una paliza.
El cigarrillo se consumía; el hombre quedaba satisfecho después de hacer con esa carne lo que le viniera en gana.
Se empañaban los ojos almendrados de las mujeres que veían su sombra en la pared despellejada, bailando hacia adelante y hacia atrás al ritmo del deseo de un desconocido.
Como yeguas, las montaban, hundiendo el vaho de su respiración acelerada en sus cabellos.
En ese callejón, todas quedaban convertidas en mercancía y el encuentro con el desconsuelo era cosa de todos los días.
Las escenas fueron muy fuertes para la joven Rosario.
La curiosidad inicial se tornó en miedo.
Salió corriendo de ahí antes de que Elia pudiera detenerla.
Llegó al cuarto y se resguardó bajo el rebozo de su mamá.
Le hicieron falta los besos de su papito, esos que, según recordaba, olían a seguridad, a cobijo, y que extrañaba tanto.
Por épocas, el dolor de su ausencia parecía debilitarse, pero, cuando volvía, lo hacía renovado y fortalecido.
Cuando llegó Elia, su hija reclinó la cabeza sobre su hombro, como si fuera una paloma herida; herida por lo que había visto, más aún por lo que había imaginado que sucedía en aquellos cuartuchos impregnados de miradas lascivas y degradación.
Astillas de dolor en la entrepierna, dignidades que se buscan en la basura, cuerdas que, con cada relación forzada, se van adelgazando en el puente suspendido del deseo, de aferrarse a algo que ofreciera la esperanza de escapar de ese mundo.
¿Y quién es uno para reprobar esas conductas?
¿Quién para dictar juicio sobre esos cuerpos inspeccionados por manos y labios, por toqueteos excitados y miradas de cemento?
Solo queda lamerse la sangre. Cachorros heridos.
Emiten un susurro parecido al lamento humano.
Mujeres sin derecho a sus propios anhelos, a decidir sobre su propia vida.
Repiqueteo de tacones de aguja sobre el piso.
Cansancio de siglos. Incertidumbre que no se agota.
Madres de niños que pierden su infancia en esos locales, a los que se les cierra la puerta para que no vean, para que no escuchen la voz enmudecida de la mujer que, inmediatamente después de ser violentada, entre polvo y polilla, les dará el pecho.
Imágenes de torsos semidesnudos, de carnes apretadas a punto de perecer en manos ajenas, ocupaban la mayor parte del espacio mental de Rosario.
«¿Cómo logran ser fuertes? ¿Cómo tienen esos arrebatos de valor y son capaces de abrirse de piernas ante cualquiera?
», se preguntaba. Sus ojos tropezaron con los de las mujeres del carrusel y la cimbraron.
Los susurros de las centurias de historia de la mujer doliente, la de los ecos silenciados.