Cuando se pierde todo
Cuando se pierde todo
A Yolanda, las culpas, los «hubiera», los reproches le hicieron perder su geografía espiritual y estuvo a punto de extraviar su salud mental.
Devorada por la realidad, no encontraba refugio; solo removía la tristeza.
Por instantes, se sentía frágil, tan frágil como un recién nacido, como uno de sus bebés muertos.
En ocasiones, pensaba como el suicida, que lo que quiere matar es su dolor, y a veces se quedaba ovillada en la cama durante horas, sosteniendo contra su pecho las playeras que llevaban puestas sus hijos el día que los perdió.
Pasaban las semanas y ella permanecía ahí, sin darse cuenta del paso del tiempo ni de la tristeza que también sentía Julián.
En sus labios, quedarían atrapados todos los besos que no les dio, las charlas que sus niños querían tener y que ella no tuvo tiempo de escuchar; en sus brazos, los deliciosos estrujones que, a manera de buenas noches, se daban después de rezar.
Esos serían los mejores instantes de su vida, aunque en ese momento no lo supiera.
En sus manos, se quedaron las caricias y las voces de sus niños, inundándole los oídos.
Ya no había más travesuras, ni regaños, ni sonrisas, ni oraciones al pie de la cama antes de dormir; solo tiempo desperdiciado y unos ojos como jarros oscuros, humedecidos perennemente, que permitían que dos gotas, como café de olla, dejaran su rastro de vez en cuando.
Julián no podía más. Ella no era la única que había perdido a sus hijos, pero Yolanda estaba cegada por el dolor que la carcomía y no la dejaba ver cuánto le dolía a él también ni cuánto la necesitaba.
«Yo también estoy de luto, no tienes la exclusividad», le dijo, haciendo añicos de un golpe el espejo que colgaba al lado de la cama.
La puerta chirrió al cerrarse y él se fue en busca de su propia paz, de poder vivir su duelo.
Ella sintió que se rompía, que se partía en dos entre Julián y el desgarrador desconsuelo del vacío en sus entrañas cóncavas.
Las vecinas, compadeciéndose de la pobre madre, le ofrecieron ayuda y compañía, que Yolanda rechazó por no poder estar con nadie sin llorar, por no querer que la distrajeran y se le borraran las fotografías instantáneas que vivían en su mente.
Solo quería pensar en sus hijos y repasar cada momento con ellos, cada gesto absorbido en su última mirada.
Se haría las mismas preguntas, aun sabiendo que nunca tendrían respuesta.
No había podido escapar de lo que la vida le tenía preparado.
Por más que trató de retraerse de sus más profundos miedos y pesadillas, estos se hicieron realidad.
Ya no quería ser esclava de una vida de la que deseaba huir.
No podía echar atrás el tiempo, no podía deshacer lo que ya estaba hecho.
Soportar la ausencia del tacto, la soledad y la tristeza no era opción para ella.
No le quedaban fuerzas ni para pedirle socorro a Dios.
La atrocidad del dolor le había marchitado el corazón y ahora pensaba en la única escapatoria que le quedaba para mitigar de una vez por todas la pena.
Nada ni nadie sería capaz nunca de devolverle las ganas de vivir. No sin sus chiquitos, no sin ellos.
Quitarse la vida era lo que le quedaba por hacer: acompañar a sus hijos en el viaje eterno y así deshacerse de la opresión en el pecho de una buena vez.
No tenía la intención de estar condenada por quién sabe cuánto tiempo a seguir sufriendo.
La religión prohíbe este acto: la vida es sagrada, la propia y la de los demás; pero ¿qué había de la santidad de la vida de sus niños?
El sacrificio en la tierra la rebasaba y estaba dispuesta a ejercer su libre albedrío.
Con los ojos absortos en un papel a rayas, menos ausente e indiferente que en los días anteriores, tomó una pluma y escribió: «Cuando encuentren este mensaje, ya habré hecho lo que necesito hacer.
Nadie podría haberme convencido de seguir».
Terminó de escribir en la hoja, pero siguió con la tinta de su mente y, con ahogados susurros, sollozaba: «Ya me quiero ir, ya no aguanto más».
En el dolor, no se vislumbró ninguna otra opción.
Muertes prematuras. No hubo tiempo suficiente, ni besos suficientes, ni infancia suficiente.
Ni nuevos caminos, ni palabras, ni miradas, ni promesas, ni presente.
Agonía continua. No hablaba, sus ojos lo hacían por ella: una galaxia de nostalgia contenida. Jamás el silencio fue más elocuente.
Yolanda llevaba ya semanas buscando signos de vida en su cotidianeidad; las calles rebosaban de energía y ella estaba enterrada en aquella existencia que le sobraba.
Prefería la muerte y una reunión en el paraíso.
La idea de que la vida es sagrada se le desvanecía.
La propia y la de los demás. «Fuimos provistos de libre albedrío», se dijo, con él pretendía asesinar los duelos que no se pudieron adormecer.
Y lo intentó. No fue fácil decidir: era un acto brutal; la muerte por mano propia.
Estuvo cerca, muy cerca. Respiración jadeante, sudor frío.
Llegaron por fin la pérdida de conciencia y la debilidad del pulso.
Mirada opaca, extremidades frías, pupilas dilatadas, un último suspiro.
Pero, la vida, en un arrebato dubitativo, volvió a dar hálito a la víctima sin consuelo.
Poco talentosa para el arte del suicidio, continuaría, lacerada por la agonía y por seguir viva.
La magnitud de aquel acto fallido convirtió todo lo demás en lo de menos.
Tomó una mirada prestada, porque, de ser la suya, tendría que volver a retar su mortandad en un acto libre al que miraría con sangre fría y razonamiento más lúcido.
No podría volver a fracasar. Quería ya solo dormir y, en ese dormir, nunca más despertar.
Un acto de cobardía, o de valor en privado, es el de quitarse la vida por decisión.
Pensó en todas las formas posibles. Algunas rápidas, otras silenciosas.
No importaba el cómo, solo necesitaba ya no sentir más dolor.
La sombra de cada suicida es un punzón que deja su marca en la humanidad.
Yolanda no pudo dejar la suya en medio del desencanto de la vida.
Hasta para eso le faltó la suerte. Los ojos de sus niños se le aparecían como luciérnagas en la oscuridad de cada noche.
Les hablaba en voz baja mientras pensaba en la sangre que se fue diluyendo en el agua de los charcos que habían dejado las lluvias de aquel terrible día.
Con las pupilas marchitas, los acariciaba y les cantaba sus canciones favoritas hasta quedarse dormida.
Un día más, uno más sin ellos, sin paz, sin consuelo, sin sentido.
Perdió el tacto, a falta de algo que acariciar.
Anuló las sonrisas por la falta de alegría.
Olvidó cómo rezar a fuerza de no hacerlo.
No había tenido, en ese juego llamado vida, la posibilidad de elección.
No había un destino escogido; la disyuntiva de caminos que se bifurcaban y tener la ocasión de optar, preferir, escoger.
La Providencia, o la mano de Dios, había tomado las riendas y los designios se habían cumplido.
Pronunció Su nombre y se rompió en mil pedazos por tan solo hacerlo.
Decidió ya no alzar sus plegarias hacia Él.
En esa sutil frontera entre la oscuridad eterna, pero llena de la paz ansiada, y la luz de cada día que se ve a tientas porque se prefiere la muerte, Dios había decidido por ella una vez más y la dejó con aquella vida que no quería, que creía no poder soportar.
Ahora, ella elegía. Seleccionaría el único arbitrio que estaba bajo su más pura voluntad: no volver a dirigirse a Él.
No volver a llamarlo, ni invocarlo, ni ensalzarlo, ni articular plegarias, ni admirar su creación.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo». Vagó dentro de ella hasta perderse.
Sus criaturas abrieron los ojos al nacer; su mirada y la de sus niños se encontraron por vez primera.
Yolanda les vio el alma en ese primitivo chispazo, un alma pequeña de la que brotaba todo el amor que sería capaz de sentir.
Luego, sentada frente a las camas vacías, observaba.
La mirada impasible lloraba lágrimas de desconsuelo.
Sus conversaciones nocturnas ondulaban en la oscuridad; balbuceaba unas cuantas palabras que salían de sus labios resecos.
Estaba segura de escuchar sus vocecitas, de ver sus dientes de leche en esas caritas risueñas.
Almas que se transformaron en angelitos y que, como dorados dientes de león, con un cálido soplo, flotaron hacia el cielo.
Los días eran apenas soportables; las noches, una eterna pesadilla.
Ojalá se pudiera tener control sobre los sueños, o soñar por encargo, para evitar el rostro asesino, el estruendo del violento frenazo, las vísceras, la sangre niña enfriándose sobre el asfalto.
Sudoración repentina, palpitaciones sin calma, angustia.
Mil veces se había imaginado el momento.
Mil veces lo había reconstruido, llenándolo de especulaciones.
Y una vez más, un profundo y justificado odio le llenaba las entrañas.
Salía a la calle y veía en cada camión al homicida de sus hijos.
Era mejor quedarse en casa, en ese cuarto que la contenía y en el que podía estar sola.
Ahí, donde ya no desprendió ni una sola hoja del calendario: un papel rectangular con el número dos, la maldición en un solo dígito, el mes de noviembre en letra de molde, el año de 1947 en tinta negra.
Dos pequeños cuerpos envueltos en paños blancos, dos cuerpecitos destrozados en ataúdes pequeños y ella en el suyo, contiguo, pero despierta.
Palabras de un consuelo sin sentido. Sobre la cómoda, un cepillo con cabellos mezclados: rubios oscuros y negros claros.
De aquellas muertes, nunca se haría justicia.
Ya de nada le hubiese servido, porque lo que añoraba ocuparía siempre su mente y no se resignaba.
Sus senos colmados de leche rancia; su vientre, un oasis seco, y su corazón, un órgano desarticulado que no dejaba de supurar.
Ya no hubo intentos de huir. El dolor fue el ladrón de la palabra porque no existen palabras que puedan nombrarlo; aunque las hubiera, aunque alguna englobara esa sensación aguda de pérdida, aunque la dijera, nadie la entendería.
Era un idioma que nadie más conocía, una lengua extranjera.
Y como no había traducción para esa clase de sufrimiento, mejor el mutismo.
Solo las lápidas parecían pronunciar los nombres: Julián y Pablo, mientras Yolanda pasaba la punta de los dedos sobre cada letra martillada en piedra gris.
Mejor el encierro. Mejor respirar lo que le quedaba de ellos.
No volver a verlos. Nunca. El absolutismo en esa corta pero definitiva palabra.
Ella dolorosa. Ella doliente. Ella dolida.
Descartó colgarse con un mecate de la trabe del techo de su cuarto.
¿Qué tal si se desamarraba la cuerda con su peso?
¿Qué tal si no se moría y quedaba tullida y viva?
Pensó en tragarse en dos bocados las pastillas que le había recetado el doctor tras el shock nervioso que le vino el día del entierro, pero no tenía suficientes y lo más probable era que se quedara dormida tres días, pero no moriría.
Necesitaba que le dejara de doler el alma de inmediato.
No soportaría un día más la presión en el pecho; seguir viviendo a la sombra de una maternidad finada.
Buscaba una válvula de escape definitiva.
Se destazaría las muñecas, sí, sí, lo que fuera para reunirse con sus niños en el cielo.
Ni para eso tuvo suerte, para acabar de una vez con el sufrimiento que la estaba volviendo loca.
Vivía con el deseo y la mirada siempre en el pasado pleno de rasgos infantiles.
A las vecinas les dijo: «¿Saben lo que le hace a una perder a los hijos?
Hace que ya nada importe, porque su ausencia en los brazos es para siempre.
Duele que el mundo no se acabe con su partida, pero el tuyo, tu mundo con ellos, sí; entonces importa menos tu propia vida, porque el nunca ya es para siempre y de eso se llenan tus días».
Dominga y Socorro la procuraron, aunque Yolanda tratara de construir una barricada a su alrededor.
No la harían nombrar nunca a quien perdió.
Se inventó un alfabeto mudo, privado y personal para balbucir, a solas, todo lo que quería decirles a sus hijos.
«Nosotras no te vamos a abandonar, Yolanda, pero no te abandones tú tampoco», acabaron por decirle.
En el patio, las golondrinas revoloteaban.
Yolanda las seguía con la mirada. Vuelos, sesgos, nostalgia, preguntas sin respuesta en un reclamo: ¿No se suponía que el Señor era misericordioso?