Un día cualquiera
Un día cualquiera
Yolanda estaba por formar una familia junto a un hombre bueno que la quería de verdad y con quien había logrado, por fin, sortear el misterioso vaivén de la vida.
Cuando comenzaron a hablar de tener hijos, lo primero que le dijo a Julián fue que no quería tenerlos en la clínica donde había perdido a sus dos bebés; tan solo pensarlo le provocaba un pánico difícil de controlar.
Julián averiguó con las vecinas cómo lo habían hecho ellas; casi todas tenían chiquillos que no dejaban de correr por el patio haciendo travesuras.
La recomendación de las que habían dado a luz a niños fuertes y sanos fue que buscara las manos benditas de doña Catalina, la experimentada partera a la que habían acudido y a quien agradecían el bienestar de sus criaturas.
La sacerdotisa de la fertilidad se convertiría en consejera espiritual, médica y amiga.
Hondos surcos de experiencia y sabiduría se le enmarañaban en la frente, donde ensartaba conocimientos nahuas heredados de matronas de su familia durante generaciones.
Su abuela le había dicho que los hijos eran plantas que se desprendían de sus madres para florecer en el mundo y, dado que ellas eran quienes ayudaban a que esas plantas reposaran en esta tierra, su oficio era sagrado.
Catalina era una figura casi fantasmal, de ojos hundidos pero llenos de significados, de cara ancha e imponente, de voz recatada que se disolvía en la oscuridad cuando contactaba con sus ancestros y con Chicomecóatl, la diosa de la fertilidad que guiaba sus manos y sus rituales.
A la hora de ayudar en el nacimiento de una criatura, su voz se volvía autoritaria: «¡Puja, ahora, con fuerza!
Sé valiente, ándale, ¡estás a punto de ser madre! ».
Yolanda tenía las manos recargadas en el cuenco angosto que se le formaba entre la barriga abultada y el pecho cuando sintió los dolores primitivos que anunciaban el parto.
De inmediato, avisaron a doña Catalina. Ella guio a la temerosa parturienta, le secó el sudor con sus manos de sábila y cúrcuma, le dio instrucciones con su vaho de eucalipto y sauce.
Durante las casi once horas que duraron las contracciones, entre pujido y pujido, la tranquilizó, asegurándole que todo iba muy bien.
Mientras tanto, Julián esperaba afuera, liando cigarrillos en andares ansiosos de un lado al otro del pasillo.
Cada vez que se abría la puerta para cambiar toallas y sábanas ensangrentadas o traer agua caliente, Yolanda alcanzaba a verlo, con los ojos bien abiertos, vacilantes, asustadizos, pero, en cuanto la miraba a ella, sonreía, cambiando su expresión preocupada por una de certidumbre.
A Yolanda le daba tranquilidad saber que ahí, muy cerca y al pendiente, estaba él.
Qué alivio sentirse así, apoyada, segura, protegida.
Las bóvedas de la vivienda retumbaban con cada grito adolorido.
«¡Vamos, tú puedes, respira y puja una vez más!
». El bebé salió mientras el aroma de los chiles, reventando al calor del comal de la vecina, lo invadía todo.
«Lo hiciste muy bien», dijo la partera, endulzando la voz.
Yolanda y Julián decidieron tener los hijos que Dios les mandara, pero solo les mandó dos.
Sus partos, con un par de años de diferencia, transcurrieron sin complicaciones.
En ambos alumbramientos, escuchó llorar a sus niños.
Pidió en cada uno lo mismo: ver al bebé; de inmediato, se lo ponía en el regazo, sin pretextos, sin sospechosas esperas.
Catalina, al saber lo que había sufrido Yolanda con las desoladoras pérdidas de sus otras dos criaturas, fue especialmente cuidadosa.
Chamana, ritualista, pero, por encima de todo, madre ella también, así que comprendía que Yolanda quisiera contar con calma cada dedito de las manos y de los pies; que les examinara la forma de las orejas y de la boquita, tratando de reconocer los parecidos; que les acariciara la piel de la espalda y las cejas apenas dibujadas, y, sobre todo, que llorara mucho cuando la nueva madre los colocaba, con incredulidad, en su moisés de paja entretejida.
A Julián siempre lo sobreprotegió más que a Pablo.
Era muy delgado y, por más que le daba tortillas y frijoles, no engordaba.
Andaba detrás de él con el suéter cuando refrescaba un poco, con la cuchara bien llena de aceite de hígado de bacalao y con un té de ajo y eucalipto apenas le veía la nariz escurriendo o le escuchaba una leve tos.
Cuidaba a sus dos hijos como ninguna madre, porque vivía con miedo.
Sentía que una maldición la perseguía. Estaba segura de que le habían hecho una brujería cuando era adolescente; alguna envidiosa, alguien que resentía su belleza o que le achacaba su propia infelicidad.
Quizá fue en el Mercado de Sonora, que quedaba muy cerca de donde vivía.
Alguien podría haber pagado por uno de esos conjuros capaces de enviar enfermedades, de desunir matrimonios, de desatar, bajo pedido, desgracias y calamidades o de hacer pactos con Satanás.
No había santo al cual encomendarse, así que no podía más que pensar que su destino había quedado echado en el tarot de los laberínticos y esotéricos pasillos de aquel lugar.
El mejor de los tiempos antecede siempre al peor y el velo de la tragedia parecía ceñirse. La felicidad era escurridiza. Lo había comprobado ya muchas veces; en cuanto la dicha llegaba a ella, algo la empañaba.
Los días que lo cambian todo empiezan como cualquier otro.
Se levantan con el ruido del tráfico de la mañana, con el volumen de la vida subiendo conforme se eleva la fugaz bruma matinal.
Una noche antes, Yolanda no había pegado el ojo.
Daba vueltas entre las sábanas revolviendo en ellas sus angustias, como si presintiera que algo iba a pasar.
Se había levantado para tomar un poco de agua.
Verificó que sus niños estuvieran bien. Los vio a cada uno en su estrecha cama, hechos ovillo, y los arropó con una cobija tejida a gancho por ella misma, por si tenían frío.
Julián y Pablo salieron hacia la escuela bañados y peinados con goma y raya de lado, como siempre.
El suéter azul marino del uniforme escolar recién lavado y puesto a secar sobre una toalla para que no perdiera su forma; las calcetas bien blanqueadas, los zapatos negros boleados y las agujetas amarradas con doble nudo.
Llevaban, cada uno, su mochila rectangular de cuero duro.
Yolanda les había puesto en el asa unos algodones recubiertos de tela para que no les salieran ampollas en las manos, pues la mochila pesaba mucho y el cuero era áspero.
La de Juliancito tenía tirantes, también de cuero tieso, y, cuando se la colgaba, parecía traer la piedra del Pípila en la espalda.
A Pablo ya se le habían formado callos en la palma de la mano por cargar los útiles, aun con la protección que le había puesto Yolanda.
Julián apuró a los chamacos a que se bebieran un vaso de leche con su Chocomilk.
Tomaron cada uno su lonchera con su buena torta de milanesa y su arroz con leche de postre.
Juliancito quería un poco más de leche, pero se hacía tarde.
Esa fue una mañana a la que Yolanda, durante lo que le quedara de vida, habría querido regresar para cambiar lo sucedido, para desviar al destino.
Pensaba en ese día mientras llenaba ceniceros de por sí ya rebosantes de colillas.
Pensaba en ese día envuelta en un sarape mientras acariciaba a su gato, ovillado, como ella, a la orilla de la cama.
Pensaba en ese día y en la inevitable culpa que la consumía cuando estaba sobria, y que prefería ahogar en la inconsciencia.
Pensaba en sus niños, tomando su última bocanada de aire, mezclada con los gases punzantes de los escapes de los autos.
Yolanda tuvo que encarar el miedo más profundo.
El reloj de pared marcó las tres en punto.
Tres campanadas que en la calle contrastaron con tres chirridos de neumáticos sobre el pavimento húmedo.
Eran las tres en todas partes; eran las tres cuando Juliancito y Pablo terminaron bajo las llantas de un autobús atestado.
Eran las tres cuando el conductor se saltó el semáforo en rojo que colgaba de cables, balanceándose.
Eran las tres y el pitar de cláxones en una escala de agudos desesperados confundía más la escena, llenándola de ruido.
Eran las tres.
Caos en un tumulto que rodeó los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre que corría por una rivera delimitada por las grietas del asfalto. A pesar de los gritos y el tremendo barullo, el universo se silenció tras un gemido profundo que se apagó en el pecho de las criaturas.
Eran las tres.
En los carriles de sentido contrario, los vehículos apenas avanzaban, saciando su curiosidad y su morbo.
El chofer, que manejaba ebrio, sujetó con fuerza el volante, pisó a fondo el acelerador y se dio a la fuga en cuanto vio por el retrovisor a los niños con las tripas de fuera.
Se escuchó cómo derrapaba mientras viraba bruscamente hasta desaparecer en una sacudida que dejó un denso olor a caucho quemado.
«¡Alto, alto, desgraciado!», gritaba la gente ante los enormes neumáticos que rodaban a toda velocidad.
La mochila aún en la espalda tiesa. Lápices de colores rodando lentamente por el pavimento.
La lluvia empapaba aquellas sombras que permanecían inmóviles.
Decenas de zapatos mojados, inmóviles, al darse cuenta de que no había nada que hacer ante la brevedad de la vida.
Eran las tres.
Una vecina, gritando, les avisó de la desgracia.
Yolanda sintió el aire imposible de respirar.
El estómago se le encogió en un vacío helado; se tambaleó por un momento hasta que pudo recuperar el equilibrio, ayudada del brazo de Julián.
Juraba no haber escuchado bien y se daba golpes en el pecho mientras rezaba con ardor, pidiéndole a la Santa Inmaculada que no fuera cierto eso que acababa de escuchar.
Le prometió de todo: ofrendas, ir diario a misa, sacrificios, pero se le acabaron los rezos, las promesas y las alabanzas para pasar a un enojo que la partía en dos furias irrefrenables, una por cada hijo.
Y así, la ira duplicada la hizo salir corriendo.
Sus pies golpeaban el pavimento sin ritmo.
El aire le quemaba los pulmones, pero no se detuvo.
Julián iba tras ella. Empujando gente, llegaron a ellos.
El silencio que siguió se impregnó de rabia.
Los músculos del cuerpo se le tensaron, se metió el puño a la boca y se mordió hasta que, en sus dedos, se marcaron medias lunas de sangre.
De su garganta, salió un lamento animal.
La tez se le puso parda. Pensó por un momento que se moría y lo deseó con todas sus fuerzas mientras le preguntaba al Señor si, de pesares, no había tenido de sobra.
A Julián se le descompuso el semblante. Su cuerpo se desplomó junto a ellos.
Frunció los ojos, los labios y la frente.
Las lágrimas se le agolparon y la sangre le palpitó en los oídos.
Las mandíbulas le temblaron y un grito rompió el mundo en dos.
Llegó el 2 de noviembre. El cementerio olía a tejocotes, calabaza y piloncillo.
Chocolate, mole, gelatinas recién cuajadas, velas y flores de cempasúchil inundaban las lápidas de piedras antiguas, entre las que se colaba el susurro del viento, mezclado con los recuerdos y con la música que los familiares tocaban a sus muertos.
¡Qué día para cavar dos pequeñas tumbas!
En el entierro, lo que podían decirle a Yolanda de sus criaturas era: «Tus niños le hacían falta a la Virgencita y por eso se los llevó; se fueron con los ángeles.
Debes tener fe en Nuestro Señor Jesucristo».
Ella apretaba los dientes con fuerza mientras escuchaba.
Le costaba oír esas excusas, como si hubiera una razón, una justificación válida.
Le sudaban las palmas de las manos, retorcía nerviosa el pañuelo que sostenía y trataba de respirar mientras su corazón se aceleraba.
No estaba segura de poder seguir… seguir viviendo.
Una mujer que había abusado del perfume de flor de naranjo, y a quien no reconoció, se le acercó, susurrando: «Solo Dios sabe cuándo y por qué nos llama a su reino.
No queda más que aceptar su voluntad, sea fuerte».
Yolanda no aguantó más. Se tapó los oídos y se revolcó junto a las fosas de sus hijos.
Quería arrojarse con los niños y guardar en ese pozo oscuro y profundo sus emociones y sus pensamientos; todos ellos tan dolientes, todos ellos muertos.
Julián alcanzó a detenerla por los brazos.
Parecía poseída. Maldijo al Señor y a los santos con una rabia que le salía de un turbio pantano en el alma.
¿Qué derecho tenía la vida de decidir la muerte de sus hijos?
Cuatro niños le habían quitado ya. Parecía que Dios quería probar su fe y el resultado quizá no sería el que Él hubiera deseado.
Después de todo, esa terrible pérdida se la mandaron de arriba, aun con lo buena cristiana que había sido hasta entonces.
—Dios me ha abandonado. Yo haré lo mismo —le dijo a Julián.
Él la miró asombrado: no podía creer lo que estaba escuchando.
—¡Basta, tranquilízate ya! — le respondió al tiempo que, impaciente, la zarandeaba tratando de hacerla reaccionar.
Yolanda siguió vociferando reproches sin respuesta.
Su voz denotaba tanto dolor, tanta tristeza.
Julián no dejaba de llorar al escucharla.
Un enjambre de palabras se agolpó en sus labios.
Quería decirle algo, darle consuelo, pero, enmarañadas como estaban las sílabas en su propio tormento, comenzó a tartamudear.
Cuando vio que su esposa se rodeaba con los brazos y se balanceaba de un lado a otro, la abrazó con fuerza.
A Yolanda se le acabó la voz; a él, también.
El día del entierro de los niños, aquel terrible 2 de noviembre, la cordura de Yolanda pendía de un hilo que se adelgazaba con cada golpe de tierra que caía sobre las cajas que contenían lo que más amaba, con cada segundo mientras las lágrimas le salaban los labios.
Aunque, a veces, el dolor une más a la gente que el amor, ese no fue su caso.