La piel de las azucenas Conociendo a Yolanda
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Conociendo a Yolanda

Conociendo a Yolanda

En la vecindad, reinaba el barullo de niños que jugaban a la rueda de San Miguel y de mujeres haciendo los quehaceres.

Por aquel gran portón de dos hojas, la gente entraba y salía tras la chicharra que los anunciaba y que, finalmente, quedaba en silencio al caer la noche.

El patio central se acallaba después de que la vida transcurriera en él; los lavaderos lograban un descanso de los nudillos que se restregaban en ellos tratando de dar un aspecto renovado a ropas demasiado usadas.

Los estrechos pasillos que conectaban las habitaciones tomaban un respiro en la oscuridad para despertar con pisadas llenas de prisa de quienes salían al amanecer para llegar a tiempo a sus trabajos.

Sí, la penumbra traía silencio, salvo un golpe de tos que lo rompía; o el ritmo ya cansado de una máquina de coser que seguía, a pesar de las largas horas recorridas; o el grito de algún borracho desde la calle, que interrumpía, intempestivamente, el sueño, no tan profundo, de quien caía rendido sobre el chillar de los resortes de un catre.

La calma en ese lugar duraba poco, pero la sombra de los arcos que llegaban hasta el zaguán daba cobijo a espacios clandestinos, ocupados por coqueteos jóvenes o por los restos de conversaciones que flotaban en el aire.

Escobetas, jergas y hasta piedra pómez amanecen sin cansancio para iniciar las labores esperadas.

Una telaraña de mecates forma un entramado que viaja de un extremo al otro del añejo edificio; hacia el mediodía, estos recibirán sábanas ondeando al sol para quedar níveas, ropa interior que descaradamente exhibe encajes, pequeños moños en lugares sugerentes y hasta brasieres rojos que echan a volar la imaginación de los caballeros, quienes tratan de adivinar a qué vecina pertenecen las prendas según el tamaño de la copa.

Ropas que se van marchitando con cada lavada, toallas raídas por el uso, vestidos y pantalones tallados a conciencia para sacar cualquier mancha, salvo la de la pobreza.

Todo cuelga de aquel tendedero al que le hacen falta las ropas infantiles de Juliancito y Pablo, los hijos de Yolanda, y de otros, de los viejos que parecen haber existido hace cien años.

Elia se encontró a Yolanda en el patio al regresar de una larga jornada en la tienda de cirios y velas.

A Yolanda, le quedaban huellas de una belleza que alguna vez hizo voltear a varios y meterse en pleitos a muchos otros.

Se pintaba un lunar junto al labio inferior; todo el mundo sabía que era falso porque nunca le quedaba exactamente a la misma altura, Elia lo sabía también.

Lo que ignoraba hasta entonces era que Yolanda había llegado a este mundo partiendo plaza; aunque, aun con su especial belleza, la faena de la vida le había lanzado cornadas brutales, heridas de muerte de las que no se resucita.

«Nunca tiene una buena palabra que decir. De todo se queja», le comentaron algunos vecinos a Elia; sin embargo, le había dado el pésame por la muerte de su primo Pedro tan pronto se conocieron.

Elia entendería esa tarde que Yolanda eligió hablar de otros para no hablar de lo que le dolía.

Que en sus quejas escudaba su profunda tristeza.

Aprendió que las lágrimas desaparecían al surgirle el temple y que sentir el hervor de la sangre en las venas evitaba su desmorone ante el desprecio que le tenía a la vida.

Sus maneras bruscas eran un caparazón que había ido entretejiendo con los distintos hilos de sus decepciones y sus miedos, justificados, pues todas sus pesadillas se habían hecho realidad.

Hacía años que no permitía la entrada a su cuarto, pero, para sorpresa de los demás, invitó a Elia a tomar un café y un pan dulce.

Ella aceptó de inmediato. Lo que más añoraba era tener una amiga en esa reciente migración tras la que lo había dejado todo.

Lo primero que llamó su atención fueron los retratos de dos niños a quienes no conocía.

Sobre la pequeña cómoda, que la hacía de altar, Yolanda mantenía siempre flores frescas y veladoras encendidas, juguetes de madera y hojalata que acompañaban a Julián, de ocho años, y a Pablo, de seis; los hijos que habían sobrevivido de los cuatro que parió.

Los otros dos, una niña y un niño, murieron poco después de nacer.

Del niño, le dijeron que fue por complicaciones respiratorias; ella lo interpretó como que quizá la criatura prefirió ni siquiera probar suerte en este mundo lleno de penas.

Pensar así la consoló un poco. De la niña, nunca le dijeron bien a bien qué pasó, nunca se la pusieron en el regazo.

Alcanzó solamente a verle fruncir los labios en un puchero y luego la escuchó rasguñar el aire con su primer llanto.

Después: silencio. En la clínica de gobierno donde dio a luz, ni siquiera le permitieron ver a la criatura antes de entregarla a la morgue.

Bajo los restos del efecto de la anestesia, tras aquella cesárea inesperada, Yolanda empezó a desconfiar de los médicos.

Su embarazo había sido normal. Los nueve meses de gestación habían transcurrido bajo cuidados extremos y con una buena alimentación, dado que ya había perdido al primer bebé.

Había llegado a término; su presión era regular y se internó en cuanto los dolores se hicieron frecuentes.

Todo marchaba a la perfección, entonces, ¿por qué le dijeron que había tenido un sangrado en el segundo trimestre de gestación?

Ella se habría dado cuenta, por supuesto.

Que si el feto era muy pequeño para la edad gestacional, que si la ausencia de suficiente control prenatal, que si esto, que si aquello.

Yolanda se puso como una loca cuando le anunciaron que su bebita había fallecido.

Se convirtió en un animal feroz, salvaje, y así también su intuición.

Presentía que su niña seguía viva y que, por alguna razón, le hacían creer que la había perdido.

Comenzó a chillar, a aullar, a gruñir y a desgañitarse, pidiendo a Fernando, su esposo, que buscara a su chiquita y que no permitiera que se la quitaran.

«¡Van a venderla, desgraciados malnacidos!

», les gritaba a las enfermeras y los médicos que trataban en vano de tranquilizarla.

Le rogó a su marido, le suplicó, que la encontrara antes de que la desaparecieran de la clínica, que cada minuto era crucial.

Ella había escuchado en un programa de radio que el tráfico de bebés era un lucrativo negocio que iba creciendo gracias a una red de agentes, médicos y funcionarios corruptos del registro civil, que falsificaban el certificado de defunción y expedían el de nacimiento con los nombres de los padres compradores.

Yolanda había quedado impresionada con eso que había escuchado en la xew , estaba segura de que era justo lo que estaba sucediendo con su niña.

Exigió que la llevaran al cunero, a lo que las enfermeras respondieron que, si no se calmaba, le administrarían un tranquilizante.

En cuanto las dos mujeres de cofia salieron de la habitación que Yolanda compartía con otras tres recién paridas, se bajó de la cama y caminó encorvada, deteniendo la herida de la cesárea de apenas hace unas horas.

Se recargó en la pared para tomar un respiro, sentía que todos los órganos se le habían movido de lugar, que el estómago lo tenía en el costado y que los pulmones no alcanzaban a llenarse de aire; si inspiraba profundamente, una tos húmeda le hacía temer que, de un momento a otro, el esfuerzo le descosiera el vientre.

Le contó a Elia, con lujo de detalles, que un vacío le rasgaba las entrañas y la hacía desear la muerte, pero que no tuvo tanta suerte.

Unos días más tarde, la dieron de alta. Drogada por los medicamentos para controlar el dolor de la cesárea, más los fármacos que le habían administrado por vía intravenosa durante varios días para mantenerla tranquila, no recordaba cómo habían transcurrido las horas, solamente que pasaban indistinguibles entre plegarias, súplicas y suspiros desesperados.

Extrañaba a su niña. Los pechos henchidos de una leche que se arranciaba se la recordaban: debía estar amamantando a su hija, acunándola, besándola; en cambio, se sentía mutilada y, cada entuerto, era una punzada que le dolía más en el alma que en la carne.

Elia la escuchaba sin poder respirar, dejando correr lágrimas de empatía en un mutismo absoluto.

¿Qué podía decir ante tales revelaciones?

Prefirió la prudencia del silencio y seguir oyendo, con el corazón desarticulado, la resaca de emociones que desde hacía años ahogaba a Yolanda, quien decidió rendirse a la tristeza y relatar por primera vez la pena de la pérdida.

En ese entonces, la joven madre sin hijos vivía con los ojos anegados de lágrimas.

No le interesaba comer, mucho menos hacer de comer, ni limpiar ni atender a su marido, que se fue cansando tanto de los silencios como de los lamentos, de la mirada sin rumbo.

La vastedad del dolor interpuso un abismo entre Fernando y Yolanda hasta que el cansancio lo llevó a dejarla, argumentando: «¡Esta yegua no sirve para nada y menos para dar potrillos!

». Estas palabras no solo la hirieron, la colocaron en un lugar en el que nunca había estado: un cuerpo reducido a su capacidad de parir.

En cuanto repitió a Elia las palabras que su esposo le había dicho, el momento resonó en su mente, como el portazo que puso fin a su matrimonio.

La belleza de Yolanda, su piel desierta y las cicatrices de lo vivido, cuidadosamente maquilladas, sedujeron a un muchacho bienintencionado que la miraba en contemplación cada vez que ella salía hacia la iglesia.

Al principio, se enojó con Dios. Le preguntaba por qué no le permitía ser madre, pero, poco a poco, encontró en aquel lugar de oración la tranquilidad que su alma tanto añoraba; aunque nunca recibió una respuesta a su incansable interrogante.

Había perdido muchos kilos tratando de recuperarse del extravío, pero, aun con la delgadez, su fragancia y su belleza seguían cautivando.

Inclusive la tristeza en esa mirada, que en otros tiempos destellaba picardía y que ahora no expresaba nada, a Julián le parecía rotunda, clara, insinuante.

Después de varios meses de cortejo, Yolanda le permitió un beso, amparado por las sombras de los árboles de la Alameda.

Se juntó con Julián, hicieron pareja y se mudaron a un cuarto de la vecindad de Manzanares.

—Parecía que, finalmente, me volvía a encontrar con la felicidad —comentó Yolanda mientras miraba a Elia—.

Julián estaba muy enamorado de mí y me trataba bien.

Yo lo quería o me aferraba a él para darme otra oportunidad —siguió con la voz entrecortada—.

Era momento de entenderme con la suerte, con la vida, de sacarme de la cabeza todos esos pensamientos que durante tanto tiempo me habían atormentado y dejarlos atrás —finalizó.

«Qué fuerza la de Yolanda», pensó Elia mientras la escuchaba.

Poder ver a futuro y recuperarse de la ira.

Luchar por mantenerse en pie y caminar por el sendero nuevo que le ofrecía la mano de Julián, la única persona que logró desempañarle la mirada después de haber perdido a sus dos bebés.

Elia admiró a la mujer que tenía enfrente.