La piel de las azucenas Intimidada
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Intimidada

Intimidada

Rosario despertó temprano, se vistió y se comió con rapidez un tamal para llegar a tiempo a ese primer día de clases que la tenía aterrada.

Su madre le dio la bendición; luego, bajó las escaleras de la vecindad y cruzó el patio, ya con el miedo supurándole por los poros.

Salió a la calle. Dio rodeos por caminos que no la llevaban a su destino, necesitaba tiempo.

Después de unos minutos y un poco más tranquila, habiendo respirado hondo, como le dijo Elia, caminó hacia la puerta de la escuela.

La atropellaron decenas de mochilas acompañadas de parloteos.

Con el corazón latiéndole a toda velocidad, se dirigió al salón de clases.

Sudaba sin control, a pesar de que la mañana era fría.

Se refugió en la última banca de la última fila del último salón.

Ahí, casi empotrada en el ángulo que formaba la esquina, recuperó el aliento.

El turno matutino era solo para señoritas y el vespertino, mixto.

Eso le dio seguridad. Su mamita debió haber escogido el diurno para que no se regresara sola cuando oscureciera, pensó.

La chicharra sonó a las ocho en punto y un avispero de jovencitas entró al salón junto con la maestra.

El zumbido se apagó en cuanto la profesora dio los buenos días y comenzó a nombrar a las alumnas de la lista.

Rosario intentó pasar inadvertida hasta que se pronunció su nombre: «Señorita Flores Saucedo», y toda la clase se volteó para verla.

—Presente — contestó con voz débil, sin poder huir de las miradas intrusas.

Con una dulzura inesperada, la maestra le dio la bienvenida.

No sabía entonces que se aferraría a ella como un náufrago que se afianza a su salvavidas.

Comenzó a observar al alrededor y notó que dos de sus compañeras tenían el vientre abultado; le pareció extraño: se veían como embarazadas, pero no pensó que lo estuvieran.

Más tarde se enteró de que la escuela tenía un programa para jóvenes que quedaban en cinta; las apoyaban con algo de dinero y les permitían permanecer en las instalaciones si no tenían a dónde ir.

La clase comenzó con la explicación de por qué la escuela llevaba el nombre de Adriana García Corral. Había sido una maestra sobresaliente y la directora de la primera escuela para señoritas en 1929. Después, cuando se fundó la escuela número 11 en 1935, ella fue su directora.

Pasaron tres horas de la sesión hasta que tocó la campana para salir al recreo.

Rosario se sintió vulnerable al llegar al patio.

Había compañeras muy atractivas, delgadas y de cabello castaño.

Desde su punto de vista, ella era poco agraciada; no le gustaba el tamaño de sus senos, que se habían desarrollado y se desbordaban por el pequeño sujetador, ni el de sus caderas prominentes, ni sus muslos torneados, ni su cintura que se había estrechado.

Su nariz chata, sus ojos redondos y su boca delgada le disgustaban aún más.

Su cuerpo había cambiado con la pubertad, con la aparición de vello en las axilas y entre las piernas, con nuevos pechos y una piel que se llenaba de granos en cuanto comía grasa.

Su mente veía en aquellos cambios, ya acomodados desde hacía unos meses, una niebla que ocultaba su niñez; esa que recordaba ovillada junto a su papá mientras él le contaba un cuento.

Su memoria registró esos instantes como una sombra moteada que iba desapareciendo, mientras surgían los contornos de su cuerpo adulto.

Se sentó lo más lejos que pudo para comerse su torta, acompañada de un Jarrito de piña que compró de camino.

A unos metros, las compañeras se examinaban el cutis en un espejo, se trenzaban las cascadas de cabello unas a otras y le lanzaban alguna mirada indiferente.

Por su comportamiento, se veía que ya llevaban tiempo en la escuela, pues se movían a sus anchas.

Rosario, con las manos en el regazo, se sentía ajena.

Alcanzó a escuchar que una de ellas contaba que, anteriormente, la escuela pertenecía a un convento de monjas y que a una joven, llamada Beatriz, su padre la había encerrado ahí porque se enteró de que estaba enamorada de un muchacho, a lo cual él se oponía.

Dieron instrucciones de que no podía recibir visitas y, mucho menos, abandonar aquel lugar que para ella era una cárcel.

—Dicen que, un día, Beatriz puso una cuerda en el barandal del último piso y se ahorcó. Al caer la tarde, aparece cerca de las escaleras, tratando de ver si su amado está por ahí, buscándola.

A Rosario se le heló la sangre y contuvo el aliento. Escuchar esa historia añadió capas de herrumbre al lugar y a sus dudas sobre estar ahí con sus miedos e inseguridades.

Sus compañeras notaron la cara de susto que tenía y se acercaron. Una de ellas se presentó:

—Hola, soy Ramona.

La otra, con una risa sarcástica, le dijo:

—Ay, ¿a poco te espantaste?

Siguió un silencio incómodo mientras Ramona y las demás la miraban con ojos expectantes.

La chica que se burló de ella no le dijo su nombre, pero, desde ese día, se dedicó a hacerla sentir incómoda.

Le irritaban sus gestos, su forma de mirarla y de referirse a ella con otras compañeras como «la sacatona».

La había etiquetado y, cada vez que entraba al aula, sentía los ojos punzantes de sus compañeras.

Con el tiempo, Rosario se dio cuenta de que era una deslenguada y, fuera cierto o no, hablaba de la intimidad de los demás.

Decía palabras que a Rosario le parecían demasiado crudas y, casi siempre, tenía los ojos inyectados de malicia y de estimulantes.

Rosario trataba de mantenerse lo más alejada posible, de no cruzar ni camino ni palabra con aquella que, después supo, se llamaba Juana y que caminaba sacando el pecho como gallo de pelea.

Su aire de superioridad la intimidaba. Tenía siempre algún dedo entre los dientes, jalándose un padrastro que le dejaba una gota de sangre en los labios.

Rosario tenía suficiente suspicacia para saber que debía desconfiar de alguien como Juana.

La verdad es que le tenía miedo. Esperaba nunca encontrársela en algún callejón enclavado en lo más convulso del barrio, porque, seguramente, ella también vivía en La Merced.

Pese a su inexperiencia en la ciudad, discernía cuándo convenía hacerse la tonta y dejar que Juana sintiera que ganaba todas las partidas.

A Rosario, le parecía atrevida: usaba faldas cortas y fumaba a escondidas.

Lo sabía porque en una ocasión se le cayó en el baño uno de esos cigarros ovalados.

Escuchó en la radio que se llamaban Delicados.

Juana solía mostrar su ropa interior cada que descruzaba las piernas y eso que estaba entre puras mujeres.

Rosario no podía imaginar lo que quizá hacía frente a los hombres.

Sentía demasiada incomodidad al verla: representaba un mundo que no entendía.

Además, estaba segura de que, si su mamá la conociera, diría que se iba a ir derechito al infierno.

Cuando Rosario y Juana se encontraban, ni siquiera el saludo intercambiaban.

Rosario prefería evitar sus palabras hirientes y su humor lleno de sarcasmo, aunque eso significara renunciar a la posibilidad de tener amigas.

Ramona la saludaba de vez en cuando, pero empezó a sospechar que quizá Juana, como la lideresa que era, les había prohibido a sus compañeras llevarse con la recién llegada.

La criticaba en voz alta para que la oyera.

Aunque Rosario se empeñaba en evitarla, en ocasiones, era imposible y sus comentarios le calaban; sin embargo, prefería concentrase en sacar buenas calificaciones, algo que, seguramente, también le molestaba a Juana.

Su única aliada era la maestra y, a veces, Ramona, cuando se dignaba a hablarle a espaldas de su «adalid».

Rosario, sin hacer caso de las miradas reprobatorias de Juana, se acercaba a la maestra porque, además de su madre, era la persona que confiaba en ella y estaba convencida de que lograría hacer algo valioso con su vida.

En su voz encontraba amparo, una luz tenue en medio de la oscuridad en la que se sentía confinada.

Más allá de su madre y de su amigo Chema, había por fin alguien dispuesto a escucharla y a recordarle que podía aspirar a ser mejor.