La piel de las azucenas Brava como el Jaibo
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Brava como el Jaibo

Brava como el Jaibo

—¿Y por qué el perro se llama Jaibo? —le preguntó Rosario a Chema cuando se lo topó en el patio; quería un pretexto para entablar conversación con su nuevo amigo. Él sonrió con simpatía al ver a Rosario.

—Pues es que aquí, entre los vecinos, Los olvidados es la película más popular.

Esa del chamaco al que le llaman el Jaibo, que se escapa de una correccional y dice: «Yo quisiera portarme bien, pero no sé cómo».

Por eso le pusimos así al perro. Dicen que cuando se estrenó la película, bien poquitas personas la vieron y que, en el Cine México, el público hizo desastre y medio. ¿Te imaginas?

En la expresión de la joven, Chema pudo notar que no sabía de qué le hablaba.

—Los vecinos hablan de cuando el señor ese que hizo la película se ganó no sé qué premio en un quesque festival, pero ¿de qué le sirvió? A muchos no les gustó que dijera que los pobres somos pobres, pero pues de que somos, somos. Nomás que nadie lo quiere ver.

Rosario guardó silencio, no sabía de lo que Chema estaba hablando, pero intuía que la pobreza no era una piel con la que se nacía, sino una sombra que podía pegarse al cuerpo cuando el mundo cerraba sus puertas.

—Creo que a todos les gusta un chorro porque todo sucede en un barrio, uno como este; es más, yo la vi hace poco en un cine de piojito, uno de esos que pasan películas viejas —continuó Chema.

Ahora sí, la boca abierta de Rosario la delató.

—¡Ay, chirrión! No me digas que nunca has ido al cine.

Yo no tengo para ir a una de esas salas elegantes, pero, cuando quieras, te llevo a uno de por acá.

La verdad, a mí me pone bien triste esa película porque el Jaibo mata a otro muchacho que se supone fue el que lo acusó, el que fue con el chisme.

Hay un niño, Ojitos, que lo abandonó su papá; no sabes qué triste.

Y luego está Pedro, que su mamá no lo quiere.

Cuando escucho que los vecinos hablan del Jaibo, no los entiendo.

Unos lo requeteodian, pero la mayoría de las mujeres lo defienden y le tienen piedad a pesar de todas las barbaridades que hace.

Les da lástima cuando está frente a un puesto de comida y le rechinan las tripas de hambre, pero, pues, ni un quinto trae en los bolsillos agujereados.

Luego, se ponen a discutir: que si las circunstancias lo acercaron a la delincuencia; que si el mundo de la miseria tiene la culpa; que si es una condena de su propia vida que tiene que cumplir. Total, es un drama cada que la ven.

»Luego, los señores ahí están de mirones porque la que sale de la mamá de Pedro está bien buena.

Hay una escena en la que se está chorreando la leche de sus cabras en las piernas y, vieras, no le quitan los ojos de encima; ella dice: «No hay nada mejor para poner suave la piel», ¿tú crees?

Ya para rematar, al Pedro lo matan y lo echan en un basurero.

Vieras cómo se les llenan de lágrimas los ojos cuando, entre los escombros, se ve el cuerpo del chamaco, como si no se oyeran noticias de esas aquí en el barrio a cada rato.

Bueno, la cosa es que, cuando mi mamá encontró al perro, estaba herido y se lamía la pata; alternaba entre lamer el agua estancada de una zanja y lamerse la pata.

Se notaba que lo habían maltratado por las cicatrices que se le veían a leguas cuando lo trajo a la vecindad.

El pobre venía bien flaco, débil y sarnoso.

Yo me imagino que se peleó con otro perro o con una jauría por la herida en la pata y la sangre en la cola, a la que le faltaba un cacho.

Le han de haber arrancado el pedazo de un mordisco.

Nunca lo llevamos al veterinario, pues con qué lana, ¿verdad?

Pero nos hemos hecho cargo de él y a mi mamá es a la única a la que no le enseña los colmillos.

Mira, con que no hagas movimientos bruscos si pasas junto a él y no lo mires fijamente, porque ahí sí se te viene encima.

Tampoco te acerques a la cama que le hicimos porque, ¡ah!

, cómo defiende su territorio: te ataca y, de una mordida, te arranca un cachete.

—No te preocupes, Chema —respondió Rosario—, me da tanto miedo que no me le acercaría ni aunque me pagaran.

Nomás de verle los colmillos y la mandíbula, tiemblo.

Además, la verdad, está bien feo. Yo creo que está traumado: siempre bronco y arisco, siempre a la defensiva.

Le debe haber dado sus buenos palos quien lo abandonó en la calle; pero, pues, ahora por estar todo el tiempo amarrado, capaz que lo sueltan y su energía va a ser incontrolable.

Para mí que es un coyote, un carnicero que a la menor provocación quiere poner a trabajar su asqueroso hocico.

Me estoy dando cuenta de que voy a tener que ser como el Jaibo: hosca y brava, capaz de defender mi territorio y hacerme de raza salvaje para poder sobrevivir en esta ciudad.

—Mira, Rosario, la vecindad y el barrio pueden ofrecerte mucho con la condición de que tú también estés dispuesta a dar mucho.

Te viniste a vivir a una ciudad enorme, en todo, en lo bueno y en lo malo; quizá ahí también está parte de su atractivo.

Hay muchas oportunidades para quien quiere trabajar, pero también hay gente que hace lo que sea para sobrevivir en las calles.

Con esas personas que se aprovechan de los demás, hay que tener cuidado: los engaños son sus armas.

Aquí reina la ley del más fuerte. Tienes que ponerte abusada, ser observadora y, entre más mires, más descubrirás en esta vida de barrio: cuando la gente tiene hambre, sale lo peor de ella.

Digamos que es una personalidad retedifícil la de La Merced, solo hay que agarrarle el modo y ya.

Todos aquí buscamos una mejor vida, un ingreso seguro; somos buscadores con fiebre, con ganas.

La situación es complicada, pero le rascamos de donde podemos.

Cualquier chamba es buena, cualquiera es una oportunidad de juntar unos centavos.

Tú y tu mamá son buscadoras, de otro modo, seguirían allá en tu pueblo, conformándose con lo que tenían.

Chema parecía saber más de la vida de Rosario que ella misma o, al menos, sabía expresarlo mejor que ella.

—En eso sí tienes razón, pero también tengo miedo; está bien grande esta ciudad y yo no sé si me voy a hallar.