Más vale andarse con cuidado
Más vale andarse con cuidado
Poco a poco, aquel húmedo cuarto de piso amarillento fue tomando carácter.
Un hule floreado sobre la mesa, fotografías del padre de Rosario sujetas al marco de un espejo, con el que cubrieron el manchón de humedad que se extendía por el muro.
Junto a la ventana, macetas de barro con sábila y otras plantas medicinales ocupaban la repisa a la que le daba la luz directa.
Elia se pasó días tejiendo a ganchillo un cubrecama formado por cuadritos morados y rosas que, al final, unió con estambre gris.
La cruz de madera que viajó con ellas desde Lerdo de Tejada coronaba el catre y las hacía sentirse protegidas.
Bajo el resplandor que se filtraba por aquella ventana, tan desnuda como el propio Cristo, brillaban las espinas de su aureola y la sangre que le goteaba por la frente y las sienes.
Todas las noches se persignaban e hincadas decían una plegaria.
Rosario se había ido acostumbrando a las aceras estrechas y al intrincado laberinto de callejones; unos sin salida y otros con caminos que llevaban a muchas partes.
Decidió ir a hacer unas compras. Era temprano y la mayoría de los vecinos que se despertaban entre las cuatro y media y las cinco de la mañana ya habían salido a sus trabajos.
Un par de mujeres cuchicheaba en la azotea y sus voces se mezclaban con el romanticismo de Agustín Lara que alguien había dejado en una radio encendida.
Rosario iba canturreando, como siempre; ahora era la de Piporro, esa del Taconazo.
Estaba feliz con lo que había comprado y se lo quería enseñar a su mamá.
Se disponía a subir . Notó el cemento roto del primer escalón; hasta ahí puso atención, luego se distrajo viendo las ortigas que brotaban entre las losas de la pared y siguió cantando: «…
porque con el zangoloteo ella va a sentir muy fello si se le va un balazo… ». Una mano fuerte la tomó del codo.
—Qué bien cantas. A ver cuándo me entonas una. Creo que no nos han presentado. Soy Justino, el papá del Chema; los he visto jugueteando por ahí y pues ya es hora de que yo también te dé la bienvenida. Te invito a tomar un café con leche.
—No, gracias, señor, tengo mucho que hacer —respondió Rosario, notando una profunda cicatriz de varicela en el centro de su frente.
—No te me pongas difícil. Yo que quiero ser un buen vecino y tú bien rejega.
Su mano dejó sobre el brazo de Rosario un desagradable olor a nicotina.
Ella pudo ver su miembro erecto a través del pantalón.
La piel se le erizó cuando el Jaibo soltó un ladrido furioso.
Justino desató al perro. Rosario creyó que lo usaría para asustarla aún más, pero, por fortuna, se dirigió al portón para sacarlo a dar una vuelta y hacer sus necesidades, no sin antes rozar el hombro de la jovencita diciendo:
—Bueno, ya será para la otra, mi chula. Nos vemos.
Su sonrisa obscena la turbó; aceleró el paso hacia su cuarto, donde, tan pronto cerró la puerta, echó el cerrojo.
No le gustaron ni sus miradas lujuriosas ni sus dientes amarillentos que asomaban de sus labios gruesos mientras mordisqueaba un palillo cerca de las comisuras.
Le dio miedo hasta su tono de voz. Le tomó un momento tranquilizar su respiración acelerada.
Se llevó las manos al pecho como para detener los latidos de su corazón.
«¡Ay, Virgen Santa! Qué susto», pensó. A sus trece años, era la primera vez que alguien le hablaba y la veía así.
Elia estaba estirando las sábanas de la cama, por lo que no se percató de lo que le sucedía. Rosario trató de recomponerse cuanto antes, mientras su mamá le preguntaba si había encontrado todo lo que le había encargado. Sus párpados aleteaban, tratando de no dejar escapar las lágrimas agolpadas.
—No todo —respondió jadeante. Su mamá creyó que era por la prisa con que trepó por las escaleras.
—Te tengo una sorpresa —anunció—. ¡Ya tengo chamba!
—Qué bien, mamita, ¿en dónde?
—En la tienda de velas y cirios La Soledad, aquí en La Merced; una de las vecinas me recomendó.
De hecho, comienzo mañana. Fíjate que fui a conocer a la dueña y me contó que llevan ya cuatro generaciones con ese negocio, que lo comenzó el señor Victoriano Aceves, un español que, al llegar a México, se asentó en Arandas, Jalisco, y que encontró en las velas de inmersión la oportunidad de hacerse de un porvenir.
Me platicó también que decidió venirse a la capital, que puso un local de abarrotes en la calle de Cafetal 740 y que, en la trastienda, hacían las candelas de baño.
Está rebonita la tienda y está a solo un par de cuadras, aquí en la esquina del segundo callejón de Manzanares y Roldán.
—¡Esa sí que es una buena noticia! —exclamó Rosario mientras abrazaba a su madre.
—¡Ay! Estoy bien emocionada, hija, porque ya vamos a tener una entrada segura y tú vas a poder ir a la escuela. Quiero que seas la primera mujer de la familia que termine la secundaria, quizá hasta llegues a la prepa —continuó Elia.
Le contó que en la tienda se venden velas funerarias, las de comunión, el cirio pascual para Semana Santa y la de la ceremonia del Fuego Nuevo.
Así, Rosario tuvo oportunidad de recuperar el aire y hacer como si no hubiera pasado nada.
Se secó el sudor de las manos en la falda; su mamá seguía hablando y a la joven le latía el corazón como un tambor de solo recordar a ese viejo libidinoso, aunque ante ella parecía muy tranquila.
—También me dio tiempo de ver lo de tu escuela.
—¿Lo de mi escuela?
—Claro, hija, ese era el plan desde que pensamos en venirnos para acá y lo vamos a cumplir. Vas a seguir estudiando, vas a tener más opciones.
—Si yo estoy muy orgullosa de usted, mamita, y no importa que no haya estudiado. Siempre ha sido reteluchona, llena de fuerza y dispuesta a hacer lo que sea para salir adelante.
—Gracias, hija, pero yo quiero algo mejor para ti, así que ya estás inscrita en la Escuela número 11, Adriana García Corral —dijo su mamá y, emocionada, continuó—: está aquí cerquita, en Belisario Domínguez.
Elia se durmió esa noche agradeciéndole a Dios, con quien se entendía directamente, el haber encontrado trabajo para ella y escuela para su hija.
Rosario, en cambio, rezó para que el miedo que seguía sintiendo no fuera una premonición.