El ombligo del mundo
El ombligo del mundo
Elia y Rosario descubrieron que la ciudad tenía su propia música, una melodía compuesta por el sonido de las campanas de las iglesias, el rumor constante de los automóviles y el eco lejano de una banda tocando en algún lugar.
Los vendedores ambulantes pasaban empujando carritos llenos de elotes, nieves y frutas frescas.
El aroma de los productos les traía recuerdos de las ferias de su pueblo, pero con una intensidad nueva y vibrante.
Era hora de ir a conocer el Mercado de La Merced, un lugar donde el bullicio de la vida diaria se concentraba en un hervidero de comercio y tradición. Al acercarse, los olores se intensificaron: una mezcla de frutas, especias, carne asada y un toque de humedad procedente de la acequia cercana.
—Aquí empezaremos de nuevo. Tendremos que trabajar duro, pero estoy segura de que nos adaptaremos. La ciudad tiene muchas oportunidades; con esfuerzo y dedicación, saldremos adelante —le aseguró Elia a su hija mientras la estrechaba contra su pecho.
Habían descubierto un lugar donde la vida vibraba en cada esquina, donde el pasado y el presente se entrelazaban.
Era mucho más que un simple centro de comercio.
La Merced les había mostrado una cara llena de colores, sabores y sonidos que enriquecerían su propia historia y las acompañaría en su nueva vida.
Los tranvías tintineaban al pasar, los vendedores ambulantes gritaban sus mercancías y el aroma a tamales y tacos, mezclado con el humo de los autobuses, creaba una sinfonía de olores jamás imaginada.
Se encontraron con un laberinto de puestos y carpas de colores, donde los vendedores ofrecían de todo: frutas exóticas, verduras, especias, artesanías y alimentos preparados al momento.
El ruido era ensordecedor: una cacofonía de voces que llamaba a los clientes, regateaba y reía.
Elia y Rosario avanzaban con cuidado, maravilladas por la variedad y la cantidad de productos.
Un puesto de frutas captó su atención. Había mangos jugosos, piñas doradas y una variedad de chiles que iban del verde más brillante al rojo más intenso.
La vendedora, una mujer robusta con un delantal floreado y una sonrisa cálida, las invitó a probar un trozo de mango.
Rosario lo aceptó y el dulce y jugoso sabor explotó en su boca, recordándole los días soleados en su pueblo.
Ahí, en el mercado, la gente se movía deprisa, como si el tiempo fuera un bien preciado que no podían permitirse perder; intensamente transitado y lleno de contradicciones, el mercado parecía vivir a otro ritmo.
Una familia entera trabajaba frenéticamente.
La madre freía quesadillas en un comal humeante, el padre cortaba carne para los tacos y los hijos servían refrescos y atendían a los clientes.
Rosario observaba a la gente a su alrededor.
Había hombres de negocios en trajes elegantes, amas de casa con canastas llenas de compra y niños correteando entre los puestos.
La diversidad de personas y el constante ir y venir le hicieron ver a Elia un crisol de vidas y experiencias, un lugar donde todos buscaban su camino y su sustento, como estaba a punto de hacerlo ella.
Siguieron explorando el mercado, descubriendo puestos de artesanías donde se vendían coloridos textiles de Oaxaca, cerámicas de Puebla y juguetes de madera de Michoacán.
Cada objeto les contaba una historia, cada vendedor tenía una anécdota que compartir.
La riqueza cultural de México se desplegaba ante sus ojos de una forma que nunca habían experimentado.
Al final de su recorrido, un hombre tocaba un acordeón y cantaba boleros con una voz suave y melancólica.
La música llenaba el aire de una nostalgia que resonaba en su corazón.
Se quedaron allí, escuchando, permitiéndose unos momentos de calma en medio del caos del mercado.
Con el correr del tiempo, Elia y Rosario tratarían de acostumbrarse al ambiente a veces áspero, tan distinto al de su pueblo.
Para vivir en la vecindad, también había mucho que aprender: ignorar los rumores entre Socorro, Dominga y Yolanda, las más dadas a las habladurías; desarrollar el oído para escuchar tras las delgadas paredes; esquivar al Jaibo; no hacer caso a las lenguas viperinas; acostumbrarse a ver muñecas de trapo estranguladas y con espinas o alfileres clavados en los ojos, el corazón y el sexo; eludir al esposo de Dominga; y encarar sus miedos.
¡Ah!, cómo extrañaban los guisos de chile y pepita, las aguas de flores silvestres y ver cómo florecía cualquier semilla arrastrada por el viento hasta convertirse en un manzanillo.
Su Veracruz les hacía falta: sus barrancas, sus limoneros y huizcolotes, sus gorriones y jilgueros.
Ahora, viviendo en la ciudad, a Rosario le hacía falta caminar descalza, evitando pisar a las hormigas; correr por el prado, abochornada por el calor que envuelve el aire, y ver cómo los guayules y huizaches estallan de amarillo.
Le hacían falta las calles de terracería de ese pueblo que llevaba dentro, en sueños y espejismos, en su nostalgia y desarraigo.
Las semanas pasaron y se fueron haciendo, por fin, a la vida en la ciudad, en la vecindad y en el barrio.
Aprendieron que hay leyes no escritas que no se transgreden.
Una especie de honor tácito, a veces, perverso.
Se acabaron acostumbrando a los silbidos obscenos al cruzar la calle, a esperar el camión que nunca se sabía con certeza a qué hora llegaría, a interpretar cómo las construcciones y edificios de esa metrópoli se miraban, se hablaban, se respondían.
Unos desde una época que sigue lamiendo las canteras, otros desde la modernidad.