La piel de las azucenas Una nueva amistad
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Una nueva amistad

Una nueva amistad

El patio de la vecindad se había transformado en un hervidero de actividad apenas amaneció.

Los niños correteaban alrededor de las tinas de lavar, jugando a las escondidas y lanzando risas que rebotaban contra las paredes.

Rosario, aún con la timidez de quien se sabe recién llegada, los observaba desde la puerta del cuarto que compartía con su madre.

Se sentía como una extranjera en aquel nuevo mundo lleno de caras desconocidas.

A lo lejos, vio a un muchacho. Él la vio también.

Al principio, se limitó a observarla, curioso por la presencia de la nueva inquilina.

Miraba la postura retraída de Rosario, la manera en que se mantenía apartada del bullicio.

Era un chico delgado, de alrededor de catorce años, con una mirada vivaz y una sonrisa traviesa.

Enfrascada en sus pensamientos, Rosario brincó asustada al ver a un perro que corría hacia ella ladrando con impaciencia.

Se le había desamarrado la cuerda del cuello que lo ataba al barandal herrumbroso.

«¡Quieto, Jaibo!» Se escuchó un grito justo antes de que el can saltara sobre Rosario.

Enseguida, el perro se echó; su ferocidad se apagó bajo una súbita mansedumbre, una obediencia quizá lograda a palos.

Apareció el muchacho, moviéndose con la familiaridad de quien ha crecido entre esos muros.

—Deja que el Jaibo te husmee para que se vaya acostumbrando a tu olor, así sabrá que vives aquí y dejará de agredirte cuando pases cerca de él. Por cierto, soy Chema.

—Soy Rosario, mucho gusto —respondió, aún con temor.

Rosario, con el miedo todavía incrustado en la barriga, no soltaba su morral de ixtle, del que le daba desconfianza apartarse. La correa rasposa ya había dejado una llaga en su hombro por tanto roce. Chema le quitó el bolso con un gesto muy sutil y lo cargó.

Rosario se sintió un poco intimidada, pero también agradecida por la amabilidad del chico. Sus ojos oscuros, salpicados de pintas de color caramelo, le sonrieron también. El estómago le crujía y el aroma de las tortillas asándose en el comal de la portera le hizo agua la boca. Chema se dio cuenta.

—Ven, vamos —le ordenó con picardía—. Le voy a pedir una tortilla caliente con sal. Hoy anda de buenas.

—¿Eso es andar de buenas? —preguntó Rosario.

—¿Pues qué no la oyes canturreando? Bienvenida a la vecindad. Soy el hijo de Dominga. Si necesitas algo, solo tienes que pedirlo —agregó al tiempo que tomaba una tortilla del comal para ofrecérsela.

Rosario se ruborizó —Perdón, perdón, no sabía…

Chema asintió, comprendiendo sin necesidad de más palabras.

—Ven, te mostraré el patio. Hay un rincón donde a veces encontramos pájaros heridos y los cuidamos hasta que pueden volver a volar. Creo que te gustará.

Rosario dudó un momento, pero la sinceridad en los ojos de Chema la convenció.

Dio un paso adelante y luego otro hasta que se encontró caminando junto a él.

Mientras avanzaban, Chema le señalaba los distintos rincones del patio, contándole historias y anécdotas con una habilidad que hacía que cada palabra cobrara vida.

Llegaron a un pequeño jardín improvisado donde varias macetas viejas albergaban plantas que luchaban por sobrevivir. En una esquina, una caja de madera servía de refugio para los pájaros heridos de los que Chema le había hablado.

—Mira, este es nuestro pequeño hospital de pájaros —dijo, inclinándose para mostrarle la caja—. A veces, encontramos golondrinas o gorriones que se cayeron del nido y los cuidamos aquí.

Rosario se agachó junto a él, observando la caja con fascinación. Chema, con su amabilidad desinteresada y su espíritu protector, era una promesa de amistad en aquel nuevo y desconcertante mundo.