La piel de las azucenas Peligro hay en todas partes
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Peligro hay en todas partes

Peligro hay en todas partes

Elia había terminado de desempacar las pocas pertenencias que había traído consigo cuando decidió salir al patio central a tomar un poco de aire fresco.

Rosario dormía profundamente, exhausta tras el largo trayecto.

El sol empezaba a ocultarse tras los edificios y una penumbra dorada bañaba la vecindad.

El ambiente, lleno de voces, comenzaba a calmarse ahora que las familias se preparaban para la cena.

Al salir, se encontró con doña Dominga, quien la saludó y la invitó a sentarse un momento para charlar.

En realidad, Dominga quería averiguar un poco más sobre la vida de su nueva inquilina.

Agradecida por la compañía, Elia se dejó caer en una silla de madera junto a la entrada del cuarto de la portera.

Fue entonces cuando lo vio por primera vez.

Desde la penumbra, en un rincón del patio, emergió una figura borrosa. Era un hombre de mediana edad con el rostro surcado por arrugas prematuras y ojos que destilaban una lascivia apenas contenida. Sus movimientos eran lentos y torpes y el olor a alcohol barato lo precedía.

—Elia, te presento a mi esposo, Justino —dijo doña Dominga con una mueca que intentaba ser una sonrisa, pero que no lograba ocultar una sombra de resignación.

Él se acercó con una sonrisa torcida. Sus ropas estaban desaliñadas y, en esa mirada, había algo que le hizo sentir un escalofrío por la espalda. Sin esperar a que ella se levantara, él se inclinó, demasiado cerca, y la envolvió con su aliento, cargado de alcohol.

—¿Así que eres la nueva inquilina? —masculló con una voz ronca y arrastrada; sus ojos recorrieron a Elia con una insolencia que la hizo sentirse expuesta.

El esposo de Dominga había ido a descifrar el nuevo enigma: le hizo un gesto con la mano a modo de bienvenida.

Elia forzó una sonrisa y murmuró un «gracias», evitando a toda costa el contacto visual. Su presencia era una nube oscura que descendía sobre el tranquilo refugio que acababa de encontrar. Sentía su mirada clavada en ella, despojándola de cualquier vestigio de seguridad que pudiera tener.

Doña Dominga, consciente de la incomodidad de Elia, intervino rápidamente.

—Viejo, ¿por qué no vas a ver si la cena ya está lista? —sugirió con firmeza disfrazada de amabilidad.

Él la miró con un destello de irritación, pero, al final, se dio la vuelta y se alejó, tambaleándose ligeramente mientras murmuraba algo inaudible. Elia soltó un suspiro de alivio cuando la figura amenazante desapareció.

—¿Qué es esa cara, Elia? —preguntó doña Dominga con un tono de disculpa poco sincero—. No te preocupes, aquí estás segura. Todos en la vecindad nos cuidamos unos a otros.

Elia asintió, aunque la inquietud seguía presente. Sabía que tendría que ser cuidadosa y mantener a Rosario lo más lejos posible de aquel hombre. El encuentro había sido una advertencia silenciosa de los peligros que también existían en la gran ciudad, escondidos tras las fachadas y las sonrisas.

Regresó a su cuarto, asegurándose de cerrar bien la puerta detrás de ella.

Observó a Rosario, que seguía dormida plácidamente, ajena al mundo exterior.

Elia se prometió que haría todo lo posible para proteger a su hija y encontrar en aquel nuevo entorno no solo un refugio, sino también la oportunidad de un futuro mejor.

Pero sabía que iba a tener que estar siempre alerta, vigilante, para evitar que las sombras de la ciudad se interpusieran en su camino.

Aquella primera noche en Manzanares, a Elia le costó trabajo conciliar el sueño, aunque estaba sumamente cansada por el largo trayecto, la tensión, el ruido y el frío que no dejaba de sentir, a pesar del sarape de lana que la cubría.

Observó una cucaracha recorriendo veloz la línea del amarillento azulejo del piso hasta desaparecer por un minúsculo agujero en la esquina.

Le dio más frío. Se ovilló tiritando y rezó el padrenuestro al ritmo de los ronquidos de su hija; después, le pidió al ángel de la guarda que las cuidara en ese nuevo camino y a la Virgen que las guiara.

Sus oraciones se mezclaban con el cúmulo de imágenes de todo lo que vio en el transcurrir de esas horas: el lavadero colectivo en donde conoció a algunas de las vecinas que se dedicaban a azuzar el fuego con la palabra; un joven casi niño inhalando una estopa de tíner; personas en situación de calle extendiendo la mano para después guardar una moneda caritativa; niños que se creían héroes o jinetes de corceles hechos con palos de escoba viejos.

El frío se le metía por los pies hinchados y desnudos, por los pensamientos, por los ojos cerrados.

Olía a humedad. Trató de adormilarse, sabía que era importante descansar; además de lo extenuante que había sido ese día.

El siguiente suponía el verdadero principio de su nueva vida.

El insistente zumbido de una mosca y el miedo, tras conocer al esposo de Dominga, estaban decididos a no dejarla dormir.

Elia extrañó el canto de los grillos que la arrullaba allá en el pueblo. Se persignó. No pudo evitar sollozar.

Ella y su hija se convirtieron en migrantes, de los que había tantos buscando mejores oportunidades en la gran ciudad.

Ahora serían residentes de una metrópoli tan compleja como rebosante de oportunidades.

No sería una simple gestión del destino, sino una fatalidad existencial que contrastaría en todos los aspectos de la vida con el campo, recalcaría lo simple de esta.

Para poder acostumbrarse a esa vida citadina, se adentraría en sus calles, en sus comercios, en la diversidad de sus productos, en sus pasillos estrechos y en sus grandes avenidas, en sus edificios añejos y en los que marcaban la modernidad.

Penetraría en lo más genuino de la ciudad, en el mercado, en donde el sol parecía haber repartido todos sus colores entre los rebozos de las marchantas y sus pieles morenas; entre los chiles secos y las frutas maduras, entre las piñatas y los dulces, entre las acelgas y los alhelíes; entre el mixiote con sabor a tierra, el chicharrón crujiente, los guajolotes, el barro y el peltre; entre las hierbas medicinales, los guajes, la ruda y el pirul.

Se deslumbraría con el rojo sangre y el rosa mexicano, el amarillo maíz y el negro obsidiana, que parecían perfilarlo todo a pinceladas.

Los días, nunca monótonos, nunca iguales entre sí, se convertirían en meses.

Conocería a fondo su barrio: un lugar de desorden, de favores que no se olvidan, implacable con los deudores, profundamente guadalupano.

Un barrio del que surgían mitos, donde se arraigaban los prejuicios de peligro, de niños callejeros; un lugar donde muchos quedaban invisibilizados por el sistema.

Pero también un lugar rebosante de calidez, generosidad y amistades verdaderas, de alegría de vivir.

Un lugar donde lo inesperado acechaba a la vuelta de la esquina y que, sin duda, impregnaría en el carácter de Elia la determinación.

Sería ahí donde soñaría con ser insumisa.

Un lugar de gente sin estudios, pero sabia: con experiencias de vida y tradiciones heredadas.

Dejar atrás la vida en el pueblo y tratar de descubrirse fue como asistir a su segundo bautismo, aunque sin saber si saldría del agua respirando.

Estaba exhausta. Lo oía todo, lo veía todo, pero parecía que se le habían anestesiado las emociones.

Era tanto que no sentía ya nada. Era tanto que prefirió permanecer muda.

Era tanto que ni siquiera se atrevía a imaginar lo que seguiría.