La piel de las azucenas La llegada
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La llegada

La llegada

En las vecindades de La Merced, parecían coincidir los distintos pasados por los que México había transitado; síntesis de cada una de sus épocas, se escribieron en ensayos de rasgos que fueron madurando con las centurias.

Entrada natural de migrantes campesinos que buscaban oportunidades y que, con su trabajo y saberes, terminaron por darle identidad y fuerza al gran mercado.

Limoneros michoacanos, naranjeros de Aguascalientes, plataneros veracruzanos o tomateros de Sinaloa.

Todos con un sueño a cuestas: encontrar trabajo, traer al resto de la familia y prosperar.

La transición que la ciudad experimentaba, de lo rural a lo urbano, se reflejaba en la gente que, con resignación, vivía sus carencias y trataba de conservar intactos los divertimentos públicos: carnavales, festejos de santos plenos de flores y rituales dedicados a los fieles difuntos.

Cuando los tiempos parecían mejorar, se compartía en celebración con tamales, pulque, quesadillas y guajolote en mole; cuando la suerte los traicionaba y hasta el agua se agotaba, compartían lo poco que tenían y se encomendaban a Dios, como gente trabajadora que confiaba en su fe. Él siempre sabía cómo proveer.

Era un barrio tan solidario como peligroso, detenido en los albores de los siglos, viendo el pasado con ojos de nostalgia.

Iglesias, casonas, palacios coloniales y conventos de puertas gemelas en los que la vida del México fecundo y recién descubierto se quedó detenida.

Arcadas y bóvedas en las que se impregnó un intenso olor a polvo y abandono.

Muros de piedra, intrincados pasillos, capillas y campanarios que daban constancia de todo lo ahí vivido.

Las nubes a punto de desplomarse fueron la bienvenida que el barrio de La Merced les dio a Elia y a su hija.

Sabía de aquella vecindad gracias a su primo Pedro, quien, en cada visita al pueblo, le contaba anécdotas del lugar donde vivía.

Elia hasta sentía conocer a la portera, doña Dominga, que Pedro decía que no dejaba de pellizcarle los cachetes, que era medio cascarrabias, pero que, en el fondo, era una buena mujer.

En cuanto Dominga abrió la puerta, Elia la reconoció.

—Soy la prima de Pedro. —Se presentó cuando vio el gesto de extrañeza de la mujer.

Dominga se acercó, como si quisiera contarle una confidencia y le dijo muy quedo:

—Qué lástima que se lo escabecharon, ya me había encariñado con el Pedrito.

Dominga guio a Elia y a Rosario hasta el que había sido el cuarto del ahora difunto, el mismo que ellas ocuparían.

En su recorrido, fueron analizando todo a su alrededor: el patio murmurante, las columnas cansadas, la maraña de tendederos y las escaleras indiscretas.

La vecindad parecía haber sufrido la artritis del tiempo.

Dominga sacó su manojo de llaves. Con la menos oxidada, abrió la habitación.

Elia agarró valor para entrar, después de todo, ahí había vivido su primo, ahora muerto.

Una conejera de cuatro paredes mal pintadas, un foco desnudo y una repisa de madera sin barniz eran lo que las esperaba.

Elia comenzó a imaginar: «Bueno, aquí puede ir mi cama y, en este otro lado, la suya.

Aunque estrecha, creo que sí nos cabe. Una mesa y dos sillas, un par de repisas extras como alacena».

—No es lo que esperaba —le confesó Elia a manera de disculpa—, pero podemos dejarla bien bonita, para ti y para mí, ya verás; vamos a estar rete a gusto, hija.

Rosario no contestó. Se quedó pensando que tendrían que trabajar mucho para que no se les pasara lo que les quedara de vida en ese lugar.

En ese momento, sus dos sufrimientos se juntaron y se avivaron: haber enterrado a su padre y haber dejado el pueblo.

Le quedaba claro que el fallecimiento de su papá, aunado a la presencia de la misteriosa mujer en el cementerio, había acarreado la decisión de irse, de buscar oportunidades en la ciudad.

Se asomó hacia el patio: un perro, cruza de furia y calle, amarrado con una cuerda al cuello que le impedía alejarse más de cuatro pasos del barandal oxidado de la escalera, ladraba.

Parecía estar acostumbrado a vivir a la defensiva, igual que los pobladores de aquel barrio.

Cuando salieron del cuarto para ir a buscar a doña Dominga, varios inquilinos las miraban.

De inmediato, se puso en marcha el engranaje del chismorreo acerca de las nuevas: guiños cómplices, risas sarcásticas, miradas ociosas y lenguas afilando las armas y llenándose de veneno.

Bajaron las escaleras. Rosario alcanzó a ver de reojo cómo una mujer la miraba de arriba abajo, sobre sus oscuras ojeras.

La analizó como quien revisa un producto que va a comprar.

Sus ojos se clavaron en el rostro de la joven, y eso que nomás fue de pasadita.

Más tarde se enteraría de que su nombre era Socorro.

No supo si le dio más miedo pasar junto a ella o el terror de caminar junto al perro que no dejaba de ladrar, furioso, derramando baba por todos lados.

A pesar de estar sujeto a su cárcel sin rejas, le inspiraba pavor. Socorro también.

La mirada impasible de la portera era tal como su primo la había descrito.

La guardiana del vecindario se encargó de leerles la cartilla, explicándoles todo lo que se podía hacer y lo que no se aceptaba entre los vecinos: que si no se podía hacer escándalo hasta tarde; que si nada de meter extraños al cuarto.

Una sarta de reglas que la mayoría de los habitantes rompían a diario.

—No se preocupe —respondió la joven madre, tratando de imprimir firmeza a sus palabras.

La única que se acercó a saludarlas fue Yolanda:

—Quédense tranquilas. Aquí se habla mucho, pero, cuando de veras hay problemas, nadie se queda cruzado de brazos. Bienvenidas.

En un tono tenue, que contrastaba con el de las habladurías de las otras vecinas, Yolanda les dio el pésame por su primo.

Les expresó cuánto lamentaba lo sucedido con Pedro y cuánto lo estimaba; era su vecino de puerta con puerta y le había agarrado cariño.

Abrió los brazos, como queriendo abarcar el dolor que suponía acumulado en Elia, gesto que sorprendió a la joven, pero que recibió con gratitud.

Se sentía perdida en su llegada a una ciudad idealizada que, por más que Pedro la hubiera descrito, jamás habría podido imaginar.

Lo rural y lo urbano se encontraban en esa Merced que contenía muchos pasados y todos los presentes.

Conventual, aristocrática, indígena y palaciega, acompañada de sabores y aromas de las calles de barrio, así de variopinta es La Merced.