La piel de las azucenas Migrar
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Trató de cruzar la calle: imposible. Ningún automóvil disminuyó la velocidad.

Elia le gritó: «¡Ahora!», en el único instante en que hubo oportunidad.

Rosario sentía la inmensidad de la capital, los edificios, los techos altos, los cientos de bodegas, los cables del trolebús y las decenas de semáforos que se arremolinaban en ese sitio concurrido, bullicioso y, por momentos, fétido.

Su madre notó el extravío en su rostro. El contraste con los aromas acostumbrados a pino, naranjo y mango confundía su olfato virgen.

A manera de consuelo, Elia comenzó a enumerarle a su hija todas las cosas que ahora podrían tener: que si la radio, que si con el tiempo comprarían una televisión, que si se bañarían con agua caliente en vez de hacerlo en el agua gélida del río, que si la electricidad.

Rosario pensó que, si nunca había echado de menos todas esas cosas, ¿por qué habría de desearlas ahora?

Se quedó callada. Durante el camino, no cruzó palabra con su madre más que las obligadas.

Estaba ocupada observando, deglutiendo, tratando de entender este nuevo lugar que le era tan ajeno.

Caminaron sin rumbo cierto. A ella le parecía que andaban en círculos, sin avanzar hacia ninguna parte.

Siguieron durante quién sabe cuánto tiempo hasta que encontraron a una mujer con un chamaquito amarrado a las espaldas, pidiendo limosna.

Rosario estaba segura de que ya habían pasado por esa esquina, ¿o se parecía a todas las demás que recorrieron?

Le era difícil posar la mirada en un solo lugar, el bullicio le entraba por los ojos, confundiéndola.

Todo era intangible. Su madre le preguntó a la mujer si iban bien para el rumbo del barrio de La Merced.

No lo sabían en ese momento, pero estaban paradas en la avenida Anillo de Circunvalación.

Seis calles más al norte habían pasado por el Mercado de Mixcalco, especializado en la venta de ropa; y cuatro calles hacia el sur, por el Mercado de Sonora, dedicado a la herbolaria y los artículos religiosos, ese que más tarde se convertiría en uno de los lugares que más frecuentarían.

Sin embargo, en ese momento, la ciudad era una selva que las intimidaba.

La señora las miró, la cara de forasteras se les dibujaba en cada una de sus expresiones.

—¡Sí, aquí mero están, en La Merced, pues! —respondió, riendo y enseñando su boca chimuela.

Habían llegado a la meca del trabajo. Un compendio de voces encontradas llenaba sus oídos, pero lograron escuchar las instrucciones sobre cómo llegar a la calle que buscaban: la de Manzanares.

Siguieron el trayecto marcado entre callejones.

Rosario notó que del cableado de luz y de teléfono colgaban zapatos anudados en par por sus cordones.

El portón número 17 en la calle de Manzanares, ese que llevaban horas buscando, finalmente, apareció ante ellas.

Dejaron sus bultos en el suelo. Rosario notó que la circulación de su mano derecha se había cortado con la reata de fibra retorcida que cerraba su costal.

Apenas sentía los dedos y un hormigueo recorría cada falange azulada que se había agarrotado en forma de zarpa.

Percibió la emoción palpitándole en el vientre.

Su madre picó un botón que de inmediato hizo sonar una chicharra tan ruidosa que la hizo saltar.

Junto al botón, un mecate, que Rosario siguió con la vista, estaba atado a una campana para que, si el escandaloso timbre se descomponía, sonara.

Unos segundos más tarde, salió una señora regordeta y con cara de pocos amigos.