La piel de las azucenas Verdades que duelen
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La piel de las azucenas

La piel de las azucenas

Por Sophie Goldberg

© inepub.com

Verdades que duelen

Verdades que duelen

En la repisa, al lado del Niño Jesús de cerámica, estaba el retrato que le habían hecho a su papito.

Rosario no sabía con qué motivo ni si había sido una ocasión especial, pero ahí estaba, tan guapo, tan fuerte.

Todo un ranchero con su sombrero de palma, de ala amplia y curvada para protegerlo del sol, porque, como decía él: «Sombrero que no da sombra no es ni sombra ni sombrero».

Se le quedó viendo. Si tan solo no se hubiera entercado en ir aquel día a la ciudad; si no se hubiera comprometido con su compadre Jacinto a acompañarlo.

Rosario y Elia, su madre, fueron por todo el pueblo desesperadas, preguntando si alguien los había visto retornar.

Unas horas más tarde, todo Lerdo de Tejada los buscaba.

Los vecinos les ayudaron a recorrer los prados con linternas y sus animales de carga; a hurgar entre los arbustos y los parajes; a llenar de falsas esperanzas las callejuelas serpenteantes.

La esposa de Jacinto nomás lloraba y se abrazaba a sus tres hijos, que, sin éxito, trataban de consolarla.

Dos días después, les dieron el reporte.

Los amigos cercanos de su papito, don Froilán y don Aureliano, tocaron a la puerta. Se retiraron el sombrero cuando les abrieron y clavaron la mirada en el piso.

—El camión de redilas del compadre Jacinto se salió de la carretera —dijo uno de ellos—. Dio dos vueltas antes de caer al vacío, donde se estrelló contra unas rocas.

—El fuego de la explosión se extendió por los matorrales —agregó el otro.

—Pero ellos están bien, ¿verdad? —preguntó Elia, esperanzada, que vio en el rostro del amigo lo que ella quería creer.

Rosario, a sus trece años, ya sabía la respuesta: la leyó en esos ojos que no podían mirarla de frente.

Esa noche, Rosario imaginó a su padrino Jacinto tratando de esquivar un buey para no atropellarlo, o quizá lo que había hecho era dar un volantazo para no estrellarse con otro coche o, probablemente, habían ido platicando con una cerveza en la mano y se habían distraído un momento.

¿Qué importaba ya cómo había sido? Nadie vio lo que pasó; nadie oyó la explosión; nadie acudió en su ayuda hasta que el humo que quedó del incendio —apagado por sí mismo— alertó a unos campesinos.

En su cabeza, Rosario veía el terreno árido, la barranca pedregosa, la carretera angosta y ondulada y a su papito en el fondo, con los ojos abiertos, los brazos estirados y las manos entumecidas, como si hubiese querido frenar con ellas.

En cuanto se corrió la noticia del accidente, medio pueblo fue a la casa a presentar sus condolencias.

Ahí velaron los cuerpos calcinados de los dos hombres.

Sus viudas habían tenido que ir a identificarlos.

No quedaban rasgos que reconocer, pero asintieron para que los volvieran a tapar y se los entregaran.

Rosario y los tres chamaquitos de Jacinto esperaron afuera.

A la niña se le formó un nudo en la garganta; los otros, de plano, no dejaban de llorar.

Pese al sufrimiento y a la rabia que sentía, un hervidero de recuerdos se le volcó en un instante.

Lo más trivial, lo más cotidiano, le invadía la cabeza de imágenes.

Como si se tratara de postales, recordaba su infancia al lado de un padre trabajador y buena gente, siempre buscándola cuando llegaba a casa, siempre pendiente de su madre y de ella.

Y las veces que llegaba tarde era por la carga de trabajo, porque, como decía él: «Le quiero dar lo mejor a mi hija, todo lo que yo no tuve».

Salieron las dos mujeres de la morgue sumidas en una tristeza paralela.

Elia, con la boca llena de amargura, dijo: «Sí, son ellos».

Se quedaron todos callados viendo cómo la esperanza se esfumaba.

Durante el funeral, Elia casi no habló, se limitó a sonreírle a toda la gente que se acercaba a darle el pésame.

A Rosario la abrazaban con lástima. Ella trataba de distraerse observando los gestos de unos y otros para no salir corriendo de ahí.

Le sobraban las miradas de compasión. De entre las lápidas devoradas por la maleza, surgió la figura de una mujer joven y bien formada.

Elia le clavó los ojos en una doble embestida.

La mujer ocultaba parte de su rostro, y también de sus pecados, bajo un rebozo negro.

Rosario leyó la incomprensión en el gesto retorcido de su madre: el ceño y los párpados fruncidos enmarcaron su mirada.

¿Quién era esa mujer? ¿Por qué parecía esconderse entre los árboles y las tumbas?

Trató de acercarse a ella, pero, cuando creyó tenerla en la mira, se esfumó entre los vericuetos de alcatraces, agapantos y azucenas que pretendían consolar la tristeza y la melancolía del jardín funerario.

Ofrendas florales, cruces y nombres picados en piedra; nichos en una tierra muerta.

Con un arrebato y un amén suspendido en el aire, Rosario tomó a su mamá del brazo.

El mentón le temblaba y las venas de las sienes le brotaron como riachuelos azulados.

Aquella presencia las había zarandeado. Aun así, esperaron a que el rito terminara.

Después, salieron de ahí, apretando el paso entre susurros cizañeros.

Fue en el camino de regreso a casa cuando Elia dijo: «Nos vamos a la capital, ya no tenemos nada que hacer aquí».

Rosario aborrecería esa fecha. Todos supieron mirar más allá de lo obvio; ella no quiso hacerlo: prefirió continuar amando a su padre y cegarse a una corazonada.

Optó por el silencio y no por la verdad.

Su mamá lloró como no había llorado nunca, sin lágrimas y sin ensartar palabras, con patadas y puños.