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La primera de las familias que empezaron a bajar a quedarse llegó una tarde de finales del verano, cuando Froila ya dormía en la falda y Gundemaro contaba sus últimos inviernos, y con ella, sin que nadie lo supiera todavía, llegó también el principio de todo lo que la peña iba a ser cuando los viejos ya no estuvieran para verlo.
No venían huyendo, que eso Velagra lo conocía de sobra y lo habría sabido leer en el polvo del camino; venían despacio, cargados, mirando la tierra a los lados como quien la calcula, no como quien la deja atrás.
Eran un hombre todavía joven, su mujer, un par de zagales y una muchacha, y traían una mula con aperos y un par de cabras flacas atadas a la zaga, y subieron el último recodo no con la boca abierta de los fugitivos que se topaban de pronto con la torre donde esperaban una ermita, sino con el silencio atento de quien ha oído contar un sitio y al fin lo ve y lo compara con lo que le contaron.
El hombre se llamaba Endrego, venía de una de las tierras nuevas del norte, de las repartidas a la gente del desierto una generación atrás, y bajaba, dijo, porque allá arriba ya no quedaba suelo libre que romper, que todo tenía dueño y se lo dejaba al hijo mayor, y que a los demás no les quedaba más que servir en tierra ajena o buscarse la suya donde la hubiera.
Le había llegado, de feria en feria, mal contado y a medias, un rumor de que abajo, en la frontera que un rey vació, empezaba a haber otra vez quien daba amparo al que bajara a poblar; no traía papel ninguno, ni sello, ni promesa firmada, solo el rumor y el hambre de tierra propia, y bajaba a ciegas a buscar suelo yermo que romper, dispuesto a llamarlo suyo por el solo derecho de roturarlo, que era el derecho más viejo del mundo y el único que no se firma.
No sabía, al subir a Velagra, que iba a encontrar una peña en pie; lo supo al verla, y se quedó mirándola largo rato, y dijo, con el acento espeso de los montes, que en aquella tierra dada por muerta había una torre más alta que las que él conocía en el norte, y que aquello no se lo iba a creer nadie cuando volviera a contarlo arriba.
Gundemaro, ya muy viejo, los recibió sentado y con la manta sobre las piernas, oyó de dónde venían y a qué, y mandó que les dieran techo y caldo y una parcela de la vega buena, la que había quedado yerma cuando subieron al norte las familias del desierto.
No hizo de ello gran cosa, que era solo una familia perdida buscando dónde plantarse, y la peña tenía vega de sobra y brazos de menos; pero aquella noche, ya acostado, le dijo a Vincencio, casi entre dientes, que un hombre que baja a la frontera a buscar tierra en vez de a huir de ella era una cosa que él no había visto en su vida y que le daba que pensar.
No supo entonces todo lo que aquello quería decir, ni lo sabría del todo hasta que, unos años después, subiera la peña otro del norte con un papel y un sello a decirlo ya con todas las palabras de la ley; aquello era solo el primer hilo de agua de una crecida que tardaría aún en llegar.
Pero abajo, en la obra, lo que se vio fue solo una familia más buscando dónde plantarse, y a Vímara mandándole que les enseñara la tierra.
A Vímara le tocó enseñarles la vega, que para eso era el maestro y conocía cada palmo de la peña y de su falda mejor que nadie vivo.
Los llevó río arriba, a las tierras buenas que habían quedado yermas, las que se trabajaban antes del desierto y que nadie había vuelto a romper porque no quedaban brazos; y mientras les iba mostrando los bancales perdidos bajo la maleza, las acequias viejas que habría que limpiar, los almendros asilvestrados que aún daban contra toda esperanza, fue la muchacha, la hija de Endrego, la que le hizo las preguntas, no el padre.
Se llamaba Ledgarda. Era de la edad de Vímara o poco menos, fuerte, de manos de labrar, con esa atención callada de los que han pasado hambre y han aprendido a no perder palabra de lo que les puede dar de comer; y preguntaba bien, preguntaba lo que importaba, por dónde venía el agua en agosto, qué bancal helaba antes, cuál se encharcaba con las crecidas, preguntas de quien va a vivir de aquella tierra y no de quien la mira de paso.
Y Vímara, que era callado con todo el mundo, se halló contestándole de más, explicándole cosas que no le habían preguntado, enseñándole una acequia que no hacía falta enseñar, por el gusto de que aquella muchacha lo escuchara con la cabeza ladeada, igual que él ladeaba la cabeza delante de un sillar recién bajado de la cantera, leyéndolo.
—Tú sabes de piedra —le dijo ella en una de aquellas, no como pregunta, sino como quien constata algo que ha mirado—. Lo de la torre. Lo de los muros. Todo eso lo levantáis vosotros.
—Mi padre lo levantó —dijo Vímara—. Y el suyo antes. Yo sigo.
—Y mi padre sabe de tierra —dijo Ledgarda—. Y el suyo antes. Y yo sigo. —Y se quedó mirando los bancales yermos que iban a ser suyos, y dijo, medio para sí—: La piedra dura más, dicen. Pero sin pan la piedra no come nadie. Yo no sé cuál vale más.
Y Vímara, que tenía toda una vida oyendo a los viejos de la peña contar la historia del pájaro de piedra y la espiga, el trueque de su padre con su madre, aquel pajarillo tosco labrado en un canto del río que se cambió por una espiga seca y que los dos guardaron hasta la muerte, sintió de pronto, oyendo a aquella muchacha decir lo de la piedra y el pan como si lo acabara de inventar ella sola, un vuelco raro, el de reconocer un eco sin saber de qué; porque acababa de poner los dos, sin saberlo, las dos cosas que su padre y su madre habían puesto una vez frente a frente y habían atado para siempre con un trueque de críos, la piedra y el pan, lo que dura y lo que da de comer, y había dicho, igual que ellos sin saber lo que decían, que no sabía cuál valía más, que era justamente la única respuesta verdadera, porque no valía más ninguno, valían los dos juntos o no valía ninguno.
No le dijo nada de aquello, que no era hombre de decir lo que sentía, menos a una muchacha que conocía de aquella mañana.
Pero la tarde siguiente subió a la cantera, eligió un canto de río de los que él guardaba para nada, de los que un cantero aparta porque le gustan sin saber por qué, y se sentó solo, al caer la luz, y le fue sacando con el puntero, despacio, sin prisa, lo que llevaba dentro: un pájaro.
Tosco, como el de su padre, que él lo había tenido en la mano de niño antes de enterrarlo con los dos viejos y se sabía su hechura de memoria; un pájaro pequeño, de los del río, con las alas pegadas y la cabeza ladeada, mirando algo.
No supo bien por qué lo hacía mientras lo hacía.
Lo supo al acabarlo, teniéndolo en la palma, frío y tosco y suyo: que lo hacía para dárselo a Ledgarda, y que al dárselo le estaría diciendo, sin una palabra, en la única lengua que él sabía hablar bien, la de la piedra, lo que su padre le había dicho a su madre una vez con el mismo gesto, y que era lo más parecido a un tratado de paz que sabían firmar los suyos.
Se lo dio unos días después, sin ceremonia, casi a escondidas, cuando ella subía con un cántaro de la acequia que ya había empezado a limpiar con su padre.
Se lo puso en la mano sin mirarla, dijo «toma» y nada más, y echó a andar; y Ledgarda se quedó parada con el pájaro de piedra en la palma, mirándolo, ladeando la cabeza igual que él ladeaba la suya delante de un sillar, y entendió en el acto lo que aquello era, porque también ella, en las noches de la posada, había oído ya contar a las viejas de la peña la historia del pájaro y la espiga, que era de las primeras que se contaban a los recién llegados, la historia bonita de los fundadores, la del trueque de la piedra y el pan.
No dijo nada tampoco. Pero al día siguiente, cuando se cruzó con Vímara en la rampa, le tendió, sin mirarlo, lo mismo que él le había dado, lo suyo a cambio de lo suyo, la única moneda con que ella podía pagar aquella: una espiga.
La primera espiga, dijo luego, de las primeras que su padre y ella habían sacado de un rincón de bancal viejo limpiado a mano, antes aún de tener el campo entero roto; verde todavía, apenas granada, pero espiga, pan que empezaba, vida nueva sacada de una tierra que el mundo había dado por muerta.
Se la puso en la mano a Vímara como él le había puesto el pájaro, dijo «toma» y nada más, y echó a andar; y Vímara se quedó con la espiga verde en la palma, al lado, en su memoria, del pájaro de piedra que acababa de tallar, y supo que sin haberlo buscado, sin una palabra de las que se dicen, se había firmado otra vez, dos generaciones después, en la misma peña y por el mismo río, el único tratado de paz que se firmaba nunca en aquella tierra, el de la piedra y el pan.
No fue boda aquella tarde, ni promesa, ni siquiera nada que se pudiera decir en voz alta todavía, que ni ellos se lo habían dicho a sí mismos; fue solo un pájaro de piedra y una espiga verde cambiados de mano sin testigos, como dos críos que truecan lo que tienen porque todavía no saben darse otra cosa.
Pero la peña, que de todo se enteraba aunque fingiera no mirar, empezó a enterarse, como se entera de las cosas buenas, despacio y por lo bajo, con una sonrisa que no se confiesa; y las viejas, que llevaban el cuento de los fundadores en la boca, fueron las primeras en atar el cabo, en ver que la historia del pájaro y la espiga volvía a empezar por sí sola, sin que nadie la mandara, en la generación de los nietos, y en decirse unas a otras, junto al fuego, que aquello era buena señal, que una tierra donde los mozos vuelven a trocar la piedra por el pan es una tierra que ha decidido seguir viva, pase lo que pase, baje quien baje por el río.
Y Vímara, que guardó la espiga verde donde su padre había guardado lo que de verdad le importaba, secándose despacio entre dos tablas hasta quedar como la otra, la del arca, la que él mismo había enterrado con los dos viejos, no le dio aún nombre a lo que sentía, que los suyos no le ponen nombre a las cosas hasta que están bien sentadas; pero supo, con la misma certeza callada con que la mano sabe que un sillar ha asentado limpio antes de que la cabeza lo razone, que la peña no se acababa con los viejos que se le morían uno tras otro en la falda.
Que mientras un mozo le tallara un pájaro a una moza y la moza le diera una espiga a cambio, habría quien heredara la obra, y el cincel, y la seña en eslabones, y el saber de las bóvedas, y aquello otro, lo callado, lo que dormía vuelto piedra en el corazón del torreón que ahora él cuidaba solo como su padre lo había cuidado; que de dos como ellos, de un pájaro de piedra y una espiga, podía nacer un día el que cerrara la obra que ni Teudila ni Froila ni él verían terminada, o el que diera por fin la cara con lo que la peña llevaba un siglo guardando, cuando bajara por el río el reino al que se lo guardaban.
No lo dijo. Volvió a coger el cincel, que era su manera de decir las cosas, y siguió tallando la piedra del día, despacio, sin prisa, como tienen que hacerse las obras que han de durar más que el que las empieza.