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Gundemaro vivió aún unos años más que Froila, los justos, ni uno de más, para ver llegar la primera señal de lo que venía; y se alegró de haberlos vivido, porque le dieron, al final de una vida entera de resistir sin saber para qué, una razón para creer que había valido la pena, que es lo más que un hombre puede pedirle a la vejez.
Subió un día a la peña un hombre del norte.
La atalaya lo anunció como anunciaba a todo el que venía, polvo en el camino del río; pero el polvo de aquella vez subía despacio, pesado, no el polvo nervioso de un jinete con prisa ni el polvo ancho de una columna armada, sino el polvo cansino de quien arrea una mula cargada y no tiene a nadie detrás que lo empuje.
Y cuando llegó al último recodo y se vio entero, Velagra no supo qué hacer con lo que veía, porque en sesenta años no había subido aquella peña una cosa igual.
No era un soldado. No era un emisario con exigencias envueltas en derecho.
No era un fugitivo del sur con los ojos del que ha visto arder su casa.
Era un hombre con su mujer al lado y tres hijos detrás, el mayor llevando del ramal una mula que iba cargada no de armas ni de botín, sino de aperos: una reja de arado envuelta en sayal, una azada, una hoz, un saco de simiente, una olla, las cuatro pobrezas con que una familia se planta en una tierra a empezar de cero.
Venía a quedarse. Lo decía toda su carga, lo decía el paso, lo decía la cara de la mujer, que miraba la torre no con la boca abierta de los fugitivos sino con la cuenta callada de quien calcula si aquel sitio servirá para criar a sus hijos.
Lo llevaron ante Gundemaro, que ya casi no bajaba de la casa de la torre, que recibía sentado, con una manta sobre las piernas aunque no hiciera frío.
El hombre del norte se descubrió, dio los buenos días con un acento espeso de los montes, y dijo que se llamaba Osorio, que venía de muy arriba, de tierras del rey, y que traía una carta.
La sacó de entre la ropa, envuelta en un trapo encerado para que no la mojara el río, y se la tendió al señor con las dos manos, como se entrega algo que vale más que uno.
Era un pergamino con un sello de cera colgando de una cinta, el sello de un conde del norte cuyo nombre Gundemaro no había oído nunca.
Y Vincencio, que aún vivía, viejísimo, casi ciego ya, se la hizo leer en voz alta a Gélmiro, que tenía la vista buena de la juventud; y Gélmiro leyó, despacio, deletreando el latín tosco de la cancillería, lo que aquella carta ofrecía.
Ofrecía amparo. Ofrecía tierra, tierra en propiedad, no en aparcería, a quien la rompiera con su arado y la pusiera a dar.
Ofrecía exención de cargas por unos años, franqueza, el derecho a llamar suyo lo que labrara.
Y lo ofrecía, decía el pergamino con las palabras de la ley, a quien bajara a poblar y a defender la frontera del Duero, la tierra de en medio, la que un rey de hacía dos generaciones había mandado vaciar.
Gundemaro la oyó leer entera, sin interrumpir.
Y cuando Gélmiro calló, le pidió la carta con un gesto, y se la quedó mirando él, aunque ya leía poco, pasando el dedo viejo y torcido por la cera del sello, por la cinta, por la letra apretada, como si por el tacto fuera a entender lo que las palabras no acababan de decir.
Y le temblaron las manos. Le temblaron como le habían temblado a su madre las suyas, según le contaron de niño mil veces, la noche que enarboló la corona sobre la brecha a la luz de los incendios; le temblaron porque entendió, de golpe, viejo y todo, lo que tenía en las manos.
No era una carta. Era el viento que cambiaba.
Porque aquel hombre no venía a vaciar. Venía a llenar.
Venía a hacer lo contrario exacto de lo que Gutier había venido a hacer una vida atrás, subiendo aquel mismo camino con sus treinta jinetes y su pendón de la cruz y su orden de despoblar.
La tierra que un rey mandó vaciar, otro rey la quería llena.
Y la peña que había aguantado el desierto haciéndose la muerta, callada, escondida, picando piedra a oscuras, repartiendo hambre, enterrando viejos, agachándose año tras año delante de cada forastero para que nadie la creyera digna del viaje, resultaba ser, ahora que el mundo entero se daba la vuelta, lo único que en cien leguas a la redonda seguía en pie.
Lo único con torre, con muralla, con cisternas, con gente que sabía tallar una bóveda y herrar un arado y leer un fuero.
Lo único vivo en una tierra que el norte empezaba a mirar otra vez con hambre de poblarla.
Velagra, que se había salvado haciéndose invisible, iba a tener que aprender ahora lo contrario, a dejarse ver; pero esa ya no sería su pelea, sería la de los muchachos.
Gundemaro mandó que dieran a Osorio y a su familia un techo y un caldo caliente, y tierra de la vega de río arriba, la buena, la que había quedado yerma cuando subieron al norte las familias del desierto.
Y aquella tarde, ya cansado de la novedad, hizo que lo sacaran al sol del adarve, y mandó llamar a Vincencio, y los dos se sentaron juntos, los dos últimos de la cadena vieja, dos piedras gastadas al sol, a mirar el río por donde había bajado el hombre del norte.
—¿Lo ves? —dijo Gundemaro, y le costaba ya la voz—.
Mi madre tenía razón. «Hasta que vuelva a haber un reino donde ponerla», decía de la corona.
Yo creí que no lo vería. Toda la vida creí que la enterrábamos para nadie, que la guardábamos para un reino que no iba a volver nunca, que éramos unos locos cuidando el oro de un muerto en un desierto.
Y mira. —Señaló con el mentón el camino del río—.
No es el reino que ella soñaba. No es el de Toledo, el puro, el de los godos limpios.
Es otro. Uno que aún no tiene ni nombre, que empieza ahora mismo, esta tarde, con ese hombre y su arado y su saco de simiente, hecho de gente que baja a llenar una tierra vacía.
Pero es un reino, Vincencio. O lo será. Y nosotros, sin saberlo, sin que nadie nos lo agradezca jamás, le hemos estado guardando los cimientos.
Vincencio, que casi no veía ya el río, asintió con la cabeza inclinada, y no dijo nada, porque a aquella altura de la vida las dos cosas que de verdad se entienden, lo que dura y lo que se derrumba, se entienden mejor calladas.
Murió aquel invierno, Gundemaro, el señor de los ojos negros, hijo de una noble goda y de un comandante bereber, las dos mitades de la frontera juntas en una sola cara, una cara que de niño hacía dar un vuelco a su madre y que de viejo se había apagado en paz, sin haber tenido nunca que avergonzarse de ella.
Lo veló su hijo Gélmiro. Y a la hora de amortajarlo, cuando le cruzaron las manos sobre el pecho como se hace con los muertos, Gélmiro le puso en el puño, cerrándoselo encima para que nadie lo viera, una cosa pequeña y pobre, una hebilla de cinto de hierro damasquinado, vieja, gastada de uso, que su padre le había enseñado una sola vez, años atrás, sin explicarle del todo de quién era, diciéndole solo que era de su abuelo, del de verdad, del que no estaba en ningún cuento, y que el día que él, Gundemaro, faltara, aquella hebilla se iba con él a la tierra y no antes.
Fue lo único que se llevó a la tumba de todo lo que había sido señor, de toda la corona que había guardado, de toda la piedra que había mandado levantar: una hebilla de hierro de un padre al que no conoció, apretada en el puño, escondida hasta de los muertos.
Y la peña siguió, que las peñas siguen. Quedaban Vímara con el oficio y el cincel; Gélmiro con el mando y el aire del sur en la cara; Vincencio aún un puñado de inviernos con el libro y el archivo; y, dentro de un muro del torreón del ángulo, vuelta piedra entre las piedras, callada, paciente, esperando un reino que ya empezaba a bajar por los caminos con arados y sacos de simiente, una corona.
Una tarde de aquel mismo tiempo, cuando ya bajaban por el río más familias del norte y la peña volvía despacio a crecer, a llenarse de críos como no se llenaba desde antes del desierto, uno de aquellos niños, un nieto de la peña que correteaba entre el ripio y los sillares igual que Froila había correteado de crío, se paró delante de Vímara, que tallaba sentado al sol, y le preguntó, señalando con el dedo todo aquello, los muros, las generaciones de piedra, la torre que ningún hombre solo había visto empezar y acabar, el caserío, la muralla que aún subía:
—¿Y todo esto cómo se llama?
Vímara dejó el cincel. Se enderezó despacio, que ya no era un mozo, y miró lo que el niño le señalaba, lo que su padre y el padre de su padre y los que vinieron antes habían levantado piedra sobre piedra; la obra inacabada, la que él tampoco vería terminada, la que terminaría aquel crío, quizá, o el hijo de aquel crío, o ninguno, porque las obras de verdad no se terminan, se heredan.
Miró los cien años de piedra que tenía a la espalda y los que faltaban hacia delante, que no se ven pero se saben.
Y miró al norte, al camino del río, por donde ya no bajaban soldados a vaciar sino familias a poblar, mula a mula, arado a arado, hacia una tierra que pronto se llenaría de torres como aquella, de peñas guardadas, de gente que aprendería a llamar suya la frontera; una tierra que, sin saberlo todavía, sin que nadie hubiera dicho aún la palabra en voz alta, estaba a punto de encontrarse un nombre nuevo, uno que hablaría justamente de todo aquello, de los muros y los castillos que iban a cubrirla de un mar a otro.
—Todavía no tiene nombre del todo —dijo Vímara—. Pero lo tendrá. Ya verás como lo tiene.
Y volvió a coger el cincel, y siguió tallando, porque la obra seguía, inacabada, como tienen que ser las obras de verdad.