36
Froila puso su última piedra una mañana de otoño, sin saber que era la última, que es como hay que ponerlas, que el día que un cantero sabe que asienta su último sillar ya no lo asienta bien, porque la mano le tiembla con la solemnidad y la piedra no perdona la solemnidad igual que no perdona la prisa.
Llevaba ya años trabajando poco, mandando más que haciendo, dejándole a Vímara las bóvedas y los cálculos finos y los andamios altos, bajándose él al papel de los viejos maestros, que es estar, mirar, decir una palabra cada media mañana y callar el resto.
Le costaba ya la cuesta de la cantera, le costaban los travesaños, le costaba la garganta y le costaban las mañanas frías, que se le metían en los nudillos viejos y se los dejaban torpes hasta que el sol los desentumecía; pero la cabeza la tenía clara, más clara que nunca, como si todo lo que el cuerpo iba perdiendo se le fuera juntando arriba, y veía la obra entera de un golpe, lo hecho y lo que faltaba, igual que de joven veía un sillar.
Aquella mañana se levantó antes que la peña, como hacía siempre, que el sueño de los viejos es corto y desconfiado.
Eilo ya no estaba para calentarle el caldo, hacía dos inviernos que no estaba, y él se lo calentaba solo, despacio, en el rescoldo de la lumbre, y se lo tomaba mirando por el vano cómo clareaba sobre el río, en silencio, acompañado de la falta de ella, que era ya una compañía más, una manera de tenerla.
Salió a la obra cuando repicaba la fragua.
Hacía un sol bueno y limpio de los primeros fríos, de esos que no calientan pero alegran, y no se supo nunca por qué, quizá solo porque le apetecía tocar piedra una vez más, sentir bajo la palma aquello a lo que había dedicado la vida entera, subió él solo al torreón del ángulo, al de siempre, al que guardaba en su corazón lo que solo tres personas vivas sabían que guardaba, y se puso a asentar, despacio, con sus manos viejas, una piedra del antepecho que un peón había dejado sin sentar la víspera.
Lo hizo como lo había hecho diez mil veces, como se lo había enseñado Teudila siendo niño a golpe de mango en los dedos.
Limpió la cama de mortero. Probó el sillar de canto, lo giró buscándole el asiento, le encontró la cara que pedía la hilada.
Lo posó. Lo ajustó con dos toques de maza, comprobándolo contra la plomada que colgaba quieta en el aire sin viento.
Lo golpeó por último con el mango, una vez, dos, para oír por el sonido si había sentado limpio o si quedaba debajo un dedo de aire mal relleno; y oyó que sí, que había sentado, un sonido macizo, lleno, sin un punto de hueco, el sonido de la piedra que ya es muro.
Y se quedó un momento con la mano abierta encima, sintiendo por el tacto lo que el ojo, a sus años, ya no le decía tan bien, igual que el primer día de maestro, en el lienzo norte, había sentido bajo la palma el sillar que sonaba hueco.
Toda una vida entre aquellos dos gestos, el de la mano que detecta la piedra mala y el de la mano que despide la piedra buena, y ni él mismo se dio cuenta de que cerraba el círculo.
Abajo, en la obra, se oía a Vímara repartir el trabajo del día con la voz firme del que ya es maestro aunque su padre no se lo haya dicho todavía con palabras: que esos sillares al andamio dos, que la cuadrilla de Endura el mozo a la cantera, que cuidado con la cimbra de la crujía nueva que aún no ha fraguado la clave.
Froila lo escuchó desde lo alto, sin asomarse, y pensó, con una sonrisa que nadie vio, que ya no hacía falta que le dijera al chico que era maestro, que un maestro no se nombra, se hace solo, como se había hecho él, y que la única manera de saber que has criado bien a tu relevo es notar, un día cualquiera, sin aviso, que la obra sigue igual de bien sin que tú tengas que abrir la boca.
Aquella mañana lo notó. Y le supo a paz, no a despedida.
Bajó del torreón despacio, peldaño a peldaño, agarrándose, y en vez de ir a la obra fue a sentarse al sol, contra el muro, en el sitio donde lo daba mejor a aquella hora, el sitio de los viejos, contra la misma piedra que él había levantado de mozo y que ahora le devolvía el calor del sol como devolviéndole algo que le debía.
Estiró las piernas. Cerró los ojos un momento contra la luz.
Oía la cantera al fondo, el cincel de alguien, una orden de su hijo, el repicar viejo de la fragua que era el reloj de Velagra desde antes de que él naciera; y todos aquellos sonidos, que eran el sonido de la peña viva, le entraron por última vez como entra la música a un sordo que recobra el oído, enteros, hermosos, suficientes.
Allí lo encontraron a media tarde. Fue un zagal el que dio la voz, uno de los que acarreaban agua a la obra, que pasó a ofrecerle un trago al maestro viejo y lo vio quieto contra el muro, y al principio no se atrevió a tocarlo, creyéndolo dormido, que muchas tardes lo veían dormitar al sol; pero la quietud era otra, una quietud honda que el chiquillo, sin saber nombrarla, reconoció y le puso el corazón en la boca.
Dormido para siempre, viejo, en paz, con la espalda apoyada en su propia obra y la cara vuelta hacia la cantera, como si todavía estuviera mirando de dónde sacar la próxima piedra.
No había gesto de dolor en la cara, ni susto, ni reproche; solo el descanso de quien ha cargado mucho y suelta por fin la carga.
La mano la tenía abierta sobre el muslo, la palma hacia arriba, la palma córnea y agrietada de cantero que ya no sentía el frío de la piedra, vacía por fin de cincel y de vara, descansando.
Vímara, cuando lo llamaron y subió corriendo y lo vio, no gritó.
Se arrodilló a su lado, le tomó aquella mano abierta y se la sostuvo un rato largo, sin decir nada, mirando lo mismo que su padre había estado mirando, la cantera, el río, la peña; y luego se la cruzó él mismo sobre el pecho, con cuidado, como se asienta un sillar que ya no se va a mover más.
Lo lloró la peña entera, que pocos quedaban que no le debieran a aquel hombre la casa en que dormían o el muro tras el que dormían seguros, y muchos que ni siquiera lo habían tratado de cerca lloraron, porque al morir un viejo así se muere también un pedazo de la memoria del sitio, y la gente lo siente aunque no sepa nombrarlo.
Vincencio, ya casi ciego, rezó sobre él el responso con la voz quebrada, equivocándose en alguna palabra del latín que se sabía de memoria desde mozo, porque la pena le desordenaba la letra.
Lo bajaron a hombros por la rampa de la cantera, despacio, el camino que Froila había subido y bajado diez mil veces cargando piedra, y fue como si la peña entera lo acompañara una última vez a la falda, los canteros delante, la gente detrás, los niños mirando sin entender del todo por qué los mayores callaban tanto.
Lo enterraron en la falda, donde estaban los suyos, con Teudila, que le había enseñado todo a golpe de mango en los dedos, y con los otros maestros viejos, y con Ardón el de la brecha, que cayó defendiendo lo que Froila pasó la vida levantando, y con Eilo, su mujer, que se le había ido un par de inviernos antes, callada como había vivido, una mañana cualquiera, sin queja, y a la que Froila había echado de menos cada día desde entonces sin decírselo a nadie, hablándole en voz baja por las noches como si todavía estuviera al otro lado del jergón.
Los pusieron juntos, a ella y a él, como habían estado juntos desde niños, desde aquel trueque de un pájaro de piedra por una espiga que ninguno de los dos olvidó nunca, el único tratado de paz, decían los viejos, que se firmó nunca entre la piedra y el pan.
Y alguien, que fue Vímara, puso en la fosa, sin que nadie se lo mandara, sin decírselo a nadie, las dos cosas que su madre había guardado treinta años en un trapo al fondo del arca y que él había encontrado al morir ella sin saber del todo qué eran hasta que su padre, una vez, se lo contó: el pajarillo tosco que Froila le talló de mozo en un canto del río y la espiga vieja, ya seca y quebradiza, que Eilo le dio a cambio.
Los puso uno junto al otro, entre los dos cuerpos, para que se fueran juntos los dos sellos de aquella paz, la de la piedra y la del pan, y la tierra los guardara como ellos se habían guardado.
Y fue Vímara quien grabó la lápida. La labró él mismo, con sus manos, sin dejárselo a ningún peón, despacio, durante varios días, como quien escribe una carta que va a leer alguien dentro de mil años.
Puso el nombre, y los años que supo, que no eran muchos los que se sabían a ciencia cierta de un hombre nacido en la fundación.
Y luego, en una esquina de la piedra, abajo, donde casi no se veía, donde solo daría con ella quien supiera que tenía que buscarla, grabó otra cosa: la seña de la cadena, la marca en eslabones que decía «uno de los nuestros», la misma que su padre había grabado treinta años atrás en la lápida de Teudila, y Teudila quizá en otra antes, hacia atrás en el tiempo hasta donde nadie alcanzaba a recordar.
Y al grabarla, marcando despacio en la piedra los eslabones con el cincel, sintiendo bajo la maza la misma piedra que tantas veces había labrado su padre, Vímara entendió, sin que nadie se lo explicara, sin palabras, de golpe, lo que aquel gesto significaba.
Que con él no estaba solo enterrando a su padre.
Estaba entrando él. Que la seña no la grababa por fuera, como un escriba que copia, sino por dentro, como un eslabón que se suelda al de antes; que la peña, y el oficio, y el saber de las bóvedas que su padre le había dado con prisa por las mañanas frías, y el secreto que dormía en el muro vuelto piedra entre las piedras, todo aquello pasaba a sus manos en aquel mismo momento, calladamente, sin ceremonia, de uno a otro, como había pasado siempre, sin que el hilo se cortara nunca.
Se quedó un rato largo con la mano sobre los eslabones recién grabados, igual que su padre se quedaba con la mano sobre un sillar recién sentado.
Y no lloró. Los canteros no lloran sobre la obra.
Lloran después, o no lloran, y lo guardan en la piedra, que es donde aguantan las cosas.