La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 35
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El que trajo a Velagra la primera noticia de que el mundo se daba la vuelta no fue un emisario ni un conde ni un pliego con sello de cera, sino un arriero del norte que subió un día de feria con las albardas cargadas de hierro y de chismes, y que valía, los chismes, tanto como el hierro.

Se llamaba Teudano, y hacía la ruta larga, la que cruzaba la tierra de en medio de parte a parte uniendo las pocas ferias que aún se tenían en la frontera con los mercados grandes del norte; hombre de mundo a su manera pobre, de los que duermen cien noches al año bajo cien techos distintos y en cada uno cargan una noticia y descargan otra, de modo que sin saber leer ni una letra llevaban en la cabeza, mejor que los reyes, el estado verdadero del mundo, porque lo oían contar a los que de verdad lo sufrían.

Era de los pocos que aún se atrevían con aquella ruta, que hacía ya una generación que el desierto la había vuelto peligrosa y solitaria, leguas y leguas sin un alma a quien pedir auxilio ni de quien guardarse, y los que la corrían lo hacían armados de un cuchillo y de un perro y de la certeza de que en la tierra de en medio uno está solo de verdad; por eso valían lo que valían los que llegaban, porque cada uno era un hilo tendido entre dos mundos que apenas se hablaban.

Llegó a media tarde, soltó la carga en el cobertizo de los arrieros, y antes de tratar el precio del hierro ya estaba arrimado al fuego de la posada de abajo desgranando lo que había visto arriba, que era su otra mercancía y no la peor, porque en la frontera una buena noticia, o una mala bien contada, se pagaba con un caldo y un sitio al calor, y a veces con más.

Vímara estaba allí aquella tarde, que solía bajar a la posada a oír a los arrieros, no por el vino, que apenas lo cataba, sino porque un maestro de obra necesita saber del mundo de donde le viene la piedra y la cal y los hierros, y porque su padre le había enseñado de niño que el que solo mira su propia piedra acaba sin entender por qué un día le falta.

Bajaba además por una razón que no se confesaba: porque desde que su padre faltaba, la casa se le hacía grande de noche, y la posada de abajo, con su lumbre y sus voces y sus arrieros de paso, era lo más parecido a tener compañía que un hombre callado como él se permitía buscar.

Se sentaba en un rincón, pedía poco, y oía.

Y aquella tarde oyó contar a Teudano, entre el precio del centeno y la muerte de un obispo del que en Velagra nadie había oído hablar, una cosa que al principio le sonó tan lejana como las estrellas y que se le fue quedando dentro a medida que el arriero la desgranaba.

—Allá arriba —decía Teudano, calentándose las manos, con media posada pendiente de su boca— ya no se habla como se hablaba.

Yo me acuerdo, de mozo, de cuando lo único que se oía en las ferias era que había que vaciar esto de aquí abajo, dejarlo limpio para que el moro no encontrara de qué comer cuando subiera, bajar al norte a la gente y quemar detrás lo que no se pudiera cargar.

Eso era el rey de entonces, que en gloria esté, y eso era lo que todos daban por bueno.

Pues ya no. —Escupió al fuego, que chisporroteó—.

Ahora, en las cortes, los condes andan diciendo lo contrario justo.

Que una tierra vacía no da nada. Que no paga, no defiende, no cría.

Que más vale gente brava en la frontera, con su arado y su lanza, que cien leguas de soledad por donde el moro pasa como por su casa porque no encuentra a quién matar.

Y dicen, lo dicen ya en voz alta, que hay que volver a bajar.

No a llevarse a nadie, ¿oís? Lo contrario. A traer. A poblar.

Hubo un movimiento en la posada, un revolverse de la gente en los bancos, porque en Velagra la palabra «poblar» despertaba un eco viejo y agrio, el del miedo a que volviera a subir alguien por el río con una carta y una orden, que la peña había aprendido a temer a todo el que bajaba del norte con un pergamino, viniera a quitar o a dar.

Y alguien, un viejo, dijo que él esa tierra de en medio la había visto vaciar de crío y que no se la volvía a llenar nadie, que estaba maldita, que el que bajara a romperla se dejaría los huesos en ella para nada; y Teudano se rió, con la risa segura del que trae la noticia de primera mano y oye discutírsela al que no se ha movido de su silla.

—Pues alguien la está volviendo a llenar ya, abuelo.

Yo he visto, con estos ojos, en las tierras altas, antes de bajar, a un conde repartiendo cartas.

Cartas de amparo, las llaman, o cartas de población, no sé bien el nombre que les ponen los frailes; pero lo que dicen lo sé, que me lo leyó un cura por dos cuartos.

Dicen que el que baje a la frontera y rompa una tierra con su arado y la ponga a dar, esa tierra es suya.

Suya en propiedad, no de arrendar a un señor, suya de verdad, para él y para sus hijos.

Y que no paga cargas por unos años. Y que el conde lo ampara contra el que venga a quitársela, sea moro o sea cristiano.

—Bajó la voz, y la posada entera se inclinó hacia él—.

Hay quien ya ha bajado, os digo. Familias enteras, con la mula cargada de aperos, buscando tierra yerma que romper.

Despacio, de momento, los más valientes o los más desesperados, que para el caso es igual.

Pero bajan. Y donde baja uno y le va bien y no lo matan, al año bajan diez.

Yo esto lo he visto empezar otras veces, con otras cosas, y sé cómo huele cuando una cosa empieza de verdad y no es habladuría. Y esto ha empezado.

A Vímara aquello le entró despacio, como entran las cosas grandes, sin que él midiera del todo lo que oía; pero lo guardó, que era hijo de quien era y sabía guardar lo que sonaba importante aunque no se entendiera del todo, y aquella misma noche subió a la casa de la torre y se lo contó al señor, no porque creyera que era noticia para el señor, sino por el gusto de contarle a Gundemaro las cosas del mundo, que el viejo las agradecía y se las hacía repetir.

Y Gundemaro, que era ya muy viejo y que de tan viejo veía las cosas venir antes que los jóvenes, como ven la lluvia los que tienen los huesos rotos, lo entendió a la primera, entero, de golpe, mejor que el propio arriero que lo había contado y mejor que Vímara que se lo traía.

Se quedó callado un rato largo después de oírlo, con la mirada perdida en el fuego, y cuando habló, lo hizo despacio, más para sí que para el muchacho.

—Lo que ese arriero te ha contado en la posada, Vímara, vale más que todo el hierro que traía en las albardas.

—Se removió bajo la manta—. Yo recibí en esta misma casa, hace una vida, a un hombre del norte que subió por ese mismo camino del río a decirme que mi tierra estaba condenada, que la vaciaban, que el rey nos quería a todos arriba y muerto el suelo detrás.

Gutier, se llamaba. Buen hombre torcido por una idea.

Le dije que no, y me costó lo que me costó, y la peña pasó hambre treinta años por aquel no.

Treinta años haciéndonos los muertos, agachando la cabeza ante cada forastero, picando piedra a oscuras para que nadie nos creyera dignos del viaje.

Y ahora vienes tú y me dices que en esas mismas cortes de donde bajó la orden de vaciar empiezan a decir lo contrario, que hay que llenar.

—Volvió la cara hacia el muchacho, y había en sus ojos negros y viejos una luz que Vímara no le había visto—.

¿Sabes lo que significa eso, rapaz? ¿De verdad lo sabes?

Vímara dijo que no del todo, con la honradez de los suyos.

—Significa —dijo Gundemaro, y le costaba la voz pero no las palabras— que el viento que llevaba toda mi vida soplando en contra empieza a cambiar.

Significa que la tierra que un rey mandó vaciar, otro rey va a querer llenarla; que el día menos pensado, no mañana, ni en mis años quizá, pero en los tuyos seguro, va a empezar a bajar por ese río gente a quedarse, no a llevarse a nadie, sino a plantarse y a roturar y a poblar.

Y significa, Vímara, lo que ni el del norte ni el del sur ni la facción ni yo mismo supimos ver en toda esta guerra larga: que el día que un hombre baje por ese río buscando dónde plantarse, no se lo vamos a tener que contar, lo va a ver con los ojos al doblar el recodo.

—Se le quebró la voz un instante, y la rehízo despacio, como quien apoya la mano en un sillar antes de cargarle el peso—.

Toda la tierra alrededor será yermo y ruina, y aquí, en medio del yermo, habrá una peña en pie.

Esa es la cuenta entera, y no hace falta saber latín para echarla.

Nos hicimos invisibles para salvarnos, y ahora vamos a tener que aprender lo contrario, a dejarnos ver, porque el que se esconde se salva del que viene a quitar, pero se pierde al que viene a repartir.

—Calló un momento, y sonrió, una sonrisa cansada y honda—.

No lo voy a ver yo terminado, eso. Pero he vivido para oír el primer rumor de que viene, y con eso me basta.

Toda una vida creí que aguantábamos sin para qué, que guardábamos los cimientos de un reino que no iba a volver.

Y ese arriero borracho me acaba de decir, sin saberlo, que el reino vuelve. Tarde para mí. A tiempo para ti.

Vímara bajó aquella noche de la casa de la torre con una cosa nueva dentro, una sensación rara de estar parado justo en la bisagra de algo grande, en el filo donde una época se acaba y otra no ha empezado todavía; y se acordó, sin saber por qué, de la bóveda del torreón, del instante en que aflojó la primera cuña y la piedra quedó sola sobre el vacío sin saberse aún si caería o aguantaría.

La frontera entera estaba en ese instante, le pareció.

Algo se había aflojado allá arriba, en las cortes lejanas; el engaño de debajo empezaba a quitarse; y todo el mundo conocido, el del desierto y el de hacerse el muerto, colgaba de pronto sobre el vacío, sin saberse aún si se vendría abajo o si trabaría sus piedras en el aire y se quedaría, distinto, vuelto otra cosa.

Pero esa, comprendió, ya no era una bóveda que fuera a cerrar su padre, ni siquiera él del todo; esa la cerrarían los que vinieran detrás, los críos que aún no habían nacido, los que bajaran por el río con el arado en la mula.

Y por primera vez en su vida de maestro, mirando el río negro en la noche, Vímara pensó no en la piedra que tenía delante, sino en la que pondrían los que él no llegaría a conocer.