La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 34
89%

34

Gutier murió viejo, en el norte, sin haber vuelto nunca a bajar a la frontera, y Velagra no se enteró hasta una estación después, por boca de un arriero, como se enteraba de todo lo que pasaba en el mundo: tarde, deformado por el camino, y de pronto encima de la mesa una noche de invierno como una piedra que se deja caer.

El arriero era uno de los pocos que aún hacían la ruta del norte, un tal Sisnando, hombre cauto, flaco de tanto camino, con una mula coja y otra sana y un perro tuerto que dormía siempre con un ojo puesto en la carga; dormía él fuera de los muros, en el cobertizo de los arrieros, por no deberle a nadie el techo, y cobraba las noticias tan caras como el grano, que en la frontera una y otro alimentaban por igual.

Llegó al filo de la noche, con la escarcha ya prendiendo en las albardas, y antes de soltar la carga ya estaba arrimado al fuego de la posada de abajo, calentándose las manos agrietadas, mirando a los de la peña con el ojo torcido del que sabe que trae algo que vender y mide a quién se lo vende.

Pidió primero un caldo. Después un trago.

Y solo entonces, cuando ya tenía el cuerpo caliente y a media taberna pendiente de su boca, soltó la noticia despacio, gota a gota, como sueltan los de su oficio lo que vale: que allá arriba, muy al norte, en una de las tierras nuevas que el rey había repartido entre la gente bajada del Duero, había muerto un señor viejo de los que en su día encabezaron el vaciar de la frontera, un tal Gutier, y que había muerto de mala muerte.

No de hambre, que tenía cama y caldo y hasta un capellán.

De algo peor. Se había ido descontento, dijo el arriero bajando la voz, hablando solo los últimos días, repitiendo cosas que nadie de los que lo velaban acertaba a entender.

—Hablaba de una peña —dijo Sisnando, mirando el fuego, sin saber que la mitad de los que lo escuchaban habían nacido en ella, y que el que estaba al fondo, el herrero, había sido el primero en oír picar al topo en el muro—.

De una peña del sur que se le quedó atravesada como una espina que no sale.

Y de un señor de ojos negros que le dijo que no a la cara del propio rey, y eso, decía, no se lo había hecho nadie en su vida, decirle que no y quedarse tan ancho.

Y de una corona. Decía que había buscado una corona los últimos años de su vida, y que la había buscado sin honra, y que esa palabra, sin honra, la repetía mucho, una y otra vez, como quien se rasca una llaga que no cura.

—Escupió al fuego, que chisporroteó—. Murió rezando y maldiciendo a la vez, según el que me lo contó.

Pedía perdón a Dios con una mano y se acordaba de la corona con la otra. Mala manera de irse. La peor.

Hubo en la posada un silencio raro, que el arriero tomó por respeto a la muerte de un señor y que era otra cosa, el silencio de gente que reconoce un cuento propio en boca ajena y no puede decirlo.

Endura, el herrero, que estaba al fondo con la barba ya gris, no dijo nada; pero subió aquella misma noche a la casa de la torre a contarlo, porque entendió, él que había oído al topo picar la piedra años atrás, que aquella noticia era de las que el señor querría oír de boca de uno de los suyos y no por los corrillos.

Cuando se lo contaron a Gundemaro, que era ya viejo también, no se alegró.

Hubo un tiempo en su vida, de mozo, en que la noticia de la muerte de un enemigo le habría sabido a vino; pero aquel tiempo había pasado hacía mucho, y un hombre que ha enterrado a tantos como él enterró aprende que de la muerte de nadie hay que alegrarse, ni siquiera de la del que te quiso mal, porque la muerte ajena es siempre un ensayo de la propia, y el que se ríe del muerto se ríe sin saberlo de sí mismo.

Se lo dijo a Froila una de aquellas tardes, antes de que Froila se fuera también, los dos sentados al sol contra el muro, que era donde los viejos de la peña se sentaban a gastar las últimas mañanas.

—De todos los que vinieron a por nosotros —dijo Gundemaro, despacio, con la mirada en el río—, el más triste fue ese del norte.

El moro venía a robar, y robar se entiende; el de la facción venía a vender, y vender es oficio de ratas, pero oficio.

Ese no. Ese bajó a hacer el bien. Bajó a salvar cristianos del cautiverio, con una hija suya en las cadenas de Córdoba, según supimos, llevando dentro una herida de las que enderezan a un hombre o lo tuercen del todo.

Y se torció. Despacio, sin darse cuenta del día.

Un viejo arriero le sembró una codicia en una noche de piedra, aquí mismo, en este adarve, y la codicia le fue comiendo la honra por dentro como el agua come la bota, por donde no se ve, hasta que un día se encontró buscando oro a escondidas el hombre que había bajado a buscar almas.

—Froila no decía nada, dejaba hablar al señor, que sabía que aquello le hacía falta soltarlo—.

Era un hombre honrado, Froila, al que la vida puso a elegir entre su honra y su curiosidad, y eligió mal, y se pasó lo que le quedó sabiéndolo.

No le deseo a nadie esa muerte. Morirse pobre es duro.

Morirse rico es vano. Pero morirse sabiendo que dejaste de ser quien eras, eso no se lo deseo ni a él.

Froila asintió despacio, dándole vueltas a una piedrecita del río entre los dedos, que era lo que hacía cuando pensaba, costumbre que tendría hasta el último día. Tardó en hablar. Miraba el agua bajar, gris, paciente, llevándose hojas.

—Lo enterró su rencor —dijo al fin, sentencioso, como hablaba—.

Como nos entierra a todos lo que llevamos dentro y no soltamos a tiempo.

A unos la piedra, a otros el oro. Da igual el material.

La obra que cada uno levanta por dentro lo entierra al final.

—Tiró la piedrecita al vacío, hacia el río, y los dos viejos siguieron con los ojos el arco que trazó hasta perderse—.

Lo que me da que pensar no es él, Gundemaro.

Es que un hombre honrado se torció por una gota de codicia que ni siquiera era suya, que se la metió otro.

Y me pregunto cuántos andamos por ahí con la gota puesta sin saberlo, esperando solo el día en que nos apriete.

A mí me la pusieron también, ¿sabes? De joven.

La prisa. Teudila me la sacó a golpes de mango en los dedos, una piedra mal asentada tras otra, hasta que aprendí que la prisa era mi gota y que si no la mataba ella me mataría a mí la obra.

Tuve suerte de tener quien me la viera. Ese del norte no la tuvo.

Nadie le dijo a tiempo cuál era la suya.

—La tuya era la prisa —dijo Gundemaro, con una media sonrisa cansada—. La mía, querer entenderlo todo. Saber de quién era mi cara. Mira que me costó, y mira que casi me cuesta más.

—Pero a ti te lo sacaron también —dijo Froila—.

Tarde, pero te lo sacaron. Auria, derecha como ella es.

Y mira: no te torciste. Saberlo te enderezó.

—Se quedó callado un momento—. A lo mejor esa es toda la diferencia entre un hombre y otro, Gundemaro.

No la gota que llevas, que esa la lleva todo el mundo.

Quién te la ve a tiempo, y si te deja sacártela o te deja pudrirte con ella dentro.

Pero con Gutier se fue, sin que en Velagra lo entendieran del todo todavía, mucho más que un enemigo viejo.

Se fue una época entera, y eso tardaron años en verlo.

Porque Gutier había sido la cara de una idea, la de vaciar la tierra, la de bajar a los cristianos al norte y dejar la frontera muerta y reseca para que el moro no encontrara de qué comer en ella; y aquella idea, que había estado a un invierno de matar a Velagra de hambre y de soledad, empezaba por aquellos años a cansarse, como se cansan todas las ideas de los hombres cuando se han llevado por delante a bastante gente y no han traído lo que prometían.

Los reyes del norte, los que vinieron después del que mandó vaciar, empezaban a mirar la tierra de en medio con otros ojos.

Lo razonaban en cortes lejanas de las que en Velagra no sabían casi nada, llegaba de tarde en tarde el rumor de un concilio, de un conde que había hablado, de un obispo que había escrito; pero la cuenta era simple, tan simple que Gundemaro, oyéndola contar años después, se preguntaría cómo no la habían echado antes, cómo había hecho falta una generación entera de hambre para llegar a ella.

Una tierra vacía no rinde. No paga diezmos, no da soldados, no cría hijos que mañana defiendan la marca, no levanta iglesias ni cría ganado ni amasa pan; es solo un desierto entre dos miedos, una franja que cuesta vigilar y no devuelve nada, una cicatriz en mitad del reino.

Y un desierto no se gobierna ni se cobra ni se hereda; un desierto solo se cruza, y lo cruza igual el cristiano que el moro, porque no hay en él a quién pedir cuentas ni de quién defenderse.

Despacio, en aquellas cortes, alguien empezó a pensar lo contrario exacto de lo que pensó Gutier toda su vida: que la frontera no había que vaciarla, sino llenarla; que donde hay gente y piedra y pan amasado hay reino, y donde no, solo viento que pasa; que más valía una marca poblada de gente brava que defendiera lo suyo, con sus aperos en una mano y su lanza en la otra, que cien leguas de soledad que cualquiera podía atravesar de parte a parte sin encontrar a quién matar ni de quién huir.

Aquel cambio tardaría aún en bajar al Duero, que las ideas de los reyes tardan en llegar al río lo que tarda el agua en subir un monte.

Pero había empezado. Y aquel giro, que Velagra todavía no podía siquiera imaginar, que sonaba tan lejano como las estrellas, iba a ser para la peña el principio de todo lo que vendría después; porque la tierra que un rey había mandado vaciar, otro rey querría un día llenarla, y entonces el único sitio en cien leguas que no se había vaciado, el que había aguantado el desierto haciéndose el muerto, sería de pronto, sin haberlo buscado, lo más codiciado de la frontera.

Pero eso era cosa de los muchachos que crecían, de Vímara y de Gélmiro, no de los viejos que tomaban el sol contra el muro; y los viejos, que ya habían aprendido lo poco que un hombre ve de las obras que empieza, lo dejaron para ellos sin saber siquiera que se lo dejaban.