La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 33
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Adulfo subió el camino del río descalzo y sin volverse, como Velagra lo había visto marchar; pero la peña dejó de verlo en el primer recodo, y lo que el camino vio después no lo vio nadie de los suyos, y por eso conviene contarlo, porque allí, en aquella subida de un hombre solo hacia el norte, empezaba a tejerse el hilo que volvería un día a bajar.

No anduvo deprisa. Un hombre al que echan con lo puesto en la escarcha no tiene adónde llegar con prisa, y Adulfo, los primeros días, ni siquiera supo bien hacia dónde iba, solo que era hacia arriba, hacia el frío, hacia las tierras del rey de donde su abuelo había salido en su día con el encargo que él no había sabido cumplir.

Comió lo que roba un hombre solo por los caminos, raíces, una gallina de un corral mal cerrado, las sobras que le tiraban en las puertas de las aldeas que aún quedaban, pocas, medio vacías, gentes acabadas que lo miraban pasar con la desconfianza de quien no tiene ya nada que perder y aun así teme perderlo.

Y mientras subía, descalzo primero y luego con unas abarcas que le dio por lástima un pastor, iba haciendo dentro la cuenta de su vida, que es lo que hace un hombre que camina solo muchos días, y la cuenta no le salía, y cuanto más no le salía más se le agriaba por dentro, hasta que la rabia, que es el único calor que les queda a los hombres como él, le fue secando hasta el frío.

La tercera noche, ya alto el camino, durmió al raso en el hueco de una peña que no era la suya y que se lo recordó toda la noche, porque hasta las piedras del norte eran distintas, más pobres, más sueltas, no aquella sillería trabada que él había picado diez años buscando un hueco que no estaba; y entendió allí, tiritando, lo que no había querido entender dentro: que se había quedado sin sitio en el mundo.

Atrás dejaba la única peña que lo había acogido, y la había dejado por su culpa, por haber forzado la mano una noche sin luna; delante tenía el norte de su abuelo, una tierra que no conocía, una sangre que apenas lo reclamaba, un nombre, el de Bermudo, que en aquellas alturas no abría ya ninguna puerta porque el viejo topo llevaba una vida muerto y olvidado.

No era de ningún lado. Era de los que no son de ningún lado, los peores, los que cargan su sitio dentro porque no lo tienen fuera, y el sitio que Adulfo cargaba dentro era un agujero con forma de corona.

Lloró aquella noche, una sola vez, no de pena, que la pena pide una hondura que él ya no tenía, sino de rabia pura, mordiéndose el puño para no oírse, como llora un hombre cuando entiende que ha tirado su vida y que no hay manera de recogerla del suelo donde la tiró.

Porque había gastado veinte años. Veinte años de su única vida metido dentro de una peña que lo había acogido, durmiendo en una cama que no era trampa, comiendo un pan que le daban sin recelo, arando una tierra que era de verdad suya de arar; diez años fingiendo ser un vecino, y la desgracia, la que Adulfo no se confesaba ni a sí mismo en el camino, era que durante buena parte de aquellos diez años no había fingido tanto, que se había hallado a gusto sin querer, que el pan sabía mejor cuando uno lo come entre gente que lo trata como a uno de los suyos, que el trabajo de la tierra, que él hacía para que lo vieran luchar, había acabado gustándole por sí mismo, y que la mujer con la que se acostó para afianzar el disfraz lo había querido de verdad y él, sin darse permiso, había llegado a quererla un poco también, a su manera torcida, lo bastante para que ahora, subiendo solo hacia el frío, la cara de ella se le apareciera por las noches más que la corona.

Pero más que ella lo persiguió, los últimos días de camino, otra cosa: lo que Recesvinta le dijo la última noche, en la cama, en voz baja, y que él no quiso entender.

Que algo la ataba a la peña más fuerte que él.

Lo tomó por cobardía de mujer, y lo cargó camino arriba como una afrenta más; y no supo, porque no le fue dado saberlo, que lo que la ataba tenía ya tres meses y era suyo.

Se quedaba allá abajo, en el vientre de una mujer que él no volvería a ver, criándose en la peña que él había venido a vender, sin saber nunca quién había sido su padre ni qué había venido a hacer: una semilla suya, sangre de su sangre y de la de su abuelo, creciendo justo en el sitio donde su abuelo y él habían fracasado en arrancar lo que querían; y el hombre que la dejaba puesta subía hacia el norte sin saberlo, cargando dos hijos que sí conocía y no le habían dolido tanto de dejar, y un acertijo de mujer que no quiso descifrar.

Le dio vueltas muchas leguas a aquel «algo me ata», y la rabia, que en los hombres como él lo tiñe todo, acabó tiñéndolo también y lo dejó caer, que un hombre que lo ha perdido todo no carga además con los acertijos de una mujer.

No volvería él a la peña, ya lo sabía, que Gundemaro se lo había dicho a la cara delante de todos y él había visto en los ojos del señor que no era amenaza vana.

Lo que subía con él, con las abarcas robadas, era lo único que de verdad se llevaba de veinte años perdidos: la certeza, que ya no podría probar nunca y que por eso mismo no lo dejaría dormir, de que la corona de los reyes godos estaba allí, en aquella peña, escondida donde él había picado todos los muros sin dar con ella, real, palpable, a un palmo de sus dedos durante diez años y siempre un palmo de más.

Lo que Adulfo no vio, porque para entonces ya iba leguas arriba del río, fue que aquella semilla suya nació.

La parió Recesvinta a la entrada del verano siguiente, en la misma casa donde el padre había picado de noche su plano del enemigo, con Auria de partera, que de eso seguía sabiendo más que nadie aunque le pesaran ya los años; y fue parto largo y callado, de los de una mujer que aprieta los dientes y no grita porque no quiere despertar a los dos críos que duermen al lado ni dar que hablar a una peña que la mira con lástima.

Salió un varón, sano, berreando fuerte, con la cara colorada y arrugada de todos los recién nacidos, sin nada todavía del padre ni de nadie, una hoja en blanco como lo son todos al nacer.

Auria lo limpió, se lo puso en el pecho a la madre, y mientras Recesvinta lo miraba mamar con una cara que no era de alegría ni de pena sino de las dos cosas trabadas, la vieja sanadora, que cargaba más de un secreto de aquella peña, pensó para sus adentros lo que no dijo: que acababa de traer al mundo, sin que la criatura tuviera culpa de nada, sangre del topo arraigada en el corazón de Velagra; que aquel niño que mamaba inocente llevaba dentro, dormida, la misma sangre que en el norte subía cargada de rencor; y que solo el tiempo, que ella ya no vería, diría si aquella sangre callaba para siempre, criada derecha entre buena gente, o si despertaba algún día, como despierta lo que se hereda sin saberlo, llamada por la otra mitad de sí misma desde el otro lado de la frontera.

No dijo nada. Le dijo a Recesvinta que era hermoso, que estaba sano, que lo criara con los otros sin distinguirlo, y que el nombre lo eligiera ella, que un nombre nuevo es lo único limpio que se le puede dar a un hijo.

Y le buscó la madre uno que no fuera del padre ni de su línea, uno de la peña, para que no le quedara al crío ni en el nombre la sombra de lo que no había hecho.

Llegó al norte ya entrado el invierno, a las tierras nuevas donde el rey había repartido suelo entre las familias bajadas del Duero una generación atrás, y allí, entre aquella gente que había hecho lo que él fingió hacer, salir de verdad de la frontera para empezar de cero en suelo seguro, buscó a los de su sangre, a lo que quedaba de la línea de su abuelo Bermudo, primos lejanos, gente que apenas lo conocía y que lo recibió con la desconfianza con que se recibe al pariente pobre que vuelve sin nada.

Se ganó un sitio como se lo ganan los de su oficio, contando.

Contó por las noches, al amor de las lumbres ajenas, despacio, gota a gota, como había aprendido del modo en que el viejo Bermudo contaba, lo que sabía de Velagra: que existía, que estaba en pie, que era rica de verdad por debajo de su disfraz de pobre, que su señor tenía cara de moro y un secreto en la sangre, y que en el corazón de aquella peña, vuelta piedra entre las piedras, dormía una corona de oro y pedrería que valía más que toda la tierra del Duero junta.

Y lo contó con tal certeza, con tal rabia, con tal detalle de diez años de acecho, que los que lo oían, que no habían visto Velagra nunca, empezaron a verla; y lo que en él era una herida personal, el fracaso de su vida, fue prendiendo en los más jóvenes de la casa como una brasa que se pasa de mano en mano, hecho ya no rencor de un hombre, sino historia de familia, agravio heredado, deuda con nombre y con sitio: una peña al sur, un oro escondido, una afrenta que cobrar.

Una noche, envejecido antes de tiempo y amargado, gastado de contar siempre lo mismo, en los años en que aún no había bajado del norte el conde que le devolvería la caza, Adulfo le dijo a un sobrino mozo, el que más caso le hacía, el que más se le encendía oyéndolo, una cosa que el muchacho no olvidó:

—Yo no pude. Mi abuelo no pudo. Tú o el tuyo, a lo mejor.

Eso no se pierde, ¿oyes? Eso se pasa, como se pasa una tierra o una deuda.

La corona está allí. La he tenido a un palmo.

Algún día baja uno de los nuestros y la saca, aunque tenga que echar la torre abajo piedra a piedra para llegar a ella. Júramelo.

Y el mozo, que era joven y le sobraba la rabia que en el viejo ya solo era ceniza, se lo juró, sin saber bien lo que juraba, por el gusto de jurar algo grande; y así quedó la cosa, dicha, pasada, hecha herencia.

De manera que cuando Adulfo desapareció un día de las tierras nuevas, años después, camino de León y de lo que fuera, sin haber vuelto aún a ver Velagra ni a la mujer ni al hijo que dejó dentro, lo que dejó allí no fue un hombre que se olvida, sino una cadena puesta enfrente de la otra: porque mientras en la peña, allá abajo, Vímara grababa en una lápida la seña en eslabones que decía «uno de los nuestros» y la pasaba hacia delante de maestro a maestro sin que el hilo se cortara, en el norte, sin que la peña lo supiera, otra cadena se soldaba eslabón a eslabón, de abuelo a nieto, hecha no de oficio sino de odio, esperando ya, en algún camino del norte, al que un día, cuando el viento volviera a cambiar y la frontera dejara de hacerse la muerta, bajaría por el camino del río a cobrar la deuda de tres generaciones de rencor.

Y lo más callado, lo que ni la una ni la otra cadena supo nunca, fue que las dos quedaban a la vez dentro de Velagra: la del oficio, a la vista, grabada en la piedra; y la de la sangre, escondida, creciendo en el vientre de una mujer cabal que criaría a su hijo derecho y sin nombrarle al padre, sin sospechar que llevaba dentro la sangre del topo, ni que aquella sangre, dormida y limpia, esperaba también su hora; de modo que el odio del enemigo quedó plantado, sin que nadie lo quisiera, en los dos lados de la frontera de la propia peña, esperando, los dos, a que el tiempo dijera cuál de las dos semillas brotaba antes.