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A Adulfo lo perdió, al final, lo mismo que pierde a todos los de su oficio: que pasó tantos años acechando un secreto que se le olvidó vivir, y un hombre que solo acecha acaba notándose, porque la vida verdadera deja huellas y el acecho deja huecos, y los huecos, en una peña pequeña donde todos saben todo de todos, se ven igual que se ve en un muro la junta que no asentó.
Llevaba más de veinte años dentro. Había bajado siendo un mozo, con una historia triste de aldea vaciada por el rey que era verdad a medias, y lo habían acogido como se acoge en una peña que se muere de despoblación a un par de brazos jóvenes que piden tierra: con los ojos cerrados, agradecidos, sin buscarle tres pies.
Se había hecho un vecino más. Trabajaba la parcela que le dieron en la vega de río arriba, mediera de mala tierra que él peleaba con paciencia para que lo vieran luchar; saludaba en la fuente; daba los buenos días al monje y se descubría delante del señor; se había casado, incluso, con una moza de la peña, una tal Recesvinta, hija de un pastor, buena muchacha que lo quería de verdad y que no sospechaba que el hombre con quien dormía tenía dentro, en vez de un corazón, una cuenta que su abuelo le había dejado de herencia.
Tenían ya dos críos. Adulfo los quería a su manera torcida, que hasta los hombres como Adulfo quieren algo; pero los quería menos que a la idea fija que lo había traído, y esa era toda su desgracia.
Porque en todos aquellos años había levantado su plano entero, callado, paciente, juntando una respuesta aquí y otra allá como su abuelo le enseñó.
Sabía quiénes eran la cadena, los que se juntaban de tarde en tarde en la celda del monje.
Sabía, por los viejos que hablaban de más en las matanzas y en los velorios, que la corona había existido de verdad, que no era cuento, que la habían tenido años bajo una losa de la cripta y que un día la habían movido de allí.
Intuía, por mil señales pequeñas, que andaba metida en la obra nueva, en alguno de los muros que Froila levantaba; lo intuía pero no lo sabía, y ahí se había estrellado, año tras año, contra la única cosa que su abuelo no había previsto: que Froila había hecho demasiado bien su trabajo, y que la corona no estaba escondida en ningún sitio del que se pudiera sacar, sino vuelta piedra entre las piedras, en el corazón de una fábrica, donde a nadie se le ocurre buscar un tesoro porque a nadie se le ocurre que un tesoro pueda no estar debajo de la piedra, sino dentro de ella.
Y la desesperación, que es mala consejera de los que esperan, le hizo cometer al fin el error que comete tarde o temprano el espía que ha esperado demasiado: forzar la mano.
Fue una noche de invierno, sin luna, de las que él había estado aguardando años porque sabía que la peña dormía más hondo en ellas.
Salió de su casa cuando Recesvinta y los niños respiraban ya parejo, dijo, por si alguien lo veía, que iba al corral por una res que paría, y subió en cambio, embozado, con un puntero corto y un mazo de cuero para que no sonara, al torreón del ángulo, el más nuevo, el que su instinto de diez años le señalaba sin pruebas.
Y allí, a oscuras, empezó a hacer lo que llevaba una vida soñando hacer: sondear los muros uno por uno.
Iba palmo a palmo, golpeando flojo con el puntero envuelto, pegando la oreja a la piedra, buscando por el sonido el sillar que sonara distinto, el hueco, la cámara, el escondrijo.
No sabía, el pobre desgraciado, que estaba haciendo, torcida, la misma maniobra que Froila hacía cada mañana de su vida por la razón contraria: tocar la piedra para oír lo que el ojo no dice.
No contaba con que en aquella peña había alguien que dormía con un oído puesto en los muros como una madre con el oído puesto en la cuna.
Endura, el herrero, que tenía la fragua al pie del torreón y que llevaba veinte años levantándose a media noche a atizar el fuego para que no se le muriera la lumbre, que una fragua apagada cuesta media mañana en volver a coger calor, oyó aquella noche en el silencio helado un golpeteo que no era de la peña.
Lo notó porque un herrero conoce los golpes como un cantero conoce las piedras, y aquel no era el de una herradura suelta ni el de una contraventana al viento, era un tac, tac sordo y tozudo, hecho de propósito para no oírse, y precisamente por eso se oía, porque en una peña dormida el ruido que se esconde llama más que el que se hace a las claras.
Se quedó quieto, escuchando, con el badajo del corazón golpeándole.
Luego se calzó, cogió un hierro de los de atizar, todavía templado, y subió descalzo y sin ruido por la parte de sombra, pegado al muro, como había aprendido de chico a acercarse a los conejos.
Lo que vio, a la poca luz de las estrellas, fue una sombra agachada contra la fábrica del torreón, picando, con el oído pegado a la piedra.
No la encaró. No era hombre de mucho seso pero tenía el de su oficio, que es saber cuándo el hierro caliente se trabaja y cuándo se deja enfriar; y aquello, entendió, no era cosa de resolver él a oscuras a golpes, sino de que lo viera quien tenía que verlo.
Bajó como había subido, fue a la casa de Vímara, que ya era el que mandaba en la obra, lo despertó con la mano en la boca para que no diera voces, y entre los dos, callados, fueron a buscar al señor.
Lo cogieron con las manos en la piedra. Con el puntero todavía clavado en una junta.
No hubo disfraz que valiera, ni historia de res que paría, ni cara de bueno; lo que hubo fue un hombre arrodillado de noche, robando el sueño de la peña que lo había acogido, con la culpa escrita en la postura, y un silencio espeso de los que se hacen alrededor de lo que ya no tiene vuelta.
Algunos lo querían muerto allí mismo. Endura, que era de genio corto como su padre, dijo que un topo se mata como se mata una rata, sin juicio, antes de que cunda; y no le faltaron voces que le dieran la razón, que en una comunidad que ha pasado hambre por guardar un secreto, el que viene de fuera a venderlo despierta una ira vieja y honda.
Pero Gundemaro, que ya peinaba canas y que había aprendido de su madre a no decidir nunca caliente lo que va a durar frío, los hizo callar a todos con un gesto de la mano.
Lo decidió a solas, aquella misma noche, en lo alto de la torre, que era adonde subía a ser señor de verdad.
Y lo decidió como su madre habría querido, poniendo las salidas una al lado de otra sin engañarse sobre ninguna.
Matar a Adulfo era fácil y era justo y era un error, todo a la vez.
Era un error porque matar a un hombre por sondear un muro es confirmarle al mundo que en ese muro hay algo por lo que matar; es decirle al norte, que era quien lo había sembrado por mano de su abuelo, que la corona era de verdad y que estaba allí.
Y era, además, hacer de un canalla un mártir, dar a la facción un muerto que llorar y una afrenta que cobrar, cuando lo que Velagra necesitaba, lo único que la había mantenido viva veinte años, era no merecer la atención de nadie.
Bajó con la decisión tomada. Al alba lo sacaron de la peña.
Lo echaron con lo puesto, como había llegado, sin un grano ni una herramienta ni un mal cuchillo, descalzo en la escarcha; y Gundemaro, que quiso decírselo él mismo a la cara para que el recado subiera entero al norte por boca del propio mensajero, le habló desde lo alto de la rampa, delante de la peña reunida, con la voz seca del que no necesita gritar para que se le obedezca.
—Sube al norte, y dile al que te mandó, o al que mandó a tu abuelo, que ha gastado dos vidas en una mentira.
Dile que en esta peña pobre no hay más tesoro que el hambre, y que si tanto la quiere comprobar, que baje él a buscarlo con sus propias manos, que aquí lo recibiremos como recibimos a todo el que viene de paz.
Y dile una cosa más, de mi parte. —Hizo una pausa, y la peña entera contuvo el aliento—.
Que aquí dejas mujer e hijos que sí son de los nuestros, y que de ellos cuidaremos nosotros mejor de lo que cuidaste tú, que tenías una vida buena delante y la cambiaste por el rencor de un muerto.
Anda. Y no vuelvas, que la segunda vez no habrá camino del norte, habrá falda de la peña.
Recesvinta no salió a verlo marchar. Se lo dijeron luego a Gundemaro, que mandó preguntar por ella discretamente, porque la había dado por una de las suyas y lo era: que se había quedado en su casa, con sus dos hijos, mozos ya, de pie a su lado, sentada de cara al fuego, sin una lágrima a la vista, sin un grito, sin un reproche; porque hay traiciones que duelen tan hondo que el llanto no llega, que el llanto es para lo que se puede llorar y aquello no se podía, aquello solo se podía mirar arder en la lumbre.
Auria fue a verla aquella tarde, le llevó un poco de tocino y se sentó con ella sin decir gran cosa, que de eso también sabía la sanadora, de estar callada al lado del que no tiene consuelo; y le dijo solo, al irse, que los niños eran de la peña, que la peña no abandona a los suyos, que ella criara a sus hijos derechos y no cargara sobre ellos el peso del padre, que un hijo no hereda el pecado salvo que se lo enseñen.
Recesvinta asintió sin volverse del fuego.
Y a partir de aquel día fue una de las mujeres más cabales de Velagra, dura y callada, y sus hijos salieron buenos, y nadie volvió a nombrarles al padre delante.
Adulfo subió el camino del río sin volverse ni una vez, descalzo, encogido contra el frío de la mañana, y nadie supo nunca lo que pensó por el camino, si arrepentimiento o solo rabia; pero la rabia es más segura en los hombres como él, que el arrepentimiento pide una hondura que ellos gastaron hace tiempo en otra cosa, y a Adulfo se le había ido la hondura en acechar un muro durante diez años.
Subió al norte con el rencor de su abuelo multiplicado por veinte años perdidos, por una mujer y unos hijos dejados atrás, por una certeza que no podría probar nunca y que no lo dejaría dormir el resto de su vida: que la corona estaba allí, en aquella maldita peña, escondida donde él, picando todos los muros, no había sabido dar; esperándolo, casi burlándose.
Se la llevó dentro como herencia, igual que Bermudo le había dejado a él la suya, igual que su abuelo había salido del asedio sin más botín que la imagen del oro en lo alto del muro.
Porque hay rencores que cruzan las generaciones como cruza el oficio, de viejo a mozo, de abuelo a nieto, y la cadena de Velagra, la de «uno de los nuestros», tenía sin quererlo su sombra puesta enfrente: otra cadena, de odio, que se heredaba también de sangre en sangre, agazapada en algún rincón del norte, esperando su hora, criando ya, quizá, al que vendría después.