31
La crujía nueva del torreón del ángulo se cerró el otoño en que Vímara cumplió los veinte, y se cerró mal de empezar, porque era la bóveda más difícil que se había levantado en Velagra desde que Froila cerró la primera de la torre siendo mozo, y porque el que tenía que calcularla ya no se fiaba de su propia cabeza para hacerlo.
Era una bóveda de rincón, de las que mueren contra dos muros que no se cruzan en ángulo limpio sino en uno torcido, porque la roca de la peña mandaba más que la escuadra y allí donde el torreón se pegaba al lienzo viejo la piedra natural hacía una pierna que ningún cantero había podido enderezar en sesenta años; y sobre aquel rincón torcido había que tender una bóveda que no abriera los muros, que repartiera el empuje por dos lados desiguales sin que el lado flaco cediera, que cerrara en una clave que no caía justo en medio sino corrida hacia donde la roca lo consentía.
Froila la había estado rondando todo el verano.
Subía por las mañanas, miraba la cimbra a medio armar, marcaba un punto en la tabla, lo borraba, marcaba otro, y bajaba al mediodía sin haber dado la orden de empezar, y a Vímara, que lo veía dudar como no lo había visto dudar nunca, le entraba un desasosiego que no sabía nombrar y que era el primer aviso de que su padre se hacía viejo de verdad, no de las rodillas, que eso ya lo sabía, sino de lo de dentro, de lo que había sido siempre la última fortaleza del maestro: la cabeza para los números.
Una mañana fría de las primeras Froila no subió al torreón. Mandó llamar a Vímara a la casa, lo sentó a la mesa donde Eilo había amasado tantos años, puso encima la tabla con las muescas y la vara vieja, y le dijo, sin rodeos, mirándolo de frente como no solía:
—Esta no la calculo yo.
Vímara creyó que era una prueba de las suyas, de las que el viejo le ponía para verlo sudar, y empezó a decir que la calcularan juntos, que él marcaba y su padre corregía como toda la vida; pero Froila negó con la cabeza, despacio, y había en aquel gesto una desnudez que el muchacho no le había visto jamás, la del hombre fuerte que confiesa por primera vez una flaqueza.
—No me has entendido —dijo—. No es que no quiera.
Es que no puedo. Llevo el verano entero dándole vueltas a este rincón y no me sale, y lo peor no es que no me salga, lo peor es que ya no sé si lo que me sale está bien o está mal.
Antes lo sabía. Tomaba la vara, marcaba la curva y sabía, aquí dentro, sin pensarlo, que iba a aguantar, igual que sé cuándo una piedra ha sentado por el sonido.
Eso se me ha ido. Lo noto irse desde hace dos inviernos, poco a poco, como se va la luz de una tarde, que no sabes el momento en que se hizo de noche pero de pronto estás a oscuras.
—Empujó la tabla hacia su hijo por encima de la mesa—.
La cabeza para esto se me acaba, Vímara.
Y una bóveda calculada por una cabeza que ya no se fía de sí misma es una bóveda que mata a alguien.
Así que la calculas tú. Tú solo. Yo te miro, y si te veo dar un disparate te lo digo, que para eso todavía sirvo, para ver el disparate ajeno, que es lo último que se pierde.
Pero los números los pones tú, y el que retire la cimbra el día que cierre serás tú, y si se cae, se cae con tu nombre.
Así se hace un maestro. No con que su padre le diga que ya lo es. Con una bóveda encima de la cabeza.
Vímara no dijo nada. Tomó la vara, que estaba fría aquella vez, no caliente del puño de su padre, y aquel frío de la madera fue lo que de verdad le entró el peso de lo que le ponían encima.
Estuvo nueve días con la bóveda. Subía al torreón antes que la peña y se quedaba después de que la peña se acostara, midiendo el rincón torcido con la cuerda de nudos, palpando la pierna de roca que ningún cincel enderezaba, marcando la curva en la tabla y volviéndola a borrar como había visto borrar a su padre todo el verano, y entendiendo por dentro, ahora que le tocaba a él, por qué el viejo no se fiaba: porque aquel rincón no tenía una sola respuesta limpia, sino que pedía elegir entre dos males, cargar el empuje al lado fuerte y arriesgarse a abrir el lienzo viejo, o repartirlo parejo y arriesgarse a que el lado flaco, el de la roca torcida, no aguantara su parte.
Y no había vara ni número que decidiera por él.
Había que decidir, y cargar con ello, y eso, comprendió Vímara en aquellos nueve días, era lo que de verdad distinguía al maestro del oficial: no que supiera más cuentas, sino que firmaba la cuenta con su nombre y dormía o no dormía con ella.
La víspera de empezar a sentar las dovelas casi se equivocó.
Tenía decidido cargar el empuje al lado fuerte, que era lo que la cabeza fría aconsejaba, y había marcado la curva corrida hacia el lienzo viejo; y aquella noche, sin poder dormir, le entró de pronto una duda como un pinchazo, y subió a oscuras al torreón con una tea, y volvió a palpar la pierna de roca del lado flaco, y notó con la mano, en una grieta fina que de día no se veía, que la roca torcida no era tan firme como parecía, que tenía una veta muerta por dentro, de esas que su padre le había enseñado a oír golpeando; y comprendió que si cargaba todo el empuje al otro lado, el lado fuerte aguantaría, sí, pero el flaco, al quedar descargado y sin trabajo, con aquella veta muerta dentro, terminaría desconchándose con los años y abriendo la bóveda por donde nadie miraba.
Había que hacer lo contrario de lo que decía la cabeza fría.
Había que repartir, dar a cada lado su parte justa, obligar a la roca floja a trabajar lo suyo para que no se durmiera y se pudriera, calcular el empuje no para el muro que más aguantaba sino para el que menos, que era la regla que su padre le decía con otras palabras desde niño y que él no había entendido hasta tenerla en las manos: que una obra es tan fuerte como su parte más débil, y que al débil no se le descarga, se le enseña a sostener lo suyo.
Rehízo la curva entera aquella misma noche, a la luz de la tea, con las manos frías. Y a la mañana lo único que le dijo a Froila, enseñándole la tabla nueva, fue:
—La había hecho mal. La cargaba al lienzo viejo. Pero el lado de la roca tiene una veta muerta y, si lo dejo sin trabajo, se me muere. Lo reparto.
Froila tomó la tabla, la miró largo rato a la luz rasante, recorrió la curva con el dedo agrietado dos veces, tres. Y no dijo «bien», ni «mejor que yo», ni ninguno de los medios elogios escondidos con que solía premiar a su hijo. Dijo otra cosa, más honda, mirándolo por encima de la tabla:
—La veta de la roca no te la marqué yo. Esa la oíste tú solo. —Le devolvió la tabla—. Empieza cuando quieras. Es tuya.
Sentaron las dovelas en doce días, con toda la peña pendiente sin decirlo, porque en Velagra no había secreto que durara y todo el mundo sabía que aquella era la bóveda del muchacho, la que lo hacía maestro o lo deshacía.
Vímara dirigió la cuadrilla con la voz firme que había aprendido de su padre, mandando sentar cada dovela contra la cimbra, comprobándola contra la plomada, golpeándola con el mango para oír si había sentado limpia, subiendo del lado flaco al lado fuerte y del fuerte al flaco, parejo, paciente, obligando a la roca torcida a tomar su parte de carga sin forzarla.
Froila no tocó una piedra. Se sentaba al pie del torreón, en el sitio del sol, y miraba subir la bóveda hilada a hilada con las manos quietas sobre las rodillas, y solo una vez, a media obra, llamó a su hijo y le dijo al oído que en la tercera dovela del lado flaco le parecía oír un punto de hueco; y Vímara la sacó, rehízo la cama, la volvió a sentar, y era verdad, había quedado un dedo de aire mal relleno, y los dos lo supieron sin decírselo, que el viejo aún tenía el oído aunque hubiera perdido los números, y que el muchacho ya tenía los números y le quedaba toda una vida para afinar el oído.
Cerraron la clave una mañana de helada. La clave era la piedra corrida, la que no caía en medio sino hacia donde la roca consentía, y Vímara la sentó él mismo, de su mano, sin dejársela a nadie, encajándola en el último hueco de la curva como se mete la última palabra en una frase que lleva días sin cerrar; y cuando la golpeó con el mango y sonó maciza, llena, sin un punto de hueco, el sonido de la piedra que ya es bóveda, toda la cuadrilla, sin que nadie lo mandara, dejó de respirar.
Porque faltaba lo peor, que era descimbrar.
Una bóveda sobre la cimbra no está terminada: está fingiendo.
Se sostiene sobre los maderos curvos, que la engañan, que le hacen creer que el suelo está más alto de lo que está; y solo se sabe si una bóveda aguanta cuando se le quita el engaño de debajo y se le pide que se sostenga sola sobre el vacío que de verdad tiene bajo el vientre.
Ese es el momento de la verdad del oficio, el que ningún cálculo ahorra, el que pone a prueba todos los números de golpe: aflojar las cuñas, bajar la cimbra un dedo, y mirar.
Si la bóveda ha quedado bien, no hace nada.
Se queda quieta, traba sus dovelas en el aire, empuja a los muros lo justo, y se calla.
Si ha quedado mal, lo dice enseguida, con un crujido fino primero, una grieta que corre, un polvillo de mortero que cae; y entonces hay que correr, y a veces ni corriendo.
Lo hicieron al alba del día catorce, para tener toda la luz por delante por si había que apuntalar a la carrera.
Mandó Vímara desalojar la crujía de debajo, que no quedara un alma bajo el vientre de la bóveda por si caía, y subió él con dos hombres a las cuñas de la cimbra, y abajo, en la obra, se fue juntando la peña sin que nadie la llamara, los canteros, los peones, las mujeres que dejaron el agua a medio subir, los niños callados por una vez, y Froila, que se hizo sacar una banqueta al pie del torreón y se sentó en ella con la manta sobre las piernas, sin decir palabra, con los ojos clavados en el vientre de piedra que su hijo había tendido sobre el rincón que él ya no había sabido calcular.
Vímara aflojó la primera cuña. La cimbra bajó un dedo, los maderos curvos se separaron un punto del vientre de la bóveda, y por un instante, el más largo de la vida del muchacho, la piedra quedó sola, sosteniéndose sobre nada, sobre el aire, sobre los números que él había firmado con su nombre nueve noches atrás.
No crujió. No corrió ninguna grieta. No cayó polvillo del riñón.
Vímara aflojó la segunda cuña, y la tercera, bajando la cimbra dedo a dedo, despacio, con el corazón en la boca, hasta que los maderos curvos colgaron sueltos un palmo entero por debajo de la piedra y la bóveda quedó del todo descimbrada, sola, suya, trabada en el aire sobre el rincón torcido que sesenta años de canteros no habían sabido domar, empujando a los dos muros desiguales lo justo y ni un dedo más, callada, firme, terminada.
La peña entera soltó el aliento a la vez, y fue un sonido que Vímara no olvidaría, un suspiro hondo de seiscientas gargantas, y luego un rumor, y luego alguien gritó algo, y luego la obra entera estalló en voces como estalla la gente cuando se le quita de encima un miedo que no sabía que tenía; pero Vímara no las oyó apenas, porque estaba mirando hacia abajo, al pie del torreón, a la banqueta del sol, a su padre.
Froila no gritaba. Froila estaba quieto en la banqueta, con la manta sobre las piernas, mirando la bóveda descimbrada con la cara vuelta hacia arriba y una quietud en el gesto que Vímara, desde lo alto, no acertó a leer del todo; y solo cuando bajó corriendo la escalera de caracol y salió a la obra y se abrió paso entre la gente que le daba palmadas y le decía cosas que no oía, solo cuando llegó al pie de la banqueta y se agachó delante de su padre, vio que el viejo lloraba, callado, sin un sollozo, dos hilos de agua bajándole por las arrugas hasta perderse en la barba blanca, mirando la bóveda de su hijo con una cara en la que no había pena ninguna, sino lo contrario, una paz tan grande que parecía dolor.
—No se ha caído —dijo Vímara, tonto de alivio, por decir algo.
—Ya lo veo —dijo Froila—. Ya lo veo que no se ha caído.
—Y le puso al hijo la mano vieja en la nuca, agrietada y dura, y se la apretó, que era lo más cerca que aquel hombre llegaba a un abrazo, y le dijo, en voz baja, para él solo, lo único que le dijo de todo aquel día y lo único que el muchacho guardaría de su padre para siempre—: Ya me puedo morir, Vímara.
La obra está en buenas manos. Llevaba años con miedo a irme y dejarla a medias, sin nadie que supiera cerrar un rincón como ese.
Ya no tengo ese miedo. Tú lo cerraste, no yo.
La piedra te ha respondido a ti, y la piedra no miente ni adula, que para eso es buena.
Eres maestro. Lo eres desde esta mañana, y no porque yo lo diga, sino porque esa bóveda de ahí arriba lo dice, y esa va a estar diciéndolo cuando tú y yo seamos polvo en la falda.
Aquella noche Vímara no durmió, pero no de miedo, que el miedo se le había ido con la cimbra, sino de algo más raro y más hondo que tardó en entender.
Subió solo al torreón, ya de noche, con una tea, a mirar la bóveda cerrada, a tocarla con la mano como tocaba su padre las cosas que de verdad le importaban; y al pasar la palma por el vientre de piedra fría, por las dovelas que él había trabado sobre el vacío, sintió de pronto que no había heredado solamente el oficio, el ojo, la vara, el saber de los empujes.
Que con la bóveda, con aquel torreón del ángulo que era el más nuevo y el que su padre subía a cuidar solo, sin que nadie lo acompañara, sin dejar que lo acompañaran, le pasaba también algo que su padre todavía no le había dicho con palabras pero que él empezaba a barruntar por mil señales pequeñas, por el modo en que el viejo miraba aquel muro y no otro, por las veces que subía a estar a solas con él.
Que dentro de aquella piedra que él acababa de cerrar, o cerca, en el corazón de la fábrica que ahora era suya de cuidar, dormía algo que el oficio no solo levantaba: que el oficio, en Velagra, también guardaba.
Y que el día que su padre se lo contara del todo, él ya no se sorprendería, porque la mano, esa noche, sobre la bóveda fría, ya lo sabía antes que la cabeza, igual que sabía antes que la cabeza cuándo una piedra había sentado limpia.