30
Pasaron los años como pasan los de los pobres, sin que ninguno traiga nada que contar y todos juntos cambien el mundo; y una mañana de las primeras frías Froila se descubrió a sí mismo subiendo al andamio con un cuidado que antes no ponía, probando cada travesaño con el pie antes de cargarle el peso, agarrándose con las dos manos donde de joven se agarraba con una y ni con esa, y comprendió, no sin un punto de fastidio, que ya no era el maestro nuevo que levantaba muros a escondidas, sino el viejo de la peña, y que el que subía detrás de él, ágil, sin tocar la cuerda, saltando los travesaños de dos en dos como él mismo los saltaba el día que vio bajar el pendón de la cruz por el río, era su hijo.
Vímara tenía dieciocho años aquel otoño y el ojo de su padre, aquel ojo que ve el sillar torcido antes de medirlo, que sabe que una hilada va a desplomar antes de que la plomada lo diga, y que no se enseña ni se compra, se hereda o no se tiene.
Froila lo había criado en la obra como Teudila lo crió a él, con la misma dureza áspera por fuera y el mismo amor callado por dentro, sin un elogio que el muchacho pudiera guardarse para envanecerse, haciéndole empezar por lo de abajo, por acarrear espuertas de ripio y mirar, un año entero mirando antes de que le dejaran tocar un cincel, que era lo que el viejo Teudila llamaba «hacerle a uno las manos por los ojos».
Y el muchacho había salido cantero hasta los huesos, callado como su padre, terco como su padre, enamorado de la piedra de un modo que a Froila le encogía el corazón cada vez que lo veía pararse delante de un bloque recién bajado de la cantera, ladear la cabeza y quedarse quieto, leyéndolo, porque era el suyo, el mismo gesto, y un hombre se reconoce mejor en los gestos de un hijo que en un espejo de agua.
Aquella mañana le estaba enseñando lo último y lo más alto, lo que casi se pierde con cada generación de maestros porque son pocos los que llegan a saberlo y menos los que viven para pasarlo: el cálculo de las bóvedas.
Estaban los dos en lo alto del torreón del ángulo, donde habían empezado a montar la cimbra de una crujía nueva, una armazón de maderos curvos sobre la que asentar las dovelas hasta que cerrara la clave y se pudiera descimbrar y dejar a la piedra sosteniéndose sola sobre el vacío.
Froila tenía en la mano una vara con muescas, su vara de toda la vida, gastada por el uso hasta hacerse oscura, y con ella iba marcando en una tabla los puntos por donde habría de pasar la curva.
—Mira —dijo, y le costaba la voz por la mañana, que con los años la garganta también se le había hecho de piedra—.
Una bóveda no se sostiene por lo que pesa.
Se sostiene por cómo empuja. Cada dovela quiere caerse, y al querer caerse aprieta a la de al lado, y la de al lado a la otra, y así todas, empujándose, en vez de venirse abajo se traban en el aire y se quedan.
Lo difícil no es ponerlas. Lo difícil es que el empuje no abra los muros.
—Golpeó con la vara el arranque de la cimbra—.
Aquí, donde nace la curva, es donde la bóveda empuja hacia fuera con más rabia, y si el muro no tiene con qué aguantar ese empuje, la bóveda no te tira la bóveda: te abre la casa entera por los lados, despacio, en diez años, y un día se te raja todo de arriba abajo y no sabes por qué.
Por esto. Por un cálculo que se hizo de menos cuando nadie miraba.
Vímara no decía nada. Tenía la mirada fija en la cimbra y en los dedos del padre, y Froila supo, sin volverse, que el muchacho lo estaba entendiendo, porque había un silencio en él que no era el de no entender, sino el contrario, el del que está guardando algo dentro para siempre.
—A mí esto me lo enseñó Macario —siguió Froila, asentando él mismo la primera dovela del arranque, comprobándola contra la plomada, golpeándola con el mango para oír por el sonido si había sentado limpia—.
El alejandrino. Un viejo que sabía más de piedra que todos nosotros juntos y que se moría sin haber tenido a quien dárselo.
Me llamó a su lecho, ya sin fuerzas, y me lo fue diciendo, esto que te digo a ti ahora, con el último aliento, dibujándomelo con el dedo en el aire porque ya no podía ni con un carbón.
Tenía miedo, ¿sabes de qué? No de morirse.
De morirse con esto dentro. De que se le fuera con él.
—Se quedó un momento con la mano sobre la dovela—.
Un maestro que se muere sin pasar lo que sabe mata más cosas que un hombre solo.
Mata todo lo que ese saber habría levantado.
Por eso te lo doy ahora, que todavía me acuerdo y todavía me tengo en pie. No vaya a ser.
—No te vas a morir, padre —dijo Vímara, y lo dijo brusco, casi enfadado, como se dicen los hijos las cosas que les dan miedo.
Froila se rió por lo bajo, una risa corta que era media tos.
—Todos nos morimos, rapaz. Lo que no todos hacemos es dejar la casa en pie. Anda, coge la vara. Márcame tú la curva. Y si te equivocas, mejor, que del sillar bien puesto no se aprende nada y del que sale hueco se aprende para toda la vida.
Vímara cogió la vara, que estaba caliente del puño de su padre, y se inclinó sobre la tabla.
Tardó. Froila lo dejó tardar, que la prisa en una bóveda es lo que más mata, y miró mientras tanto el río allá abajo, gris de otoño, y pensó, sin decirlo, que aquel día en que su hijo le marcara una curva mejor que él era el día que de verdad lo perdería, y que lo estaba deseando, que esa es la única manera honrada de querer a un hijo, desear el día en que ya no te necesite.
El muchacho fue marcando los puntos, despacio, dudando en uno, corrigiéndolo, midiendo otra vez con la cuerda de nudos contra la cimbra.
Cuando acabó, Froila tomó la tabla, la miró un rato largo a la luz rasante, recorriendo la curva con el dedo agrietado.
—Aquí, en el riñón —dijo al fin, tocando un punto—, le has dado de menos.
Medio dedo. Por medio dedo no se cae, pero por medio dedo, multiplicado por toda la crujía, te empuja el muro un dedo entero, y un dedo entero en cien años es una grieta por la que se mete el agua, y el agua, dándole tiempo, tira lo que no tira ningún ejército.
—Le devolvió la tabla—. Lo demás, bien. Mejor de lo que lo hacía yo a tu edad.
Repítelo. Y acuérdate de que la piedra no te perdona el medio dedo aunque tú te lo perdones a ti mismo.
El muchacho no contestó, pero se le encendió la cara de aquel medio elogio escondido en la corrección, y volvió a inclinarse sobre la tabla, y Froila supo que lo había entendido, lo de la corrección y lo de debajo de la corrección, y que estaba criando bien a su relevo.
Por aquellos mismos años crecía, abajo, en la casa de la torre, el otro muchacho, el de la sangre, Gélmiro, el hijo de Gundemaro, de los mismos años que Vímara, criado para mandar como Vímara para tallar; y los dos andaban siempre juntos, como habían andado juntos sus padres de mozos y sus abuelos antes, las dos mitades de Velagra creciendo a la par, la piedra y el mando, el que un día daría las órdenes y el que un día sabría si los muros que esas órdenes mandaban levantar iban a aguantar o no.
Se les veía por la obra, por la cantera, por la falda donde estaban las tumbas, dos sombras flacas y largas, una clara y otra menos, peleándose y reconciliándose veinte veces al día como hacen los que se quieren sin saber todavía que se quieren.
Gélmiro había salido más claro de piel que su padre, para alivio secreto de Gundemaro, que aquel alivio se lo guardaba como se guarda lo que avergüenza; pero le quedaba, en el corte de los pómulos, la marca del abuelo que nunca conoció, del bereber muerto bajo el almendro que mira al sur, y a veces, cuando el muchacho volvía la cabeza de cierto modo, en cierta luz, Gundemaro veía de pronto en la cara de su hijo la cara del sur, aquella misma que un soldado del norte le había echado a él en cara delante de todos una vida atrás.
Y lo raro, lo que el propio Gundemaro tardó en notar y más en entender, fue que ya no sentía el viejo espanto cuando lo veía, el frío de antes, el reflejo de mirar alrededor a ver si alguien más lo había notado.
Sentía otra cosa. Una especie de paz triste, la paz de quien ha hecho las paces con una cuenta que durante años no le salía.
Porque ahora sabía leer aquella cara. Sabía de dónde venía y qué decía, y lo que decía, mirándolo bien, no era una vergüenza ni una amenaza: era que el mundo seguía adelante, mestizo y todo, generación tras generación, sin pedirle permiso a nadie, ni a los reyes que predicaban pureza ni a los viejos que se morían soñando reinos limpios; que la frontera se había metido en la sangre de la peña hasta hacerla suya, y que aquel muchacho de piel clara y ojos negros que peleaba con el hijo del cantero entre las tumbas de sus mayores era, sin saberlo, la prueba viva de que el desierto no había podido con ellos, de que se podía vaciar una tierra de gente pero no de lo que esa gente ya era.
Una tarde de aquellas, viéndolos subir a los dos por la rampa de la cantera, riéndose de algo, Gundemaro se lo dijo a Vincencio, que estaba a su lado tomando el sol, ya muy viejo el monje, con las manos manchadas de la tinta de toda una vida.
—Mírelos. La piedra y el mando. Igual que nosotros. Igual que ellos antes.
—Igual no —dijo Vincencio, que no perdonaba una imprecisión ni de viejo—.
Mejor. Esos no tienen miedo. Nosotros nos criamos con miedo, Gundemaro, que era lo que había.
Esos se crían con hambre, que es duro, pero el hambre se quita y el miedo no.
—Entornó los ojos hacia la luz—. Esos dos van a heredar una peña que se hace la muerta.
Ojalá la entierren ellos, la mentira esa, antes de morirse. Ojalá les toque vivir de pie.
Gundemaro no contestó. Pero se quedó mirando subir a los muchachos, y por un momento, sin saber bien por qué, le temblaron las manos, igual que le temblarían años después la tarde en que un hombre del norte subiera la peña no a vaciarla, sino a llenarla.