La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 27
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Se lo contó Auria, porque Froila no podía y Vincencio quiso suavizarlo y a Gundemaro no le hacía falta que se lo suavizaran.

Froila lo intentó, abrió la boca dos veces, y las dos se le quedó la palabra atascada, porque a un hombre que ha hablado toda su vida con las manos le faltan de pronto cuando más las necesita; y Vincencio empezó con un rodeo, con un «señor, hay cosas que la prudencia aconseja decir despacio», y Gundemaro lo cortó con un gesto seco de la mano.

Entonces Auria se separó de la pared, arrastró un escabel y se sentó delante del señor, de igual a igual, como se sienta el que va a decir una verdad y no quiere decirla de pie ni por encima del hombro.

Se lo contó la sanadora derecha, como repartía el grano, sin adornos, porque pensaba, y se lo dijo de entrada, que un hombre tiene derecho a su propia verdad entera y que dársela a medias es otra manera de mentirle.

—Os lo voy a contar como me lo contó Sabina a mí, en su lecho de muerte, que es como hay que contar lo que pesa: sin quitarle ni una piedra. Y os pido una cosa sola, señor. Que me dejéis acabar. Que no preguntéis hasta el final, porque si me cortáis no sé si tendré valor de seguir.

Y le contó del vado. De cuando su madre, joven, en los años en que apenas se afincaban en la peña y todo era barro y miedo, había bajado un día al río, a un vado de aguas bajas donde las mujeres lavaban, y había encontrado al otro lado a un hombre, un comandante bereber al que los suyos llamaban Hilal, enemigo de Velagra y desposeído como ella, un hombre que había perdido su tierra al otro lado del mar como ella había perdido la suya en Toledo, y que por eso, quizá, se entendieron en una lengua que no era la de ninguno de los dos.

Le contó que de aquel encuentro, que nadie sabía si fue una vez o muchas ni si fue amor o soledad o qué nombre tienen esas cosas en una frontera donde todo el mundo ha perdido algo, había nacido él.

Le contó que Sabina, su maestra, fue la que atendió el parto, de noche, calladas las dos, y la que guardó el secreto medio siglo, porque a una partera se le confía la vida que llega y la verdad de cómo llegó.

Le contó que aquel Hilal era el mismo que años después bajó con la revuelta bereber y acabó al pie de la peña, sabiendo, porque las cuentas de la frontera las sabía hacer cualquiera, que dentro crecía un hijo suyo al que nunca podría nombrar; y que murió en aquel asedio defendiendo a la vez, con la misma muerte, la sangre que sí conocía y la corona que no le importaba, porque cayó en el sótano de la torre matando al conde Sisberto cuando este había sacado el oro de su escondrijo.

Le contó que su madre, aquella misma noche de los incendios y los muertos, después de enarbolar la corona sobre la brecha, bajó al sótano y reconoció entre los caídos al hombre del vado, y que lo sacó de allí y lo enterró en secreto bajo un almendro que mira al sur, hacia la frontera de donde él había venido, para que al menos en la muerte mirara a su tierra.

Le contó, por fin, que el nombre de aquel padre lo habían sabido, en vida, muy pocos, y que ahora lo sabían tres personas, y que las tres estaban en aquella sala, y que se lo habían callado todos aquellos años no por desprecio, sino por lo contrario, por guardarlo a él de un peso que ahora, por culpa de un viejo rencoroso y de un rey codicioso, le caía encima de golpe.

Le contó el almendro despacio, porque Auria sabía que en aquel detalle estaba lo que un hijo necesita más que la verdad, que es saber que al muerto lo lloró alguien.

Le contó que su madre, después de la noche del fuego, cuando ya había vuelto a guardar la corona y se le había secado la voz de gritar sobre la brecha, bajó sola al sótano de la torre, entre los caídos, con un candil, buscando algo que no le dijo a nadie que buscaba; y que entre los cuerpos reconoció al hombre del vado, ya frío, todavía con la mano en el arma con que había matado al conde Sisberto sobre la corona descubierta.

Le contó que Adosinda no llamó más que a un hombre, al maestro Teudila, el único a quien podía pedírselo sin explicarle nada, y que entre los dos lo sacaron por la poterna en lo más negro de la madrugada, sin que los vieran, ella tirando con una fuerza que solo da el querer y el penar a la vez, y que cavaron a oscuras una fosa bajo un almendro de la falda que ya estaba allí cuando llegaron, un almendro que mira al sur, y que lo enterró así, sin nombre, sin cruz, sin media luna, sin nada que dijera quién era, vuelto hacia la tierra de donde había venido.

Y que plantó al pie, con el tiempo, dos más, para que la gente creyera que era un almendral viejo y no una tumba, y que en la primavera, cuando florecían, eran lo único blanco de toda la falda, y que ella subía a verlos sin decir a qué subía.

—Su madre nos hizo prometerlo —dijo Auria, y bajó por primera vez la voz—.

A Teudila se lo confió ella misma, junto a aquella tumba, la noche misma en que la cavaron entre los dos, para no llevárselo sola, porque hay pesos que un hombre puede cargar la vida entera pero que no se puede llevar a la fosa, que necesitan otra espalda donde seguir.

Teudila a Froila, cuando lo tuvo por maestro y por heredero de algo más que el cincel.

Sabina a mí, en su lecho, la misma noche que me pasó el saber de las hierbas y el de los partos, que para Sabina todo era uno: las vidas que vienen y los secretos con que vienen.

Y entre los tres a Vincencio, cuando hizo falta una cabeza de letras y de leyes que supiera defender con un papel lo que nosotros guardábamos con la boca.

Cuatro bocas en sesenta años, señor. Cuatro, contando a su madre.

No era nuestro de contar. Era vuestro de saber, y de ella de decíroslo, y ella eligió callar hasta el último aliento, y no fuimos nadie para deshacer lo que ella ató con tanto dolor.

Yo os lo cuento ahora porque hoy ha venido un extraño a decíroslo torcido, a usarlo de cuchillo, y entre que os lo diga torcido un enemigo para descabezaros o derecho los que os quieren para armaros, prefiero cargar yo con haber roto el silencio que vuestra madre selló.

Esa es toda mi culpa, y la cargo, y dormiré igual de bien esta noche que las otras, que ya soy vieja para perder el sueño por hacer lo justo tarde.

Gundemaro lo oyó todo sin moverse, de pie junto a la ventana por la que su madre había mirado tantas veces el río, la misma piedra del antepecho donde tantas noches había subido él a cargar a solas lo que abajo no podía soltar.

No la interrumpió. Tenía la mano apoyada en el alféizar, y a medida que Auria hablaba la mano se le fue cerrando, despacio, hasta quedar en puño, y luego se abrió otra vez, como si soltara algo.

Y cuando Auria calló, se quedó un rato largo en silencio, mirando el sur, el horizonte de donde venían las aceifas, el horizonte hacia el que miraba la tumba de un hombre que era su padre y al que él, de niño, había aprendido a temer como se teme al enemigo de los cuentos, el comandante moro que casi los mata a todos.

Y lo que sintió no fue lo que él mismo habría esperado sentir, ni vergüenza, ni rabia, ni el horror de saberse hijo del que mató a tantos de los suyos.

Fue, primero, un alivio extraño, casi un descanso físico, como cuando se afloja una correa que apretaba sin que uno supiera que apretaba.

Que la pregunta de toda su vida tuviera por fin respuesta.

Que su cara tuviera por fin un dueño. Que aquella sensación de ser guardián y no dueño de la corona, que tanto lo había desazonado delante del oro, tuviera por fin una causa: que era guardián porque era, por la mitad, del bando del que asedió la peña, y que su sangre no decía pureza sino mezcla.

Tocó el alféizar de piedra, la obra de Froila, lo único que en aquella casa no mentía, y sintió que el suelo no se le hundía, como había temido, sino que por primera vez en su vida sabía sobre qué pisaba.

Y fue, después, una cosa más honda y más rara, que tardaría años en entender del todo y que aquella tarde solo asomó.

Que él era, en su propio cuerpo, en su propia cara, las dos cosas que aquella peña llevaba sesenta años intentando juntar, la piedra y el pan, el norte y el sur, el reino muerto de su abuelo de Toledo y el mundo nuevo del comandante del otro lado del río.

Que la corona que guardaban en el muro decía pureza, continuidad, sangre limpia de reyes godos, y que él, su heredero, el que un día tendría que levantarla, era la prueba viva, en carne y en hueso, de que aquella pureza no existía, de que nunca había existido, de que ya en la cuna del señorío la sangre estaba mezclada.

Y que si había de haber algún día un reino en aquella tierra, no sería el viejo reino puro de Toledo que su madre soñó hasta el último aliento, sino uno mestizo y de frontera, hecho de los dos lados del río, de godos y de bereberes y de cuanto bajara a poblar el desierto, un reino como él.

—Mi padre —dijo al fin, en voz baja, probando la palabra como se prueba el hielo de un charco antes de pisarlo, despacio, a ver si aguanta—.

El que asedió a mi madre. El que está bajo el almendro.

—Se volvió hacia los tres, y tenía los ojos secos, que fue lo que más los desarmó, porque habían temido las lágrimas y no estaban preparados para aquella calma—.

Lleváis toda mi vida cargando esto por mí.

Callándolo, tragándooslo, mintiéndome con la cara cada vez que yo decía lo de la abuela morena y os hacíais los que no oían.

—Hizo una pausa, y algo se le ablandó en la voz—.

Gracias. No es reproche, es gracias. Ahora lo cargo yo.

Y no penséis que me habéis dado un peso, que esa cara venís todos con miedo de que os la eche en cara.

Me habéis dado, por fin, una cara. Que ya es algo, a los cincuenta años, saber de quién es la cara que uno lleva, y dejar de ser, en su propia casa, huérfano de sí mismo.