26
La aceifa de Habib bajó aquel verano por la ruta del río, grande, bien armada, con la prisa fría de los que vienen a hacer su cosecha de cautivos antes de que apriete el calor, y Yahya, que ya no montaba sino en mula y a quien los huesos le avisaban del tiempo como a Froila los suyos, supo en cuanto la vio formarse que aquella iba a pasar cerca de la peña, y que tendría que torcerla otra vez, y que aquella vez podía costarle el pellejo.
Era viejo del todo Yahya, tan viejo que de los que habían bajado con Hilal a batir la frontera no quedaba ya casi ninguno vivo, y los pocos que quedaban estaban como él, arrumbados, contando los días, mirados por los jóvenes con esa mezcla de respeto y de fastidio con que se mira a los que sobran de otro tiempo.
Había servido a Hilal de segundo, había estado a su lado en los parlamentos y en las treguas, había recibido de su boca, una noche de campamento antes de la última subida, la confesión que le marcó la vida: que dejaba un hijo del otro lado, en aquella peña que iban a asediar, en el vientre de una mujer goda con la que se había entendido en un vado, y que si él, Hilal, no volvía, alguien tenía que saberlo.
Hilal no volvió. Murió en el sótano de la torre, defendiendo sin saberlo a su propio hijo y a una corona de cristianos.
Y Yahya, que aquella noche peleaba en la brecha de fuera y no pudo llegar hasta él, había cargado desde entonces, treinta años, el peso de ser el único que sabía, del lado del sur, que en Velagra crecía un hijo de su jefe.
No era una carga fácil de llevar, porque tiraba de él hacia dos lados.
Hacia uno, la lealtad a Hilal, que en aquel mundo de traiciones y de banderas cambiadas era lo único firme que le quedaba a un viejo, la única deuda que entendía: a su jefe le había jurado, sin palabras, junto a su confesión, que velaría por aquello mientras pudiera.
Hacia el otro, todo lo demás: que el hijo de Hilal era señor de cristianos, enemigo de su gente, guardián de una corona que cualquier caudillo del sur, si la supiera, querría para sí o para destruirla; y que un viejo que velaba a escondidas por el hijo godo de un comandante muerto era, a los ojos de cualquiera del sur, poco menos que un traidor.
Por eso lo hacía callado, sin que nadie lo supiera, torciendo aceifas con artes de veterano, dejando caer un consejo aquí, un rumor allá, una ruta «mejor» que no pasaba por cierta peña, jugándose en cada una el prestigio que le quedaba, que era lo único que un viejo tiene para que los jóvenes lo escuchen.
Habib era de los peores que le podían haber tocado.
Joven, fanático, de los que habían crecido ya bajo el emirato nuevo, con la frontera entendida no como un sitio donde se vive y se trafica y se mezcla, sino como una línea de fe que hay que empujar hacia el norte a sangre y fuego.
No tenía el viejo respeto de los de la generación de Hilal por los enemigos valientes, ni la costumbre fronteriza de las treguas y los parlamentos y los cautivos devueltos por rescate; despreciaba todo eso como cosa de viejos blandos, y a los viejos que lo predicaban los despreciaba también.
Yahya lo había visto venir desde el principio, lo había olido como Froila olía un hueco en un muro: aquel mozo no iba a dejarse torcer con las artes de siempre, y peor aún, había empezado a fijarse en el viejo que siempre, siempre, aparecía con un consejo cuando la ruta se acercaba a una peña concreta, y a hacerse preguntas que un viejo que velaba secretos no quería que nadie se hiciera.
Empezó la cosa de lejos. Yahya, que aún tenía oídos en los campamentos por los años y por la fama, dejó correr lo de la peste.
Un rumor, nada más, soltado en la venta donde acampaba la aceifa, deslizado al oído de uno y de otro como quien comenta el tiempo: que río arriba, hacia aquella peña de la roca, había bajado un mal aquel año, unas fiebres que vaciaban aldeas, que más de una partida que había subido por allá había vuelto diezmada, los hombres ardiendo, las bestias muertas.
No era verdad, o lo era a medias, que en la frontera siempre hay alguna fiebre en algún sitio y un rumor solo necesita un pellizco de verdad para andar.
Y los hombres de la aceifa, que eran fanáticos pero no tontos, y que sabían que una peste se lleva a más soldados que una batalla, empezaron a mirar con malos ojos la ruta del río y a preferir la otra, la del monte, más penosa pero más sana, que era justo la que Yahya quería que tomaran, la que no pasaba por la peña.
Habib no se lo tragó. Reunió a los suyos y al viejo en su tienda, una noche, y le preguntó a Yahya a la cara, sin rodeos, de dónde sacaba lo de la peste, quién se la había dicho, por qué siempre que la ruta se acercaba a aquella roca aparecía él con una razón para apartarse.
Y lo miró mientras lo preguntaba con unos ojos jóvenes y fríos que a Yahya le dijeron que aquel mozo había atado ya más cabos de los que convenía, que llevaba tiempo observándolo, que la sospecha le rondaba desde hacía aceifas, y que aquella noche, en aquella tienda, se jugaba el viejo la vida en lo que contestara.
Yahya contestó como contesta un viejo que ha sobrevivido a todos los suyos, que es con la verdad torcida lo justo para que parezca toda la verdad.
No negó lo de la peste, que negarlo era confesar que mentía; la sostuvo, le puso nombres de aldeas y de partidas, mezcló muertos verdaderos de otros años con muertos inventados de aquel, habló con la autoridad cansada del que ha visto demasiadas fronteras como para que un mozo le enseñe ninguna.
Y luego, porque sabía que con la peste sola no bastaba ya, le dio a Habib lo que un joven fanático no sabe rechazar, que es una razón de gloria.
Le dijo que aquella peña no valía el viaje, que era una roca pelada de cuatro pastores muertos de hambre, sin botín, sin cautivos que valieran un dírham, defendida por unos muros viejos que costaban más hombres de tomar de lo que rendían; y que un jefe joven con una aceifa fresca no debía gastarla en una roca pobre y apestada, sino llevarla más al oeste, a las aldeas gordas del llano, donde había cautivos jóvenes y ganado y grano, donde se hacía la cosecha de verdad y se volvía cargado y con nombre.
Le pintó la gloria lejos de la peña, porque sabía que a un hombre no se le aparta de un sitio diciéndole «no vayas», que eso lo pica, sino enseñándole un sitio mejor, que es lo que él llevaba media vida haciendo y lo que el conde Sisberto, en su día, le había enseñado al arriero Bermudo con otras palabras, que al pez no se le saca de un tirón.
Y le salió, aquella vez, pero por un pelo, y supo Yahya, mientras la aceifa levantaba el campamento a la mañana siguiente y torcía hacia el oeste, hacia el llano gordo, lejos de la peña, que había sido la última.
Que a Habib lo había convencido la gloria del llano, no el viejo; que la sospecha se la había dejado entera, agazapada, y que la próxima vez aquel mozo no le preguntaría en una tienda, sino que ataría cabos solo y mandaría averiguar qué había en aquella peña que un viejo se empeñaba en no dejar tocar.
Yahya se quedó mirando la columna alejarse hacia el oeste, levantando su polvo, y sintió en el pecho los dos avisos a la vez: el de que la peña estaba a salvo un verano más, y el de que él ya no podría salvarla muchos más, porque se moría.
Lo sabía como saben los viejos esas cosas, sin médico que se lo dijera, por el modo en que el cuerpo deja de pelear, por el cansancio que ya no se va con el sueño, por la manera en que las mañanas le costaban más que las noches.
Le quedaba un invierno, quizá dos. Y la peña, sin él, se quedaba sin la única mano que del lado del sur la había estado torciendo del camino del peligro durante treinta años.
Aquella idea, la de morirse dejando al hijo de Hilal sin la red invisible que él había tejido, fue la que lo decidió a hacer lo último que podía hacer, lo que llevaba años rondándole sin atreverse.
Saldar entera su deuda con su jefe muerto.
No le quedaba ya fuerza para torcer aceifas, ni le quedaban años para velar; lo único que le quedaba de Hilal, lo único material que había guardado de su jefe en treinta años, era una cosa pequeña y pobre que llevaba en el fondo del zurrón envuelta en un trapo, y que sacaba a veces, de noche, para acordarse: la hebilla de hierro del cinto de Hilal, damasquinada con un hilo de plata, gastada del uso de mil días, lo único que había podido recoger del campamento de su jefe cuando llegó la noticia de que había caído y todo se deshizo.
La había guardado sin saber para qué, como se guardan las cosas de los muertos queridos, por no tirarlas.
Y ahora, sintiéndose morir, entendió para qué la había guardado treinta años sin saberlo: para mandársela al hijo.
Le dio muchas vueltas, las noches que le quedaban, porque no era cosa fácil ni sin riesgo.
Mandarle al señor de Velagra una prenda de su padre bereber era poner por escrito, en hierro, el secreto de la sangre, lo más peligroso que tenía aquella peña; si la prenda caía en malas manos, si el mensajero hablaba, si alguien ataba cabos, Yahya estaría firmando la sentencia del hijo de su jefe en vez de su salvación.
Lo pensó, lo sopesó como Gundemaro al otro lado del río sopesaba sus salidas, y decidió que el riesgo lo valía, porque un hombre tiene derecho a saber de quién es la cara que lleva, y porque Yahya, que no había tenido hijos, no quería irse de aquel mundo sin pagar la última deuda que le quedaba, la más vieja, la de su jefe.
Eligió al mensajero con cuidado, un mercader viejo de los de la sal, de los que cruzaban la frontera con noticias y no las repetían, un hombre de pocas palabras que le debía favores y que no preguntaría.
Le entregó la hebilla envuelta en su trapo basto, y un recado corto, medido, sin nombres, que un nombre dicho de más es un muerto de más: que aquello llegara a manos del señor de Velagra de parte de quien había servido a su padre, y nada más.
—No le digas mi nombre —le dijo al mercader, con la voz casi ida—.
No le digas el del muerto. Él lo sabrá, o no lo sabrá, que para el caso da igual.
Dile solo que se lo manda quien sirvió a su padre, y que se moría, y que era justo que esto cruzara el río antes que yo cruzara el mío.
Lo demás lo entenderá el que tenga que entenderlo.
Y si no lo entiende, mejor, que entonces es que el secreto está bien guardado todavía.
El mercader cogió el bulto, asintió sin preguntar, y se fue camino del norte, hacia la peña, antes de que el día lo pusiera a la vista.
Y Yahya se quedó sentado a la puerta de su casa, viejo, vacío ya de la última cosa que le quedaba de su jefe, mirando el norte, hacia donde había mandado la hebilla, hacia un hijo al que no había visto nunca y al que no vería, que recibiría la correa de su padre sin saber jamás quién había velado por él treinta años, quién había torcido las aceifas, quién se había jugado el pellejo en la tienda de Habib, quién le mandaba ahora, al morir, lo único que tenía.
Y aquello, que para otro habría sido amargo, le pareció a Yahya lo justo, casi un consuelo.
Porque la lealtad de verdad, la que vale, pensó el viejo mirando el norte, es la que no espera que el otro lo sepa; la que se paga callada, a un muerto y a un hijo del muerto que no te conocerá nunca; la que cruza el río en una hebilla de hierro y se queda, ella, de este lado, sin nombre, sin gracias, contenta solo de haberse pagado entera antes de morir.