25
La cosa estalló por donde Bermudo había prometido que estallaría, no por la corona, sino por la cara, y estalló el año en que a Gundemaro le faltó poco para los cincuenta y empezaba a creerse, tonto de él, que los secretos de su casa estaban todos a salvo.
Habían sido unos años buenos, dentro de lo que en Velagra se llamaba bueno, que era no morirse.
La obra subía a su paso lento de luna en luna; la corona dormía en el muro; Adulfo seguía dentro, vigilado, levantando un plano que cada vez servía menos; las cosechas, sin sobrar, llegaban; y Gundemaro, que había enterrado a tantos y casado sin amor y criado a un heredero con la cara aclarada para alivio suyo, había llegado a esa paz cansada de los hombres que dejan de esperar que pase lo peor porque creen que ya ha pasado.
Se equivocaba, como se equivoca el que cree que el muro está acabado porque ya no sube: el muro nunca está acabado, solo está esperando.
La mañana en que bajó el norte estaba Gundemaro en lo de siempre, en lo que llenaba los días de un señor de frontera, que no eran las grandes decisiones de los cuentos, sino esto: oír a un pastor quejarse de un lobo, partir una herencia entre dos hermanos que no se hablaban, mandar reforzar el brocal de una cisterna que rezumaba, escuchar a Auria cuánto grano quedaba y hacer la cuenta de si llegaba a la siega.
Su hijo Gélmiro, un crío de pocos años, le rondaba aquella mañana por la sala jugando con un trompo de boj que le había torneado Endura, y Gundemaro, entre asunto y asunto, lo miraba de reojo con esa atención disimulada que le ponía siempre, buscándole en la cara, sin querer, lo que él temía y no veía: el chico había salido claro, de ojos pardos, para alivio secreto de su padre, y solo a veces, cuando volvía la cabeza de cierto modo hacia la luz de la ventana, le asomaba en los pómulos un aire que a Gundemaro le daba un vuelco viejo.
Estaba en eso, mirando a su hijo darle al trompo, cuando un rapaz entró sin resuello a decir que subía gente del norte por el camino del río, con escolta y con un cura, y Gundemaro sintió, antes que miedo, el cansancio del que oye llamar otra vez a una puerta que creía cerrada.
Vino de fuera, en forma de exigencia. Bajó a la peña un emisario del norte, un clérigo de los de Gutier, con escolta de seis lanzas y maneras de ley.
No venía a caballo de batalla ni con cara de aceifa; venía con una mula tranquila, un hábito limpio y una arqueta de documentos, que en aquella frontera daba más miedo que una espada, porque las espadas se ven venir y los papeles no.
Lo recibieron en la sala de la torre, con la cortesía dura de siempre, y el clérigo, un hombre seco de labios finos que hablaba el latín de las cancillerías, no pidió agua ni se sentó a comer; pidió ser oído, y desplegó su asunto con la calma del que recita algo aprendido y sabe el peso de cada palabra.
Y no pidió la corona, que habría sido reconocer que sabía de ella; pidió otra cosa, envuelta en palabras de derecho, que fue mil veces peor.
Pidió que el señor de Velagra probara su sangre.
Dijo, con la voz fría del que recita algo ensayado, que habían llegado a oídos del rey ciertas dudas sobre el linaje del que se hacía llamar señor de aquella peña; que se decía, y el rey no podía gobernar sobre el decir de las gentes, que el tal Gundemaro no era hijo del esposo de su madre, muerto, sino fruto de otro lecho, y aun se susurraba que de un lecho infiel, de sangre del otro lado de la frontera; y que mientras aquello no se aclarara, el rey no podía reconocer a Velagra ni a su señor como cosa cristiana y legítima, sino que debía tenerla por tierra de moros encubiertos, sujeta a otra ley y a otra mano.
—No es cosa mía, señor —añadió el clérigo, bajando un punto la voz, en ese tono untuoso del que clava el cuchillo y lo lamenta—.
Yo solo traigo el decir. Pero entendedme: un señor cristiano de tierra cristiana es una cosa, y goza del amparo del rey y de la Iglesia; y un caudillo de sangre infiel sobre cristianos es otra muy distinta, sobre el que cualquier hombre de bien tendría no ya derecho, sino deber, de poner la mano.
Traednos un testimonio de vuestra sangre limpia, una palabra de quien os tuviera de pila, un testigo del lecho de vuestra madre, y todo esto se acaba.
No traedlo, y el silencio mismo será la respuesta, y el rey la tendrá por confesión.
Lo dijo y se quedó esperando, con las manos metidas en las mangas y los ojos bajos, modesto, como si el veneno lo hubiera traído otro.
Y a Gundemaro no se le escapó la maña de aquello, que era de las que dan más miedo cuanto más se entienden.
No le pedían pelear, que para pelear tenía muros; le pedían probar, y probar lo que no se puede probar es la trampa más vieja del mundo.
¿Quién iba a dar testimonio del lecho de una mujer muerta hacía años?
¿Qué cura iba a jurar que lo tuvo de pila, si el viejo abad que lo bautizó llevaba media vida bajo la falda de la peña?
El que le pedía una prueba imposible no le pedía una prueba: le pedía la peña, envuelta en derecho para que la gente, viéndolo, asintiera.
Con un ejército, Velagra sabía qué hacer.
Contra un papel que exigía lo que nadie puede dar, no había cisterna ni muralla.
Y en la sala de la torre se hizo un silencio en el que Gundemaro oyó, por primera vez dicha en voz alta por una boca extraña, la pregunta que llevaba haciéndose en silencio toda la vida.
La piel se le quedó fría. No fue la amenaza lo que lo heló, que amenazas había oído muchas; fue que la amenaza tenía forma de su propia duda secreta, que el extraño hubiera puesto el dedo, con la ley en la mano, justo en la herida que él escondía de sí mismo desde niño.
«Tenéis vos harta cara del sur», le había dicho un soldado, años atrás, sin malicia, por decir algo.
Ahora se lo decía un papel, con malicia y con peso de rey, y la diferencia entre una cosa y otra era la diferencia entre una broma de borracho y una sentencia.
Miró a Froila, que tenía los ojos clavados en el suelo y las manos quietas, las manos que nunca estaban quietas, agarradas la una a la otra como para no temblar; miró a Vincencio, que se había puesto blanco y que era hombre que no palidecía por nada; miró a Auria, que estaba al fondo, junto a la pared, donde se ponía siempre, y que, sola entre todos, le sostuvo la mirada.
Y en aquella mirada Gundemaro leyó lo que el clérigo no le había podido enseñar con todos sus papeles.
Porque Auria no apartó los ojos, ni los bajó como Froila, ni se descompuso como el monje; lo miró de frente, con una pena tan honda y tan vieja, una pena que no era de aquel día sino de muchos años, que aquello, más que ninguna palabra, le dijo a Gundemaro que el clérigo del norte no mentía.
Que la duda no era una calumnia inventada para quitarle la peña.
Que había debajo algo verdadero, algo que aquellas tres personas de su casa sabían y él no, algo que llevaban cargando por él, callados, mientras él se creía que los secretos de su casa estaban todos a salvo.
Tardó en hablar. Cuando habló, lo hizo con la voz medida del señor que ha aprendido a no contestar lo primero que sube, aunque por dentro se le hubiera abierto el suelo.
—Vuestro asunto requiere respuesta cumplida, no de prisa —le dijo al clérigo—.
Sois mi huésped esta noche. Mañana os vais con ella.
Que os den de comer y cama. —Y lo despidió de la sala con un gesto, con la cortesía rígida con que se despide lo que se odia, sin levantar la voz, sin que se le notara más que en la quietud excesiva de las manos que el mundo se le acababa de caer.
Cuando el clérigo salió de la sala con su escolta, escalera abajo, y Gundemaro lo oyó alejarse, no se movió enseguida.
Se quedó de espaldas a los tres, mirando por la ventana el patio donde el norte montaba en sus mulas, y por un rato largo no hubo en la sala más sonido que el de los cascos abajo, en el empedrado, y el del viento en el vano.
Repasó, en aquellos instantes, toda su vida con otros ojos, como se relee una carta que se creía entender y que de pronto dice otra cosa.
La sorna de los arrieros. El reparo de las viejas que se santiguaban al verlo de niño.
El modo en que su madre, que se lo contó todo antes de morir, las penas, los miedos, hasta el secreto de la corona, se había callado solo aquello, apretándolo en el pecho hasta el final como se aprieta lo que más duele.
La cara aclarada de su hijo y su propio alivio al verla.
Todo cuadraba ahora, todo encajaba en un muro que él no había sabido leer, y la pieza que lo trababa la acababa de poner en su sitio un clérigo extraño con voz de cancillería.
En cuanto la puerta se cerró del todo y los pasos se perdieron, Gundemaro se volvió hacia los tres que no se habían movido.
Tardó un poco. Cuando lo hizo, no había en su cara ira, que la ira habría sido más fácil de aguantar para los tres; había una cosa peor, que era el saberse engañado por amor, que es el peor de los engaños porque no se puede ni perdonar ni reprochar.
Miró a Froila, al que tenía por padre desde que el suyo de crianza, Teudila, lo crió a la sombra de su madre; miró a Vincencio, su consejero, su mano para las letras; miró a Auria, que lo había sacado al mundo y a su hijo después.
Las tres personas en quien más confiaba de la tierra. Las tres que más le habían mentido.
—Sentaos —dijo, y la voz no se la reconoció ni él—.
Y contádmelo. Todo. Desde el principio. Porque acabo de oírle a un extraño, en mi propia casa, la pregunta que ninguno de vosotros me ha querido contestar nunca.
Llevo toda la vida con esta cara puesta sin saber de quién es.
Mi madre se murió sin decírmelo. Vosotros tres, que sois lo que me queda de los que la quisieron, lo sabéis.
Lo lleváis sabiendo Dios dirá cuánto. Pues se acabó.
Quiero oírlo de vuestras bocas, esta noche, antes que de la del rey.
Que ya está bien de ser, en mi propia casa, el único que no sabe quién soy.