La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 24
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El tesoro de los moros lo había contado un viejo en la era, una tarde de verano, y a Vímara y a Gélmiro se les metió entre ceja y ceja como solo se les meten las cosas a los críos de ocho años, que no distinguen todavía lo que se cuenta para entretener de lo que se cuenta porque es verdad.

Eran amigos desde que tenían memoria, como lo habían sido sus padres, y la peña los conocía juntos, el de la piedra y el del mando, el hijo del maestro y el hijo del señor, igual que treinta años atrás había conocido juntos a Froila y a Gundemaro.

Andaban todo el día sueltos por la obra, por la cantera, por el adarve cuando el centinela los dejaba, por los huertos de la falda, metiéndose donde no debían con esa libertad de los niños de un sitio cerrado, donde todo el mundo conoce a todo el mundo y a ningún crío le pasa nada que no acabe sabiéndose.

Vímara era el más callado de los dos, el que se paraba a mirar las cosas, el que cogía un canto del río y se quedaba dándole vueltas como hacía su padre; Gélmiro era el lanzado, el de las ideas, el que mandaba en los juegos como mandaría algún día en la peña, sin saberlo todavía, solo porque le salía.

Y aquella tarde, oído el cuento del viejo, fue Gélmiro el que dijo lo que iban a hacer, y Vímara el que lo siguió, como siempre.

El cuento era de los de asustar y maravillar a partes iguales.

Que en los tiempos viejos, antes de la torre, cuando la peña no era más que roca pelada, los moros que mandaban en la tierra habían escondido allí un tesoro, oro y piedras y una corona de rey, y que estaba debajo, en lo hondo de la peña, en una cámara tapada, guardada por los muertos; que alguna noche, decía el viejo bajando la voz para que los críos abrieran los ojos, se veía brillar el oro en lo alto del muro, y que el que lo encontrara sería rico como un rey pero se lo llevarían los muertos que lo guardaban.

Los mayores que oían el cuento se reían o callaban según quién fuera, y a más de uno se le iba la risa de la boca cuando el viejo llegaba a lo de la corona, pero los críos no se fijaban en eso, los críos se fijaban en el oro y en los muertos, que es lo que tiene un cuento para un niño, las dos cosas que más tiran, lo que brilla y lo que da miedo.

—Está abajo —dijo Gélmiro, con la seguridad de los ocho años—. En la cripta. Donde las losas con nombres. Mi padre no me deja bajar nunca. Por algo será.

Y aquel «por algo será» fue toda la prueba que necesitaron, porque para un niño la prohibición no es una valla, es una flecha que señala.

Esperaron a la siesta, a la hora muerta en que la peña dormía el calor y hasta el centinela del adarve daba cabezadas, y se colaron en el monasterio por la misma puertecilla de servicio que cerraba mal, sin saber que otro, de noche, entraba por allí mismo con otra clase de hambre.

Dentro estaba fresco y oscuro y olía a cera, y los dos críos, que de día eran valientes, bajaron la voz sin acordar bajarla, porque hay sitios que callan a los niños sin necesidad de mandárselo.

Encontraron la boca de la escalera, el primer peldaño gastado, el negro de abajo, y allí Vímara se paró.

—No me gusta —dijo, que era el que miraba las cosas.

—Es por el tesoro —dijo Gélmiro, que era el de las ideas, y bajó el primero.

Bajaron a tientas, pegados a la pared, contando los peldaños en voz baja, y a la cripta llegaron con el corazón en la boca y los ojos hechos a la nada.

Había losas, sí, en el suelo, viejas, con letras que ninguno de los dos sabía leer porque ninguno tenía aún las letras de Vincencio, y un olor a tierra cerrada, y un frío que no era de la siesta de fuera.

Gélmiro empezó a empujar las losas, una a una, con esa terquedad de crío que cree que el tesoro está siempre debajo de la siguiente, y Vímara, vencido el miedo por la compañía, lo ayudó; y entre los dos, hurgando, empujando, metiendo los dedos por las juntas, llegaron sin saberlo hasta el rincón donde, no hacía tantos años, bajo una de aquellas losas, había dormido la corona antes de que Froila se la llevara al muro.

Estaba vacío ya, el escondrijo, que la piedra dormía hacía tiempo en el torreón sur; pero los críos no lo sabían, y encontraron la losa que se movía, la que tenía la junta sin trabar, la que cedía cuando las otras no, y se pusieron a palanquearla con un hierro que Gélmiro había cogido de la fragua, dos niños empeñados, resoplando, sin saber que estaban a un palmo de descubrir, no un tesoro, sino el hueco donde había estado el secreto por el que media frontera mataría, y que de haber sido unos años antes habrían sacado a la luz de la siesta lo que los mayores guardaban con la vida.

Los pilló Auria. Bajó a la cripta a por una raíz que guardaba en lo fresco para sus tisanas, y oyó el resoplar y el raspar del hierro contra la piedra, y bajó los peldaños con el alma en vilo, y al ver a los dos críos palanqueando justo aquella losa, justo aquella, se le heló la sangre de una manera que los niños no entendieron y que ella no les dejó ver.

No gritó. Eso fue lo más raro para ellos, que esperaban la bronca y no llegó.

Auria, que repartía hambre mirando a la gente a los ojos, supo que un grito en aquel sitio, sobre aquella losa, le diría a los críos que allí había algo que callar, y que un niño que sabe que hay algo que callar es el peor guardián de un secreto que existe.

Así que se tragó el susto entero, puso la cara de las regañinas de todos los días, la de «otra travesura», y los sacó de allí tirándoles de la oreja con más teatro que fuerza, riñéndoles por lo de siempre, por colarse donde no debían, por jugar en la cripta de los muertos, por coger el hierro de la fragua, cosas de críos, sin nombrar la losa, sin mirarla siquiera, como si no la hubiera visto, como si lo único malo fuera el juego y no el sitio.

Pero cuando los tuvo arriba, a la luz, sueltos ya, mandados a sus casas con un cachete flojo, Auria se quedó un momento sola en el patio, con la mano en el pecho, y le costó respirar.

Porque había visto la losa que palanqueaban, y sabía lo que había debajo, o lo que había habido, y sabía que si la corona hubiera seguido allí, donde estuvo años, aquellos dos críos la habrían sacado aquella siesta jugando, y el secreto de Velagra habría salido a la luz no por la traición de Adulfo ni por la codicia del norte, sino por una tarde de calor y un cuento de viejas, por dos niños buscando un tesoro de mentira y encontrando uno de verdad.

Subió a contárselo a Froila y a Vincencio aquella misma noche, todavía pálida, y los tres se miraron en la celda del archivo con el mismo pensamiento helado, que de todas las cosas que habían temido para la corona, los reyes y los traidores y las aceifas, ninguno había contado con la peor, con la más boba y la más imposible de prever, que era la curiosidad de los críos de la peña.

—Hicimos bien en moverla —dijo Froila, despacio, dándole vueltas a su piedrecita del río—. Donde está ahora no hay losa que palanquear ni hueco que hurgar. Es muro. Ni Gélmiro con su hierro la saca de ahí.

—Hicimos bien —dijo Vincencio—. Pero mira lo que enseña esto, Froila.

Que no se guarda un secreto solo de los enemigos.

Se guarda de los nietos. De los inocentes.

De los que ni saben que hay algo que guardar, y por eso mismo lo encuentran, porque buscan sin malicia donde el que tiene malicia no se atreve.

Y Auria, que conocía a la gente como Froila a la piedra, añadió lo que más le pesaba, que no era lo de la losa:

—Hay otra cosa. Esos críos van a crecer.

Vímara ya pregunta. Hoy buscaba un tesoro de cuento, pero hoy es un cuento y mañana es una sospecha.

Un niño que se cuela en la cripta buscando oro, dentro de diez años es un hombre que se acuerda de que de niño le pareció que una losa se movía.

No se les puede prohibir más de la cuenta, que la prohibición les pica; ni dejar suelto, que husmean.

Hay que enseñarles a que la peña no tiene secretos, que es lo más difícil de todo, hacer que el que vive encima de un secreto crea que no hay ninguno.

A Gélmiro, aquella tarde, le quedó de la aventura no el susto de la cripta, sino otra cosa, una de las suyas, que se le juntó con lo que ya le pasaba y que aquel verano se le hizo más pesado.

Porque Gélmiro, el hijo del señor, tenía la cara distinta, y empezaba a saberlo.

Había salido más claro que su padre, de ojos pardos, para alivio de Gundemaro, pero le quedaba en los pómulos, en cierto corte de la cara, algo que cuando volvía la cabeza hacia la luz le sacaba un aire que los demás críos no tenían, y los críos, que son crueles sin saberlo, se lo habían notado.

No con mala idea, que eran chiquillos, sino con esa puntería de los niños para el flaco del otro: le decían «el moro», en los juegos, cuando había que repartir bandos y a alguien le tocaba ser el del sur; le decían que tenía cara de aceifa; se reían, sin saber de qué se reían, de lo mismo de lo que un soldado del norte se había reído de su padre años atrás sin saber lo que tocaba.

Y Gélmiro no entendía por qué. Se miraba en el agua quieta de la cisterna, buscándose en la cara lo que los otros le veían, y no lo encontraba, porque uno no se ve la propia cara con los ojos de los demás; y volvía a casa con la pregunta puesta, esa pregunta de los niños que no se atreven a hacer del todo, y un día se la soltó a su padre, mirándolo, «padre, ¿por qué dicen que tengo cara de moro?

», y vio que a Gundemaro se le quedaba la cara quieta de una manera rara, demasiado quieta, antes de revolverle el pelo y decirle que no hiciera caso, que eran bobadas de críos, que en la frontera se mezclaba todo y de alguna abuela morena le vendría.

La misma frase. Sin saber que se la decía a su hijo igual que se la habían dicho a él, igual que su abuela se la había dicho a su madre, una mentira útil pasando de mano en mano por la peña como pasa un cincel, de padres a hijos, gastándose y sirviendo.

A Vímara, en cambio, le quedó otra cosa, y más honda, y fue lo que de verdad importó de aquella tarde, aunque tardara años en cuajar.

Le quedó la losa. Le quedó el frío de la cripta y la cara de Auria, aquella cara que no era de bronca, aquel susto que la sanadora se había tragado y que él, que miraba las cosas, había notado por debajo del teatro de las orejas tiradas.

Tumbado aquella noche en su jergón, oyendo respirar a su padre y a su madre, Vímara le dio vueltas, como le daba vueltas a un canto del río, a una idea que no sabía decir todavía y que se le quedó dentro como una arenilla en el zapato: que Auria se había asustado de verdad, y no del juego, sino de la losa; que había una losa, entre todas las de la cripta, que importaba; y que en una peña donde los mayores se reían del cuento del tesoro había, sin embargo, algo de verdad debajo de la piedra, algo que nadie nombraba, algo que su propio padre cerraba bóvedas y subía muros de noche y callaba.

No sabía qué era. No tenía ocho años para saberlo.

Pero empezó, aquella noche, sin palabras para ello, a sospechar lo que de mayor sabría seguro: que bajo la piedra de su peña dormía algo que nadie decía, y que él, el hijo del que la guardaba, iba a ser, quisiera o no, de los pocos llamados a saberlo.