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Mover la corona fue lo más difícil que Froila hizo en su vida, y no por el peso, que no tenía ninguno, sino porque había que hacerlo de modo que no se pudiera deshacer, que nadie, ni torturando a un hombre, pudiera ya decir dónde estaba, porque el único sitio de verdad seguro para un secreto es aquel que ni los que lo guardan pueden ya señalar con el dedo.
Lo pensó como un problema de obra, que era como Froila pensaba todo.
Llevaba la corona años en un escondrijo de la cripta, bajo una losa que se podía levantar; y aquello, que en su día le pareció bueno, lo veía ahora con los ojos del enemigo, los de Adulfo, y le pareció una trampa.
Una losa que se levanta es una losa que se encuentra; un escondrijo es un sitio, y todo sitio se delata, porque el secreto de un sitio lo guarda una persona, y una persona se compra, o se asusta, o habla en la fiebre como había hablado el colono.
Mientras la corona estuviera en un sitio del que se pudiera sacar, habría siempre un hombre en el mundo capaz de decir dónde, y ese hombre era el agujero por el que se hundiría todo.
Froila resolvió que no volvería a estar en ningún sitio del que se pudiera sacar.
La metería en la obra misma. No la escondería en la peña: la haría peña.
Estaban cerrando por entonces el cuerpo bajo de un torreón nuevo en el ángulo sur de la muralla, una torre maciza de las que no tienen hueco dentro, todo relleno de piedra y mortero, pensada para encajar el golpe de un ariete sin sentirlo.
Eso le dio la idea. Un muro macizo no tiene cámara que registrar, no tiene losa que levantar, no tiene hueco que sondear: es piedra y nada más, y a nadie se le ocurre que un tesoro pueda estar no debajo de la piedra, sino dentro de ella.
Eligió el sitio con el cuidado con que se elige dónde va a caer el peso de una bóveda: ni muy abajo, que la humedad del cimiento pudre hasta el plomo; ni muy arriba, que un día se desmorone el coronamiento y aflore lo escondido; sino en el corazón de la fábrica, a la altura del pecho de un hombre, en el centro del macizo, donde el muro era más grueso y más ciego.
Lo preparó durante semanas, sin que se notara, con la paciencia que el oficio le había enseñado a poner en lo que de verdad importa.
Batió la lámina de plomo él mismo, a deshora, en un rincón de la fragua que Endura le dejó con la excusa de un canalón; talló el sillar hueco en la cantera, apartado, midiéndolo contra los acabados con la escuadra de Teudila para que ni un dedo lo delatara, vaciándolo por dentro a fuerza de gubia hasta dejarle una concha tan fina que sonaba como una campana sorda al golpearla; y dispuso la cuadrilla de modo que aquella hilada, la del corazón del muro, la sentara él en persona con dos peones de fiar de día, dejando para sí, a solas, el último tramo.
Hizo más: amañó las cuentas del mortero.
Pidió cal de más, arena de más, dejó que pareciera que se gastaba en el torreón más material del que se gastaba, para que el día de mañana, si alguien medía la fábrica buscando un hueco, no le saliera la resta, no encontrara el codo de piedra que faltaba, porque ese codo de piedra que faltaba era la corona.
Un buen escondite, le había dicho Teudila una vez, no es el que nadie ve; es el que, aunque lo midas, te da la cuenta exacta.
Lo hizo de noche, con la peña dormida, con solo Vincencio y Gundemaro por testigos y por manos, que cuantas menos manos tocan un secreto más dura.
No quiso a ningún oficial, ni siquiera a Endura.
Subieron los tres con un candil de mecha corta tapado con un cuenco, de los que apenas dan para ver las manos, y trabajaron a esa luz mezquina, en silencio, oyendo solo el río abajo y el roce de la herramienta.
Froila había dejado adrede, el día antes, un sillar de la última hilada sin trabar del todo, calzado en seco, con la excusa ante la cuadrilla de que la cama no le había gustado y la rehacía a la mañana.
Lo sacó ahora, él solo, haciendo palanca con la barra despacio para que la piedra no chillara contra sus vecinas; y detrás, en el relleno todavía fresco del macizo, ahuecó con el escoplo un nicho del tamaño justo, midiéndolo a tiento, sacando el cascote a puñados que Vincencio recogía en un saco para que ni el polvo delatara nada.
Hubo un momento, a media faena, en que el corazón se les paró a los tres.
Sonaron pasos abajo, en el adarve, lentos, y una tos.
Froila levantó la mano y los tres se quedaron de piedra, el escoplo en alto, la respiración cortada, el candil tapado a manotazos con el cuenco hasta que no quedó más luz que la brasa de la mecha.
Era el centinela de la noche, que hacía su ronda; lo oyeron arrastrar los pies por el lienzo de al lado, pararse a orinar contra una almena, mascullar algo a las estrellas y seguir.
Esperaron quietos lo que dura un padrenuestro largo, hasta que los pasos se perdieron del otro lado de la torre, y solo entonces Froila volvió a destapar la luz y a respirar.
—Si nos pillan aquí esta noche —susurró Vincencio, blanco—, no hay historia que valga.
—No nos pillan —dijo Froila, y siguió picando—. Por eso lo hacemos esta luna, que no hay claro, y por eso lo hacemos nosotros y no diez peones. Una cosa bien escondida se esconde una vez sola. La segunda vez ya la sabe alguien.
La corona la traía Gundemaro, en las manos, envuelta en un paño.
La desenvolvió a la luz del candil, y los tres la miraron un momento, callados, el oro viejo y las piedras turbias y las letras de un rey que ya no mandaba en ningún sitio, la cosa por la que tanta gente había muerto y mataría todavía.
Gundemaro la sostuvo un instante más de lo necesario, como quien se despide, y Froila lo notó.
—No es perderla, señor —le dijo, sin dejar de trabajar—. Es ponerla a dormir. Ahí estará el día que haga falta. No se va a ningún sitio. Es lo único de esta peña que tiene la duración asegurada.
Froila la envolvió él mismo, con sus manos de cantero, primero en el paño, luego en una lámina de plomo que había batido a martillo aquellos días en la fragua, de noche, con la excusa de un remiendo, doblándola sobre el oro como se amortaja un cuerpo, sellando los bordes a golpe blando para que no entrara ni el agua ni el aire.
La metió en el nicho. Encajó encima un sillar tallado a medida, que había labrado él solo en un rincón de la cantera, midiéndolo y remidiéndolo, una piedra que por fuera era igual que sus mil hermanas y por dentro guardaba un hueco; lo asentó con su mortero, lo trabó con los de alrededor con cuñas finas y cuidado de relojero, repasó la junta con la llana hasta que no se distinguió de las otras, y le pasó por encima el dedo mojado para envejecerla, para quitarle el brillo de lo nuevo.
Cuando acabó, no había en todo el lienzo un sillar que se diferenciara de aquel.
Era un sillar más entre mil, parte del muro, parte de la obra, imposible de sacar sin derribar el torreón entero.
—Ahora ni nosotros podemos sacarla sin tirar la torre —dijo Vincencio, mirando la junta fresca a la luz tapada del candil, entre el alivio y el espanto de lo que acababan de hacer.
Tenía las manos manchadas de cal y la voz baja, y se santiguó sin darse cuenta, como ante una tumba—. La hemos enterrado en vida.
—La hemos puesto a salvo —dijo Froila—. Es lo que la señora quería.
Que durara hasta que hubiera un reino donde ponerla.
Pues ahí durará, dentro del muro, sosteniéndolo sin que el muro lo sepa, hasta el día en que alguien tenga una razón bastante grande para echar abajo un torreón por ella.
Y ese día, si llega, ya no será cosa nuestra.
—Pasó la mano por el sillar nuevo, por la última vez, palmo a palmo, como se acaricia algo que se entierra, sintiendo por el tacto lo que el ojo a aquella luz no le decía: que la piedra había sentado limpia, que no sonaría hueca, que aguantaría—.
Hemos hecho lo que hace un cantero, Vincencio.
No esconderla: trabarla. Una piedra suelta se roba; una piedra trabada hay que tirar la torre entera para sacarla.
Ahí la tienes a salvo, no debajo de todo, sino dentro de todo.
Va a sostener el torreón sin que el torreón sepa que la lleva dentro, y va a durar más que nosotros, y más que el que venga a buscarla, y más que el rey que la quiera.
Que el que viva dentro de cien años levante encima lo que se vea. Nosotros hemos puesto lo de debajo.
Recogieron el saco del cascote, lo bajaron a oscuras y lo vaciaron en la cantera, entre el ripio, donde un puñado de polvo más no diría nada a nadie. Borraron sus huellas, taparon el candil, y la peña siguió durmiendo sin saber que aquella noche le habían metido un rey en la tripa.
Gundemaro no dijo nada en todo aquello, ni mientras cavaban ni mientras sellaban.
Miraba el muro que se tragaba la corona de su abuelo, la cosa por la que su madre había vivido y casi muerto, la que había enarbolado sobre la brecha la noche del asedio para sostener a un pueblo que se hundía, y sentía un alivio raro, como si le quitaran de encima un peso que no sabía que cargaba.
Pero por debajo del alivio, mientras veía la mano de Froila pasar por última vez sobre el sillar nuevo, le subió la pregunta de siempre, la que no se iba: por qué él, que era el señor, que era el heredero, que era la sangre por la que toda aquella corona tenía sentido, se sentía siempre, delante de aquel oro, no como su dueño, sino como un guardián de algo que no acababa de ser suyo.
La corona era de su linaje. Él era el linaje.
Y sin embargo, cada vez que la miraba, no sentía el orgullo del que recibe lo de los suyos, sino la extrañeza del que custodia lo de un extraño.
No sabía aún que aquella sensación tenía una causa, y un nombre, y que estaba a punto de saberla.