La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 22
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La cimbra cedió un martes por la mañana, con buen tiempo y la obra entera mirando, que es como pasan las desgracias que más cuesta perdonarse, no en la tormenta ni en la noche, sino a plena luz, cuando uno cree que tiene todo medido.

Llevaban tres lunas cerrando la bóveda del cuerpo segundo del torreón sur, una bóveda de medio cañón corrida sobre la cámara, de las que Froila ya no hacía de fiar a nadie más que a sí mismo, porque una bóveda es el momento en que la piedra deja de ser un muro, que aguanta su propio peso hacia abajo como es ley, y se convierte en otra cosa, en una cosa contra natura, en piedra que se sostiene en el aire empujándose unas dovelas contra otras, y mientras el mortero no fragua y traba el conjunto, lo único que la tiene en pie es la cimbra, el armazón de madera curvo sobre el que se asienta cada dovela esperando a su hermana.

La cimbra es una mentira de madera que sostiene una verdad de piedra hasta que la verdad aprende a sostenerse sola; y descimbrar, quitar la madera de debajo para que la piedra se quede en el aire por su cuenta, era de todo el oficio lo que más respetaba Froila, lo que hacía siempre él, despacio, leyendo la obra, porque era el instante en que se sabía si uno había trabajado bien o había trabajado para matar a alguien.

Sigerico era un cantero joven, de los pocos que la peña había podido criar en aquellos años flacos, hijo de un oficial muerto, criado en el andamio como Froila se crió, con buena mano y mejor cabeza y aquella prisa de los jóvenes que el maestro reconocía porque había sido la suya y porque Teudila se la había frenado a golpes de mango de puntero.

Le tenía ley, Froila, a aquel muchacho. Veía en él, sin decírselo, al que un día llevaría la obra cuando a él le fallaran las rodillas del todo, y le iba pasando lo que sabía como Teudila se lo había pasado a él, no en discursos, sino en el trabajo, dejándole asentar las dovelas difíciles, corrigiéndole la mano, enseñándole a oír la piedra.

Aquella mañana Sigerico estaba bajo la bóveda, en el andamio interior, repasando las cuñas de la cimbra antes de empezar a aflojarlas, que era el sitio de más responsabilidad y por eso lo había puesto Froila a él, como una manera muda de decirle que se fiaba.

El descimbrado se hace de fuera adentro y por tramos, aflojando las cuñas que calzan la cimbra contra la piedra poco a poco, parejas, las de un lado y las del otro, para que la bóveda vaya tomando su peso despacio, igualada, sin que ningún punto cargue de golpe lo que aún no está fraguado del todo.

Froila lo dirigía desde abajo, en el centro de la cámara, con la cabeza echada hacia atrás y el ojo en la clave, leyendo la bóveda dovela a dovela como leía un muro con la palma, mandando a los hombres de las cuñas «la tuya un dedo, Teudisclo», «para», «ahora la de enfrente», «para», esperando entre golpe y golpe a oír si la piedra se asentaba o protestaba.

Y la piedra, al principio, se asentó. Crujió lo justo, el crujido bueno, el de la fábrica que toma su sitio; bajó un pelo, lo que tenía que bajar; y Froila, que llevaba toda la vida en aquel oficio, sintió en el pecho ese alivio cauto del que ve que la obra responde.

Lo que falló no fue la piedra. Fue la madera.

Una de las jabas maestras de la cimbra, una viga de las gruesas que sostenían el armazón, tenía un nudo muerto en el corazón que ni el carpintero ni Froila ni nadie podía haber visto, porque estaba dentro, ciego, como el hueco en el sillar de la primera hilada que él tocó de mozo; y aquella madera enferma, que había aguantado el peso muerto de la bóveda quieta tres lunas, no aguantó el reparto desigual del descimbrado, el momento en que la carga se mueve y busca su sitio.

No avisó apenas. Hubo un chasquido seco, distinto de los crujidos de la piedra, un sonido de madera que se abre que Froila conocía y que le puso el alma en la boca antes de que la cabeza lo entendiera, igual que el pie sabe el peldaño que va a ceder; y gritó, gritó con toda la voz que le quedaba, «¡fuera, fuera de debajo!

», y los hombres de las cuñas saltaron del andamio interior como gatos, todos, todos menos uno, porque Sigerico estaba en el centro, en lo más hondo, repasando una cuña que se le había trabado, y desde donde estaba no había salto que valiera.

La cimbra se vino abajo de un costado, y con ella, en el instante en que dejó de sostenerla, un tramo de la bóveda que aún no había fraguado, tres o cuatro dovelas de las del riñón, cada una del peso de un hombre, que cayeron donde la madera las dejó de sostener.

No fue un derrumbe grande. Fue lo justo.

Froila vio, en el tiempo que no es tiempo de esas cosas, la madera abrirse, la piedra soltarse, y a Sigerico levantar la cabeza hacia el ruido con la cara del que oye su sentencia y no tiene dónde meterse; y luego el polvo, el estruendo sordo, y el silencio de después, que es el peor sonido del oficio, el silencio que sigue a la piedra caída, cuando todos contienen el aliento esperando oír una voz que diga que está vivo.

No hubo voz. Lo sacaron entre todos, apartando las dovelas con las palancas y con las manos, deprisa y despacio a la vez, deprisa por si vivía, despacio por no rematarlo si vivía; y Froila, de rodillas en el polvo con las manos metidas bajo la piedra que aplastaba al muchacho, supo por el tacto, antes que por la vista, lo que el ojo todavía no quería ver, que aquello que tenía debajo de las manos ya no era un hombre al que salvar, sino un cuerpo al que sacar.

Le habían cogido el pecho y la cabeza. Murió, si no en el acto, en lo que tardaron en levantarle la piedra de encima, sin una palabra, mirando, los ojos abiertos llenos de polvo de la misma cantera de la que había sacado las piedras que lo mataron.

Froila no gritó ni lloró ni dijo nada. Se quedó arrodillado, con las manos todavía bajo el cuerpo del muchacho que él había puesto allí, en el sitio de más confianza, como una manera de decirle que se fiaba, y por su cabeza pasó, fría y clara, la cuenta entera de su culpa.

Él había dirigido el descimbrado. Él había puesto a Sigerico abajo.

Él había mandado aflojar las cuñas en aquel orden, a aquel ritmo.

Nada de eso había estado mal, lo sabía con la parte fría del maestro, el nudo de la madera no lo podía ver nadie, la desgracia era de las que el oficio guarda en la manga para los que mejor lo hacen; pero saberlo no quitaba lo otro, lo que un hombre que manda carga aunque no tenga culpa, que es que mandó, y que el que obedeció su mando está muerto, y que él vivía.

El que manda en una obra manda, sobre todo, en la vida de los que trabajan a sus órdenes; y un maestro que ha perdido a un hombre lo sabe para siempre, lo lleva como lleva las cicatrices de los nudillos, y no se le cura, solo se le añade.

Enterraron a Sigerico en la falda, al día siguiente, con los otros, con los maestros viejos y con Ardón y con Teudila, en la tierra de los canteros; y Froila grabó en una esquina de la losa, donde casi no se veía, la seña de la cadena, aunque el muchacho no era de la cadena, porque le pareció que un hombre que muere bajo la piedra de la obra es de los nuestros aunque no supiera el secreto, y merece la marca que dice «uno de los nuestros» para quien sepa leerla dentro de mil años.

Eilo le llevó al sepelio una rama de romero.

El padre del muchacho ya estaba bajo aquella misma tierra, así que no hubo a quién dar el pésame más que a una tía vieja que lloraba bajo.

Y al día siguiente del entierro, antes del alba, Froila subió al andamio él primero, como subía siempre, y mandó rehacer la cimbra y volver a empezar la bóveda; porque la obra no espera, porque parar la obra por un muerto es matar la peña entera por un hombre, porque si los vivos se sientan a llorar a los muertos en vez de seguir, pronto habrá más muertos que vivos y nadie que los entierre.

Los hombres subieron callados, sin ganas, mirándolo, esperando a ver si el maestro podía con aquello; y Froila asentó la primera dovela nueva de su propia mano, sobre la cimbra nueva, en el sitio mismo donde había muerto Sigerico, y la golpeó con el mango para oír si había sentado limpia, y oyó que sí, y siguió, y los hombres, viéndolo, siguieron también, que eso es mandar, sostener con el cuerpo lo que no se puede sostener con palabras.

Vímara lo vio todo. El niño tenía por entonces seis o siete años, la edad en que los críos de la peña andaban ya sueltos por la obra, y aquella mañana estaba en la cantera con los demás chiquillos, jugando a arrastrar piedrecitas en trineos de corteza como hacían los hombres con los sillares, cuando oyó el grito de su padre y el estruendo y corrió, como corren los niños hacia lo que no deben ver.

Y vio. Vio sacar el cuerpo, vio el polvo en los ojos abiertos del muchacho, vio a su padre de rodillas con las manos bajo la piedra, y nadie tuvo tiempo de apartarlo ni de taparle la cara, que en una desgracia así los mayores no tienen manos para los niños.

Froila lo descubrió después, cuando ya estaba hecho, plantado al borde de la cámara, blanco, mudo, sin llorar, mirando, con aquella seriedad terrible de los niños que acaban de entender algo de golpe.

Y no lo regañó, ni lo mandó a casa, ni le dijo que aquello no era para sus ojos.

Se levantó, fue hasta él, le puso la mano grande y agrietada en el cogote, y se quedó un momento callado a su lado, los dos mirando el sitio donde había muerto el cantero joven.

—Esto cuesta la piedra, hijo —le dijo al fin, con la voz rota de polvo y de otra cosa—.

No el sudor, que el sudor no cuesta. Esto.

Acuérdate cuando seas mayor y alguien te diga que un muro es solo piedra encima de piedra.

No lo es. Lleva hombres dentro. Este de aquí lleva a Sigerico.

—Y le apretó el cogote, una vez, y no dijo más, porque no había más que decir, y porque un niño que ha visto eso ya no necesita que se lo expliquen, solo que alguien grande se quede a su lado mientras lo aprende.

Aquella noche, Froila no durmió. Tendido junto a Eilo, oyéndola respirar y oyendo al fondo la respiración menuda del niño, sintió por primera vez en su vida, con una claridad que le subió del fondo del pecho como sube el frío de una cisterna, que la obra lo iba a sobrevivir.

No era pensamiento nuevo, lo había dicho mil veces, «construimos para los que aún no han nacido»; pero una cosa es decirlo de joven, como una sabiduría que se reparte, y otra sentirlo de viejo, en la carne, la noche en que entierras a un muchacho que iba a recoger lo que tú dejaras y que se ha muerto antes que tú, dejándote a ti, viejo, con el oficio entero todavía dentro y menos años por delante para pasarlo.

Froila tenía la cabeza llena de cosas que no había en ningún libro, ni siquiera en el Vitruvio maltrecho de Vincencio: la manera de leer un cielo para saber si entraba viento, el modo de tocar una cama de mortero para saber si había fraguado, el orden secreto de aflojar las cuñas de una cimbra sin matar a nadie, mil saberes pequeños que no se escriben, que solo pasan de mano a mano, de maestro a aprendiz, en el andamio, con el tiempo, y que si él se moría sin pasarlos se morían con él, y la peña se quedaba ciega de oficio en una generación.

Y el que iba a recogerlos, el natural, el de la sangre, era aquel niño que dormía al lado y que aquella mañana había visto morir a un hombre bajo la piedra.

Froila lo había tenido siempre por crío de jugar, por hijo al que querer, no por aprendiz al que apurarse en enseñar; tenía tiempo, se decía, ya crecería.

Pero la muerte de Sigerico le había enseñado lo que el oficio le enseñaba todo, por la vía dura: que el tiempo no es de fiar, que la madera tiene nudos ciegos y la cimbra cede el martes que menos se espera, y que un maestro que guarda lo que sabe para enseñarlo despacio cuando llegue la hora se arriesga a morirse con la boca llena de oficio y dejar al que viene detrás picando a ciegas.

Se incorporó en lo oscuro, miró hacia donde dormía el niño, y tomó allí, en silencio, una decisión que le cambió los años que le quedaban: que a la mañana siguiente, después de la bóveda, empezaría a llevarse a Vímara al andamio, no a jugar, sino a aprender; que le pondría el puntero en la mano antes de tiempo, como Teudila no se lo puso a él hasta que estuvo listo, porque Teudila tuvo tiempo y él no estaba seguro de tenerlo; y que se apuraría, los años que le restaran, en vaciarse entero dentro de aquel crío, hilada a hilada, hasta que el oficio cruzara a la otra orilla y él pudiera, cuando le tocara bajar a la falda con Sigerico y con Teudila, hacerlo tranquilo, sabiendo que la obra seguiría sin él, en otras manos, vivas.