21
A Froila le costó un año notar que algo iba mal, y cuando lo notó no fue por una prueba, sino por esa inquietud de oficio que un maestro desarrolla y que no sabe explicar, la misma con que sabía, pasando la mano por un muro, que detrás había un hueco aunque por fuera todo pareciera macizo.
Era ya hombre hecho Froila por entonces, cincuentón, con la barba veteada de gris y las rodillas que le avisaban del frío antes que las atalayas del polvo, y mandaba en la obra más con la voz que con las manos, dejándoles a los oficiales el peso del cincel y guardándose para él lo que no se delega, que es el ojo.
Subía cada mañana al andamio del lienzo norte como había subido toda su vida, despacio ya, agarrándose a los travesaños, y pasaba la palma por la última hilada sentada el día antes, tocando antes de mirar, como le enseñó Teudila; y aquel gesto, repetido durante treinta años, le había afinado un sentido que no tenía nombre, una manera de saber por la piel y por el oído cuándo una cosa estaba bien y cuándo había, debajo de lo que parecía, algo que no encajaba.
Lo tenía con la piedra, y, sin darse cuenta, lo tenía también con los hombres.
Por eso, cuando empezó a notar que el colono nuevo no encajaba, no fue por nada que pudiera decir en voz alta, sino por aquel sonido sordo, aquel punto más hueco que el de al lado, que la mano nota antes de que la cabeza lo entienda.
Eran cosas pequeñas, ninguna concluyente.
El colono nuevo, el Adulfo, que preguntaba demasiado.
No de un modo torpe, que habría saltado a la vista, sino con esa curiosidad simpática del que parece solo querer aprender de su nueva casa: cómo se había levantado la torre, en qué años, quién mandaba entonces, si era verdad lo que contaban los viejos de la noche del asedio y aquella historia del oro en el muro.
Preguntas que cualquiera haría. La primera vez que Froila lo oyó, fue en la cantera, una mañana de viento en que picaban a cubierto del ruido; Adulfo subía agua a los canteros, oficio de recién llegado, y de paso miraba las marcas de los sillares acabados, las señas que cada oficial dejaba en su piedra, y le preguntó a Froila, con la gorra ladeada y la sonrisa puesta, qué quería decir aquel pájaro pequeño grabado en el canto de un bloque, si era cosa de moros o de cristianos.
Froila le contestó lo justo, que era una marca de cantero, que cada cual ponía la suya, y siguió a lo suyo; pero algo se le quedó dentro, como se queda una arenilla en el zapato, porque el pájaro por el que preguntaba el colono era el suyo y el de Eilo, el sello que solo importaba a los que sabían, y un mozo de azada no tenía por qué pararse en una marca de piedra entre mil.
No fue aquello solo. Fue que las preguntas no paraban, y que no eran todas para él.
Endura, una noche, soltó en la fragua, medio en broma, que el colono nuevo le había dado la lata media tarde con que cuándo se cerró la bóveda de la torre y si se había hundido alguna vez algún sillar de los altos; y la viuda a la que Adulfo talló el husillo le contó a Auria, agradecida, que el mozo era tan curioso y tan apañado que hasta le había preguntado, mientras trabajaba, por la cripta del monasterio y si era verdad que abajo había losas viejas con nombres.
Cada una de aquellas preguntas, sola, no era nada.
Cualquiera las haría. Solo que las hacía todas, una tras otra, a unos y a otros, y juntaba las respuestas, y un hombre que junta respuestas de muchas bocas está levantando un plano, y a levantar planos sabía Froila más que nadie en aquella peña, y reconocía el oficio cuando lo veía en otro.
Él se había pasado la vida haciendo eso mismo con la piedra: ir tocando, ir preguntando, ir juntando lo que cada parte decía hasta tener el muro entero en la cabeza, lo de fuera y lo de dentro.
Y lo que Adulfo hacía con la peña era lo que él hacía con un muro: tocar por todas partes, sin prisa, hasta saber dónde estaba el hueco.
No dijo nada al principio, porque una sospecha no es nada y acusar a un inocente en una comunidad pequeña envenena más que un culpable suelto.
Una palabra de más, sembrada sin prueba, podía partir la peña en dos y dejar a un hombre honrado señalado para siempre; lo había visto pasar de niño, una acusación sin fundamento que pudrió a una familia entera, y Teudila le había dicho entonces una cosa que no se le olvidó: que las palabras, como los sillares, una vez sentadas no se sacan sin romper algo.
Así que se calló, y empezó a vigilar, él y la cadena, sin ruido.
Se lo dijo a Vincencio en la celda del archivo, una tarde, mientras el monje copiaba; se lo dijo a Auria en el huerto de las hierbas, agachados los dos junto a las matas como dos viejos que charlan de la cosecha.
Y los tres, sin alarma, sin cambiar nada que se notara, empezaron a tener un ojo puesto en el colono buen mozo que tan bien caía.
—Puede que no sea nada —dijo Vincencio, que era el más prudente, sin levantar la vista del pergamino que rascaba con la piedra pómez para reaprovecharlo, que el vitela escaseaba—. La gente pregunta. La torre llama la atención. Un forastero quiere saber dónde ha caído.
—Puede —dijo Froila—. Pero un forastero que quiere saber dónde ha caído pregunta por el grano, por las lindes, por con quién casarse.
Este pregunta por dónde se cerró una bóveda hace veinte años.
Eso no le da de comer a nadie. —Cogió de la mesa del monje un canto del río que Vincencio usaba de pisapapeles y se lo pasó de una mano a otra, sopesándolo—.
Te diré lo que me escama, Vincencio. No que pregunte.
Que ordena lo que pregunta. La gente curiosa pregunta a saltos, lo que se le ocurre, y se le olvida.
Este no. Este vuelve sobre lo mismo desde otro lado, como quien rodea un muro buscándole la cara que cede.
Le pregunté yo el otro día, así, de pasada, por su aldea, por su padre, por el camino que hizo para bajar; y respondió bien, todo cuadraba, pero respondió como respondo yo cuando no quiero que se note que estoy mintiendo: deprisa por lo de fuera, despacio por lo de dentro.
Lo conozco porque es mi vicio. Y un hombre reconoce su propio vicio en otro antes que nadie.
Auria, que en aquellas reuniones hablaba poco y miraba mucho, lo cortó con su sequedad de siempre.
—Yo no entiendo de muros ni de papeles. Pero entiendo de gente, que es mi piedra.
Y a ese mozo le pasa una cosa que no le he visto a ningún colono de los que vienen huidos: que no tiene miedo.
Los que bajan de verdad huyendo del norte traen el miedo metido en el cuerpo años, se les ve en cómo duermen, en cómo comen, en cómo miran la puerta.
Este duerme como un señor. Come como un señor.
Y mira la puerta como el que sabe que puede irse cuando quiera.
Eso no es un hombre que ha perdido su tierra.
Es un hombre que ha venido a por la nuestra.
Y una noche, Auria, que todo lo sabía porque curaba a todos, le trajo el dato que faltaba.
Aquel otoño bajó por la peña una fiebre de las tercianas, de las que vienen del río con el calor que se va, y Adulfo cayó con ella, tres días tiritando y tres ardiendo, en su cobertizo de la falda.
Auria lo cuidó como cuidaba a todos, con las manos y con el saber de Sabina, paños de agua del manantial, una tisana de corteza amarga, y la paciencia de velar a un enfermo que delira.
Porque deliró. Los que pasan las tercianas hablan en lo hondo de la fiebre, sueltan lo que de despiertos atan, y Auria, que llevaba media vida oyendo a la gente confesarse sin querer en el filo de la muerte, lo oyó hablar dormido.
Nombró dos veces a un abuelo, con una palabra rara, «el viejo», en un tono que no era de cariño sino de cuenta, como quien le rinde razón a un amo.
Y una vez, en lo peor del ardor, con los ojos en blanco y la voz pastosa, dijo una palabra que no pintaba nada en boca de un colono pobre.
Dijo «la corona». No como se repite un cuento de viejas, no con el asombro del que oyó una leyenda.
La dijo con un tono que no era de quien repite un cuento, sino de quien guarda una cuenta, bajo, codicioso, casi con miedo, la voz del que sueña con algo que persigue de despierto.
Auria no se movió. Le siguió poniendo el paño, le bajó la fiebre, lo dejó dormir; y por la mañana, cuando el mozo despertó flojo y agradecido y no se acordaba de nada, ella le sonrió y le dijo que ya estaba, que había pasado lo peor, y se fue derecha a buscar a Froila.
—Es de los de Bermudo —dijo Froila, cuando lo supo, y sintió el frío de tener razón, ese frío que no alegra, el de saber que el muro tenía el hueco donde la mano lo presentía—.
El viejo se ha muerto, pero ha dejado simiente.
Lo metieron dentro. Llevamos dos años con la gotera en casa y dándole de comer.
—Se quedó callado, dándole vueltas a una piedrecita del río entre los dedos, como hacía—.
Y nosotros, abriéndole la puerta y dándole las gracias por venir a echarnos una mano.
—¿Lo echamos? —preguntó Auria, que iba siempre derecha.
—No —dijo Froila, despacio, porque lo había pensado ya, sin querer, desde que entró Adulfo con su cara de bueno—.
Echarlo es avisarle de que sabemos. Y un enemigo que sabe que lo conocen es más peligroso que uno al que se deja creer que engaña.
Si lo echamos, sube al norte y cuenta que en Velagra le tienen miedo a algo, y un sitio que tiene miedo a algo es un sitio que tiene algo.
No. Lo dejamos donde está. Que siga preguntando, que siga creyéndose listo, que levante su plano.
Mientras él dibuje la peña, nosotros le cambiamos lo que dibuja.
—Levantó la vista, y por una vez no había en ella el sosiego del maestro, sino algo más frío—.
Que aprenda la peña entera, si quiere. Pero la corona no va a estar donde la busque.
La corona la vamos a poner donde no se le ocurra mirar a nadie. Esta misma luna.