La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 20
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Adulfo se casó con Recesvinta una mañana de san Miguel, en la capilla del monasterio, y mientras Vincencio les ataba las manos con la estola y decía sus latines, lo único que pensaba el novio era que su abuelo lo habría aprobado, y aquel pensamiento, en mitad de la cosa más limpia que le había pasado en la vida, le dejó en la boca el sabor de la ceniza.

Llevaba ya tres años en la peña, los suficientes para que nadie recordara que había venido de fuera, los suficientes para que las madres con hijas dejaran de mirarlo con esperanza y empezaran a mirarlo con prisa, porque un mozo de hombros anchos, buen colono, sin vicios a la vista, era en aquella peña menguada un partido que no se podía dejar enfriar.

Y de todas las mozas, la que se le había puesto delante sin proponérselo, la que él mismo había acabado eligiendo sin saber bien cuándo dejó de calcular y empezó a querer, era Recesvinta, hija de un cabrero muerto y de una viuda que llevaba la casa con las uñas, una moza de manos rojas y risa pronta que no tenía dote más que ella misma y que valía, eso lo había visto Adulfo desde el principio con el ojo de tasar que le dejó el viejo, más que todas las dotes juntas de la peña.

Porque era fuerte sin ser dura, alegre sin ser boba, y tenía una manera de mirarlo, cuando él contaba sus mentiras a medias en la era, que no era de creérselas ni de no creérselas, sino de quererlas verdad, que es la mirada más peligrosa que una mujer le puede echar a un hombre que finge.

La cortejó como el abuelo le habría mandado cortejarla, despacio y barato, para que cuajara el disfraz.

Le arregló el tejado a la viuda sin que se lo pidiera.

Le llevó a Recesvinta, un domingo, un huso de boj que le había torneado él mismo, no de los que se compran, y se lo puso en la mano sin decir nada, y ella lo miró, y miró a Adulfo, y no dijo nada tampoco, que en aquella peña los tratos hondos se cerraban callando, lo había visto él muchas veces sin entenderlo, esa costumbre de la gente de allí de decir lo que más pesa con las manos y no con la boca.

Y un domingo de aquellos, sin haberlo decidido en ninguna hora concreta, Adulfo se encontró pidiéndola a la viuda, y la viuda llorando de gusto, y Vincencio sacando el pliego para anotarlo en el archivo, y la peña entera alegrándose por el colono nuevo y por la moza sin padre como se alegra una comunidad pobre de las pocas cosas que aún le salen bien.

Lo que Adulfo no había calculado, lo que no venía en ninguna lección del viejo, fue lo que le pasó la noche de la boda y las que vinieron detrás.

Que empezó a estar a gusto. Que se acostaba molido del trabajo de verdad, no del de fingir, y dormía como no había dormido en su vida, con el cuerpo caliente de Recesvinta pegado a la espalda y la respiración de ella en el cogote, y se despertaba con un bienestar de animal que no había conocido jamás, ni de niño en la casa de su padre, donde el abuelo entraba y salía sembrando inquietud, ni de mozo en las ferias, midiendo a todo el mundo.

Allí, en aquel cobertizo que él mismo había levantado, con la mujer que le había tocado por una mentira, era, por primera vez, lo que fingía ser: un colono de la peña, casado, con una tierra que daba, esperando que viniera un hijo.

Y la trampa, la trampa que ni el viejo previó, era esa: que la vida que había venido a destruir era buena, y se la estaba dando a probar entera, día a día, como se le da de comer a un preso antes de ahorcarlo.

Aró su bancal aquel otoño con un gusto que no era de fingimiento.

Vio a Recesvinta engordar la masa del pan con la harina que él había traído de su propio surco, y sintió un orgullo de hombre que mantiene a una mujer, un orgullo limpio, que no debía nada a nadie.

Se sentó en la era con los viejos, en las tardes que se acortaban, y se rió de verdad de las gracias que antes se reía de mentira, y aprendió los nombres de los muertos de aquella gente no para su plano, sino porque le importaban, porque eran ya, de algún modo que él no quería mirar, los muertos de su mujer y por tanto medio suyos.

Hubo una tarde, aquel mismo otoño, que se le quedó grabada porque fue la primera vez que el otro hombre, el que solo quería quedarse, le ganó la mano al del abuelo sin pelear.

Estaban trillando en la era, la peña entera, y se le rompió la mancera del trillo a un viejo, y Adulfo, que tenía mano de torno, se sentó a arreglársela sin que se lo pidieran, y mientras tallaba la pieza nueva el viejo se puso a contarle, por entretener el rato, cosas de la peña, de cuando llegaron, de los muertos del asedio, de la señora Adosinda que enarboló no se sabía qué en lo alto del muro la noche del fuego.

Era justo lo que Adulfo había venido a oír, lo que el abuelo le mandó juntar boca a boca; y se sorprendió, a media historia, de que no estaba escuchando como el que junta un plano, sino como el que oye al abuelo de su mujer contarle de dónde venía la tierra que él ya araba, con un interés que no era de espía, sino de hijo.

Se asustó de aquel interés. Lo notó como se nota una traición, solo que la traición, esta vez, era a su abuelo, no a la peña; y aquella noche atizó el rencor con más rabia que nunca, porque tuvo miedo de que se le estuviera apagando.

Y cada noche, antes de dormir, cuando Recesvinta ya respiraba hondo, Adulfo se quedaba un rato mirando el techo de ramas y oyendo el río abajo, y dentro de él se peleaban dos hombres: el que el abuelo había sembrado, que tiraba hacia la corona y el rencor y la ruina; y otro, nuevo, sin nombre todavía, que solo quería que aquello durara, que no acabara nunca, que el viejo no hubiera existido nunca y él fuera de verdad lo que parecía.

Pero el rencor tira más hondo que el bienestar, porque el bienestar es de hoy y el rencor viene de la cuna.

Y la voz del abuelo no se le había muerto con el abuelo.

La oía en lo oscuro, las noches que Recesvinta dormía y él no, aquella voz de hilo quebrado diciéndole «la corona vale oro, pero la cara vale la peña», «no busques la corona, aprende la peña», «esto se cobra cuando el comprador tiene prisa».

Y se acordaba de por qué había venido, de los honrados muriendo en la brecha mientras el abuelo huía por la poterna, de la peña que dejó tirado y arruinado a un hombre que solo había servido a su señor, y se decía que aquella gente que le sonreía en la era, que lo había acogido, que le había dado mujer y tierra, era la misma que había dejado morir sin nombre a su abuelo en un rincón del camposanto de la aldea, sin lápida y casi sin cura.

No era verdad, y en algún sitio él lo sabía, que a su abuelo no lo arruinó la peña sino su propia traición; pero el rencor no necesita ser verdad, le basta con ser viejo, y el de Adulfo lo era, le venía con la leche, y cuando el bienestar de su nueva vida amenazaba con ahogarlo, él mismo lo atizaba de noche, como se atiza un rescoldo para que no se apague, porque sin aquel rencor no sabía ya quién era.

Por eso, aquel mismo invierno, recién casado, con la mujer dormida y el primer hijo ya plantado en el vientre de ella sin que ninguno lo supiera todavía, Adulfo salió una noche de helada a husmear.

No era la primera. Llevaba tres años saliendo, despacio, una noche de cada muchas, levantando hilada a hilada el plano de la peña como el abuelo le mandó.

Conocía ya el adarve y sus rondas, sabía a qué hora orinaba el centinela contra qué almena, había contado los pasos del molino a la troje y de la troje a la fragua, había medido a ojo el grueso de los muros y sabía cuáles eran ciegos y cuáles tenían cámara.

Lo único que se le resistía, lo único de la peña que no había podido aprenderse, era lo de abajo: la cripta del monasterio, las losas viejas con nombres de las que le habían hablado, ese hueco bajo la piedra donde, le decía el instinto que el abuelo le había afilado, tenía que estar lo que buscaba, porque las cosas que de verdad se esconden se esconden bajo tierra y bajo iglesia, que es donde nadie cava.

Aquella noche el monasterio dormía y la luna estaba muerta, que era cuando él salía.

Cruzó el patio pegado al muro, sin pisar el centro donde la escarcha cruje, y se metió por el costado de la capilla, por una puertecilla de servicio que sabía que Vincencio cerraba mal porque la madera estaba hinchada y no asentaba en el quicio.

La empujó despacio, palmo a palmo, sintiendo en la mano el frío del hierro del picaporte, y entró.

Dentro estaba más oscuro que fuera, un negro de cueva que olía a cera fría y a piedra húmeda, y Adulfo se quedó quieto un rato, dejando que el ojo se le hiciera a la nada, oyendo solo su propia respiración y, muy abajo, el río.

Buscó con la mano la pared, la siguió, contando, hasta donde calculaba que tenía que estar la boca de la escalera que bajaba a la cripta, esa que la viuda agradecida le había mentado sin saber lo que decía, «abajo hay losas viejas con nombres, mi madre me llevaba».

Y la encontró. Notó bajo la palma el canto del primer peldaño, gastado, frío, que bajaba hacia un negro aún más negro, y el corazón se le puso a golpear, no de miedo, sino de la otra cosa, de la codicia que el abuelo le había sembrado, porque sintió, por primera vez en tres años, que tenía la mano puesta en el borde mismo del secreto.

Y fue entonces, con el pie ya buscando el segundo escalón, cuando le pasó lo que no esperaba.

No fue un ruido, ni una luz, ni el centinela.

Fue, dentro de él, la cara de Recesvinta dormida, calentita, con el primer hijo plantado y aún sin saberlo, esperándolo en el cobertizo que él había levantado con sus manos.

Y por un instante, en el filo de aquella escalera que bajaba al sitio que llevaba tres años persiguiendo, Adulfo entendió, con una claridad que le heló más que la helada de fuera, lo que iba a costarle de verdad encontrar lo que buscaba.

No oro. No esfuerzo. Iba a costarle aquello: la era, la risa de los viejos, la masa del pan, el cuerpo dormido de su mujer, todo lo bueno que la vida le había dado a probar fingiendo, y que dejaba de ser fingido en el mismo momento en que él bajara aquellos peldaños y lo convirtiera en lo que de verdad era, la antesala de una ruina.

Cuanto más cerca estaba del secreto, más pesaba lo que iba a destruir; y aquella noche, parado en el primer escalón con el segundo bajo el pie, Adulfo no supo todavía cuál de los dos hombres que llevaba dentro iba a ganar, pero supo, por primera vez, que tenía miedo de que ganara el del abuelo.

Subió el pie. Volvió a dejarlo en el primer peldaño. Y se quedó así, parado en el borde, un rato largo, hasta que el frío de la cripta lo echó fuera sin haber bajado.