La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 28
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Recesvinta empezó a saber que su marido no era el que decía una noche de invierno en que despertó con frío y la mano se le fue al hueco caliente del jergón donde tenía que estar Adulfo, y no estaba.

Llevaban ya años casados, con dos hijos vivos y uno bajo la falda, y Recesvinta había llegado a querer a su marido con ese querer hondo y sin palabras de las mujeres de la peña, que no se dice ni se celebra, que se demuestra en la masa del pan y en el remiendo del sayo y en la cama, y que precisamente por callado es más difícil de arrancar cuando empieza a entrar en él la duda.

Porque era buen marido, Adulfo, eso no se lo quitaba nadie: no le pegaba, no bebía más de la cuenta, trabajaba de sol a sol, traía el pan, jugaba con los críos cuando volvía de la era.

La peña entera lo tenía por un hombre de bien, el colono que vino del río y cuajó, y Recesvinta había vivido años orgullosa de él, de su risa fácil, de cómo caía bien, de que la hubiera elegido a ella, que no tenía dote.

Por eso lo que empezó a notar aquel invierno no lo quiso ver al principio, que una mujer no busca razones para temer al hombre con el que duerme, sino al revés, razones para seguir durmiendo tranquila.

Pero las cosas se fueron juntando, como se juntan las gotas hasta que hacen charco.

Primero fueron las noches. Adulfo se levantaba en lo oscuro, sin ruido, creyéndola dormida, y salía; y Recesvinta, que se despertaba con el frío de su hueco, se quedaba quieta, fingiendo el sueño, oyéndolo vestirse a tientas y descorrer el cuero de la puerta y perderse en la noche, y volver al cabo de un rato largo, mucho rato, con los pies fríos y la ropa con olor a la humedad de fuera, y meterse otra vez en el jergón con un cuidado de no despertarla que a ella, despierta, le decía más que cualquier ruido.

Las primeras veces se dijo lo que se dicen las mujeres: que iría a orinar, que andaría mal del vientre, que vigilaría una bestia.

Pero un hombre que va a orinar no tarda lo que tardaba Adulfo, ni vuelve con la ropa puesta y húmeda, ni se acuesta con aquel cuidado de ladrón.

Y a la mañana, cuando ella le preguntaba sin darle importancia, «anoche te levantaste, ¿no dormías?

», él contestaba demasiado pronto, «yo no me levanté, lo soñarías», y aquella mentira pequeña, dicha con la misma risa fácil de siempre, fue la primera piedra que se le movió a Recesvinta bajo los pies, porque una mentira sobre algo tan tonto solo se dice cuando lo que se esconde no es tonto.

Luego fue lo de los muros. Lo vio una tarde, sin que él la viera, cuando volvía ella del manantial con los cántaros y él creía estar solo.

Estaba Adulfo en el adarve, en un tramo que no era el suyo, donde no tenía nada que hacer, pasando la mano por el muro, por las juntas, despacio, como había visto ella hacer al maestro Froila, tocando la piedra con una atención que en un colono no pintaba nada; y de cuando en cuando se paraba, golpeaba un sillar con los nudillos, pegaba la oreja, seguía.

Recesvinta se quedó atrás, en el recodo, con los cántaros a la cadera, mirándolo hacer aquello que no entendía, y se le encogió algo dentro, porque su marido, el colono, el de la azada, estaba leyendo el muro como lo leen los que saben, y ella no le conocía aquel saber, no se lo había enseñado nadie en la peña, no era de su oficio.

Lo vio guardarse, además, algo en la cara, una concentración que ella no le había visto nunca en la era ni en la cama ni con los hijos, la cara de un hombre que está en lo suyo de verdad, en lo que de verdad le importa; y entendió, sin querer entenderlo, que el Adulfo de la era, el risueño, el de fiar, no era el de verdad, que el de verdad era aquel, el del adarve, el que tocaba los muros de noche con cara de ladrón.

No dijo nada. Las mujeres de la peña aprendían pronto que hay cosas que no se preguntan de frente, porque preguntar de frente es avisar, y Recesvinta no quería avisar, quería saber, que es distinto.

Empezó a fijarse. Empezó a oír. Y lo que oyó, juntándolo, fue peor que las noches y los muros.

Oyó que Adulfo preguntaba demasiado, a unos y a otros, con su risa, cosas que no le importaban a un colono: por los años de la torre, por la noche del asedio, por dónde estaba enterrado quién, por la cripta del monasterio, por aquel cuento del oro en el muro que los viejos contaban en la era.

Lo que a la peña entera le parecía solo curiosidad simpática del forastero que cuajó, a ella, que dormía con él, empezó a sonarle a otra cosa, a un hombre que junta, que ordena, que busca.

Y una noche, fingiendo el sueño como tantas, lo oyó hablar solo en lo oscuro, bajito, antes de salir, una palabra que se le quedó clavada como una espina, porque no era palabra de colono ni de marido ni de padre.

Lo oyó decir, para sí, con un tono que no era de cuento sino de cuenta, codicioso, casi rezando: «la corona».

Estuvo a punto, una vez, de preguntárselo.

Fue una tarde mansa, de las buenas, con los críos jugando fuera y Adulfo de buen humor remendando un aparejo a la puerta, y ella, que llevaba semanas con la espina dentro, sintió de pronto unas ganas locas de soltarlo, de plantarse delante y decirle «sé que sales de noche, sé lo de los muros, dime quién eres», por el alivio bestial que da dejar de fingir, aunque sea para caer en algo peor.

Se acercó. Tenía la pregunta en la boca, entera.

Y entonces el menor de los hijos vino corriendo a enseñarle al padre un caracol, y Adulfo soltó el aparejo y cogió al crío en brazos y se rió con él, con aquella risa de verdad que ella conocía, la del hombre bueno que también era; y Recesvinta vio a su marido reír con su hijo y se tragó la pregunta, porque entendió que si la hacía rompía aquello para siempre, y que prefería el veneno de no saber a la certeza de perderlo.

Se dio media vuelta y volvió a la masa del pan con las manos temblándole, odiándose por callar y sabiendo que iba a seguir callando.

A partir de aquella palabra, Recesvinta vivió partida, que es la peor manera de vivir.

De día seguía siendo la mujer de Adulfo, le hacía el pan, le criaba los hijos, le sonreía cuando volvía de la era, y se odiaba un poco por sonreírle.

De noche, despierta a su lado, le daba vueltas a lo que iba sabiendo y no quería saber: que se había casado con un hombre que no era el que decía; que había venido a la peña por algo, no huyendo del norte como contó, sino buscando algo, la corona del cuento, que entonces ella empezó a entender que a lo mejor no era cuento; que la gente que la había criado, la viuda su madre, los viejos de la era, el señor, el maestro, toda la peña que era su mundo entero, estaba en peligro por culpa del hombre con el que ella dormía y al que ella, para su desgracia, quería todavía.

Porque eso era lo que la deshacía, lo que no la dejaba hacer lo que cualquiera habría dicho que tenía que hacer, ir corriendo a contarlo: que lo quería.

Que el padre de sus hijos, el hombre de su cama, el que le había arreglado el tejado a su madre, era el mismo que tramaba la ruina de todos, y que ella no sabía cómo se denuncia a un hombre al que se quiere sin denunciarse a una misma, sin quedarse sola, sin que sus hijos crecieran señalados como hijos del traidor.

La cosa llegó a su filo una noche de las de levantarse él.

Recesvinta, que ya no dormía cuando él se iba, aquella vez no se quedó quieta.

Esperó a que saliera, contó hasta que calculó que estaría lejos, y se levantó ella también, descalza, y lo siguió en lo oscuro, pegada a las paredes, con el corazón golpeándole en la garganta, porque iba a ver con sus ojos lo que ya sabía con el alma.

Lo siguió hasta el monasterio. Lo vio empujar la puertecilla de servicio, la que cerraba mal, y meterse dentro; y ella se quedó fuera, en la sombra del muro, temblando de frío y de miedo, sin atreverse a entrar, oyendo solo el río y, de dentro, muy apagado, el roce de algo, un raspar de piedra, el ruido de un hombre que hurga.

Estuvo allí lo que le pareció una eternidad, descalza en la escarcha, hasta que lo oyó volver, y entonces echó a correr de vuelta, sin aliento, y se metió en el jergón y fingió el sueño cuando él entró, y notó que él se acostaba a su lado con la respiración agitada y la ropa fría y aquel olor de la cripta, de tierra cerrada, que ella ya conocía sin saber de dónde, y que ahora sí supo.

Y se quedó rígida en lo oscuro, a un palmo del hombre que quería y que temía, sabiendo ya, sin remedio, sin escapatoria, que su marido bajaba de noche a la cripta de los muertos a buscar lo que iba a hundir a la peña que la había criado.

Lo que Recesvinta no supo, lo que no podía saber, fue que aquella misma noche dejó, sin querer, un cabo suelto.

En la prisa de la vuelta, descalza y temblando, había perdido por el patio del monasterio una de las dos horquillas de hueso que le sujetaban el pelo, una prenda de mujer que no pintaba nada en aquel sitio a aquella hora, y que a la mañana siguiente encontró Auria, que madrugaba a por sus raíces.

La sanadora la recogió del suelo, junto a la puertecilla de servicio, y la reconoció, que conocía a su gente como Froila la piedra y sabía de quién era cada prenda de la peña; y se quedó mirándola en la palma de la mano, una horquilla de la mujer del colono, perdida de noche en el patio del monasterio, justo donde no tenía que estar, y ató cabos como ataba siempre, despacio, helándosele la sangre.

Porque si la mujer de Adulfo andaba de noche por el monasterio, o era que el colono andaba por allí y la mujer detrás, o que andaban los dos; y de cualquier modo, aquello quería decir que la gotera que llevaban años vigilando sin alarma se había acercado, en la oscuridad, mucho más de lo que ninguno creía, hasta el sitio mismo, hasta la cripta, hasta un palmo de donde había dormido la corona; y que ya no era cosa de seguir mirando de lejos, sino de apretar la vigilancia antes de que el colono diera, una de aquellas noches, con algo que aún pudiera hacer daño.

Auria se guardó la horquilla en el puño, cerró la mano, y subió a buscar a Froila con el paso rápido de las malas noticias, sin saber que el cabo que la ponía sobre aviso lo había dejado, sin querer, no el enemigo, sino una mujer que callaba.

Porque Recesvinta calló. No fue a contarlo, ni aquella noche ni las que vinieron, y no supo nunca si callaba por amor, por no perder al padre de sus hijos, o por miedo, por no quedarse sola y señalada en el único mundo que tenía.

Se guardó dentro lo que sabía, como la peña se guardaba la corona, en lo más hondo y callado de sí misma, y siguió haciéndole el pan a su marido y criándole los hijos y sonriéndole al volver de la era, con la sonrisa cada vez más difícil, con una piedra en el pecho que le pesaba más cada día.

Pero ya no era la misma. Ya sabía. Sabía que el hombre con el que dormía tramaba la ruina de la gente que la había criado, y que ella, callando, era de algún modo parte de la trama; y aquella certeza, que no compartió con nadie, la fue volviendo callada y seria, una mujer que miraba demasiado y reía poco, de las que la peña empezó a tener por rara sin saber por qué.

Vivía sobre un secreto, como vivía toda Velagra sin saberlo, solo que el de ella no era de piedra ni de sangre, sino de cama, que es el que más pesa, porque se duerme cada noche encima de él.