La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 18
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Vímara nació la primavera del año en que la muralla del lienzo norte llegó por fin, palmo a palmo, luna a luna, a la altura de dos hombres, y Froila tuvo siempre las dos cosas juntas en la memoria, el hijo y la hilada, pegadas la una a la otra como dos sillares de la misma tongada, como si la una hubiera empujado a la otra a venir al mundo.

Fue un parto largo y malo, de los que Auria sacaba adelante con las manos y con la terquedad cuando ya otra habría rezado y dejado de tirar.

Eilo era tardía, y el cuerpo se le había puesto duro de tanto trabajar la vega, y el niño venía atravesado y se resistía a nacer, y hubo una noche entera de candil y agua caliente y paños y la voz de Auria mandando empujar y descansar, empujar y descansar, mientras Froila esperaba fuera, en lo oscuro, sin saber qué hacer con las manos que sabían hacerlo todo menos aquello, partido por el miedo de perder de un golpe las dos cosas que más quería.

Pero Auria sabía, y la terquedad pudo, y antes del alba se oyó el llanto.

Y cuando le pusieron al niño en los brazos, colorado y furioso, arrugado, con un puño fuera del envoltorio igual que tantos años atrás lo sacaba él de chico, según contaba Teudila, Froila sintió una cosa que no había sentido nunca, ni asentando la última dovela de la bóveda y oyéndola cerrar limpia, ni el día en que Teudila, sin decirle una palabra, le pasó el puntero y lo tuvo por maestro: sintió el peso exacto, en los brazos, de para qué servía todo.

Todo. Los muros de noche, el hambre, el agacharse, el durar.

Para esto. Para que hubiera un niño al que entregarle, algún día, el cincel y la seña y la peña; y para que aquel niño se lo entregara a otro; y aquel otro a otro; y así la obra, que ningún hombre solo alcanza a ver empezada y acabada, cruzara el tiempo de mano en mano, viva, sin que se cortara nunca el hilo.

Le pusieron Vímara, que no era nombre de cantero ni de señor, ni de godo viejo ni de los de la peña, sino un nombre del norte, raro allí, de los que traían los pocos arrieros y desterrados que aún bajaban de aquellas tierras.

Lo eligió Eilo, y cuando Froila la miró sin entender, ella dijo, sin más explicación que la que cabía en una mujer recién parida y rendida, que quería para su hijo un nombre que no cargara con ningún muerto, que no fuera el de un abuelo bajo la falda ni el de un maestro enterrado ni el de nadie que ya no estuviera, porque en aquella peña había demasiados nombres que eran de gente bajo tierra, y a un crío que empezaba a vivir no había que ponerle de entrada el peso de un difunto en el nombre.

Froila no discutió, que rara vez le discutía a Eilo las cosas hondas, que en esas ella veía más lejos.

Le pareció, dándole vueltas, viéndola dormir con el niño al pecho, que su mujer, que no sabía nada de piedra, había entendido sin embargo mejor que él, el maestro, una cosa del oficio que él predicaba y no acababa de vivir: que para construir hacia delante hace falta, de cuando en cuando, dejar de mirar hacia atrás; que un nombre nuevo, limpio, sin muertos encima, era como una hilada de piedra cruda recién sacada de la cantera, sin pátina ni historia, lista para empezar a aguantar peso sin acordarse de nada.

Froila celebró el nacimiento a su manera, que era trabajando.

Al día siguiente del parto subió al andamio antes que nadie, con las manos todavía temblonas de la mala noche, y asentó él mismo, de su propia mano, el primer sillar de la hilada que coronaba los dos hombres de altura, y lo golpeó con el mango para oír si había sentado limpio, y oyó que sí, macizo, y se quedó un rato con la mano encima, y nadie supo que aquel sillar lo ponía por su hijo, como otro hombre habría encendido una vela.

Endura, que lo vio raro, le preguntó si pasaba algo.

«Pasa que tengo un crío», dijo Froila, y siguió a lo suyo, y Endura entendió por el tono que no había que decir más, y bajó a la fragua a contarlo, que aquello sí era noticia para alegrar a la peña.

Aquel mismo año, casi por las mismas lunas, le nació a Gundemaro su heredero, de Gaudiosa, varón, sano, de buen llanto, y la peña tuvo de pronto dos cunas donde el invierno anterior había tenido tantas tumbas; y eso, en una comunidad que se moría despacio, que llevaba años contando más entierros que bautizos, fue mucho más que dos niños.

Fue una vuelta del aire. Fue una razón para seguir que no estaba en ningún granero.

Las mujeres bajaron a ver a los recién nacidos, el del cantero y el del señor, como se baja a ver una cosecha que ya no se esperaba, y le llevaron lo poco que tenían, un huevo, un puñado de lana hilada, una rama de romero para la cuna que aparta el mal aire, que en una peña pobre se regala lo que se tiene y vale más por eso; y por unos días en Velagra se habló más de cunas que de hambre, y en las lumbres, de noche, hubo quien dijo que si la peña paría todavía es que la peña no estaba muerta, dijera lo que dijera el rey del norte, y que un sitio que tiene cunas tiene futuro, aunque el futuro venga flaco.

Pero hubo, en la casa de la torre, el día del señor, una escena que no vio nadie salvo Auria, que fue la que sacó también a aquel niño de su madre.

Cuando le pusieron el recién nacido en los brazos a Gundemaro, junto a la lumbre, el señor no hizo lo que hacen los padres, que ríen o lloran o se quedan torpes sin saber cómo cogerlo.

Se quedó callado, y lo miró. Lo miró largo, demasiado largo, a la luz temblona del fuego, buscándole algo en la cara con una ansiedad que la partera, que había visto nacer a media peña, no entendió en aquel momento.

Le buscó el color de la piel, que en un recién nacido todavía no dice nada, que nacen todos amoratados y luego aclaran o no.

Le buscó la forma de los ojos, que aún los tenía cerrados, hinchados, sin abrir.

Le pasó el pulgar, despacio, por la frente diminuta, por el caballete de la nariz, como quien lee a tientas una inscripción en la oscuridad.

Y Auria, que llevaba toda una vida viendo a los padres mirar a sus hijos recién nacidos, con orgullo, con miedo de que no vivieran, con la bobería tierna del primer hijo, no había visto nunca a uno mirarlo con aquel miedo distinto, aquel miedo concreto, como quien destapa una carta lacrada que tanto puede traer una buena nueva como una sentencia, y la abre temblando, no por lo que diga, sino porque, diga lo que diga, ya no podrá volver a cerrarla.

No dijo nada, Gundemaro. Al cabo, devolvió el niño a su madre con cuidado, le besó la frente sudada a Gaudiosa, le dio las gracias a Auria con la cortesía rígida de siempre, la misma con que daba las gracias por todo, y se apartó a la ventana, la del río, la de su madre.

Desde allí, de espaldas a la cuna, le preguntó a Auria, como quien pregunta una cosa de poca monta, qué color de ojos solían echar los recién nacidos al crecer, si los que nacían con los ojos así oscuros los conservaban o aclaraban.

Auria, recogiendo sus paños, le contestó la verdad, que en un recién nacido el color no dice nada, que unos aclaran y otros no, y que hasta el año no se sabe; y notó, al decirlo, que el señor recibía aquella respuesta no como una cosa de poca monta, sino conteniendo el aliento, y que el «hasta el año no se sabe» le caía encima como una condena aplazada, no como un consuelo.

Pero Auria se quedó pensando, mientras recogía sus paños y sus hierros y limpiaba la sangre del parto, que el señor de Velagra le tenía a su propio hijo recién nacido un miedo que no era el de cualquier padre, el miedo natural de que el crío no pase el invierno; era otro, más viejo, más hondo, un miedo que venía de antes del niño, un miedo a algo que el niño pudiera traer puesto en la cara sin tener culpa.

Y ató cabos, como ataba siempre, despacio, que para eso era ella la que guardaba los secretos que la gente suelta en la fiebre y en el parto y en la cama: la cara morena del señor, que ella conocía mejor que nadie su origen; la cosa que Sabina le había confiado al morir y que ella callaba; el miedo aquel del padre buscándole la cara al hijo.

Y entendió, recogiendo en silencio sus cosas en aquella sala, que en la casa de la torre se guardaba, además de la corona que ya sabía dormir bajo la peña, algún otro secreto que ella, que guardaba tantos, todavía no acababa de tener entero en la mano, pero que ya empezaba a pesarle como pesan los secretos antes incluso de saberlos del todo.

Cerraba así el primer tramo del desierto.

Diez años justos desde la mañana en que bajó por el camino del río, despacio, sin recelo, el pendón de la cruz, abriendo un peligro por donde nadie miraba; diez años de hacerse los muertos, de picar piedra a oscuras con viento, de tapar de día lo que se subía de noche, de repartir hambre con la mano de Auria, de enterrar viejos en la falda y aguantar inviernos y sostener casa por casa a la gente que dudaba.

Velagra seguía en pie sobre su roca, más pobre que diez años atrás, más flaca, más callada, más agachada, pero en pie; y tenía ahora dos cunas nuevas, el hijo del cantero y el hijo del señor, la piedra y el mando creciendo otra vez a la par como crecieron sus padres, que eran toda la apuesta de la peña por un después que ninguno de los que la hacían vería.

Y mientras Froila, aquella noche, miraba dormir a su hijo en el regazo de Eilo y pensaba, sin poder evitarlo, en la hilada que subiría al día siguiente en cuanto el viento ayudara, lejos, en las ferias del norte, un viejo arriero cobraba gotas de un secreto que no acababa de soltar entero, y un soldado honrado se iba volviendo, sin notar el día, otra cosa más fea, y la red se tejía despacio sobre la peña sin que la peña la viera.

La piedra estaba escondida. Pero ya había quien sabía que estaba; y eso, en la frontera, no era seguridad ninguna, sino solo cuestión de tiempo.