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Bermudo hizo su trato un día de feria en el norte, lejos de Velagra, en una villa de las del rey donde nadie lo conocía y podía ser, por una vez en su larga vida de no ser nadie, no el arriero viejo al que nadie mira dos veces, sino un hombre con algo que vender y la cara de saberlo.
La feria era de las grandes de allá arriba, de las de cambiar ganado y paño y herramienta una vez al año, con su gentío y su barullo y su barro, sus tratantes voceando y sus juglares y su olor a boñiga y a tocino frito; y en aquel río de gente que no lo conocía de nada, Bermudo, que en Velagra era el viejo tolerado al que nadie miraba, se movía a gusto, perdido entre todos, un arriero más de los muchos, pudiendo por una vez levantar la cabeza.
Allí había citado a Gutier, en terreno del norte y no de la peña, donde el del rey se sentía fuerte y por eso mismo confiado, que un comprador en su casa baja la guardia.
Le había costado llegar hasta aquel día, y le había costado tiempo, que era lo único que le sobraba y lo que mejor sabía gastar.
Dos años de tantear, de subir y bajar recados por terceros, de cruzarse con la gente de Gutier en los altos del camino como por azar, de medir al del norte como se mide a un comprador desconfiado y harto: cuánto creía ya, cuánto fingía no creer, cuánto pagaría y cuándo se cansaría.
Y en todo aquel tiempo, lo que más cuidó Bermudo fue no enseñar nunca la mercancía entera, darle cada vez un poco más, lo justo para que volviera, y volviera con más hambre que la vez anterior.
La primera feria le habló solo de un oro que vio una noche; no dio ni nombre ni sitio, y se fue.
La segunda añadió que la vieja señora lo guardó.
La tercera, que ahora lo guardaban otros.
Así, gota a gota, dejando que el del norte rellenara solo, con su imaginación y su codicia, los huecos que Bermudo le dejaba a propósito, que un secreto a medias trabaja más en la cabeza del que lo compra que uno entero, porque el entero se cierra y el medio no deja dormir.
Aquel juego se lo sabía mejor que ninguno de los pocos que sabía, porque era el único que la vida entera le había enseñado, y se lo había enseñado el conde Sisberto en persona, el hombre más frío y más paciente que Bermudo conoció jamás, la tarde aquella del chisme soltado de golpe que el conde le pagó con la lección del odre en vez de con una moneda; y aquella lección, la de la gota y el odre, la de que el día que las das todas sobras, era la que estaba aplicando ahora, gota a gota, sobre Gutier.
Aquellos dos años de tanteo los había vivido Bermudo como vivía siempre, en los caminos, durmiendo al raso o en pajares ajenos, llevando su poca carga de un sitio a otro para no levantar sospecha, haciéndose el arriero viejo e inofensivo que sube grano a la peña y baja lana, saludando a los de Velagra con la mansedumbre del que no es nadie, sonriéndole a Auria cuando se cruzaban aunque sabía que ella lo vigilaba, fingiendo no saberlo.
Era un doble juego que lo tenía cansado hasta los huesos, a su edad, pero que no podía soltar, porque era el último de su vida y el más grande, y un hombre no muere bien si muere antes de cobrar lo que ha esperado treinta años.
Cada subida a la peña la aprovechaba para mirar, para oír, para juntar un dato más al plano que llevaba en la cabeza; y cada bajada, para hilar otro recado a Gutier.
Iba y venía como va y viene la lanzadera de un telar, tejiendo despacio una tela que solo él veía entera.
Le había contado al del norte lo de la corona.
Le había contado lo que vio media frontera la noche del asedio, el oro en alto sobre el muro a la luz de los incendios, la señora gritando que aquello era la corona de los reyes godos.
Le había contado, gota tras gota, en feria tras feria, que la vieja señora la guardó hasta morir, y que al morir no se perdió, que ahora la guardaban otros, los de la peña, escondida donde él no sabía pero juraba poder llegar.
Lo que no le había contado aún, lo que se reservaba para el final como el avaro reserva la última moneda del arca, era la otra gota, la que valía más que todas juntas: la sospecha de la cara.
Que el señor de Velagra, aquel de los ojos negros y los pómulos del sur, podía no ser hijo del marido muerto de su madre, sino de otra simiente, y aun se le erizaba a Bermudo el espinazo de pensarlo, de simiente infiel; y que un señor sin sangre limpia es un señor al que no hace falta tomarle la peña con soldados, que basta un papel y un escándalo y la ley en la mano, sin gastar un hombre ni una flecha.
Se vieron por fin cara a cara en la feria, en un rincón de detrás de las tiendas de paño, lejos del bullicio del ganado, Gutier de pie, alto, con el asco mal tapado, y el viejo encorvado delante de él, mirándolo de abajo arriba con sus ojillos vivos.
—Estoy harto de vuestras gotas, viejo —dijo Gutier, sin saludar—.
Llevo dos años pagándoos migajas por adivinanzas.
Se acabó. Vos me decís dónde está esa corona, dónde, con nombre de sitio, y yo os hago rico para lo que os quede de vida, que no será mucho.
Y si no me lo decís, dejad de rondarme de una vez, que me cansáis y me ensuciáis, y volveos a vuestros caminos a morir en una cuneta como lo que sois.
Bermudo no se inmutó del insulto, que de eso vivía, y dejó pasar el tiempo, como le enseñó el conde, antes de contestar.
—No sé dónde está —dijo al fin, despacio, y en eso no mentía, y lo dijo con la cara de no mentir, que es un arte aparte—.
Os he dicho la verdad desde el principio: no sé el sitio.
Sé que existe, que eso lo vi con estos ojos.
Sé quién lo sabe, que son pocos y los tengo contados.
Y sé el camino para sacárselo a esos pocos, que es lo que de verdad vale.
—Sonrió con la boca rota y oscura de los viejos, sin alegría, solo para mostrar que aún tenía con qué morder—.
Pensadlo, señor del norte, vos que sois listo.
El sitio, si os lo diera, ¿de qué os serviría?
Lo cambian en una noche, mueven la cosa de hueco, y os quedáis con un nombre de un escondrijo vacío.
El sitio es lo que menos vale, porque es lo que más fácil se muda.
Lo que yo sé, en cambio, no lo pueden mudar, porque no es una piedra suelta, es cómo se abre una peña entera por dentro: por dónde tiene la grieta, quién bebe y se le va la lengua, quién guarda rencor, quién querría irse al norte, por dónde se mete uno sin que lo vean.
Eso no lo cambian aunque quieran. Yo no os vendo una piedra, señor.
Os vendo la peña entera por dentro. Y eso lleva su tiempo, y su precio, y os lo iré dando como se le da de comer a un enfermo grave, poco y a menudo, para que no os reviente la barriga de tragarlo todo de golpe.
Gutier lo miró un rato largo, con un asco que ya ni se molestaba en disimular, el asco hondo y antiguo del soldado por el espía, del hombre que ha arriesgado el cuerpo a campo abierto por el hombre que solo arriesga la lengua en la sombra; y le dio ganas de cogerlo del pescuezo y partírselo allí mismo, detrás de las tiendas de paño, y acabar con aquello.
—Sois lo más bajo que he tratado en mi vida —le dijo—. Vendéis a la gente que os dio de comer treinta años.
—Esa gente no me dio nada, señor —contestó Bermudo, sin ofenderse, que ya no se ofendía por nada—.
Me toleró, que es otra cosa. Me dejó vivir en sus caminos como se deja vivir a un perro flaco, sin echarle de comer ni echarlo del todo.
Y un perro al que no se le da de comer busca su pan donde lo hay.
No me juzguéis vos, que bajasteis a salvar almas y aquí estáis, regateándole a un viejo el precio de una traición.
Cada uno es lo que la vida lo ha hecho. —Y sonrió otra vez, sin rencor, que aquello tampoco lo decía con rencor, sino con la frialdad de quien ha mirado mucho tiempo lo que es.
Gutier no contestó. Le pagó, en cambio, una bolsa pequeña, y supo, dándosela, con la mano sucia de dársela, que volvería a pagarle, porque la sospecha que el viejo le había ido sembrando feria a feria ya le había echado raíces dentro y le crecía sola por las noches, y un hombre honrado no descansa delante de lo que no entiende, y aquella peña terca llevaba años sin dejarle dormir.
Bermudo guardó la bolsa en el cinto, despacio, sin contarla delante, que eso también era arte.
Y mientras el del norte se alejaba entre el gentío de la feria, el viejo se quedó pensando que aún se reservaba la mejor gota, la última, la de la cara; que esa no la había dado ni la daría así, por una bolsa de feria, porque esa no era para Gutier, que era hombre de espada y la gastaría mal, de cualquier manera; esa la guardaba para cuando hubiera quien supiera usarla por dentro, con paciencia, como él habría sabido si fuera joven.
Una corona vale oro, se dijo, recogiendo el ramal de su mula; pero una cara mal explicada vale la peña entera, y eso no se malvende.
Y así, en aquellas ferias del norte, lejos de la roca que dormía abajo en la frontera haciéndose la muerta, se fue tejiendo despacio, sin prisa, hilo a hilo, la red que un día había de caer sobre Velagra: no la red de un ejército, que esa Velagra sabía pelearla, que para eso eran los muros de Teudila y las cisternas talladas en la roca; sino la otra, la peor, la de un papel sellado, una traición de dentro y una cara mal explicada, contra las que no hay muralla que valga, porque se meten por debajo de la puerta, donde la piedra no llega.