15
Hay mentiras que se dicen una vez y ya está, y hay otras que no se dicen: se viven, día tras día, desde que uno se levanta hasta que se acuesta.
Esas son las que no perdonan. Astulfo lo sabía en los huesos, después de tantos años viviendo una vida que no era la suya, porque la mentira vivida no descansa nunca, no se acaba al cerrar la boca, sigue corriendo mientras uno duerme, y se le mete a uno tan adentro que llega un día en que ya no sabe del todo dónde acaba lo que finge y dónde empieza lo que es.
Vivía, con su mujer y sus dos hijos, en una aldea nueva del norte, una de las muchas que el rey iba levantando con la gente que bajaba del Duero, en un valle ancho y verde y seguro que a Astulfo, los primeros tiempos, le había parecido el paraíso y luego, con los años, una cárcel cómoda.
Tenía tierra buena, de la que daba dos cosechas donde la de Velagra daba media; tenía un techo que no había que tapar de día ni levantar de noche; tenía vecinos que lo saludaban y un cura que lo conocía y un conde lejano que, a cambio de una parte de la cosecha, lo dejaba en paz y respondía de que ninguna aceifa le bajara a los hijos a las cadenas.
Tenía, en una palabra, todo lo que Liuva y los desesperados de la peña creían que había en el norte, y era verdad que lo había, y esa era la parte de su trabajo que más le pesaba: saber, por vivirlo en su propia mesa, que la oferta del rey no era mentira, que el norte sí daba pan y seguridad, y tener que mandar recado a la peña de cómo se llenaba el norte mientras se vaciaba el sur, sabiendo que cada recado suyo ayudaba a Gundemaro a pedirle a su gente que renunciara, por una idea, a aquello que él, Astulfo, tocaba con las manos todos los días.
Porque Astulfo no era un colono más. Era uno de los ojos.
Lo había mandado Gundemaro al norte con las once familias de desgraciados, hacía años, mezclado entre ellos, con el encargo callado de afincarse, abrir los oídos y mandar razón por los arrieros de lo que el rey planeaba; y se había afincado tan bien, tan a fondo, que a veces, arando su buena tierra del norte bajo un sol sin miedo, se le olvidaba durante horas enteras para qué estaba allí, y luego el recuerdo le caía encima como una culpa, la de estar viviendo demasiado a gusto la vida que tenía que espiar.
Mandaba sus recados por los arrieros, que eran el correo de aquel mundo, los pocos hombres que aún cruzaban de un lado a otro de la frontera llevando sal y noticias y, sin saberlo casi nunca, los avisos de Astulfo escondidos en una palabra convenida, en el modo de atar un fardo, en un objeto de nada que para cualquiera era basura y para el que sabía leerlo decía una frase entera.
Era un correo lento, de meses, y peligroso, porque un arriero podía morir en el camino, o venderse, o simplemente perder en una taberna el cacharro de barro que llevaba el mensaje sin saber que lo llevaba; y más de un recado de Astulfo se había perdido así, en el aire, sin que él llegara a saber nunca si había llegado o no, que esa era otra de las soledades del oficio, hablarle a un silencio sin saber si al otro lado lo oían.
Lo que tenía que mandar aquel invierno era de los que un hombre habría querido no tener que mandar.
Llevaba meses oyéndolo, juntándolo pieza a pieza en el mercado de la villa, en la herrería, en la taberna donde los soldados del conde se soltaban con el vino: que el rey no se había olvidado de la peña del sur.
Que en las cortes, donde Astulfo nunca entraba pero adonde llegaban los ecos, se había vuelto a hablar de aquella roca terca de la frontera que se había negado a vaciarse, que había despachado a Gutier con once pordioseros y una mentira de fiebre; que el delegado, Gutier, que tenía oído del rey, no la daba por muerta como había dado las demás, sino que insistía, feria tras feria y consejo tras consejo, en que allí había algo, gente y piedra y quizá más, y en que aquella anomalía no podía quedar en pie, porque una peña que decía no y se salía con la suya era un mal ejemplo, y un rey no puede permitirse los malos ejemplos en su frontera, que cunden.
Y, lo peor, lo que a Astulfo le heló la sangre cuando por fin lo oyó claro de boca de un soldado borracho que se daba importancia: que Gutier preparaba volver.
No con carretas de vaciar, no a salvar almas; por su cuenta, con menos hombres y más callado, a averiguar de una vez qué guardaba la peña que le había dicho que no a la cara del rey.
Aquello había que mandarlo, y mandarlo seguro, costara lo que costara, porque era el aviso que podía salvar a la peña de que la sorprendieran descuidada.
Y justo cuando Astulfo lo tenía que mandar, justo aquel invierno, le llegó la otra noticia, la que le quitó el sueño más que la del rey, porque esta era de los suyos.
La otra familia no había vuelto a dar señales.
Eran dos las familias de fiar que Gundemaro había mandado al norte como ojos, escogidas una a una con Vincencio: la de Astulfo y la de un hombre llamado Gaudila, que se había afincado en otro valle, a dos jornadas, con la misma misión.
Durante años se habían mandado, de tarde en tarde, por los arrieros, una seña de que seguían vivos y atentos, no para hablarse entre ellos, que eso era peligroso, sino para que el otro supiera que no estaba solo, que había otro ojo abierto en aquel destierro.
Y la seña de Gaudila había dejado de llegar.
Una estación, dos, tres. Astulfo se dijo al principio lo que se dice uno para no pensar lo peor, que el arriero habría faltado, que la seña se habría perdido, que ya llegaría.
Pero pasó otro arriero, y otro, y de Gaudila nada; y al fin Astulfo, sin poder con la duda, bajó él mismo un día, con la excusa de una compra de ganado, hacia el valle del otro, a dos jornadas, a mirar de lejos, sin acercarse, lo que no se atrevía a preguntar.
Lo que vio fue una casa cerrada. La tierra de Gaudila, sin labrar, vuelta al monte, con los cardos crecidos donde había habido surcos.
Preguntó, como por casualidad, en la aldea de al lado, fingiendo interés de comprador en aquella tierra que parecía abandonada; y le contaron, bajando la voz, mirando a los lados, lo que se cuenta de aquello que da miedo nombrar: que el de aquella casa había resultado no ser quien decía, que se había sabido, no se sabía bien cómo, que mandaba recados al sur, a la tierra del moro o a sabe Dios dónde; que se lo habían llevado los hombres del conde una noche, a él y a la mujer, y que de los hijos no se sabía, y que de ninguno se había vuelto a saber, ni vivos ni muertos, que de esas cosas no se vuelve a saber, que el que cae en esa rueda desaparece y punto, y más vale no preguntar, forastero, no vaya a ser que pregunte uno tanto que empiecen a preguntar por uno.
Astulfo dio las gracias, compró una res cualquiera para que su viaje cuadrara, y volvió a su valle con el alma encogida y la certeza fría de a qué jugaba de verdad.
Gaudila había caído. No por torpe, que torpe no era; por mala suerte, por un arriero vendido, por una palabra de más, por cualquiera de las mil maneras en que un hombre que vive una mentira la paga el día menos pensado.
Y lo que le había pasado a Gaudila le podía pasar a él mañana, cualquier día, sin aviso, una noche, los hombres del conde a la puerta, y la mujer, y los hijos, todos en la rueda esa de la que no se vuelve.
Vivía sobre eso, entendió Astulfo aquel invierno con una claridad que no había tenido nunca, sobre una trampilla que se podía abrir bajo sus pies en cualquier momento; y lo peor no era el miedo por él, que un hombre se hace al miedo por su propio pellejo, sino el miedo por los suyos, por los críos que jugaban en la puerta sin saber que su padre no era un colono sino un ojo, y que por ser hijo de un ojo se podía caer también, sin culpa, en aquella rueda.
Lo pensó muchas noches, despierto, oyendo dormir a su mujer y a sus hijos en la casa segura del norte.
Pensó en callarse. En dejar de mandar recados, enterrar al ojo, ser solo el colono que ya casi era, salvar a los suyos de la trampilla quedándose quieto.
Tenía la tierra, tenía el techo, tenía todo lo que Liuva soñaba; bastaba con cerrar la boca y vivir, y nadie en el norte sabría nunca, y nadie en la peña podría reprochárselo, que de los muertos no vuelven las cuentas.
Era lo cuerdo. Era lo que cualquier padre haría.
Y sin embargo no lo hizo, y no por valiente, que él no se tenía por valiente, sino por una cosa más terca y más callada que el valor, que era que se acordaba de la peña.
Se acordaba de la roca y del río y de la torre contra el cielo, de la gente con la que se había criado, de Gundemaro mandándolo al norte con un nudo en la garganta y la mano en el hombro, despidiéndolo como a todos para que nadie notara que aquel se iba a otra cosa.
Se acordaba de que la peña aguantaba el hambre y el frío y la mentira por no dejar de ser, y de que él, allí arriba, comiendo a dos carrillos, era una parte de aquel aguantar, la parte que tenía que avisar; y de que si se callaba para salvar a los suyos, a lo mejor salvaba a los suyos, pero traicionaba a todos los demás, a seiscientos que dormían sobre su roca confiando, sin saberlo, en que alguien en el norte les mandaría el aviso a tiempo.
Y un hombre, se dijo Astulfo aquella noche, no puede salvar a los suyos a costa de todos los demás y seguir siendo el hombre que sus hijos creen que es; y de qué les sirve a unos hijos un padre vivo que por dentro ya no es nadie.
Así que mandó el recado. Lo mandó de la manera más segura que se le ocurrió, partido en tres pedazos por tres arrieros distintos, por tres caminos, para que aunque cayeran dos llegara uno, gastando en aquello buena parte de lo poco que tenía guardado, que el correo seguro se pagaba caro.
El aviso decía, deshecho en señas convenidas que cada arriero llevaba sin entenderlo, una sola cosa, la que importaba, la que había salido a buscar y por la que había estado a punto de caer como cayó Gaudila: que Gutier no había olvidado la peña; que el delegado del rey preparaba volver, por su cuenta, con pocos hombres y mucho sigilo, no a vaciar, sino a averiguar; y que en Velagra, por tanto, no bajaran la guardia ni un día, que el peligro del norte, lejos de irse, maduraba, y que iba a venir, cuando viniera, no de frente y con carretas, sino callado y de noche, por donde nadie lo esperase.
Y cuando los tres arrieros partieron, cada uno por su lado, con su pedazo del aviso escondido en una palabra o en un cacharro, Astulfo se quedó en la puerta de su casa segura, mirándolos perderse en los tres caminos del norte, sin saber, como no sabía nunca, si llegarían o se perderían en el aire como tantos; y rezó, a su manera, no por que le llegara a él la trampilla que le había llegado a Gaudila, que esa ya sabía que le podía llegar cualquier día y se había hecho a ello, sino por que al menos uno de los tres pedazos cruzara la frontera y bajara a la roca y le dijera a la peña, a tiempo, lo que él había estado a punto de morir por averiguar; porque un ojo que ve y no logra avisar, pensó Astulfo entrando a acostarse junto a los suyos en la casa que cualquier noche podían venir a derribar, es un ojo perdido del todo, y prefería caer habiendo avisado que salvarse habiendo callado.