14
El año en que en Córdoba cambió el mundo, en Velagra se notó como se notaban allí todas las cosas grandes del mundo: tarde, deformada por las leguas y el boca a boca, y de pronto encima, como la sombra de una nube que uno no ve venir hasta que ya está a la sombra.
Llegó la noticia con un arriero del sur, de los pocos que aún se atrevían a la frontera por aquellos años, un hombre flaco y reseco llamado Salama que subía sal y aceite del mediodía y que se sentó a la lumbre de la torre, como era costumbre, a pagar la posada con las noticias, que en la frontera valían tanto como la sal.
Mascó el pan que le dieron, bebió, y soltó el cuento con la parsimonia del que sabe que mientras le quede algo que contar le queda sitio al fuego: que un príncipe de los omeyas, un mozo, escapado por un pelo de una matanza de los suyos en el otro extremo del mundo, allá en Oriente, donde una familia nueva había degollado a la vieja hasta no dejar, decían, ni a los niños, había cruzado medio mundo y el mar tras años de huir con la cabeza puesta a precio, había puesto pie en al-Ándalus, y en pocas lunas, juntando descontentos y viejos fieles de su casa, se había hecho con Córdoba y con la tierra entera.
—Y ya no habrá más valíes que se peleen entre ellos por el mando —dijo Salama, limpiándose la boca con el dorso de la mano—, que esos, mientras reñían, dejaban respirar la frontera por descuido.
Ahora hay uno solo. Joven. Y de los que vienen de abajo, sin nada, huidos, escapados de la muerte; y esos, señor, son los peores, porque no tienen tierra que perder ni miedo que los frene, solo ganas de que se sepa, de un cabo a otro, que ahora mandan ellos.
—Miró el fuego—. Atad corto las atalayas del sur, que llevaban años de holganza.
Yo, por si acaso, esta sal os la he traído; la próxima ya veremos si me atrevo.
Lo que aquello significaba lo entendió Gundemaro enseguida, sin que el arriero tuviera que explicárselo, porque había aprendido de su madre a leer el mundo desde una peña, por las señales pequeñas, antes de que el mundo llegara: un poder que acaba de asentarse necesita asustar, mostrar el brazo, hacer ruido en los bordes para que se le crea fuerte en el centro.
Y a quien asusta un poder nuevo del sur es a la frontera.
Volverían las aceifas. Y volverían distintas de las de antes, no partidas sueltas que bajaban por su cuenta a hacer botín y subían cargadas, sino con orden y con bandera y con mando, batidas regulares, para que en cada aldea quemada y cada cautivo subido a Córdoba se leyera la firma del nuevo dueño, igual que un sello en lacre.
La primera bajó al verano siguiente. No fue contra Velagra, que seguía sin estar en los mapas de nadie, gracias a Dios y a la treta de hacerse la pobre; fue contra lo poco que aún malvivía río abajo, cuatro aldehuelas que ni habían subido al norte ni habían podido esconderse.
Pero pasó cerca. Una mañana de agosto, con el calor pegado a la roca y el río bajo y manso, las atalayas del sur, las que llevaban años casi ociosas de tanto mirar al norte, hicieron señas con el espejo y el humo, las viejas señas convenidas que casi se habían olvidado, y la peña entera, sin que nadie tocara a rebato, se fue quedando quieta, parándose el martillo de Endura, callándose los zagales, todos con la cara vuelta al mediodía.
Gundemaro subió a la torre con Froila detrás a ver pasar lo que no veían desde hacía mucho.
Era una columna larga, de las de bandera, no una partida suelta.
Venía despacio por el camino del río levantando un polvo pardo que el aire quieto no se llevaba, y dentro del polvo se adivinaba el brillo del hierro, las lanzas como un trigal de puntas, los caballos, y al frente un trapo verde que de cuando en cuando el poco aire abría y volvía a cerrar.
No subía a la peña; seguía río abajo, a su cosecha, a otra parte.
Pero pasó al pie de la roca, tan cerca que desde lo alto se oía el rumor sordo de los cascos y, una vez, claro, un toque de cuerno y una voz que daba una orden en una lengua que Gundemaro no entendía y que sin embargo le sonó, en lo hondo, de un modo que no supo explicarse, como suena de lejos algo que se ha oído de muy niño y se ha olvidado.
Se le puso la carne de gallina a pleno sol.
Era el frío viejo del sur, el de su infancia, el del asedio, el que de tanto mirar al norte había llegado casi a olvidar, y que volvía intacto con solo ver pasar el polvo.
—Va a la siega de río abajo —dijo Froila a su lado, en voz baja—. No a la nuestra.
—Esta vez —contestó Gundemaro, sin apartar los ojos del trapo verde hasta que se perdió en la revuelta del río.
Y bajó de la torre con un peso nuevo, pensando que la peña tenía ahora dos fronteras, una a cada espalda, el norte que quería vaciarla y el sur que volvía a batirla, y que era difícil dormir cuando el peligro puede venir por los dos lados de la cama a la vez.
Y fue por aquellos años, con las aceifas otra vez en la frontera, cuando Gundemaro empezó a notar una cosa que tardó en entender y que lo desazonaba más, por rara, que las propias aceifas, porque al menos a la aceifa se le entendía lo que quería, y a aquello no.
Que el sur, a veces, parecía saber de Velagra más de lo que debía, y, sabiéndolo, la respetaba.
Una partida que torcía el camino justo antes de dar con la peña, como advertida de que allí no entrara, cuando podía haber subido sin esfuerzo a una plaza que se enseñaba pobre y descuidada.
Un cautivo de los suyos, uno de río abajo emparentado con gente de la peña, devuelto sin rescate, cosa que no se veía nunca, jamás, porque el cautivo era moneda y nadie suelta moneda de balde; devuelto con un recado confuso, traído de boca en boca hasta deformarse, que venía a decir que «el hijo de la señora» podía dormir tranquilo aquel año, que de aquel lado no le vendría mal.
El del cautivo devuelto se lo contó a Gundemaro el propio devuelto, un mozo de río abajo, primo de una mujer de la peña, que subió flaco y aturdido a refugiarse, sin creerse todavía libre.
—Me tenían ya atado a la cuerda de los otros, señor, camino del sur —contó, con los ojos todavía idos—.
Y una noche vino un hombre, uno de los viejos, de los que mandaban, y me miró a la cara a la luz de la hoguera, y preguntó a los guardias de dónde era yo.
Y le dijeron que de la frontera, de cerca de una peña.
Y el viejo se quedó callado, y luego mandó que me soltaran.
Sin rescate. Sin razón. Solo dijo, al irme, que le dijera a quien fuera al hijo de la señora que de aquel lado podía dormir tranquilo este año.
Y no sé qué señora, ni qué hijo, ni por qué me soltó a mí y no a otro.
Pero aquí estoy. Vivo. Por un recado que no entiendo.
Gundemaro tampoco lo entendía, y aquello fue lo que más le pesó.
Se quedó dándole vueltas en lo alto de la torre, mirando el sur, repitiéndose «el hijo de la señora» sin saber que se nombraba a sí mismo, y le daba más miedo lo que no entendía que lo que sí, porque a lo que se entiende se le puede plantar cara, y a lo que no, no se sabe ni por dónde le va a venir a uno, ni si viene a salvarlo o a perderlo.
Lo que no sabía, lo que no podía saber de ninguna manera, encerrado en su peña, era que al otro lado de la frontera, en el sur, vivía todavía un hombre viejo llamado Yahya, que había sido en su día el segundo de Hilal el bereber, su mano derecha en la guerra y su confidente en la paz, y que guardaba desde hacía años, por una lealtad terca a un jefe muerto, un secreto que en Velagra solo conocían tres personas: que en aquella peña que su señor había asediado y donde su señor había caído, crecía, sin saberlo el propio interesado, un hijo de Hilal, fruto de un encuentro al otro lado de un vado años antes de la guerra.
Hilal se lo había confiado a Yahya en alguna noche de campamento, antes del asedio, como se confían los hombres lo que no le pueden decir a nadie más; y Yahya lo había guardado, y no había dicho nunca nada, ni pensaba decirlo, porque era de los que se llevan a la tumba lo que les fían.
Pero a su modo callado, desde lejos, sin que el interesado lo supiera jamás ni llegara a saberlo en años, velaba por el hijo de su jefe como no había podido velar por el padre, que se le había muerto bajo aquellos muros sin que él pudiera evitarlo.
Desviaba una partida aquí con una palabra puesta a tiempo en el oído del que la mandaba; soltaba un cautivo allá; mandaba un recado torcido para que llegara deshecho pero llegara; pagaba, a su manera, una deuda vieja de sangre y de lealtad con un hombre que ni siquiera sabía que existía la deuda, ni que existía él, ni que el padre al que de niño le habían enseñado a temer como al coco moro de los cuentos tenía, en el sur, quien aún lo llorara y lo honrara cuidando de su hijo.
Eran dos hilos, así, tirando a la vez de la misma peña, el del norte y el del sur, sin que el uno supiera del otro ni la peña supiera de ninguno del todo.
Solo que el del norte tiraba para arrancarla de su sitio, para vaciarla, para que cayera; y el del sur, callado, de tarde en tarde, sin que nadie lo viera ni se lo agradeciera, tiraba un poco en sentido contrario, lo justo, para que no cayera del todo.
Y entre los dos tirones, sin saber de ninguno, Velagra seguía en su roca, sostenida por una mano enemiga y arrancada por una mano amiga, que así de revuelta andaba la frontera, que en ella ni los amigos ni los enemigos eran ya los que uno creía.