13
Gundemaro se casó aquel otoño, sin amor y sin engañarse sobre ello, porque un señor sin heredero es un señorío que se muere con él, y bastantes cosas se morían ya en Velagra, una a una, todos los inviernos, para añadir aquella a la cuenta por descuido suyo.
La eligió Auria más que él, a decir verdad, que de esas cosas entendía más que nadie en la peña, de qué sangre casa con qué sangre y qué caderas paren bien y qué cabeza aguanta una casa.
Fue Auria la que, una noche, repartiendo el último grano de la troje, le soltó al señor sin rodeos que se buscara mujer antes de que el desierto se llevara también a las pocas mozas de pro que quedaban, y la que le puso el nombre en la mano: Gaudiosa, hija de una de las contadas familias de aún algún haber que perduraban en la peña, criada allí desde niña, sana, fuerte, de buenas caderas para parir y de cabeza firme para lo que venía, que no era el menor de los méritos en unos años en que iba a hacer falta más cabeza que belleza.
No fue un cortejo, fue un acuerdo. Lo hablaron, como se habla una linde o una dote, la madre de ella y el monje Vincencio, sentados a una mesa, midiendo lo que cada parte ponía y lo que cada parte sacaba, sin que los novios pintaran apenas en el trato.
Vincencio puso por escrito lo convenido, con su letra apretada, en un pliego que guardó en el archivo junto a los fueros y a las cuentas viejas de la peña, porque sabía mejor que nadie, el monje, que en un mundo donde todo se lo lleva el viento y el fuego y la muerte, lo que queda escrito y sellado es lo único que pelea contra el olvido, y que un señor con heredero y con el papel que lo prueba vale, ante la ley de los hombres, el doble que uno sin él.
Gundemaro lo aceptó como aceptaba casi todo desde que era señor, como una carga más que le tocaba llevar porque no había otro que la llevara: ya no era el mozo de los ojos encendidos que se había negado a esconderse en el asedio, con dieciséis años, gritándole a su madre que él peleaba; los años de señorear, de guardar, de mentir, de enterrar gente y repartir hambre, le habían apagado aquel fuego y le habían dejado en su lugar un fondo de cansancio paciente que él tomaba por cordura y que era, a medias, cordura y a medias renuncia.
La víspera de la boda subió a la torre, de noche, como subía cuando tenía que ser señor a solas, y se quedó en el antepecho mirando la peña dormida y el río abajo.
Pensó en su madre, que se casó por amor con un hombre que no era su padre y que se llevó a la tumba de quién lo era; pensó que él hacía lo contrario, casarse sin amor por deber, y que no sabía cuál de las dos cosas pesaba más.
Pensó, sobre todo, que con aquella boda plantaba una línea, un después, alguien que recogiera la peña cuando él bajara a la falda; y que plantar un hijo en aquella tierra y en aquellos años era un acto de fe ciega, como plantar grano en el desierto, sin saber si vendría siega.
Bajó con la decisión firme y el corazón frío, que ya era lo único con que tomaba las decisiones desde hacía tiempo.
La boda fue pobre, como todo aquellos años, una misa de Vincencio en la capilla del monasterio, un pan repartido en la explanada y poco más, sin la fiesta que en otro tiempo habría dado un señor a su gente, porque no había con qué y porque celebrar a lo grande cuando se reparte hambre es escupirles a los que entierran.
Gaudiosa entró en la casa de la torre aquel día con la dignidad seria de quien sabe a lo que va y no se hace ilusiones de doncella.
No era boba: sabía que la casaban con el señor por su vientre y por su tino, no por su cara, y lo llevó sin amargura, como una mujer fuerte lleva lo que le toca.
La primera noche apenas se hablaron; se trataron con la torpeza cortés de dos desconocidos a los que han metido en la misma cama por razón de Estado, y los dos lo sabían, y ninguno fingió lo que no había.
Pero Gaudiosa resultó ser mujer de las que se ganan despacio el sitio.
Llevó la casa de la torre con mano firme y callada, ordenó la despensa menguada de modo que cundiera, supo cuándo callar y cuándo, a solas, decirle al señor una verdad que nadie más se atrevía a decirle; una vez, en el peor del invierno, cuando Gundemaro volvía molido de sostener casa por casa a los que dudaban, ella le puso delante el cuenco de gachas y le dijo, sin levantar la vista, «coméos vos también lo vuestro, señor, que un árbol seco no da sombra a nadie», y a Gundemaro aquella frase, dicha con la sequedad de quien no busca agradar, le llegó más adentro que un cariño dicho a propósito.
Se trataron desde entonces con un respeto cuidadoso, midiéndose, dándose el sitio, sin invadirse; y aquel respeto seco, con los años, en la falta de otra cosa y en la costumbre del trato y el peso compartido de los inviernos, terminó por parecerse bastante al cariño, que de matrimonios así, hechos de acuerdo y no de fuego, se han tejido los más duraderos, porque no tienen de dónde caerse.
Pero hubo una noche, ya casados, ya con ella esperando, en que Gundemaro estuvo a un dedo de decirle a Gaudiosa lo que no le había dicho a nadie, porque la oscuridad de la cámara y la cercanía de otro cuerpo dormido al lado aflojan la lengua hasta de los hombres más cerrados, y le sacan a uno de dentro lo que de día tiene bien guardado.
Estaban tendidos en lo oscuro, ella ya con el vientre crecido, y a él lo tenía despierto, desde que se supo que el hijo venía, un miedo que no era de los que se confiesan a la luz del día.
El miedo de la cara. El miedo de mirar a su hijo recién nacido y verle, en la frente o en los ojos o en el corte de los pómulos, lo que la gente le veía a él mismo cuando volvía la cabeza de cierto modo: aquel aire del sur que un soldado del norte le había echado en cara delante de toda la peña, con sorna de cuartel, sin saber lo que tocaba; aquella morenez que con los años se le iba aclarando, como Sabina dijo de niño que pasaría, pero que dejaba siempre, en el negro de los ojos y en la marca de los huesos, algo que no era de godo, algo que él no sabía de dónde le venía.
Porque eso era lo peor, lo que no le dejaba dormir: que no lo sabía.
Su madre se había muerto sin decírselo, con el secreto apretado en el pecho hasta el último aliento como se aprieta una herida para que no sangre delante de nadie; le contó antes de morir todo lo demás, las penas viejas, los miedos, hasta el escondite de la corona y el juramento de la cadena, todo menos aquello, callándose solo aquello, lo más suyo, lo que más debía de dolerle, llevándoselo entero a la tumba.
Y él no se había atrevido nunca, ni de niño ni de hombre, a hurgar en aquella callada, ni a preguntarle a Froila, que él intuía que algo sabía, ni a nadie, porque hay preguntas que uno no hace no por falta de valor para casi todo lo demás, sino porque teme la respuesta más que la duda, y prefiere la herida cerrada en falso a abrirla para ver lo que tiene dentro.
Pero ahora iba a tener un hijo. Y el hijo iba a tener una cara, que las caras no se eligen ni se rezan.
Y Gundemaro yacía despierto en la oscuridad, oyendo respirar a su mujer dormida, preguntándose qué cara sería esa, si saldría clara o morena, de ojos pardos o negros, y qué le diría él, el día de mañana, cuando el chico creciera y volviera un día la cabeza de cierto modo y algún forastero, otra vez, sin malicia, soltara la broma que le abría a él la herida vieja delante de todos.
Aquella noche, Gaudiosa, que dormía mal con el peso del vientre, se despertó y lo notó despierto, rígido, mirando al techo, y le preguntó en la oscuridad, en voz baja, qué le quitaba el sueño.
Y Gundemaro abrió la boca para decírselo, para soltar de una vez el peso, para no estar solo con él una noche más; sintió la palabra en la garganta, la confesión entera, mi cara no es de godo y no sé de quién es y tengo miedo de que el niño la herede. La sintió subir. Y la tragó.
—Las cuentas del grano —dijo en cambio—. Nada. Duerme.
—Las cuentas del grano no le ponen a un hombre esa cara —dijo Gaudiosa, que no era boba, pero no insistió, que tampoco era de las que fuerzan una puerta cerrada, y le puso la mano en el pecho, sin más, y se volvió a dormir.
Y Gundemaro se quedó con la mano de ella encima del corazón que latía con su secreto dentro, y pensó que no le había mentido del todo, porque el grano también le quitaba el sueño; pero que tampoco le había dicho la verdad, y que aquello, callarle a la mujer con la que dormía lo que más le pesaba, era una soledad más profunda que la de no tener mujer, porque era estar solo teniendo a alguien al lado.
No se lo dijo. No tenía, en realidad, nada que decirle: no sabía nada, solo intuía, solo temía, y un hombre no carga a la mujer a la que respeta pero a la que aún no quiere con una intuición que lo desnuda y que no se puede ni explicar ni probar.
Se guardó el miedo, como se guardaba todo, en el mismo sitio callado donde su casa guardaba la corona y los muertos y las mentiras útiles; y rezó, a su manera poco rezadora, de hombre que pide más por costumbre que por fe, por que el niño saliera claro y de ojos pardos y le ahorrara a su padre aquella cuenta, aquel temblor cada vez que alguien lo mirase.
Pero por dentro sabía, con la certeza fría con que se saben las cosas que más se temen y que justamente por temerse parecen ya seguras, que las caras, en su casa, no obedecían a los rezos, y que llevaba dentro algo que iba a salir, antes o después, en él o en su hijo, le rezara a quien le rezara.