La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 12
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Gundemaro descubrió el robo de la troja común la peor mañana del peor invierno, y lo primero que sintió, antes que la rabia, antes que la pena, fue una vergüenza honda y sucia, la de saber que ya no gobernaba un sitio donde la gente se moría con las manos quietas, sino uno donde había empezado a robarse el pan, que es la última frontera que cruza una comunidad antes de dejar de serlo.

Lo vio Auria, que de la troja común sabía cada grano como una madre sabe cada hijo, porque la repartía ella y la cerraba ella y la abría ella, y entró una mañana en la sala de la torre con la cara torcida y dijo, sin preámbulo, que faltaba grano.

No mucho. Lo bastante. Una espuerta, quizá dos, sacada de noche, de la troja de abajo, la del fondo, la que se guardaba para el final, para los meses negros de marzo en que ya no quedaría otra cosa entre la peña y la muerte.

Y faltar grano de aquella troja, en aquel invierno, no era un hurto: era quitarle los días contados a alguien, porque cada espuerta de aquel fondo eran tantas bocas tantos días, y lo que uno se llevaba de allí se lo llevaba de la boca de otro que aún no sabía que se iba a morir por ello.

—¿Quién tiene la llave? —preguntó Gundemaro, aunque ya sabía la respuesta.

—La tengo yo. Y vos. Nadie más. —Auria lo miró—. No se ha forzado la cerradura. Se ha entrado por el respiradero del techo, el de la cara norte, descolgándose. Por ahí solo cabe un hombre flaco. Y flacos, este año, lo estamos todos.

Gundemaro no quiso hacer pesquisa ruidosa, que una pesquisa ruidosa en una peña hambrienta es echarle fuego a la paja: habría delaciones, viejos rencores disfrazados de celo, vecinos acusándose por una linde de hacía veinte años.

Lo llevó callado, con Vincencio, que para callar y averiguar valía más que diez.

Y no costó tanto, al cabo, porque el hambre, que vuelve listos a unos para robar, vuelve torpes a otros para esconder: una vecina vio ropa puesta a secar donde no la había, otra notó que en una casa donde no debía quedar harina había salido humo de hornear de madrugada, y el hilo, tirando flojo para no romperlo, llevó en tres días a la puerta de Liuva.

Liuva era un labrador de los de la vega, ni viejo ni mozo, de los que nunca habían dado que hablar, callado, trabajador, con una mujer enferma desde el parto del último y cuatro hijos pequeños, el mayor de ocho años, todos con los ojos ya hundidos del hambre larga.

Cuando Vincencio y dos hombres entraron en su casa, Liuva no negó nada.

Estaba sentado al lado del fuego apagado, con la cara de un hombre que llevaba días esperando aquello casi con alivio, y señaló él mismo, sin que se lo preguntaran, el rincón donde tenía escondido lo poco que quedaba de lo robado, ya medio comido, y dijo solo, con voz sin fuerza:

—Para ellos era. No me comí yo ni un grano. Miradme, si no me creéis. —Y era verdad que estaba en los huesos, más que sus propios hijos, porque les había estado dando a ellos lo suyo además de lo robado—. Hacedme lo que tengáis que hacer. Pero a los críos dejadlos. Ellos no sabían.

Lo juzgó Gundemaro al día siguiente, en la explanada, delante de la peña entera, como se juzgaba en Velagra desde su madre, a la luz del día y a la vista de todos, porque la justicia a escondidas no es justicia, es venganza.

Y fue, de todos los pleitos que había sentenciado en su vida de señor, el más difícil, no porque no supiera la ley, que la ley estaba clara, el que roba el pan común en tiempo de hambre roba la vida de todos y se le castiga duro, así venía de los godos y así lo había hecho su madre; sino porque delante de él, atado de manos pero erguido, no había un ladrón, había un padre, y la peña entera lo sabía, y lo miraba a él, al señor, a ver qué hacía con eso.

Liuva habló cuando le tocó, y no pidió clemencia, que no era hombre de pedirla, sino que hizo algo peor para Gundemaro, mucho peor: dijo la verdad de fondo, la que todos pensaban y nadie había dicho en voz alta delante del señor.

—Robé, sí. Y volvería a robar, señor, por ver comer a mis hijos un día más, aunque me colguéis por ello, que para lo que me espera mejor colgado y de una vez.

—Levantó la cabeza y miró a la peña, no a Gundemaro—.

Pero decidme una cosa, vosotros, los que me miráis como a un perro.

¿Por qué nos morimos? ¿Por qué se mueren mis críos y los vuestros?

No por el moro, que el moro este año ni ha subido.

Nos morimos por una piedra. Por una torre que ni de comer da.

Por la terquedad de un señor que se empeña en guardar unos muros mientras a nosotros se nos van los hijos uno a uno a la falda.

El rey del norte ofrece pan. Ofrece tierra.

Ofrece techo sin aceifas y sin nevadas que entierran.

Y nosotros aquí, muriéndonos de hambre por no rendir una roca.

¿Quién es el ladrón, señor? ¿El que roba una espuerta de grano para sus hijos, o el que les roba a seiscientos el camino que sube a donde hay pan?

Se hizo un silencio en la explanada que Gundemaro sintió en la nuca como se siente el frío antes de la tormenta.

Porque no estaba solo Liuva en aquello. Lo vio en las caras.

Vio a hombres asentir sin querer, vio a mujeres bajar los ojos para que no se les leyera que pensaban lo mismo, y vio, sobre todo, a un grupo de los del fondo, cuatro o cinco de los más cargados de hijos y de hambre, juntarse un poco, mirarse, y a uno de ellos dar medio paso adelante, y supo que aquello ya no era el juicio de un ladrón, que aquello era la grieta de la peña abriéndose en público, y que de cómo la cerrara en los próximos instantes dependía que Velagra siguiera siendo Velagra o se le partiera en las manos allí mismo, delante de todos, sin que el rey ni el moro hubieran tenido que mover un dedo.

No alzó la voz. Su madre le había enseñado que el que grita ha perdido ya, que la autoridad que necesita gritar no es autoridad. Dejó pasar el silencio, lo justo, hasta que pesó, y habló despacio, mirando a Liuva primero y a la peña después.

—Tienes razón, Liuva. —Lo dijo, y vio el desconcierto correr por las caras, que nadie esperaba que el señor le diera la razón al ladrón—.

En casi todo. Tus hijos tienen hambre, y un padre que ve a sus hijos con hambre y no roba es porque no es padre o no es hombre.

En tu sitio yo habría hecho lo mismo, y el que diga que no, miente o no ha tenido hijos.

Eso es verdad, y nadie te la quita. —Hizo una pausa—.

Y es verdad también que el rey ofrece pan.

No os miento yo en eso ni os he mentido nunca.

El que quiera bajar al norte, ya lo sabe: la puerta está abierta, no retengo a nadie, y el que se vaya se va con mi bendición y no con mi reproche, que ya os lo dije el primer día y lo sostengo hoy.

Se volvió a la peña entera, y subió un poco la voz, lo justo, no para gritar, para llegar al fondo.

—Pero hay una sola cosa que Liuva no ha dicho, y que tenéis que oír antes de decidir cada uno lo suyo, porque es la única que importa de verdad.

El rey ofrece pan, sí. Pan de colono. Pan que te da otro a cambio de que labres la tierra de otro, en un sitio que no es tuyo, para un conde que no sabe tu nombre ni le importa.

Bajáis al norte y coméis, es verdad; coméis hoy.

Y vuestros hijos labran para un amo, y los hijos de vuestros hijos labran para el hijo del amo, y dentro de tres generaciones nadie, en ningún sitio del mundo, se acordará de que hubo un Liuva, ni una vega, ni una peña que se llamó Velagra.

Os habréis salvado del hambre y os habréis perdido enteros.

Ese es el trato del rey. Pan a cambio de dejar de ser nadie.

—Bajó la voz otra vez, y la hizo más dura—.

Yo no os puedo dar más pan del que hay. Ojalá pudiera.

Lo que os puedo dar es esto: que aquí, mientras aguantemos, el pan que coméis, poco y malo, es vuestro.

La tierra es vuestra. Lo que defendéis es vuestro.

Y el día que esto pase, que pasará, porque los inviernos pasan y los reyes se cansan y la siega vuelve, el que haya aguantado será dueño de su roca, y el que haya bajado será colono de otro.

Esa es toda la diferencia. No os pido que no tengáis hambre.

Os pido que penséis qué clase de pan queréis para vuestros nietos: el que se come con la cabeza gacha en tierra ajena, o el que se gana con la cabeza alta en la propia, aunque sea menos.

Nadie habló. El que había dado medio paso adelante lo retiró, despacio, sin que nadie pareciera notarlo salvo Gundemaro, que lo notó todo. Y entonces el señor cerró el juicio, y lo cerró con la única sentencia que podía salvar las dos cosas a la vez, la ley y la peña.

—Liuva ha robado el pan de todos, y eso, en tiempo de hambre, la ley lo paga con la vida, y vosotros lo sabéis.

—Esperó—. Pero la ley la pongo yo, que para eso soy el señor, y yo digo que un hombre que roba para sus hijos y no prueba ni un grano él mismo no es un ladrón, es un padre desesperado, y a los padres desesperados esta peña no los cuelga, que bastante los cuelga ya el hambre.

Liuva devolverá lo que pueda con su trabajo, en la troja y en la vega, a la vista de todos, hasta que se salde.

Y sus hijos comerán de la ración común como los demás, que ellos no robaron nada, y el hambre de un niño no se castiga con más hambre. Eso es todo. Se acabó el juicio.

Y se acabó, y la peña se deshizo despacio, en silencio, y nadie supo del todo si había ganado el señor o había ganado el hambre, pero no hubo motín, y aquella mañana, en aquellos años, no haber motín era ganar.

Liuva se quedó el último, cuando ya no había nadie, y se acercó a Gundemaro con la cabeza gacha, y le dijo en voz baja, sin mirarlo, que se lo agradecía, y que no por él, que él ya daba igual, sino por los críos.

Y Gundemaro, que estaba molido por dentro como después de cargar piedra, le puso la mano en el hombro huesudo y le dijo solo:

—No me lo agradezcas. Y vuelve a robar si hace falta, antes que ver morir a un hijo.

Solo que la próxima vez, ven a mi puerta primero.

Aunque no haya. Por si hay. —Y se fue, dejando al hombre llorando solo en la explanada vacía, que era lo único que la peña podía ofrecerle, un sitio donde llorar sin que lo vieran.

Lo que Gundemaro no supo hasta tres días después, lo que ni Auria con todo su contar de bocas y de días había alcanzado a prever, fue lo de la vieja Trasvinda.

Era una de las más viejas de la peña, sola, sin más familia que un nieto huérfano de doce años al que criaba desde que la fiebre se le llevó a la hija; de las que daban la cara a los forasteros porque el dolor no se lo tenían que fingir.

Aquellos días del juicio y del hambre apretada, Trasvinda dejó de bajar a la era a recoger su ración.

Una mañana, dos, tres. La vecina que fue a ver, extrañada, la encontró en su jergón, viva todavía pero ya idos los ojos, tan ligera bajo la manta que parecía no haber nadie.

No estaba enferma de fiebre ni de mal ninguno que Auria pudiera nombrar.

Estaba, sencillamente, dejándose ir. Llevaba días dándole su ración entera al nieto, en secreto, diciéndole que ella ya había comido, que las viejas comen poco, que no tenía hambre; y se había ido apagando así, callada, sin queja, sin pedir nada, sin decírselo a nadie para que nadie se lo impidiera, decidiendo morirse para que en la cuenta de Auria sobrara, cada día, la ración de una boca, y esa ración fuera a parar a la del crío.

Cuando Auria llegó, ya no había nada que hacer; lo supo con la primera mirada, que de eso sabía.

Se sentó al borde del jergón y le cogió la mano de huesos a la vieja, y Trasvinda, que aún la reconoció, le apretó débilmente los dedos y le pidió solo, en un hilo de voz, que al nieto no le dijeran cómo, que le dijeran que la abuela se había muerto de vieja, que para eso son las abuelas, para morirse de viejas, y no de otra cosa que le pesara al niño toda la vida.

Auria se lo prometió. Y se lo cumplió. Y cuando salió de aquella casa, a la luz fría de la mañana, con la mentira piadosa ya guardada con todas las otras que guardaba, pensó que de todas las muertes de aquel invierno aquella era la que más le dolía y la que menos podía contar, porque era la única que no se la había llevado el hambre, sino que se la había llevado el amor, que en una peña cercada a veces son la misma cosa, y matan igual.

Gundemaro lo supo, y subió a la torre aquella noche, y se quedó en el antepecho mirando la peña dormida y contando, como contaba siempre, lo que había ganado y lo que había perdido.

Había ganado el juicio. Había cerrado la grieta sin colgar a nadie ni partir la peña, y eso, le habría dicho su madre, era señorear de verdad.

Pero abajo, en una casa, había una vieja muerta de dar de comer, y en otras casas había hombres que habían pensado, aunque fuera un instante, en bajar al norte, y volverían a pensarlo, porque el hambre no se había ido, solo se había callado un día; y Gundemaro supo, con la certeza fría de los que llevan cuenta, que aquella batalla la había ganado, pero que la guerra no, que la guerra del hambre no se gana nunca de una vez, que se gana cada invierno otra vez desde el principio, y que el invierno siguiente, y el otro, y el otro, volvería a haber una troja que sonara a hueco, y un hombre desesperado, y una grieta abriéndose en la explanada, y él tendría que estar allí, otra vez, con la cara puesta y sin más pan que dar, cerrándola con palabras, hasta que se le acabaran las palabras o se le acabara la peña.