La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 11
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El hambre no llegó de golpe, que de golpe habría sido más fácil de pelear, que a lo que llega de golpe se le ve la cara y se le planta cara.

Llegó como llega el agua a una bota vieja, por donde no se ve, por una costura floja, despacio, gota a gota, hasta que un día se tiene el pie mojado y frío y ya no hay remedio ni se sabe siquiera por dónde entró.

El primer invierno del desierto aún se aguantó con lo de las trojes, apretando.

Fue el segundo, el de la gran nevada, el que enseñó los dientes.

Cayó la nieve a primeros de diciembre y no paró en tres días, y cuando paró, la peña amaneció enterrada hasta los aleros, los caminos borrados, el río un hilo negro entre dos riberas blancas, y el silencio aquel que trae la nieve, que parece de paz y es de cerco.

Y con la nieve se cerró del todo lo que llevaba dos años cerrándose despacio: el trato.

Porque Velagra nunca había comido solo de lo suyo, y Auria lo sabía sin números, que sus cuentas eran bocas y días: el grano de seiscientas bocas venía a medias de fuera, del cambio, de las aldeas pequeñas regadas por la frontera con las que Velagra trocaba desde hacía dos generaciones lo que a una le sobraba por lo que a la otra le faltaba.

Y aquellas aldeas, una tras otra, habían subido al norte: unas vaciadas por la gente de Gutier, que bajaba cada estación a llevarse a quien quedara; otras huidas por su cuenta de una tierra que ya no daba seguridad ninguna, hartas de aceifas y de soledad.

El mar del que la isla comía se había secado, y la isla, que sabía esconderse de un rey, no sabía esconderse del hambre.

Auria se plantó delante de Gundemaro la mañana en que escampó, con las botas llenas de nieve y las cuentas del grano hechas a su manera, que no era con números, que no sabía leerlos, sino con bocas y con días, contadas con los dedos y con la cabeza, que para eso le bastaba y le sobraba.

Le dijo lo que el señor ya sabía y no quería oír dicho en voz alta, que hay verdades que mientras no se dicen se puede uno engañar con que no son del todo ciertas.

—No llegamos a la siega, señor —dijo, sin más preámbulo, que no era mujer de preámbulos—.

Echad la cuenta vos también, ya que no os fiáis de la mía.

El grano que hay en las trojes, el de verdad, el de debajo del que enseñamos al del norte, da para todos hasta marzo apretando.

De marzo a junio hay tres meses. Y de comer no hay.

Faltan, en boca de gente, dos meses de pan largo.

—Lo miró—. Y dos meses de pan que faltan, en una peña cercada de vacío, sin nadie alrededor con quien cambiar ni una hanega, no son hambre.

Son muertos. Eso es lo que hay. Lo demás son cuentos.

Gundemaro la oyó sin sentarse, de pie junto a la lumbre, con la cara puesta de señor pero el frío entrándole por dentro, y preguntó lo único que se podía preguntar, con la misma palabra seca con que Froila preguntaba cuántos eran los del polvo en el camino:

—¿Cuántos?

—Los que yo diga —contestó Auria, y le sostuvo la mirada sin pestañear, con aquella dureza suya que no era crueldad sino lo contrario, el coraje de cargar con lo que nadie quiere—.

Y más vale que lo sepáis desde ahora, señor, porque vais a tener que dejarme hacer y no estorbarme con la pena, que la pena no da de comer.

El grano que hay, lo reparto yo. Y repartir grano cuando no llega para todos no es repartir: es decidir quién aguanta y quién no, quién pasa el invierno y quién baja a la falda antes de la siega.

Eso me toca a mí, no a vos. Para eso recogí de Sabina, cuando se murió, no solo el saber de las hierbas y los partos, sino esta carga, que es la peor de todas, y no se la deseo ni a mi enemigo.

—Hizo una pausa, y siguió, más baja la voz—.

Los viejos comerán menos. Ellos lo saben ya, sin que yo se lo diga; los he visto este año empezar a apartar el pan para los nietos antes de que yo abriera la boca.

Las paridas y los críos, más, que en el crío que vive está la peña de mañana.

Los hombres del muro y de la vega, lo justo para tenerse en pie y trabajar, porque si se cae el que trabaja se cae todo y nos morimos todos juntos en vez de unos pocos.

Y habrá quien no pase de marzo. Y cuando lo entierren, que nadie venga a decirme que no hice lo que se podía, porque lo hice.

No se morirá por mí. Se morirá porque vuestro rey del norte ha resuelto matarnos sin gastar una flecha, secándonos la tierra alrededor y esperando sentado a que el invierno haga su trabajo.

Y desde aquel día, cada mañana, Auria repartió el grano en la era cubierta, junto al molino, con la peña haciendo cola en silencio y ella sentada a una mesa con la medida de madera en la mano, dando a cada uno lo suyo y ni un grano más, y mirando a cada uno a la cara mientras se lo daba, porque repartir hambre, decía, hay que hacerlo de frente, mirando, no a escondidas, que el que decide tiene que cargar con el ver.

A los viejos les rasaba la medida y ellos no protestaban; a una parida le colmaba el cuenco y a veces le ponía aparte, de su propia mano, un puñado más para que tuviera leche, y nadie de la cola decía nada, porque hasta el más hambriento entendía aquella cuenta, que el que mama es el mañana.

Una mañana, un hombre joven, Ranemiro, de los del muro, fuerte aún pero con los ojos ya hundidos del hambre larga, vio que a su madre, vieja, le rasaban la medida mientras a la hija de un vecino, que estaba criando, se la colmaban, y dio un paso adelante con la cara torcida, no de codicia, sino de aquella rabia que da ver morir a los tuyos por una cuenta justa.

Auria no se levantó ni alzó la voz. Lo miró desde abajo, con la medida en la mano, y le dijo solo: «Tu madre lo sabe, Ranemiro.

Pregúntaselo a ella, no a mí.» Y la vieja, detrás de su hijo, le puso al mozo la mano en el brazo y tiró de él hacia atrás, sin una palabra, cediéndole con aquel gesto la razón a la sanadora y al crío que mamaba, y Ranemiro bajó la cabeza y cogió su medida rasa y se fue, y Auria siguió repartiendo, con la cara dura y por dentro deshecha, que de eso no se hace callo nunca.

Gundemaro la dejó hacer, porque tenía razón hasta en el tono, y aquel invierno fue el más largo de su vida de señor, más largo aún que el del asedio, y eso que en el asedio había estado a punto de morir más de una vez.

Pero en el asedio se moría de pie y deprisa, con la sangre caliente y el enemigo enfrente y un muro que defender, y eso, con ser terrible, un hombre lo entiende; allí, aquel invierno, se moría despacio, de frío y de poco, sin enemigo a quien escupir, los viejos primero, callados, sin queja, metiéndose en la cama una tarde de las muchas iguales y no levantándose ya, cediéndoles a los nietos el pan que les tocaba sin decirlo, muriéndose de hambre para que no se muriera otro, que es la única guerra en que los viejos van delante.

Y hubo, aquel invierno, quien empezó a mirar al norte con otros ojos.

No era traición, era hambre, que es peor de combatir porque tiene razón.

En las lumbres, de noche, cuando el señor no estaba delante, se oían murmullos: que el rey del norte ofrecía tierra y pan y techo seguro, sin aceifas, sin nevadas que mataran; que la terquedad del señor por una piedra, por una torre que ni de comer daba, los iba a matar a todos, a los críos también; que para qué morir guardando unos muros si los muros no llenan la andorga.

Y no les faltaba razón, y eso era lo que más le dolía a Gundemaro, que la razón la tuvieran ellos.

Tuvo que bajar a las casas, una por una, aquel invierno, a hacer lo que ya no podía hacer con el grano, sostener con la cara y con la voz lo que no podía sostener con el pan.

En una de ellas, la de un labrador viejo llamado Sindered que había perdido un nieto antes de Navidad, el hombre le habló de frente, sin levantarse del banco, con la cara seca de no quedarle ya ni lágrimas.

—Señor, yo os respeto, y respeté a vuestra madre, que Dios la tenga.

Pero mi nieto está bajo la falda, y el rey del norte ofrece pan.

Yo no entiendo de coronas ni de piedras.

Entiendo que mis nietos que quedan tienen hambre, y que hay un camino que sube a donde la hay menos. Decidme por qué no he de tomarlo.

Y Gundemaro, que no tenía una respuesta que llenara una andorga, se sentó a su lumbre y le dijo la única que tenía:

—Porque en el norte serás colono de otro, Sindered, en tierra que no es tuya, y tus nietos labrarán para un conde que no sabe sus nombres, y dentro de dos generaciones nadie se acordará de que hubo aquí un Sindered ni una peña que se llamó Velagra.

Aquí pasas hambre, sí. Pero aquí eres de los tuyos, en tu tierra, y lo que defiendes es tuyo.

No te puedo dar más pan del que hay. Solo te puedo dar una razón.

Y sé que una razón no se come. Tú decides.

Si te vas, te vas con mi bendición, no con mi reproche.

El viejo se quedó callado, mirando el fuego, y al cabo dijo que se quedaba, que ya estaba viejo para empezar de colono en ninguna parte; y Gundemaro salió de aquella casa sintiéndose por dentro un farsante, porque pedirle a un hombre que vea morir a los suyos de frío por no rendir una piedra es pedirle mucho, casi pedirle lo que no se tiene derecho a pedir, y él lo sabía mejor que nadie, y lo pedía igual, casa por casa, lumbre por lumbre, porque era eso o no ser nada, ni señor ni peña ni futuro, y un hombre que sostiene a seiscientas personas no se puede permitir el lujo de tener razón a medias.

Aguantaron. Llegaron a la siega con menos almas de las que entraron en el invierno, con unas cuantas tumbas nuevas en la falda y los nombres aún calientes; pero llegaron, y con la primera espiga verde de la vega entendieron todos, sin que nadie lo dijera, que aquella era la forma del enemigo nuevo, y que no iba a cambiar: no un ejército que viene, hace su daño y se va, sino una resta, lenta y paciente y sin cara, que cada año se llevaría unos cuantos sin pelear ninguna batalla, y a la que no servía de nada escupir desde un muro, porque un muro no se come, y contra el hambre no hay almena que valga.