10
Froila supo que tendrían que sacarle agua a la roca el invierno en que las trojes empezaron a sonar a hueco, porque entendió, antes que ninguno, que de nada sirve guardar pan tras un muro si el día del cerco lo que falta es lo otro, lo que no se almacena en saco ni se cuenta por fanegas, y que un sitio aguanta el hambre con cabeza pero la sed no la aguanta nadie, ni con cabeza ni sin ella, que la sed no espera y no razona y mata en tres días al más valiente.
Lo habló con Gundemaro en lo alto de la torre, una noche de las de pensar, los dos solos, sin Vincencio ni Auria, porque aquello no era cosa de la cadena entera sino del señor y del maestro, del que mandaba y del que sabía hacer.
—El primer aljibe lo talló Teudila —dijo Froila, golpeando con el nudillo el suelo de piedra como si por debajo pudiera oírse el agua—.
Y lo talló bien, para una peña de cien almas.
Pero ya no somos cien. Y si un día nos cercan de veras, no un mes, que un mes se aguanta, sino un año, como cercan los que vienen con una idea y no con prisa, el aljibe viejo no da.
Da para beber. No da para beber y resistir y no rendirse por la lengua seca antes que por el hambre.
Hay que tallar otro. En la roca viva. Mientras hay paz y manos.
Gundemaro lo miró un rato. Llevaba en la cara el cansancio de aquellos años, el de repartir hambre y enterrar viejos, y a Froila no se le escapó que la primera cuenta que echó el señor no fue de roca ni de agua, sino de pan: cuántas bocas se le iban a ir en aquello, cuántos brazos restados de la vega y del muro para meterlos a picar piedra en un agujero, en unos años en que cada brazo era un milagro y cada boca una cuenta.
—¿Y de comer mientras pican? —dijo Gundemaro, que ya pensaba como Auria—. Porque el que pica roca come como dos, y nosotros no llegamos a la siega ni comiendo como medio.
—Pocos hombres —dijo Froila—. Los justos.
Y los mejores. En secreto, como todo lo demás, que un aljibe nuevo es una cosa que no se enseña, porque el que sabe cuánta agua guardas sabe cuánto te puede cercar.
Lo hacemos como hacemos el muro: a oscuras, con viento, tapando la boca de día.
Será largo. Pero el agua, señor, no es como la muralla, que se puede esperar a tenerla.
La muralla protege cuando está. El agua, si no está el día que la necesitas, ya no hay día de tenerla. Se talla antes, o no se talla.
Lo empezaron a la luna siguiente, en un rincón bajo el roquedal del norte, donde Froila había sospechado siempre, por una mancha de humedad que verdeaba en agosto cuando todo lo demás estaba seco, que la roca guardaba agua dentro, en alguna veta honda que el sol no alcanzaba.
Eligió seis hombres, los de mejor mano y peor lengua, con Teudisclo de oficial, y bajó él mismo a marcar con el puntero el rectángulo de la boca, despacio, midiendo, porque un aljibe mal trazado al principio es un aljibe que se tuerce y se pierde, y bajo tierra no hay manera de enderezar lo torcido, que la roca no se vuelve a poner.
Picar roca viva era otro oficio que el de asentar sillares, y casi el contrario, porque uno construía añadiendo y el otro construía quitando, y quitar bien es más difícil que poner, que lo puesto se mueve si se yerra y lo quitado no se devuelve.
Picaban a pico y a maceta, hilada de roca por hilada, sacando el escombro en espuertas que subían de mano en mano por una cadena de hombres hasta la boca, donde otros lo desparramaban de noche por la falda para que no se viera el montón crecer, que un montón de escombro fresco cuenta a quien sepa leerlo que en algún sitio se está abriendo la peña por dentro.
Y donde el pico no podía, donde la veta se ponía dura y negra y el hierro saltaba mellado sin morder, recurrían al fuego, que era el saber viejo de los canteros para vencer la piedra que no se deja: encendían contra la cara de roca una hoguera de leña seca, la mantenían viva horas, hasta que la piedra se ponía al rojo y crujía por dentro de pura rabia de calor, y entonces, de golpe, le echaban encima el agua fría que tan cara les costaba, y la roca, que no soporta pasar de un extremo al otro, estallaba en lajas con un trueno sordo que sacudía la peña entera y dejaba el aire lleno de un humo agrio que pelaba la garganta.
Trabajo de demonios, decía Teudisclo, tosiendo, con la cara tiznada; trabajo de paciencia, le corregía Froila, que de Teudila había aprendido que a la piedra no se la vence por la fuerza sino por conocerle el genio, y que también el fuego, como el pico, había que dárselo a la roca con medida, ni poco que no muerda ni tanto que reviente por donde no se quiere.
El fuego, además, cobraba lo suyo en sustos, que la piedra calentada es traidora y no avisa.
Una madrugada, recién echada el agua sobre la cara al rojo, la roca no estalló hacia fuera como debía, en lajas que saltan al frente, sino que reventó por un costado, por donde nadie esperaba, con un trueno seco, y una esquirla del tamaño de un puño pasó silbando entre dos hombres y se clavó en la pared de enfrente donde un instante antes había estado la cabeza de un mozo que Froila, por puro instinto del oficio, había mandado retirarse un paso medio sin saber por qué.
Se quedaron todos quietos, sordos por el estampido, mirando la esquirla clavada, y el mozo, blanco, se palpó la cara como para asegurarse de que la tenía entera.
Froila no dijo nada de momento; se acercó a la cara de roca, la miró largo a la luz del candil, y entendió, con el cuerpo más que con la cabeza, lo que había pasado: que aquella piedra no había reventado por donde el fuego la empujaba, sino por donde ella ya quería romperse, por una debilidad de dentro que el calor no había hecho más que despertar; y que una roca que rompe por su cuenta, por su flaqueza y no por la del que la trabaja, es una roca que tiene la palabra antes que el cantero, y a esas hay que tenerles respeto, porque mandan ellas.
«De aquí en adelante», dijo solo, «nadie delante de la cara cuando echemos el agua.
Todos a un lado, y agachados. La piedra avisa cuando quiere, no cuando uno necesita.
» Y así lo hicieron, y no hubo más sustos de ese; pero a Froila se le quedó dentro la pregunta, la mala, la que no se quita: si aquella roca rompía por su cuenta cuando se la calentaba, ¿cuántas debilidades de esas no llevaría dentro la peña entera, dormidas, esperando solo su fuego?
Lo otro que costaba, y costaba en carne, era el pan.
Cada hombre que bajaba al pozo era un hombre menos en la vega o en el muro, y comía, picando roca, como dos que araran, de modo que el aljibe se llevaba, además del sudor de seis, el grano de doce, en unos años en que el grano se contaba por bocas y por días.
Auria se lo recordaba a Froila cada vez que se cruzaban, no con reproche, que entendía la cosa, sino con la cuenta seca de la que repartía el hambre: «Tu agua de mañana, maestro, me la pagas en pan de hoy, y el pan de hoy no lo tengo.
» Y Froila lo sabía, y le pesaba, y aun así no paraba, porque había aprendido del viejo Teudila que hay obras que no se hacen cuando se puede sino cuando se debe, aunque duela, porque el día que se pueda quizá ya sea tarde; y bajaba al pozo cada mañana cargando, además del candil, aquella culpa de estar gastando en agua que no se bebería en años el pan que faltaba en bocas que tenían hambre aquel mismo invierno.
Bajaban un palmo por semana, y a veces menos, y a veces, las peores, ninguno, cuando daban con una capa de roca tan sana y tan dura que el pico resbalaba y el fuego apenas la rozaba, y había que rodearla, buscarle el flanco débil, perder días enteros en adivinar por dónde tenía la veta floja una piedra que parecía toda igual de dura y no lo era, que esa era la otra cosa que el oficio enseñaba, que ninguna piedra es igual de fuerte por todos los lados, que todas tienen su hilo, su grieta dormida, su sitio por donde ceden, y el arte está en encontrarlo.
Froila bajaba cada mañana al pozo, a la luz de los candiles que chisporroteaban en aquel aire malo, y leía la cara de roca con la mano, como leía el muro, buscándole el hilo; y cuando lo encontraba, cuando metía la cuña en el sitio justo y la maceta hacía saltar la laja limpia por donde él había dicho, sentía aquella alegría seca del oficio, la de haberle adivinado el genio a una cosa muda, que era de las pocas alegrías que se permitía un hombre como él.
Pero lo que de verdad buscaban, lo que justificaba todo aquel infierno de humo y fuego y escombro nocturno, no era el hueco: era el agua.
Un aljibe vacío no es nada, es un sótano, una tumba seca.
Lo que lo hace aljibe es que se llene, y para que se llene no basta cavarlo, hace falta acertar con la veta, dar con la entraña húmeda de la roca, con la vena por donde la peña, sin que nadie lo supiera, había estado bebiendo y reteniendo agua de lluvia durante siglos, filtrándola por sus grietas hondas, guardándola en bolsas oscuras que ningún ojo había visto nunca.
Froila las buscaba como un zahorí busca con la varilla, pero con el oído y con la mano, golpeando la roca y escuchando el sonido, palpando la frialdad, oliendo casi la humedad en el aire encerrado; y una madrugada, al fin, picando Teudisclo en el fondo bajo una capa que llevaba días resistiéndose, saltó la última laja y por la herida fresca de la roca empezó a manar, primero a gotas y luego a hilo firme, fría, limpia, con ese olor a piedra mojada y a hondura que tiene el agua que no ha visto la luz, el agua viva de la entraña de la peña.
Los hombres, agotados, tiznados, con las manos en carne viva, se quedaron mirándola brotar a la luz de los candiles como se mira un milagro pequeño, que de eso estaban hechos los milagros de la peña, de agua sucia que brota donde se ha picado un mes a oscuras.
Teudisclo recogió un poco en el hueco de la mano y bebió, y dijo que era buena, dulce, mejor que la del aljibe viejo.
Y Froila, que no era de celebrar nada antes de tiempo, se agachó también, no a beber, sino a mirar de dónde venía; y al acercar el candil a la roca de donde manaba el hilo, vio, justo encima de la veta, lo que le quitó la alegría de golpe y le puso en su lugar un peso frío que tardaría meses en quitarse.
Una grieta.
No la veta húmeda, que esa era buena, que esa daba el agua.
Otra. Una línea fina, seca, que subía desde el filo del agua y se perdía hacia arriba en la pared del pozo, recta un trecho y luego torcida, con esa forma de rayo quieto que tienen las grietas que no son de la herramienta sino de la propia roca, las que estaban ahí desde antes de que llegara el pico y que el pico no ha hecho, solo ha destapado.
Froila pasó el dedo por ella, despacio, hasta el fondo, y sintió que entraba más de lo que debía entrar el dedo en una piedra sana, y entendió lo que tenía delante, que era una de esas cosas del oficio que se entienden con el cuerpo antes que con la cabeza: que la misma roca que les daba el agua estaba quebrada, y que la grieta y la veta podían ser la misma cosa vista de dos maneras, porque a lo mejor el agua manaba precisamente por la grieta, y la grieta era el camino por donde la peña bebía; o podían ser dos cosas distintas y enemigas, y entonces aquella línea seca era un aviso, la señal de que la entraña de la roca sobre la que se asentaba todo, la torre, el muro, la peña entera, no estaba tan sana como veinte años de confianza les habían hecho creer.
—¿Qué pasa, maestro? —dijo Teudisclo, viéndole la cara—. Ha salido el agua. Es lo que queríamos.
—Ha salido el agua —repitió Froila, sin levantarse, con el dedo todavía metido en la línea seca, mirándola subir hacia lo oscuro—. Sí.
Y no dijo más, porque no sabía más, y porque había aprendido de Teudila que un maestro no asusta a sus hombres con lo que aún no entiende, que el miedo dicho a destiempo trabaja peor que la grieta.
Pero se quedó allá abajo cuando los demás subieron, solo, con el candil, siguiendo con la mano y con el ojo aquella raya hasta donde se perdía, sin poder decidir, por mucho que la mirara, lo que cualquier hombre del oficio habría dado el brazo por saber: si la peña les acababa de regalar el agua que los salvaría de un cerco de un año, o si les acababa de enseñar, en una raya fina del grosor de un cabello, que la roca sobre la que habían levantado toda su esperanza llevaba dentro, desde el principio, la línea por donde algún día, con su tiempo, podía partirse.