9
La obra, en aquellos años, hubo que hacerla como se hacen los hijos de los pobres: de noche y sin que se notara.
Froila descubrió que construir a escondidas era otro oficio distinto del que le había enseñado Teudila, y casi más difícil, porque a la dificultad de levantar piedra, que ya era bastante, se le añadía la de levantarla sin que se viera levantada, que era una segunda obra montada encima de la primera, hecha de disimulo en vez de mortero.
La cantera no podía sonar cuando había ojos en el camino, y ojos en el camino los había siempre, arrieros que subían sal o noticias, pastores que pasaban con el ganado, alguno de fiar y muchos que no, y nunca se sabía cuál era cuál hasta que era tarde.
De modo que aprendieron a leer el viento como antes habían aprendido a leer la piedra.
Los días de norte fuerte, cuando el aire bajaba racheado por el cañón del río y se llevaba el ruido monte abajo, Froila mandaba abrir la cantera y picar a destajo, y el repique de los punteros y las macetas se perdía en el bramido del viento antes de llegar al camino; los días quietos, de aire muerto, en que un golpe de cincel se oye a media legua, la cantera callaba y los hombres bajaban a la vega a fingir que araban.
—Ojo al humo de la fragua, Endura —le decía Froila al herrero, que afilaba los punteros mellados de picar—, que el humo sube recto en el aire quieto y dice más que un pregón. Apaga cuando no haya viento. Ya forjarás cuando sople.
El arrastre lo hacían de noche. Los trineos de sillares, que de día chirriaban sobre las rampas como para despertar a un muerto, bajaban en lo oscuro engrasados con sebo, sobre rodillos forrados de trapo, tirados por bueyes a los que les habían atado los cencerros para que no sonaran, y los hombres no hablaban, se entendían por señas y por tirones de la soga, y Froila iba delante con un candil tapado con una mano, enseñando solo el suelo, midiendo a oscuras con la planta del pie lo que el ojo no veía.
Era un trabajo de ciegos, y de ciegos asustadizos, porque cualquier ruido de más en la noche quieta podía llegar al camino, y más de una vez, cuando un trineo se atrancaba en un mal paso y había que palanquearlo, el chirrido del hierro contra la piedra los dejaba a todos parados, conteniendo el aliento, con la oreja vuelta hacia el río, hasta que el silencio volvía a cerrarse y Froila daba, con la mano, la orden muda de seguir.
Y lo más trabajoso de todo, lo que más rabia le daba al maestro porque era deshacer para esconder, era tapar de día lo hecho de noche: cada amanecer, antes de que clareara el camino, había que cubrir la hilada nueva con ramaje seco y tierra y matojos, de modo que desde lejos la muralla pareciera siempre la misma ruina parada, y no lo que era, una obra viva que crecía a dedos por debajo de su propio disfraz, como crece la uña de un muerto, sin que se la vea crecer.
Tenían hasta una cuadrilla para eso, los tapadores, mujeres y zagales que sabían echar el ramaje de modo que pareciera caído por el viento y no puesto por mano, y arrancar los hierbajos de unos sitios para plantarlos en otros, y embadurnar la cal fresca con tierra y orines para envejecerla de mentira; un oficio nuevo, el de hacer que lo nuevo pareciera viejo, que Froila no le había aprendido a Teudila ni venía en ningún saber antiguo, y que se inventaron entre todos a fuerza de necesidad, que es de donde salen casi todos los oficios.
Avanzaban un palmo por luna donde antes avanzaban un codo por semana.
A Froila aquella lentitud le desesperaba con la parte de él que era todavía el aprendiz impaciente que Teudila tuvo que frenar mil veces dándole con el mango del puntero en los dedos; pero con la otra parte, la del maestro, la que el viejo le había ido metiendo dentro hilada a hilada, había llegado a entender que aquella lentitud era, ella misma, una manera de durar, y que un muro que sube despacio y callado tiene más probabilidades de seguir en pie dentro de cien años que uno que sube deprisa y a la vista de todos, porque la prisa se ve y lo que se ve, en la frontera, se codicia.
Una noche de aquellas, calzando un sillar a la luz tapada de un candil, con las manos heladas y la espalda rota de trabajar a oscuras, Endura soltó por fin lo que llevaba meses callando, con el resentimiento sordo del que trabaja a ciegas por algo que no entiende.
—¿Para qué tanto, maestro? —dijo, sin levantar la voz, que de noche hasta la voz se medía—. Si no podemos enseñarlo. Si en cuanto sube un arriero hay que taparlo otra vez con ramas como si nos diera vergüenza. Un muro que nadie ve, ¿qué muro es? Lo mismo daría no hacerlo.
Froila no contestó enseguida. Asentó el sillar, lo movió un dedo a un lado, un dedo al otro, hasta que la junta cerró limpia, le echó el mortero, lo golpeó con el mango para oír por el sonido si había sentado bien, y solo cuando el sonido le dijo que sí, macizo, sin hueco, se quedó un momento con la mano abierta encima de la piedra, como hacía siempre, y habló.
—El que se enseña y el que aguanta no son el mismo muro, Endura.
Los muros que se enseñan son para asustar, para que el que mira de lejos diga «por ahí no entro»; sirven mientras hay quien mire, y el día que nadie mira no valen nada.
Este no es de esos. Este es para durar, que es harina de otro costal.
—Le pasó la mano por encima al sillar recién puesto, despacio—.
Mi maestro me decía que la piedra que de verdad sostiene una casa no es la que se ve, la de la fachada, la que la gente señala.
Es la del cimiento. La que está debajo de todo, enterrada, sin labrar siquiera, aguantando el peso de cuanto hay encima sin que nadie le dé las gracias ni sepa que está ahí.
Pues esto que hacemos de noche es eso. Cimiento.
No lo vamos a ver acabado ni tú ni yo. Lo hacemos para que otros, dentro de mucho, cuando ya nadie se acuerde de nosotros, levanten encima lo que sí se vea, y vivan tras un muro que no sabrán que les pusimos nosotros, a oscuras, una noche de viento.
Esa es toda la gracia del oficio, rapaz.
Construir para los que aún no han nacido y que te van a maldecir si lo haces mal y no te van a dar las gracias si lo haces bien.
Endura no dijo nada, pero calzó la siguiente piedra con más cuidado, y Froila lo notó, y no dijo nada tampoco, que era su manera de aprobar.
No siempre salía bien aquel trabajar a ciegas, y Froila lo pagaba caro cuando salía mal.
Una mañana, levantando el ramaje de un tramo subido la víspera, vio que dos sillares de los altos, calzados de noche y a tientas, habían sentado torcidos, una pulgada nada más, lo que en pleno día se corrige con un golpe y en lo oscuro no se ve; y la pulgada de abajo, en una hilada, se hace un palmo arriba, y un palmo arriba se cae el muro.
Mandó sacarlos, los dos, y rehacer la cama, perdiendo una noche entera de trabajo y dos de viento bueno, y Teudisclo, el oficial viejo, refunfuñó que a aquel paso no acababan la muralla ni los nietos de sus nietos.
«Mejor», le contestó Froila, sin reírle el enfado, «que mientras haya muro por hacer habrá canteros en la peña, y mientras haya canteros, peña.
» Y rehízo la cama él mismo, con la mano, a la luz tapada, palpando cada junta como Teudila le había enseñado a palpar, porque había aprendido que en aquella obra de noche no se podía fiar del ojo de nadie, ni del suyo, solo de la mano, que es la que no miente.
Por aquel mismo tiempo Eilo quedó preñada, ya talludita para ser primeriza, en una edad en que las mujeres de la peña andaban más bien casando hijas que esperándolas.
Auria, que le puso la mano en el vientre y la oreja después, dijo que venía bien plantado pero que el camino sería largo y que se cuidara del frío y del peso.
Y Froila vivió aquellos meses partido entre dos obras lentas, la del muro y la de su mujer, las dos calladas, las dos creciendo a escondidas y a su paso, las dos para un después que él no sabía si llegaría a ver.
Habían tardado en tener hijo, ellos, que se querían desde niños, desde aquel trueque que ninguno de los dos había olvidado, cuando él le dio un pájaro de piedra que había tallado de un canto del río y ella le dio una espiga, y se juraron sin palabras, con seis o siete años, lo que luego cumplieron de mayores; y que el hijo viniera ahora, en los años flacos, con el hambre ya asomando por el camino, le parecía a Froila una de esas cosas que hace la vida sin pedirle permiso a nadie, plantar grano justo cuando peor pinta la cosecha, como si la vida le dijera a uno por lo bajo que de todas formas hay que seguir, que el mundo no espera a que vengan bien dadas.
No se lo dijo a Eilo con esas palabras. No era hombre de muchas palabras, Froila, y las pocas que tenía las gastaba en mandar la obra.
Pero una tarde, sentado al sol contra el muro mientras los demás comían, sacó del zurrón un canto blanco del río que llevaba días dándole vueltas en el bolsillo, y con la punta de un cincel fino, despacio, le talló un pajarillo tosco, de alas apenas marcadas, igual de torpe que el de cuando era crío, porque no había mejorado nada tallando pájaros aunque tallara bóvedas; y al volver a casa se lo puso a Eilo en la mano, cerrándole los dedos encima, sin decir nada.
Ella lo miró, miró el pájaro, miró a su marido, y tampoco necesitó que se lo dijeran.
Lo entendió todo: el miedo y la esperanza y la promesa, todo lo que un hombre callado no sabe decir y mete en una piedra.
Fue a un arcón, sacó un trapo doblado, y de dentro del trapo la espiga vieja, seca, casi deshecha, que había guardado treinta años desde que eran críos, y puso el pájaro nuevo al lado de la espiga vieja, los dos juntos, el único tratado de paz que se había firmado nunca entre la piedra y el pan, y volvió a doblar el trapo y a guardarlo.
Y aquella noche, mientras Froila bajaba otra vez a la cantera a robarle al viento un palmo de muro, llevaba dentro, por primera vez en mucho tiempo, una razón nueva para que el muro durara.