8
Hay un peso que ningún soldado conoce hasta que le toca cargarlo: el de un cuerpo amigo ya frío, que no se parece a ningún otro peso que se levante en este mundo, ni el de la piedra ni el de la culpa, aunque a los dos se parezca un poco.
Yahya lo sabía desde una noche, muchos años atrás, en que bajó a un hermano de armas a la grupa por un repecho de la frontera, y entendió que un hombre no carga del todo con sus muertos hasta que le toca cargarlos en brazos.
Y sabía también, desde otra noche peor, que hay un peso mayor que ese: el del cuerpo que no aparece, el del amigo al que no te dejaron ni cargar.
Tenía aquella primavera más años de los que llevaba contados, que un soldado viejo deja de contar cuando empieza a sobrarle el tiempo y a faltarle la gente con quien gastarlo, y vivía en una alquería de tapial al pie de la sierra, a media jornada del río que partía el mundo en dos, en una tierra que ya no era la del valí de antes ni la de nadie conocido, porque en Córdoba mandaba ahora un hombre nuevo.
Lo notaba hasta allí, en lo apartado de su huerta, sin necesidad de bajar a la ciudad ni de oír los pregones.
Lo notaba en los cobradores, que subían más a menudo y miraban las cosechas con otros ojos; en los caminos, por donde pasaban partidas que antes no pasaban, con bandera y con tambor, no las cabalgadas sueltas de su juventud sino algo más ordenado y más frío, una mano que apretaba desde lejos y que sabía contar.
El emir nuevo, decían, era de los que escapan de una matanza cruzando medio mundo con la cabeza puesta a precio, y un hombre así, razonaba Yahya escardando sus habas bajo el sol, no perdona ni olvida ni descansa, porque el que ha visto degollar a los suyos hasta el último niño aprende para siempre que la tierra firme no existe, que solo existe la que uno aprieta con el puño, y aprieta.
A Yahya aquel apretar de arriba no le iba ya ni le venía. Era viejo, tenía su huerta y su sobrino, y le bastaba. Lo que no le bastaba, lo que no le había bastado en quince años, era una deuda que no había manera de pagar porque el acreedor estaba muerto.
Había sido el segundo de Hilal. Su mano derecha en la guerra y su confidente en las treguas, desde mozos, cuando los dos batían la marca a las órdenes de otros y soñaban, como sueñan los mozos, con mandar ellos algún día las cabalgadas que entonces solo seguían.
Habían mandado, al fin. Y habían subido juntos, la última vez, a aquella peña cristiana del otro lado del vado, en la gran revuelta, cuando el mundo de los bereberes se levantó contra los árabes que los trataban como a perros de presa, y Hilal, que era de los que no saben pelear sino delante, había caído bajo aquellos muros en una noche de incendios, en el sótano de una torre, defendiendo o atacando una cosa que nadie supo nunca bien, y Yahya, que peleaba en la brecha de fuera, no había podido llegar a tiempo.
Eso era todo. En eso cabía la culpa entera. No había llegado a tiempo.
Ni enterrarlo había podido. Cuando la revuelta se deshizo y los cristianos, no se supo cómo, aguantaron, y hubo que retirarse río abajo dejando la peña en pie, Yahya había vuelto de noche, solo, jugándose el pellejo, a buscar el cuerpo de su jefe entre los muertos que los de arriba habían sacado a la falda como se saca el ripio.
No lo encontró. Los recorrió uno a uno, a la luz tapada de un candil, volviéndoles la cara a los que estaban de bruces, y su jefe no estaba; y no estuvo tampoco las otras noches que volvió, hasta que hubo que aceptar lo que la frontera hace con los suyos, que se los queda sin decir dónde.
Nunca supo que a Hilal lo había enterrado, en secreto y bajo un almendro, la única persona de aquella peña que lo lloraba tanto como él.
Se volvió al sur con las manos vacías, sin tumba a la que mirar, y desde aquella noche cargaba con él.
No con el cuerpo, que ese no se lo dieron; con lo otro, con lo que el no encontrarlo le había dicho sin boca: que un hombre se muere y se borra, salvo por lo que deja vivo detrás, y que de Hilal solo quedaba vivo, en este mundo, una cosa que el propio Hilal le había confiado a Yahya una noche de campamento, antes del asedio, bajando la voz aunque estaban solos, como se confiesa lo que no se le puede decir a nadie más.
Un hijo. Hilal tenía un hijo al otro lado del río, en aquella misma peña que iban a asediar, fruto de un vado y de una mujer cristiana de antes de la guerra, de cuando todavía se cruzaba el agua para algo que no fuera matar.
«Si caigo yo, Yahya», le había dicho aquella noche, con la sencillez con que los valientes dicen las cosas grandes, «se cae todo lo mío menos eso.
Y eso ni siquiera sabe que es mío.» Y se había reído un poco, bajo, de aquella ironía de la frontera, de dejar simiente en la tierra que iba a regar con su sangre.
Yahya no se había reído. Yahya lo había guardado, como guardaba todo lo de su jefe, y se lo había llevado cruzado a la grupa aquella noche junto con el cuerpo, y no lo había soltado nunca, ni con su mujer mientras vivió, ni con el imán, ni con nadie.
Era lo último que le quedaba de Hilal, y un hombre no malvende lo último.
—Tío.
Era Zayd, su sobrino, el hijo de su hermana muerta, el único de su sangre que le quedaba y el que había de heredar la huerta y los pocos años de paz que Yahya esperaba sacarle aún a la tierra.
Venía del camino, polvoriento, con esa manera de moverse de los jóvenes que tienen prisa por que les pase algo.
Se sentó en el poyo, a la sombra, y empezó a contar lo que había oído abajo, en el zoco: que se hablaba otra vez de cabalgadas grandes, con orden del emir, no de cualquier valí; que se buscaban hombres con conocimiento de la marca del norte, de los vados y de las peñas y de las aldeas que aún malvivían en la tierra de en medio; y que pagaban bien al que supiera guiar.
—Vos conocéis esa frontera como nadie, tío —dijo Zayd, y había en su voz un poco de hambre de mozo, de querer figurar, de salir de la huerta—. Conocéis los vados. Conocéis las peñas. Si fuerais conmigo a ofreceros, comeríamos otra cosa que habas.
Yahya siguió escardando un rato antes de contestar, porque a su edad las palabras también se cuentan.
—Conozco esa frontera, sí —dijo al fin—. Por eso no voy. El que la conoce sabe que de allá no se vuelve siempre. Tú la ves de lejos, como una feria. Yo la enterré.
Zayd hizo un gesto de fastidio, de joven que no entiende la prudencia del viejo y la confunde con cobardía o con vejez.
Pero había soltado, sin saberlo, lo que de verdad le importaba a Yahya, y el viejo, con la cabeza gacha sobre las habas, mientras el sobrino seguía hablando de soldadas y de botín, ya no lo oía: oía otra cosa, oía «las peñas que aún malvivían en la tierra de en medio», y entre todas las peñas de la marca solo había una que a él le quitara el sueño, una de la que llevaba años recogiendo noticias por debajo, con disimulo, preguntando como por azar a los arrieros que cruzaban el vado, a los cautivos que bajaban, a los renegados que subían, ¿y de tal peña qué se sabe, sigue en pie, sigue su gente, sigue su señor?
Velagra, la llamaban los cristianos. La peña donde había caído Hilal.
La peña donde crecía, sin saberlo, el hijo de Hilal.
—¿Y por qué os interesa tanto esa peña pobre? —le había preguntado una vez Zayd, extrañado de verlo aguzar la oreja cada vez que un viajero la nombraba—. No tiene oro, no tiene nada, está medio muerta de hambre, dicen. No vale el viaje.
—No me interesa la peña —había mentido Yahya entonces, con la facilidad del viejo que lleva media vida guardando lo mismo—. Me interesa la marca. El que fue soldado mira el mapa hasta de viejo. Es vicio, no provecho.
Y el muchacho lo había creído, porque era mozo y los mozos creen las explicaciones cómodas, y Yahya lo había dejado creer, que era más seguro.
Pero aquella tarde, oyendo a Zayd hablar de cabalgadas con orden del emir contra las peñas de la tierra de en medio, Yahya entendió que la paz de su huerta se había acabado, no para él, que ya era viejo y poco le quedaba que perder, sino para una cosa que él guardaba a media jornada y al otro lado de un río: que el mismo poder nuevo que apretaba desde Córdoba iba a empezar a batir, con bandera y con método, justamente la franja donde estaba la peña de Hilal; que las cabalgadas ya no serían las sueltas de antes, que torcían el camino por azar o por pereza, sino dirigidas, repetidas, sistemáticas como el paso de una guadaña; y que tarde o temprano, de seguir las cosas su curso, una de aquellas guadañas pasaría por la roca donde dormía la simiente de su jefe muerto, y no torcería, porque las guadañas dirigidas no tuercen.
Aquella noche Yahya no durmió. Salió a la era cuando el sobrino ya roncaba, y se quedó mirando el norte, el cuadrante del cielo bajo el que estaba el río y, al otro lado, la peña, y pesó lo que tenía y lo que podía.
No era mucho. Era un viejo sin mando ya, con un nombre que aún se respetaba entre los segundones de la marca, los que habían sido mozos a sus órdenes y ahora mandaban ellos cabalgadas, los que le debían favores viejos o le tenían el respeto seco que se le tiene al que enseñó a uno a no morir el primer día.
Eso era todo su caudal: un puñado de hombres maduros repartidos por la frontera que aún le harían caso a una palabra suya dicha a tiempo y en voz baja.
Poca cosa. Pero la frontera se movía con menos: con una palabra al oído del que guía, «esa peña no, que está vacía y no rinde y hay agua mala»; con un consejo dado como de viejo entendido, «mejor río abajo, que allí hay aldeas blandas y aquí solo piedra»; con desviar, no por la fuerza, que él ya no la tenía, sino por la lengua, que era lo único que le quedaba afilado.
Lo decidió allí, en la era, a oscuras, sin testigos, como se deciden las cosas que uno sabe que va a llevarse a la tumba.
Velaría por el hijo de Hilal. No desde cerca, que no podía, ni de cara, que no debía, ni para que el interesado lo supiera jamás, que eso lo estropearía todo y le quitaría a la cosa la única limpieza que tenía, la de un favor que no espera ni siquiera ser sabido.
Velaría desde la sombra y desde el sur, con su nombre viejo y su lengua afilada y los hombres que aún le debían algo, moviendo los hilos pequeños que un viejo puede mover sin que nadie note la mano: para que las cabalgadas, cuando bajaran con su orden nueva y su bandera, encontraran siempre, justo antes de la peña de Hilal, una razón para torcer río abajo.
No podría hacerlo siempre. No podría hacerlo si el emir mandaba de veras, con número, contra aquella roca en concreto.
Pero podría hacerlo mientras la peña no figurara en el cálculo de Córdoba, que era, comprendió Yahya con una sonrisa amarga en lo oscuro, exactamente lo que aquella gente del otro lado del río llevaba años buscando con todas sus tretas, no ser nadie, no valer el viaje, no figurar; y él, desde el otro lado, sin que ellos lo supieran nunca, iba a ayudarlos a no figurar, por una deuda que ninguno de ellos sabía que tenían con un muerto enterrado de cara al sur.
—Que duermas tranquilo este año, hijo de mi jefe —dijo Yahya en voz baja, al cuadrante de cielo del norte, sin saber el nombre del que dormía allá lejos, sin haberlo visto nunca, sin que aquel fuera a saber jamás que un viejo, al otro lado de un río, le montaba guardia en la oscuridad—.
Que de este lado del agua, mientras yo viva, no te vendrá el mal.
Es lo único que le puedo pagar ya a tu padre. Y a un muerto se le paga como se puede.
Y entró a acostarse, viejo y resuelto, a empezar al día siguiente, sin prisa, a mover los primeros hilos de una guardia que no le agradecería nadie y que él iba a montar igual, porque hay deudas que un hombre no contrae con los vivos, sino con la cara de un muerto que cargó una noche a la grupa, atravesado, mirando ya para siempre al sur.