La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 7
18%

7

Gutier volvió al cabo del mes, como había dicho, pero no con treinta hombres, sino con ochenta, y con tres carretas de bueyes que subían el último recodo crujiendo de vacías, hechas para cargar el grano y los aperos y los santos de una gente que él esperaba encontrar haciendo el hato y deshaciendo su vida en la era.

Lo que encontró fue un duelo que no era un duelo, y se dio cuenta de que no lo era, y no le sirvió de nada darse cuenta.

Velagra lo recibió de luto y de miseria.

Se lo habían preparado con el cuidado con que se prepara una mentira que va a durar, ensayándola las tres semanas enteras como se ensaya una procesión, repartiendo papeles casa por casa, diciéndole a cada uno no lo que tenía que decir, que eso se nota, sino lo que tenía que callar, que es más difícil y engaña más.

Auria había bajado a las casas una a una.

A los viejos les había dicho que se sentaran a las puertas con la cara torcida del dolor verdadero, que para eso no había que fingir mucho, que dolor sobraba; a las mujeres, que no presumieran ni del pan ni de los hijos; a los mozos fuertes, los pocos que no se podían esconder del todo, que arrastraran los pies y bajaran la vista y se hicieran los rotos de fiebre, que un hombre joven que mira al suelo parece la mitad de joven.

Y cuando los del norte coronaron el recodo, la peña que vieron no era la que latía debajo: las puertas de la cantera estaban cerradas con tablones grises clavados de cualquier manera, los andamios desmontados y la sillería labrada cubierta de ramaje y de tierra de modo que el lienzo de muralla parecía una ruina vieja parada hacía un siglo; los graneros tenían las trojes abiertas con el fondo casi a la vista, el poco grano de arriba escarbado a propósito para que se viera la madera del suelo; y la gente se movía despacio, sin levantar los ojos, con esa mansedumbre de los pueblos a los que la desgracia ha pasado por encima y les ha quitado hasta las ganas de mirar a un forastero.

Gundemaro salió a recibirlo a pie, a la explanada, más flaco que la vez primera, porque para aquello había comido poco aquellos días, lo justo para que se le marcaran los pómulos y se le hundieran los ojos y la mentira la llevara puesta en la cara antes de decirla con la boca.

Llevaba el sayo viejo, el remendado, no el de señor.

—Habéis vuelto pronto —dijo, y le tendió la mano, y la mano también la tenía estudiada, floja, sin la fuerza del que manda.

—Dije que en tres semanas —contestó Gutier, sin bajar de la silla todavía, mirando por encima del señor la peña entera, leyéndola como leía las cuentas que no le salían—. Y vengo a cumplirlo. ¿Dónde está vuestra gente? ¿Por qué no veo el hato hecho?

Gundemaro dejó pasar el tiempo justo, el que había aprendido a dejar pasar, y le contó, con la voz cansada del que ha enterrado mucho y ya no le queda voz para alzarla, la historia que entre los tres habían fraguado en la celda de Vincencio: que había caído sobre la peña, al filo del invierno, justo después de irse él la primera vez, una fiebre de las que vacían cunas y camastros y no perdonan ni a fuertes ni a flacos; que se había llevado a la falda, a la tierra de los muertos, a más de la mitad de las almas en dos lunas; que las atalayas las atendían viejos porque los mozos estaban bajo tierra; que de la obra no quedaba ni el maestro con ganas; y que los que aún andaban por la peña eran pocos, rotos y sin grano ni para el invierno que venía, cuanto menos para echarse a un camino largo hacia el norte con bocas que no podían ni tenerse en pie.

Gutier bajó al fin de la silla. Echó pie a tierra con la misma soltura del primer día, pero más despacio, y se acercó a un viejo que tosía sentado a una puerta, y lo miró, y el viejo le sostuvo la mirada con los ojos legañosos y húmedos de quien de verdad ha pasado un mal invierno, porque Auria, que era ladina, había puesto a dar la cara a los que no tenían que fingir nada.

Detrás del viejo, una mujer mecía a un crío envuelto.

Gutier se fijó en el crío. Estaba pálido, lloroso, con cara de poco; lo habían elegido también a él, el más enclenque de la peña, no el de los mofletes colorados que el de los astures había visto cruzar corriendo la otra vez.

—Una fiebre —dijo Gutier, despacio, como quien repite una palabra para pesarla—. ¿Y a la fiebre no le dio por el grano de las trojes, ni por la cal de los muros, ni por las herramientas de la fragua, que las he visto colgadas y limpias?

—La fiebre se lleva a la gente —dijo Gundemaro—, no a los hierros.

Los hierros se quedan, mirándote, para que te acuerdes de quién los usaba.

—Y lo dijo sin levantar la voz, con el cansancio puesto, y aquella respuesta, que no era una respuesta sino un quite, le dejó a Gutier la sospecha entera y la prueba en ninguna parte.

Comieron juntos al mediodía, una comida pobre de a propósito, gachas claras y un queso viejo, servida en la sala de la torre con la vajilla escondida y la de barro a la vista; y por la tarde Gundemaro juntó a la peña en la explanada, los que quedaban, y les habló como un señor que ya no puede dar de comer a su gente.

—El señor del norte —dijo, y le costó cada palabra, porque algunas eran verdad— ofrece tierra segura y pan en el reino de los astures, lejos de las aceifas, a quien quiera bajar con él.

Yo no retengo a nadie. El que se quiera ir, que recoja lo suyo y se vaya con la bendición, que aquí no le prometo más que hambre y muros.

Pensadlo esta noche. Mañana el que quiera, sube.

Lo dijo y se hizo un silencio raro, porque hasta los que estaban en el secreto sintieron, por un momento, el peso verdadero de aquella oferta, el pan seguro contra la piedra incierta, y hubo quien bajó la cabeza no por orden de Auria, sino porque de pronto dudó.

Subieron al norte, a la mañana siguiente, once familias.

Algunas eran de verdad las más desgraciadas de la peña, viudas sin brazos, viejos sin nietos, gente a la que el desierto que venía iba a matar de todas formas y a la que Gundemaro dejó marchar con un peso en la conciencia y un alivio que le avergonzaba sentir, porque eran once bocas menos que llenar el invierno siguiente, y avergonzarse de aquel alivio era ya, él lo sabía, la primera de las muchas cosas feas que aquella guerra de hambre le iba a hacer pensar.

Otras dos familias las mandó él mismo, en secreto: gente de fiar, escogida una por una con Vincencio, con el encargo de hacerse pasar por desterrados más, afincarse en el norte, abrir los oídos, y mandar razón por los arrieros de lo que el rey planeaba, de cuántos hombres tenía y para cuándo, de si lo de Velagra se hablaba en las cortes o se daba ya por muerto.

Eran sus ojos los que subían con las carretas del enemigo, y Gundemaro los vio partir entre los demás, sin un gesto, despidiéndolos como a todos, sabiendo que no los vería en años y que quizá no los vería más.

Gutier los vio partir y no quedó contento, y no lo disimuló, porque había venido a por una aldea entera y se llevaba once familias de pordioseros que no compensaban ni el pienso de los bueyes.

Antes de marchar recorrió la peña por su cuenta, despacio, con la excusa de despedirse y el ojo de quien lleva la vida midiendo plazas, y la cuenta seguía sin salirle por más que la repasara.

Porque un hombre puede fingir hambre, que se finge comiendo poco; y puede fingir luto, que basta con poner caras; pero la piedra no finge.

Aquella torre estaba demasiado bien trabada para ser obra de un pueblo que se moría: las juntas iban cerradas a hueso, los sillares trabados como dientes, y eso no lo hace una aldea moribunda, eso lo hace un taller vivo, con maestro y oficiales y años por delante.

Aquel lienzo de muralla, por mucho ramaje que le echaran encima, era demasiado nuevo: la piedra de las hiladas altas no tenía todavía el liquen ni la pátina que da el tiempo, estaba aún con el color crudo de la cantera.

Y la cal. Gutier se agachó junto al muro, hizo como que se ataba una correa de la bota, metió la mano por debajo del ramaje y rascó con la uña una junta de las de arriba, y la cal salió blanda, fresca, granulosa, sin fraguar del todo, cal puesta hacía semanas, no cal de un invierno de abandono.

Se limpió el dedo en el sayo y se levantó sin decir nada, con aquella mentira clavada ya en algún sitio del orgullo.

Lo supo, y no pudo probarlo, y no le bastó de nada saberlo.

Porque podía sospechar cuanto quisiera que le mentían, pero la sospecha no derriba muros: para tomar una plaza fuerte de piedra hacían falta no ochenta hombres con carretas, sino un asedio en regla, máquinas, meses, y un rey que tenía mil fronteras y los soldados contados no iba a mandar un ejército a una peña pobre del Duero por la corazonada de un delegado al que le escocía que le hubieran tomado el pelo.

Velagra había acertado en lo único que la podía salvar, y Gundemaro lo entendió viéndolo marchar: no en parecer fuerte, que parecer fuerte trae el ejército, sino en parecer poca cosa, que no merece el viaje.

La fuerza llama a la fuerza; la miseria, sola, no llama a nadie.

Gutier se marchó al segundo día con sus carretas medio vacías y su sospecha entera, y de camino al norte, en un alto del río donde dieron de beber a las bestias, se le acercó otra vez la sombra del viejo arriero, que parecía vivir en los caminos y no tener casa ni en la peña ni fuera de ella.

Bermudo no subió en balde aquella mañana.

Caminó un rato a la vera del caballo de Gutier, hablándole bajo, sin mirarlo, como quien comenta el tiempo; le habló otra vez de lo que se enterró en aquella peña el primer día y se sacó una sola noche, la del asedio, cuando media frontera vio arder el oro en lo alto del muro; y esta vez no se retiró dejando la semilla puesta, como en el adarve, sino que le puso al asunto, por fin, un precio a empezar a decir lo que sabía, una cifra pequeña, casi de risa, para que el otro no se espantara, la primera gota.

—¿Y por qué habría yo de creeros, viejo? —dijo Gutier, sin pararse.

—No me creáis —dijo Bermudo, encogiéndose de hombros—.

Volved al norte, decidle a vuestro rey que en la frontera no hay más que cuatro pastores muertos de hambre, y olvidadme.

Pero pensad una cosa de camino, señor del norte, una sola: ¿con qué se paga una torre como esa, en tierra de nadie, sin rey ni obispo detrás?

Algo hay debajo. Algo se enterró ahí. Y el que sabe dónde mirar, soy yo.

—Se quedó atrás, dejando que el caballo lo adelantara—.

Cuando os canse la duda, ya sabéis dónde encontrarme. En los caminos. Siempre.

Y Gutier, que había bajado a la frontera a salvar almas y subía con una mentira clavada en el orgullo, escuchó al viejo más rato del que un hombre honrado debería escuchar a un traidor, y lo peor no fue escucharlo, sino que, ya solo, cabalgando hacia los montes con el río abajo sonando en lo hondo, siguió oyéndolo dentro.

No volvería con carretas, pensó. Las carretas eran para el rey, para la idea del rey, para la obra limpia de bajar cristianos a tierra segura.

Volvería de otra manera, por su cuenta, con menos hombres y más callado, no a salvar a nadie, sino a averiguar qué guardaba una peña que le había dicho que no a la cara y a quién pertenecía de verdad la cara morena del que la mandaba.

Y por primera vez en cuatro años de bajar a la frontera, lo que lo movía a volver no era la orden de su rey, sino una cosa suya, callada y fea, que se parecía mucho a la codicia, y que él, durante un tiempo, todavía pudo seguir llamándose a sí mismo curiosidad.