La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 6
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Gundemaro tomó su decisión la víspera de que Gutier volviera, y la tomó solo, de noche, en lo alto de la torre, que era adonde subía cuando tenía que ser señor de verdad y no delante de nadie.

Subía allí desde niño, desde que su madre vivía y lo mandaba a la cama y él se escapaba a la cámara alta a mirar las estrellas sobre el río.

Ahora subía por lo contrario, no a soñar sino a pensar, porque era el único sitio de la peña donde un hombre podía estar solo de verdad, sin gente que lo mirara para saber si tener miedo.

Hacía frío en lo alto, un frío limpio de marzo, y la peña dormía debajo, los tejados pálidos a la luz de una luna gastada, el río sonando abajo en lo oscuro, las pocas lumbres que quedaban encendidas marcando las casas donde alguien velaba a un enfermo o a un recién nacido.

Gundemaro se apoyó en el antepecho, en la misma piedra en que se había apoyado su madre tantas noches, y notó, como notaba siempre allí arriba, que la piedra guardaba algo de ella, una manera de estar sola con un peso encima, y que él había heredado de su madre no solo el nombre y la sangre, sino también aquel sitio y aquella costumbre de subir a cargar a solas lo que abajo no podía soltar.

Había sopesado las tres salidas que tenía, como le enseñó su madre a sopesar, poniéndolas una al lado de otra sin engañarse sobre ninguna.

La primera era obedecer: bajar al norte, dejar la peña, empezar de nuevo bajo el ala del rey.

Ni la pensó dos veces; abandonar Velagra era abandonar la corona, la obra, la tumba de su madre y la única cosa que daba sentido a que aquella gente lo llamara señor.

La segunda era enfrentarse: cerrar las puertas, armar a la gente y decirle al rey que viniera a por ellos.

Tampoco; treinta hombres habían bajado la primera vez, pero detrás de aquellos treinta había un rey, y un rey, con tiempo, baja trescientos, y Velagra podía resistir un asedio de moros que venían a por botín y se iban, no una guerra de un rey cristiano empeñado en una idea, que esos no se cansan. Enfrentarse era perder, despacio.

Quedaba la tercera, la que Froila había dicho con otras palabras y que era, en el fondo, la única que su madre habría aprobado: no obedecer y no enfrentarse.

Desaparecer. Decirle a Gutier que sí con la boca y hacer que no con la tierra.

Prometerle que se irían, ir dándole largas estación tras estación, mostrarle, cuando viniera, una peña menguada y miserable que no valía el esfuerzo de escoltar a ningún lado, e ir descontándose poco a poco del mapa del rey hasta que el rey, que tenía mil fronteras y una sola cabeza, se olvidara de aquella esquina como uno se olvida de una deuda pequeña que el deudor nunca cobra ni paga.

Era la salida del débil. Era humillante.

Y era la única que dejaba a Velagra en su sitio, que era lo único que de verdad le importaba.

Pero aquella noche, mientras lo decidía, Gundemaro vio por primera vez con claridad el precio, y el precio no se lo ponía el rey: se lo ponía la tierra.

Porque Velagra no se mantenía sola. Lo sabía cualquiera que llevara las cuentas, y él las llevaba como su madre le enseñó.

La peña daba huertos, daba lana de los rebaños, daba el agua y la piedra, pero no daba grano bastante para seiscientas bocas, ni hierro, ni sal.

Eso venía de fuera, del trato: la lana de los rebaños se cambiaba por grano de las aldeas del río, el sobrante de la fragua por sal de los salineros del sur, las noticias y las herramientas por lo que traían los arrieros.

Velagra era una isla, sí, pero una isla que comía de un mar de aldeas pequeñas, dispersas por la frontera, con las que llevaba dos generaciones trocando lo que a una le sobraba por lo que a la otra le faltaba.

Y el rey del norte no venía a vaciar Velagra.

Venía a vaciar el mar. A llevarse al norte, una a una, aquellas aldeas con las que Velagra comerciaba, a dejar la tierra desierta alrededor de la peña.

Y una isla puede esconderse del rey. Lo que no puede una isla es esconderse del hambre, cuando le secan el mar alrededor.

Gundemaro lo entendió entero allí arriba, en el frío, y fue como si el suelo de la torre, la piedra firme de su padre adoptivo, cediera un dedo bajo sus pies.

El rey no necesitaba tomar Velagra. Le bastaba con vaciar lo que la rodeaba y esperar.

Cada aldea que subiera al norte era un trato menos, una fanega menos, una boca de la peña sin con qué llenarse el invierno siguiente.

La despoblación no era una orden que se pudiera torear con largas y con caras de pobre.

Era un cerco lento, sin soldados, hecho de ausencia, y contra la ausencia no valían los muros que Teudila había levantado, porque no se puede defender una plaza de un enemigo que no ataca: que solo se marcha, y se lleva consigo, al marcharse, el pan de los que se quedan.

Bajó de la torre antes del alba con la decisión tomada y, por debajo de la decisión, un miedo nuevo y frío que no había sentido nunca, ni en el peor cuento que le contaban de niño sobre la noche del asedio.

Resistirían. Se harían los muertos, se agacharían, desaparecerían del mapa del rey.

Velagra seguiría en su sitio. Pero por primera vez desde que su madre la fundó sobre un secreto, Gundemaro no estaba seguro de que estar en su sitio fuera bastante para seguir viva; y comprendió, mientras bajaba a oscuras la escalera de caracol que Froila había trazado peldaño a peldaño, que el siglo que les tocaba no iba a decidirse en una brecha, a la luz de los incendios, con una corona en alto, sino en el silencio largo de los graneros, contando fanegas, viendo marchar vecinos, aguantando.

Que era, de todas las guerras, la más difícil de ganar, porque no se sabe nunca el día en que se ha perdido.