5
Se reunieron tres noches después, cuando los del norte ya estaban lejos, en la cámara baja del monasterio que Vincencio tenía por celda y por archivo, que era el único sitio de la peña donde tres personas podían juntarse a deshora sin que nadie se preguntara por qué.
Eran los que quedaban de la cadena, los que el viejo Teudila y la señora Adosinda habían dejado encargados de lo que no se podía dejar a la suerte de una sola vida: Froila, el de la piedra; Vincencio, el del libro; y Auria, la de las manos, que había recogido de Sabina, a su muerte, no solo el saber de las hierbas y los partos, sino los secretos que la vieja sanadora se había llevado guardando media vida.
—No es una aceifa —dijo Vincencio, que tenía la costumbre de empezar por lo que todos sabían, para asentarlo, como se asienta un sillar de base—.
Una aceifa se aguanta tras un muro. Esto no.
Esto es peor, porque esto viene con la ley de su parte.
El del norte no nos amenaza: nos manda. Y un hombre que cree que manda con razón es más terco que uno que sabe que roba.
—Pues que mande —dijo Auria. Era mujer de pocas palabras y de las que iban derechas—. Que mande en el norte. Aquí no es rey de nada.
—Hoy no —dijo Vincencio—. Pero ha visto la torre. Y un rey que se entera de que en la tierra que da por muerta hay una plaza fuerte en pie, con seiscientas almas y una cantera, ya no la da por muerta. La quiere. Si no para sí, para que no sea de otro.
Froila los escuchaba sin hablar, con los codos en las rodillas, dándole vueltas a una piedrecita del río entre los dedos, que era lo que hacía cuando pensaba.
Llevaba tres días pensando, desde que vio bajar el pendón, y había llegado, despacio, por el camino lento del oficio, a una idea que no le gustaba pero que le parecía la única firme.
—Hay una cosa que no podéis quitarle ya de la cabeza al del norte —dijo al fin—, y es que esto existe.
Eso se acabó. Lo ha visto. Volverá. Lo que sí podemos es quitarle las ganas.
—Levantó la vista—. ¿Por qué nos han dejado en paz veinte años?
No por los muros. Por que nadie sabía que valíamos la pena.
Una peña pobre, en tierra de nadie, con cuatro pastores: eso no lo viene a buscar ni un rey ni un moro, porque cuesta más tomarlo que lo que se saca.
Hemos vivido de parecer poca cosa. Y ahora hemos dejado de parecerlo, y ese es todo el problema, y esa es también la salida. Hay que volver a ser poca cosa.
—No te entiendo —dijo Auria.
—Que no se le enseñe al del norte, ni al del sur, ni a nadie, una peña rica que se resiste, porque eso lo querrán todos.
Que se le enseñe una peña pobre que no merece el viaje.
Que la cantera pare, o que pare cuando haya ojos mirando.
Que el grano se esconda. Que la gente baje la cabeza y se haga vieja delante del forastero.
Que la torre, ya que no la podemos esconder, parezca lo que sobra de algo viejo y no lo que es.
Hay que volver a desaparecer del mapa, ahora que ya estamos en él. Esconder la peña dentro de la peña.
Hubo un silencio en la celda. Vincencio asentía despacio, con el gesto del que reconoce un buen argumento aunque le pese.
—Es vivir agachados —dijo.
—Llevamos agachados desde Guadalete —contestó Froila—. Lo que pasa es que algunos años se nos había olvidado.
Y se pusieron, allí mismo, a repartirse el agacharse, que una cosa es decir «hagámonos los muertos» y otra saber cómo se hace eso sin morirse de verdad.
Froila se encargaría de la obra: la cantera trabajaría solo con viento que tapara el ruido, los andamios se desmontarían cada vez que un arriero subiera el recodo, lo labrado se cubriría de ramaje y de tierra, y la muralla crecería de noche, a palmos, como crecen las uñas de un muerto, sin que se viera crecer.
Vincencio se encargaría de los papeles y de las palabras: prepararía la peña pobre que se le enseñaría al norte cuando volviera, la historia de la fiebre, las trojes a medio llenar a la vista y las llenas escondidas, los pocos viejos lastimeros que darían la cara mientras los fuertes se hacían humo.
Y Auria se encargaría de la gente, que era lo más difícil, porque a una peña entera no se le manda fingir miseria de un día para otro sin que se le note: habría que ir diciéndoselo de casa en casa, a los de fiar primero, a los flojos lo justo, enseñando a seiscientas personas a bajar los ojos delante de un forastero y a no presumir nunca, ni en la feria ni en la borrachera, de lo que eran.
«Lo más caro de guardar no es el oro —dijo Auria, que de guardar secretos sabía por Sabina—, es la boca de la gente.
El oro se entierra una vez. La boca hay que enterrarla cada día. »
Quedaba lo otro, lo que ninguno de los tres había nombrado todavía, y lo nombró Auria, porque era la que menos miedo le tenía a las cosas dichas:
—¿Y la corona? Porque el viejo del adarve, el Bermudo, no le habló al del norte de la cantera.
—Los miró a los dos—. No os hagáis los tontos.
Yo curo a media peña y la gente habla en la cama y en la fiebre.
Lo del oro en lo alto del muro, la noche del asedio, lo vieron muchos.
Y lo que muchos vieron, ya no es secreto: es cuento.
Y los cuentos viajan. El del norte, si no lo sabe ya, lo sabrá.
Y volverá menos por nosotros que por eso.
—Lo de la corona —dijo Vincencio, y bajó la voz aunque estaban solos— no es nuestro de decidir esta noche.
La señora lo dejó atado: se guarda, se calla, se pasa, hasta que vuelva a haber un reino donde ponerla.
No somos quién para gastarla ni para enseñarla.
Lo que sí es nuestro es que no la encuentren.
Y mientras el cuento corra y el viejo viva, eso no está seguro.
Lo dejaron ahí, las tres cabezas juntas a la luz de un candil, sin resolverlo del todo, porque algunas cosas no se resuelven en una noche; pero salieron con un acuerdo, el primero de muchos: que Velagra, a partir de aquel día, volvería a hacerse la muerta, y que al arriero Bermudo había que vigilarlo como se vigila una gotera en una bóveda, sin alarma, pero sin perderla de vista, porque una gota no es nada y, con tiempo, se lleva por delante toda la obra.