La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 4
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Bermudo había aprendido, en una vida larga de arriero, que el mundo se divide entre los que poseen las cosas y los que poseen lo que se sabe de las cosas, y que de las dos riquezas la segunda es la más segura, porque no se la pueden quitar a uno sin matarlo, y a veces ni así.

Tenía sesenta y tantos años, no sabía cuántos exactamente, y de aquellos años llevaba más de treinta atado a aquella peña como un perro a una estaca que odia y no se atreve a roer del todo.

Había sido el hombre del conde Sisberto, sus ojos y sus oídos en Velagra cuando el conde maniobraba, en la sombra, para hacerse con lo que la peña escondía; y la noche en que todo se hundió, la del gran asedio, la noche en que su señor bajó al sótano de la torre a desenterrar la corona y no volvió a subir, Bermudo había hecho lo único que un hombre como él sabía hacer cuando el barco se va a pique: salvar el pellejo.

Huyó por la poterna, en lo más negro de la pelea, mientras los honrados morían arriba en la brecha, y vivió.

Vivió para ver, desde lejos, cómo a su señor lo enterraban sin nombre y cómo la peña que él había querido vender seguía en pie, y vivió, sobre todo, con una cosa dentro que no lo dejó dormir bien ni una noche de las que le quedaban: la imagen del oro en lo alto del muro.

Porque él lo había visto. Como lo vio media frontera aquella noche.

Había vuelto la cabeza, huyendo, y allá arriba, sobre la muralla, a la luz de los incendios, estaba la señora con un aro de oro y piedras en alto, gritando que aquello era la corona de los reyes.

Y Bermudo, que de todo aquel desastre no se llevó más que la vida, se llevó también, sin querer, la certeza de que la corona existía, de que era de verdad, y de que estaba en aquella peña; y aquella certeza fue, en los años flacos que vinieron después, lo único que le quedó por capital.

Casó a su hija con un colono de río abajo, con la dote de su mala fama por todo ajuar, y volvió a rondar Velagra de arriero, tolerado, ni de dentro ni de fuera, llevando grano y noticias y haciéndose el viejo inofensivo, esperando.

No sabía qué esperaba. Sabía que un hombre que guarda un secreto grande no tiene más que esperar a que pase por delante alguien con prisa por comprarlo.

Y por fin había pasado.

Lo había olido en cuanto vio bajar el pendón de la cruz: que aquel del norte no era un fugitivo más ni un mercader, sino un hombre del rey, con autoridad detrás, con un rey detrás.

Un rey. Bermudo llevaba treinta años vendiendo su pequeña mercancía de chismes a quien pagara una moneda, y de pronto se le presentaba, a la puerta de su vejez, el comprador con el que había soñado sin saberlo: alguien lo bastante grande para que la corona le importara de verdad, y lo bastante de fuera para no saber, todavía, dónde buscarla.

Esa era toda su ventaja, y Bermudo la conocía al céntimo: el del norte querría la corona en cuanto creyera en ella, pero no sabría dónde estaba.

Y el único en cien leguas que sabía que existía, y que con tiempo y maña podía llegar hasta ella, era un arriero viejo al que nadie miraba dos veces.

Por eso le había hablado en el adarve, de madrugada, sin pedir nada.

Lo había aprendido del conde, que era el hombre más paciente que Bermudo conoció nunca.

Se acordaba todavía, después de tantos años, de una lección del conde Sisberto que le valió para toda la vida.

Eran los tiempos en que Bermudo era joven y nuevo en el oficio, y había venido un día a su señor con un secreto caliente recién robado, todo orgulloso, soltándolo de golpe esperando la paga; y Sisberto, en vez de pagarle, lo había mirado con aquella frialdad suya de hielo y le había dicho: «Acabas de hacer pobre lo que traías rico.

Un secreto contado entero es un secreto gastado.

¿Para qué voy a necesitarte a ti mañana, si ya me lo has dicho todo hoy?

» Y le había enseñado, con la paciencia con que se enseña a un perro, que al pez no se le saca del agua de un tirón, que primero se le deja morder, y que el arte del que vive de saber está en vender siempre la gota siguiente, nunca el odre.

Aquella lección, que de joven le pareció una crueldad, Bermudo la había bendecido mil veces de viejo, porque era lo único de valor que le había quedado de su señor muerto.

Le había dejado al del norte la duda puesta, una sola gota.

Ahora tocaba esperar a que volviera, como volvería, con la duda hecha gusano, a buscar al viejo que sabía.

Lo que Bermudo no tenía decidido aún, lo que le daba vueltas mientras aparejaba sus mulas en el frío del alba para marcharse antes de que el día lo pusiera otra vez a la vista de todos, era otra cosa, una que había empezado a rondarle hacía años y que la llegada del norte había vuelto de pronto urgente.

La cara del señor. Aquella cara morena, aquellos ojos.

Bermudo había servido al conde Sisberto en los años en que el bereber Hilal batía la frontera, y había visto a Hilal de cerca más de una vez, en parlamentos y en treguas, y tenía buena memoria para las caras, que es la herramienta del oficio.

Y desde que el hijo de la señora se había hecho hombre, Bermudo no podía mirarlo sin que algo, muy en el fondo, le dijera dónde había visto antes aquel corte de cara.

No lo sabía. No tenía prueba. Pero un hombre que vive de saber lo que otros callan desarrolla un olfato para los secretos como el perro para el rastro, y el olfato de Bermudo, delante de Gundemaro, se erizaba entero.

Una corona y una cara, pensó, mientras tiraba del ramal y la primera mula se ponía en marcha hacia el camino del río. Dos secretos en una sola peña, y él vivo todavía, y un rey bajando del norte con prisa. No había rezado en su vida, Bermudo, pero aquella mañana, a su manera, dio gracias.