La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 3
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Gutier durmió mal en la cámara que le dieron, no por blanda, que no lo era, sino por lo que había debajo y alrededor de ella: piedra.

Piedra trabada, sillar sobre sillar, un techo de bóveda que le devolvía el eco de su propia respiración, y aquello, a un hombre criado en valles de madera y de barro, le pesaba encima como pesa lo que no se entiende.

En su tierra las casas eran de troncos y tapial, y se quemaban, y se rehacían, y nadie esperaba que duraran más que la vida del que las levantaba.

Aquella cámara, en cambio, estaba hecha para mil años, y Gutier, tendido en ella, sentía sobre el pecho todo aquel peso de futuro como una losa.

Porque no entendía aquella peña, y Gutier era de los que no descansan delante de lo que no entienden.

Era hombre de la marca, nacido en los confines del reino astur donde la tierra cristiana se deshilachaba hacia el sur, y había hecho su vida en la frontera, primero con la espada y luego con la palabra, al servicio de un rey que le parecía justo.

No era un cualquiera: tenía sus tierras, sus hombres, el respeto que da haber estado en sitios de los que otros no volvieron.

Y tenía, debajo de todo, una herida que lo explicaba entero, aunque no la contaba: una aceifa, años atrás, le había bajado a una hija a las cadenas de Córdoba, una niña de doce años de la que no volvió a saber nada, ni si vivía ni si era esclava ni si habían hecho de ella lo que se hacía con las cautivas; y desde aquel día Gutier servía la idea del rey, la de vaciar la frontera, no como una orden, sino como una venganza y una penitencia a la vez.

Si no quedaba nadie en la tierra de en medio, razonaba, no habría más niñas que bajaran a las cadenas.

Vaciar el Duero era, para él, cerrar la puerta por la que se le había ido su hija.

Por eso lo hacía sin dudar, seguro de hacer la obra de Dios y la del rey, que en aquella frontera le parecían la misma.

Había bajado al Duero tres veces en cuatro años, y siempre había encontrado lo mismo: gente acabada.

Aldeas de diez chozas, viejos que no se acordaban de cuándo habían visto un cura, mozos que se iban con el primero que les ofrecía pan, fuera cristiano o moro, mujeres con los ojos quietos de quien ya ha enterrado a más hijos de los que le quedan.

Esa gente no discutía cuando él bajaba a llevársela al norte.

Lloraba la tierra que dejaba, que es cosa que todo el mundo llora aunque la tierra no valga nada, recogía sus cuatro hierros y subía detrás de sus caballos con el alivio mal disimulado de quien lleva años esperando que alguien venga a decirle que ya puede dejar de aguantar.

Para esa gente, la orden del rey era una misericordia, y Gutier la cumplía como una misericordia, sin gusto pero sin duda.

Lo que no esperaba, lo que no estaba en ningún cálculo suyo, era una torre.

Una torre como las de las ruinas viejas, como las que los romanos dejaron por los caminos y que ya nadie sabe ni cómo se tuvieron en pie; pero nueva.

Sillería fresca, las juntas todavía claras, una muralla creciendo a un lado con andamios y hombres encima, una cantera abierta en la falda con sus rampas y sus trineos de arrastre, y dentro de los muros no diez viejos resignados, sino seiscientas almas, un herrero, un molino, huertos, un monje que sabía latín y un señor que le había dicho que no a la cara del rey con la tranquilidad del que tiene con qué respaldarlo.

Y luego estaba todo lo demás, lo que había visto al caer la tarde, paseando la explanada y los aledaños con la excusa de estirar las piernas y el ojo bien abierto de quien lleva la vida midiendo plazas.

Había visto cosas que no cuadraban con una aldea moribunda.

Había visto a un niño cruzar corriendo, gordo, sano, con los mofletes colorados de un crío bien comido, en una peña que decía no tener grano.

Había visto la fragua encendida a la hora en que las fraguas de los pobres están apagadas por no gastar carbón, y a dos herreros jóvenes y fuertes trabajando en ella, no un viejo tullido.

Había visto manos. Esa era la clave, y Gutier la conocía bien: en las aldeas acabadas no quedan manos jóvenes, se las ha llevado el hambre o el camino, y allí, por mucho que la gente bajara los ojos y arrastrara los pies cuando él pasaba, había manos jóvenes por todas partes, manos de cantero, de herrero, de labrador, manos que no se ven en un sitio que se muere.

Le habían enseñado una peña pobre. Pero la pobreza, como la riqueza, deja huellas, y las huellas que Gutier sabía leer no eran las de un sitio acabado, sino las de uno que apretaba el cinturón y escondía el pan.

Aquello no era una aldea condenada. Aquello era un sitio que estaba ganando, despacio, calladamente, la única guerra que de verdad se ganaba en la frontera, que no era la de las batallas sino la de durar; y Gutier, tendido en la oscuridad de piedra, le daba vueltas a una pregunta que le quitaba el sueño más que el frío.

¿De dónde salía? ¿De dónde sacaba una peña perdida en tierra de nadie el oro para pagar veinte años de cantería, el saber para tallar una bóveda, los brazos, el grano para mantenerlos mientras unos pocos, en vez de arar, picaban piedra?

Una obra así la pagaba un rey, o un obispo rico, o no la pagaba nadie.

Y allí no había rey ni obispo. Había una peña que decía no, y un señor de ojos negros con cara que no era de godo.

Antes del alba, cuando salió a orinar al adarve y a respirar un aire que no supiera a piedra, se le acercó una sombra.

Era un viejo, uno de los arrieros que andaban siempre por las puertas de la peña con sus mulas, flaco, encorvado, con esa manera de moverse de los que han pasado la vida llevando las noticias de unos a otros y cobrándose en ambas direcciones.

Se acercó como por casualidad, miró a un lado y a otro, y habló bajo, sin presentarse.

—Tierra rica, esta, ¿verdad, señor del norte? —dijo—. Más rica de lo que parece. Mucho más.

Gutier no contestó. Había aprendido que a los que se acercan así en la oscuridad se les saca más callando.

—Yo llevo aquí toda la vida —siguió el viejo, mirando la torre con una mezcla de codicia y de rencor que a Gutier no se le escapó—.

Sé cosas de esta peña que no sabe ni el señor.

O que sabe y calla, que viene a ser lo contrario de no saberlas.

—Se acercó un poco más, y bajó aún la voz—.

¿No os habéis preguntado de dónde sale todo esto?

¿Con qué se paga? Un hombre como vos, que viene de parte del rey, sabrá que las cosas grandes se levantan siempre sobre algo.

Y lo que hay debajo de esta, señor, lo que se enterró aquí el primer día y se sacó una sola noche y la vio media frontera arder en lo alto de ese muro...

eso vale más que toda la tierra que vuestro rey quiere vaciar. Mucho más.

Y se retiró, despacio, hacia las cuadras, sin pedir nada todavía, dejando la semilla puesta, como quien deja caer una piedra en un pozo solo para oír, por el tiempo que tarda en sonar, lo hondo que es.

Gutier se quedó solo en el adarve, con el frío de la madrugada calándole el sayo y el río abajo sonando en lo oscuro, y supo dos cosas con la certeza con que se saben las que van a complicarte la vida.

La primera, que aquella peña escondía algo, y que el viejo, fuera quien fuera y quisiera lo que quisiera, no mentía en eso.

La segunda, peor, que él ya no iba a poder bajar al norte e informar al rey de que en la frontera no había más que cuatro pastores que convencer; que tendría que volver, y volver con más gente, y no para llevarse a unos cuantos cristianos pobres a tierra segura, sino para averiguar qué se guardaba en una peña que decía no, y a quién pertenecía de verdad la cara del hombre que la mandaba.

La obra de salvar almas se le acababa de torcer, en una sola noche de piedra, en otra cosa mucho más vieja y mucho más sucia.

Y Gutier, que era hombre honrado a su manera dura, lo presintió antes de admitirlo, y rezó por la peña y por sí mismo, en la madrugada, sin saber aún que rezaba por dos bandos de la misma guerra.