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A Gundemaro le avisaron mientras dirimía un pleito de lindes entre dos colonos, y lo primero que pensó, cuando le dijeron que bajaban cristianos del norte, fue que por fin venía alguien a quien no tendría que mentir del todo.
Estaba en eso, en lo del pleito, cuando llegó el aviso.
Dos labriegos, Cidi y el viejo Frunimio, que se disputaban un majuelo de la vega desde antes de que Gundemaro fuera señor, parados delante de él con las gorras en la mano, cada uno con su verdad y su testigo, esperando que el señor de la peña sentenciara sobre tres varas de tierra como si fueran un reino.
Aquello era señorear, había aprendido Gundemaro: no las grandes decisiones de los cuentos, sino esto, partir un majuelo en dos sin que ninguno se fuera del todo agraviado, oír las mismas quejas de siempre, ser, día tras día, el sitio donde la peña dejaba sus pequeños rencores para no llevárselos a casa.
Iba a sentenciar, salomónico y harto, cuando entró el rapaz de la torre sin resuello con el recado de Froila, y los dos labriegos, que llevaban media vida peleando por su majuelo, se callaron de golpe, porque hasta ellos entendían que la palabra «norte» en boca de un mensajero sin aliento valía más que todas las lindes del mundo.
Era una idea torcida, la de que por fin venía alguien a quien no tendría que mentir del todo, y la apartó enseguida; pero le había nacido sola, y eso le dijo algo de sí mismo que prefirió no mirar de frente: lo cansado que estaba de mentir.
Tenía veintinueve años y llevaba siete siendo el señor de Velagra, desde que su madre lo siguió a Teudila a la falda de la peña un invierno después que el maestro, y en aquellos siete años había aprendido que señorear no era mandar, como creía de muchacho, sino guardar: guardar secretos, guardar el grano, guardar la cara seria delante de la gente cuando por dentro no la tenía.
Su madre lo había hecho treinta años, sola, sin que nadie le aliviara el peso una sola noche.
Él empezaba a entender lo que aquello le había costado a ella, y a quererla más, ahora que no estaba, de lo que había sabido quererla viva.
Dio las órdenes mientras subía a vestirse de señor, que era otra de las cosas que había aprendido, que a un forastero se le recibe con el sayo bueno aunque por dentro se tiemble.
Mandó que recibieran a los jinetes en la explanada de delante de la torre, no dentro de los muros, y que les dieran agua y cebada para las bestias pero no les abrieran las cuadras, que una cosa es la cortesía y otra enseñar la casa.
Mandó, sobre todo, que la peña siguiera con lo suyo, que nadie se asomara a mirar como se mira a un ejército, que las mujeres no recogieran a los niños con aspaviento, porque el miedo se huele, y un sitio que se ve asustado se ve, por eso mismo, valioso.
Y bajó él a esperar a los del norte a pie, sin armas a la vista, con Froila a un lado y, al otro, el monje Vincencio, que había heredado del viejo Honorato el archivo, las letras y el olfato para saber, antes que nadie, qué quería de verdad un hombre que llegaba hablando de otra cosa.
Lo habían acordado los tres sin apenas hablarlo, de tanto haberlo hecho ya: que recibiera el señor, que mirara el cantero las manos y las armas, y que oyera el monje las palabras de debajo de las palabras, porque cada uno veía una parte distinta de cualquier hombre, y juntos lo veían entero.
La columna subió el último recodo a media mañana, y la peña entera, aunque fingía no mirar, miraba.
Ochenta ojos en las puertas, detrás de los postigos, desde los andamios, siguieron a aquellos treinta jinetes que entraban en la explanada con un orden que en la frontera no se veía nunca, porque en la frontera todo el mundo va deprisa y con miedo, y aquellos hombres iban despacio y sin él.
El que mandaba la columna echó pie a tierra con la soltura del que ha cabalgado toda su vida y se acercó sin escolta, lo que Gundemaro le agradeció en silencio como se agradece un gesto entre hombres que saben lo que es el miedo.
Era de la edad que tendría su padre si viviera, recio, con la barba entrecana y unos ojos claros de los del norte, y traía la cara curtida de quien ha pasado más noches al raso que bajo techo.
No miró la torre con la boca abierta, como hacían los fugitivos que subían del sur y se encontraban de pronto con aquella mole donde esperaban una ermita; la miró despacio, de abajo arriba, con el ceño fruncido, como se mira una cuenta que no sale.
—Soy Gutier —dijo—. Vengo de parte del rey Alfonso, que Dios guarde, señor de los astures y de los godos del norte. ¿Quién manda en esta peña?
—Yo —dijo Gundemaro—. Esta peña se llama Velagra, y yo soy su señor. Sed bienvenido a ella, si venís en paz.
—Vengo en paz —dijo Gutier—, y vengo a salvaros.
Lo dijo sin sonreír, con la sencillez del que cree de verdad lo que dice, y aquella sencillez fue lo que hizo que a Gundemaro, por un momento, se le helara algo por dentro, porque había aprendido de su madre que los hombres que vienen a hacerte un mal del que tú no quieres saber nada lo llaman, casi siempre, salvación.
Lo que Gutier traía lo dijo allí mismo, de pie, sin pedir asiento, porque no era cosa de adornar.
El rey había resuelto vaciar la frontera.
La tierra entre los montes y el Duero, toda aquella franja batida que no era ni del moro ni del cristiano, iba a quedar desierta, despoblada, sin un alma ni un grano ni una res que el sarraceno pudiera aprovechar cuando subiera; y las gentes cristianas que aún malvivían en ella, dispersas, sin ley, a merced de la primera aceifa, serían bajadas al norte, a tierras seguras del reino, donde el rey les daría suelo que roturar y un muro tras el que dormir.
No era un saqueo. Era lo contrario de un saqueo: el rey no venía a quitarles nada, venía a llevárselos a ellos, a salvarlos de una tierra que ya estaba condenada.
—Recoged lo vuestro —terminó Gutier—. Las bestias, el grano, los aperos, los santos de la ermita si los tenéis.
En tres semanas paso de vuelta con el grueso de mi gente y os escolto al norte yo mismo.
Allí no os faltará tierra. Aquí no os va a quedar más que la muerte o la cadena, tarde o temprano, y el rey no quiere sobre su alma la sangre de cristianos que pudo salvar.
Hubo un silencio. Froila miraba al suelo.
Vincencio, las manos metidas en las mangas del hábito, no le quitaba ojo al de los astures.
Y Gundemaro, que en siete años había aprendido a no contestar nunca lo primero que le subía a la boca, dejó pasar el tiempo justo para que el otro entendiera que lo que iba a decir lo había pensado, y dijo:
—Os agradezco al rey su cuidado. Pero esta peña no se vacía.
Gutier ladeó la cabeza, como quien no ha oído bien.
—No me habéis entendido. No os pido que os quedéis o que os vayáis. Os digo lo que va a ser. La tierra se vacía. Es voluntad del rey.
—Y yo os digo —contestó Gundemaro, sin levantar la voz— que esta tierra no es la que el rey cree que es.
El rey piensa en aldeas de cuatro chozas que se cargan en una mula.
Mirad detrás de mí. Eso no se carga en una mula.
Eso son veinte años de cantería, de un saber que casi nadie tiene ya, sobre cisternas que aguantan un asedio de un año, y eso no lo levantamos para irnos al primero que baje del monte a decirnos que está condenado.
Esta peña ha resistido lo que ningún rey del norte ha venido nunca a ver. Resistirá también el quedarse.
Fue entonces cuando uno de los hombres de Gutier, un joven que se había acercado a oír, miró a Gundemaro de un modo que el señor conocía bien, porque lo había sentido encima toda la vida sin saber del todo por qué, y dijo, medio en voz baja, medio para que se oyera:
—Pues para ser señor de godos, mi señor, tenéis vos harta cara del sur.
Lo dijo sin malicia, casi con sorna de soldado, por decir algo, y se rió un poco, y nadie le rió la gracia.
Gundemaro sostuvo la mirada del muchacho un instante de más, con aquella quietud suya que la gente de la peña tomaba por aplomo de señor y que era, en realidad, lo que hacía cuando algo le tocaba un sitio que no sabía nombrar.
La piel se le había aclarado con los años, como Sabina había dicho que pasaría; pero los ojos seguían negros y quietos, y los pómulos marcados, y había en el corte de su cara un aire que de niño hacía dar un vuelco a su madre y que ahora, de hombre, hacía que un soldado del norte soltara una broma sin saber que estaba poniendo el dedo, a ciegas, sobre el secreto mejor guardado de Velagra.
—De alguna abuela morena me vendrá —dijo Gundemaro, con la misma frase con que su madre había contestado, veinte años atrás, a un arriero que dijo lo mismo, sin que él supiera que repetía las palabras de ella—.
En la frontera se mezcla todo. —Y se volvió a Gutier, cerrando el asunto—.
Tenéis tres semanas, decís. Bien. En tres semanas tendréis mi respuesta cumplida.
Esta noche sois mi huésped. Mañana os vais con las bestias descansadas.
Y pensad, de camino, que no todo lo que el rey da por muerto lo está.
Cenó con Gutier aquella noche, en la sala de la torre, una cena medida en que cada uno enseñó al otro lo justo: el del norte, la fuerza tranquila de quien tiene un rey detrás; el señor, la cortesía dura de quien tiene una piedra debajo.
Hablaron de cosechas y de caminos, no de lo que importaba, como hacen los hombres que ya se han dicho lo importante y saben que no van a moverse de ahí.
Y cuando Gutier se retiró a la cámara de huéspedes y la torre quedó en silencio, Gundemaro no se acostó.
No le quitaba el sueño el rey, ni la orden de vaciar la tierra, que ya sabía él cómo iba a torearla, dándole largas, haciéndose el pobre, desapareciendo del mapa como su madre le enseñó.
Le quitaba el sueño una frase de soldado.
«Tenéis vos harta cara del sur.» La había oído mil veces, dicha de mil maneras, desde niño: la sorna de los arrieros, el reparo de las viejas, el modo en que algún forastero se le quedaba mirando un instante de más cuando volvía la cabeza.
Y siempre la había dejado pasar, como se deja pasar una gotera que uno no quiere ver, contestando lo de la abuela morena, la frase que, sin saberlo, había heredado de su madre como se hereda una mentira útil.
Pero aquella noche no le pasó. Aquella noche se quedó, despierto, mirando el techo de bóveda que Froila había cerrado años atrás, dándole vueltas a la pregunta que llevaba haciéndose callada toda la vida y que nunca se había atrevido a decir en voz alta, ni a sí mismo: de quién era aquella cara que llevaba puesta.
Por qué él, hijo de una noble goda, de la sangre más limpia de Velagra, tenía los ojos negros y los pómulos de los del otro lado del río.
Por qué su madre, que se lo contó todo antes de morir, las penas, los miedos, hasta el secreto de la corona, se había callado aquello, solo aquello, apretándolo en el pecho hasta el último aliento como se aprieta lo que más duele.
Y por qué él, que era valiente para casi todo, no había tenido nunca el valor de preguntárselo a nadie.
Tendría, presintió aquella noche sin saber aún cuánta razón tenía, que llegar un extraño del norte a echárselo a la cara delante de todos para que él se atreviera, por fin, a querer saber.