La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2) 1
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La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2)

La piedra escondida (La Piedra y la Corona 2)

Por JG Martin

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Lo primero que aprendió Froila al hacerse maestro fue que la piedra no perdona la prisa, y que un hombre que manda en una obra manda, sobre todo, en su propia impaciencia.

Estaba aquella mañana en lo alto del andamio del lienzo norte, donde la muralla nueva todavía no llegaba a la altura de un hombre montado, recorriendo con la palma abierta la última hilada sentada el día anterior, sintiendo por el tacto lo que el ojo no siempre dice.

Hacía frío todavía, un frío de marzo que se metía en las manos, y la luz rasante del amanecer alargaba las sombras de los sillares y engañaba al que mirase; por eso Froila no miraba: tocaba.

Iba palmo a palmo, despacio, notando la junta, el canto, el asiento, hasta que la mano se le paró sola sobre uno de los bloques, sin que él supiera todavía por qué, igual que se para el pie en un peldaño que va a ceder antes de que la cabeza lo entienda.

Se agachó. Golpeó el sillar con los nudillos, una vez, dos, y oyó lo que temía: un sonido sordo, un punto más hueco que el de los de al lado, el sonido de la piedra que no ha asentado y que tiene, debajo, una cama mal hecha, un espacio de aire donde tendría que haber mortero.

—Esta hay que sacarla —dijo, sin volverse.

A su espalda, en el tablado, el oficial que había dirigido la cuadrilla del día anterior, un hombre ya hecho que se llamaba Teudisclo, soltó por lo bajo un reniego de los suyos.

—Maestro, esa la asentamos ayer tres hombres y a mano. Pesa lo que un buey. Sacarla es perder el día.

—Perder el día es asentarla mal —contestó Froila, y lo dijo sin dureza, porque sabía que el otro tenía razón en lo del buey y ninguna en lo demás—.

Un sillar que suena hueco hoy es una grieta dentro de diez años y un boquete dentro de cien, y el que la pague no habrá nacido todavía, y nos maldecirá a los dos sin saber nuestros nombres.

Sácala. Y rehaz la cama entera, que no se diga que en este muro hubo prisa.

—Se incorporó, le puso al oficial una mano en el hombro para quitarle el reproche de encima—.

Lo de ayer no fue culpa de nadie. La piedra engaña.

Por eso se toca al día siguiente, con la mano fría. Anda.

Tenía treinta y dos años Froila aquella mañana, y las manos de un cantero de cuarenta, agrietadas en los nudillos, con esa dureza córnea en las yemas que ya no notaba el frío de la piedra al amanecer.

Lo del tocar antes de mirar lo había heredado de Teudila, muerto hacía siete inviernos, junto con todo lo demás que era suyo.

«El ojo se engaña con la luz», le había dicho el viejo mil veces, de niño, dándole con el mango del puntero en los dedos cuando se fiaba de lo que veía, «la mano no.

» Lo había enterrado él mismo, a Teudila, con sus dos maestros y con Ardón, en la falda de la peña, y había grabado en una esquina de la lápida, donde casi no se veía, la seña de la cadena, la marca que decía «uno de los nuestros» para quien supiera leerla dentro de mil años.

No había día desde entonces en que no oyera la voz del viejo dentro de alguna decisión, y aquella mañana, viendo a tres hombres ponerse a desmontar a regañadientes una piedra de un buey por un palmo de aire mal relleno, la oyó otra vez, conforme, y le pareció que el muerto sonreía dentro de él con aquella sonrisa avara que tenía para las pocas cosas bien hechas.

Mientras los hombres se afanaban con la piedra mala, Froila se enderezó, se sopló las manos y miró, como hacía cada mañana antes de dar la primera orden del día, la peña entera bajo sus pies; y la peña, desde lo alto, era otra de la que él había conocido de niño.

Donde de crío corría entre montones de ripio y ocas espantadas, ahora se alzaba la torre del homenaje, acabada hasta su último cuerpo, la obra de la vida de Teudila, cuadrada y oscura contra el cielo de marzo, con sus sillares trabados como dientes apretados.

Bajo la torre se apretaba el caserío, los tejados pardos unos contra otros como ovejas en el frío, el humo de las primeras lumbres subiendo recto en el aire quieto.

La peña despertaba como despierta un pueblo que vive de su trabajo: se oía, llegando hasta el andamio amortiguada por la altura, la campana corta del monasterio llamando a prima, y por debajo, más cerca de la tierra, el repicar de Endura y su hermano en la fragua, que era el reloj de verdad de Velagra, el sonido al que se levantaba y se acostaba la peña desde hacía veinte años.

Una recua de mujeres subía agua del manantial de arriba con los cántaros a la cadera; un zagal sacaba un hatajo de cabras hacia los pastos de la falda, dándoles voces; en la era, dos hombres trillaban a destiempo lo poco que había dado el último año.

Más abajo, hacia el agua, en la curva que el río hacía abrazando la peña, verdeaban los huertos y la vega, los bancales que Munio el viejo había peleado palmo a palmo al monte y que ahora trabajaban sus hijos, y que daban de comer, con apuros, a cerca de seiscientas almas.

Seiscientas. Cuando Froila nació no llegaban a cien.

Habían levantado un mundo. Lo más raro, lo que a Froila le costaba más entender de todo lo que Velagra había hecho, era que lo hubieran levantado sin que el mundo se enterara: que existiera una ciudadela como aquella, la mayor obra de piedra de la frontera desde que los romanos se fueron, y que en Toledo, en Córdoba, en las cortes lejanas donde unos hombres que nunca pisarían la peña decidían los destinos de todos, nadie supiera que estaba ahí.

Vivían de eso. Vivían de no figurar en el cálculo de nadie, de ser una mancha que ningún rey ni ningún valí se molestaba en mirar, porque tomarla costaba más de lo que rendía y conquistar una pobreza no da gloria.

Era una riqueza extraña, la de no tener nada que se viera; y Froila, que de oficio sabía lo que cuesta levantar y lo fácil que es derribar, había aprendido sin que nadie se lo dijera con palabras que aquella ignorancia ajena era un tesoro tan frágil como la corona que dormía bajo la torre, y que se gastaba, como ella, con solo nombrarlo.

—Maestro.

Era Endura, el hijo segundo de Quirico el herrero, que subía por el andamio con la torpeza de quien no se ha criado en las alturas.

La fragua la llevaba ahora él y su hermano, desde que el viejo Quirico bajó a la falda con los demás; y de su padre había heredado el genio corto y la costumbre de no subir a buscar al maestro si no era por algo.

—Los de la atalaya del recodo —dijo, y se paró a tomar aire—. Hacen señas. Polvo en el camino del río.

Froila no se alarmó al principio. Polvo en el camino del río era el pan de cada estación en la frontera: una recua de arrieros, una partida de pastores trashumantes, y, una vez cada pocos años, lo que nadie quería nombrar en voz alta hasta estar seguro, una aceifa que subía del sur a hacer su cosecha de cautivos y ganado.

Para eso estaban las atalayas, para eso se había tallado la red de cisternas en la roca, para eso seguía él levantando muralla a la edad en que su padre adoptivo ya pensaba en morirse: para que el día que el polvo fuera de los del sur, Velagra tuviera dónde meter a su gente y muro tras el que escupirles.

—¿Cuántos? —preguntó, ya bajando.

—No lo sé. Dicen que pocos. Pero, maestro... —Endura dudó, y aquella duda fue lo primero que le puso a Froila un dedo de frío en la espalda—. Dicen que vienen del norte. Bajando. No subiendo.

Froila se detuvo en el penúltimo travesaño.

Llevaba toda su vida vigilando el sur. El horizonte de donde venían las aceifas era el del mediodía, el de las tierras del moro, el del calor; allí miraban las atalayas, hacia allí se habían orientado los muros más altos.

El norte era la espalda de Velagra, la tierra de los montes y de los reinos cristianos de los que ya casi nadie se acordaba, una vaga promesa de gentes como ellos que vivían demasiado lejos para significar nada.

Por el norte no venía el peligro. Por el norte no venía nada.

Y sin embargo allí estaba el polvo, dijo Endura, y no era polvo de fugitivos ni de salteadores.

Froila lo conocía leer, que un hombre que vigila una frontera veinte años aprende a leer una nube de polvo como un marino lee el mar: por la forma, por la prisa, por lo que levanta.

Aquello no se desparramaba como una huida ni se pegaba al monte como una partida que no quiere ser vista; subía en una columna estrecha y pareja por el camino del río, al paso firme de quien sabe adónde va y no le importa que lo vean venir.

Eso era lo que no encajaba. Lo que tiene miedo se esconde, y lo que viene a hacer daño se esconde más; solo viene a cara descubierta el que se cree con derecho.

Froila bajó del andamio más deprisa de lo que sus rodillas ya le aconsejaban, cruzó la obra a zancadas dando órdenes al pasar, que avisaran a la cadena, que llamaran al señor, que no tocaran a rebato todavía, que no cundiera el miedo por una sombra; y subió a la torre por la escalera de caracol que él mismo había trazado años atrás contra la pared, peldaño a peldaño, en aquella curva apretada en que dos no se cruzan, pensada así a propósito para que un solo hombre con un cuchillo pudiera defenderla contra muchos.

Subió los ciento y pico escalones de dos en dos, con el corazón golpeándole no solo por la cuesta, y salió a la cámara alta, la que coronaba la obra de Teudila, sin resuello, y se asomó al vano que miraba al norte, al río, al camino. Y lo vio con sus propios ojos.

Eran unos treinta jinetes. Treinta, en la frontera, no eran una aceifa, que bajaba a centenares, ni unos arrieros, que iban a pie con sus mulas; eran demasiados para ser mercaderes y muy pocos para ser un ejército, y aquel número intermedio, aquel número que no encajaba en ninguna de las casillas en que Froila tenía ordenado el mundo, fue lo que le hizo llamar a voces a un rapaz y mandarle correr a avisar al señor.

Venían despacio, sin prisa y sin recelo, y sobre la cabeza del que iba delante el viento de la mañana desplegaba, de cuando en cuando, un pendón.

Froila aguzó la vista, hizo pantalla con la mano contra la claridad del agua, y cuando el trapo volvió a abrirse lo vio claro, y se le quedó la mano en el aire.

No era media luna. Era una cruz.

Cristianos. Treinta jinetes cristianos, armados, bajando por el norte hacia una peña que en ningún mapa del mundo cristiano figuraba, hacia gente que llevaba dos generaciones haciéndose la muerta para que el mundo la dejara en paz.

Froila se quedó mirando aquel pendón con una sensación que no supo nombrar entonces y que tardaría meses en entender del todo: que la ignorancia que los había guardado vivos veinte años acababa de terminarse, y que terminaba, además, por donde nunca habían pensado en mirar.