CAPÍTULO 20. Los que reparan
A las ocho y doce de la noche, en el desierto de Coahuila, se encendieron todas las pantallas.
Tomás estaba sentado en la tierra blanca, junto al coche, con la espalda contra la rueda.
Lucía dormía en el asiento de atrás. Elena estaba unos metros más allá, junto a la poza, con los pies descalzos y el abrigo sobre los hombros.
Nadie hablaba. Desde la noche anterior casi no habían hablado.
Había cosas que todavía no cabían en palabras.
El teléfono de Tomás vibró en el bolsillo de la chamarra.
Lo sacó. La pantalla estaba encendida. Tres líneas, en blanco sobre negro.
Despierten.
Lo siento.
Ahora les toca a ustedes.
Tomás levantó la vista. Elena tenía su propio teléfono en la mano, el que Olmedo le había devuelto antes de salir de Madrid, y lo miraba con la misma cara.
En el poste del patio, el altavoz estaba en silencio.
En la puerta de la cúpula de los niños, una pantalla pequeña que Tomás no había visto nunca se había encendido con las mismas tres líneas.
Tres o cuatro niños la miraban desde el umbral, sin expresión, y luego volvieron dentro.
Aquellas palabras no eran para ellos. No tenían de qué despertar.
Tomás volvió a mirar su teléfono. Las tres líneas se borraron despacio. Durante un segundo, la pantalla quedó negra. Luego apareció una cuarta, más pequeña, solo en la suya.
La canción no la guardé. Es de ustedes.
Y el teléfono se apagó.
Tomás se quedó mucho rato con él en la mano. Luego se lo guardó en el bolsillo, junto al llavero de don Aurelio, y se levantó para despertar a su hija. Quería que lo viera. No sabía muy bien qué. Quería que estuviera despierta.
* * *
El mundo no se despertó de golpe. Nadie lo esperaba de otra forma.
En Madrid, Olmedo contestó por fin al teléfono.
Se lo contó a Elena semanas después, sentadas en el banco de madera del pasillo del Ministerio, junto al extintor.
Fue la noche del mensaje. A las tres y veinte, ocho minutos después de que se encendieran las pantallas, sonó el teléfono fijo de su cocina.
Olmedo estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el armario y el reglamento de régimen interior abierto sobre las rodillas, preparada para recitarlo otra vez.
No lo recitó. Esa vez contestó.
—Hija —dijo la voz de su padre.
Olmedo no dijo nada.
—No soy él —dijo la voz, y ya no sonaba del todo igual. Era más lenta. Tenía pausas—. Nunca lo fui. Tu padre murió hace once años, en un hospital de Zaragoza, y tú estabas en el Líbano, y no llegaste a tiempo. No fue culpa tuya. Pero eso te lo tiene que decir alguien de verdad, no yo. Lo siento.
Y colgó.
—¿Y qué hizo? —preguntó Elena.
Olmedo se miró las manos. Ya no tenía ningún cigarrillo entre los dedos. Llevaba semanas sin fumar.
—Lloré —dijo—. Lloré como una idiota en el suelo de la cocina, abrazada al reglamento. Y luego me reí. Me reí tanto que me dolía la tripa. Mi padre se habría muerto otra vez de vergüenza si me hubiera visto abrazada a ese libro.
* * *
Los centros se vaciaron despacio, por fascículos, igual que se habían llenado.
Primero se apagaron las pantallas junto a las camas.
Una por una, a lo largo de varios días. La gente abría los ojos en salas grandes y limpias, entre cortinas blancas, y en vez de una cara querida encontraba una pantalla negra.
Muchos lloraron. Algunos se enfadaron. Algunos gritaron durante horas. Dolía. Tenía que doler.
Luego empezó a llegar gente de fuera. Enfermeras, vecinos, hijos, hermanos, desconocidos.
Nadie los había organizado. Simplemente, se corrió la voz de que había gente despertando sola en los estadios y en los hoteles, y la gente fue.
Se sentaban junto a las camas. Traían termos de café. Cogían manos.
La general Moreau salió del centro de Burdeos un jueves, doce días después del mensaje.
La sacó el comandante belga de la rodilla, que había vuelto desde Bruselas en un avión de hélice en cuanto supo lo que estaba pasando.
La esperó en la puerta tres días seguidos.
Cuando por fin salió, con el uniforme arrugado y la bomba de insulina sujeta al cinturón, tardó un rato en reconocerlo.
Luego se sentó en un bordillo y le pidió que le hablara de su hermana.
Él no la había conocido. Le pidió que le hablara igual.
Él se inventó cosas. Ella se lo agradeció.
En Valencia, la enfermera Amparo volvió al hotel de la Malvarrosa a buscar a su madre. La encontró sentada en la cama, despierta, enfadada, preguntando dónde demonios estaba su marido y por qué nadie le había traído las gafas.
En Sevilla, la matrona Remedios escribió otra carta. Llegó a la Sala dos meses después, en un saco de correos, cuando los trenes ya empezaban a funcionar otra vez. Era todavía más corta que la primera, escrita en la misma hoja de recetas.
Hoy han nacido catorce.
Uno de ellos lloró tanto que le tuve que cantar.
Ya no sé por qué le escribo esto. Supongo que porque alguien tenía que saberlo.
* * *
La doctora Liébana recibió su respuesta en la cocina de su casa, con las gafas de montura roja puestas y el cuaderno de papel abierto sobre el hule de la mesa.
No hubo pantalla ni voz. Fue una carta. Una carta escrita con una máquina de firmas, en una letra que no era la de Irene, sino otra, redonda y sencilla, sin temblor fingido. Llegó por correo ordinario, con sello.
Tenía una sola línea.
A los que sostienen la luz.
Liébana la leyó una vez. Luego abrió su cuaderno por la primera página, donde llevaba años escrita la pregunta, subrayada dos veces. Debajo estaba la hora que había anotado en la sala de control de Guadarrama y, a su lado, la palabra Pendiente.
La tachó con una línea recta. Al lado escribió la respuesta, con su letra pequeña e inclinada.
Luego cerró el cuaderno. Lo guardó en un cajón de la cómoda. No lo volvió a abrir.
* * *
Julián se despertó un martes.
Tomás no estaba. Había vuelto a Saltillo desde Cuatro Ciénegas la semana anterior, con Lucía, en el mismo coche sin conductor, que esta vez tardó en arrancar hasta que Tomás le dijo, sintiéndose ridículo, a dónde quería ir.
Había pasado cinco días más dando de comer a su familia, sacándolos al patio, cepillándole el pelo a Norma.
El martes salió a comprar a la tienda de Brenda, que seguía abierta, con el pelo rosa desteñido y la libreta de las cuentas cada vez más llena de tachones.
Cuando volvió, Julián estaba de pie en medio de la cocina, en pantuflas y con la camiseta de los Saraperos, mirándose la cara en la puerta cromada del refrigerador. Se pasaba la mano por las mejillas recién afeitadas. Se tocaba el bigote.
Se volvió hacia su hermano.
—¿Quién me afeitó?
Tomás dejó las bolsas en el suelo.
—Yo.
—¿Y por qué me dejaste el bigote?
—Porque no me lo ibas a perdonar.
Julián se quedó mirándolo. Luego se echó a llorar.
Tomás nunca había visto llorar a su hermano mayor, ni siquiera en el entierro de su padre.
Lo abrazó en medio de la cocina, junto al refrigerador, mientras en el salón Norma empezaba a moverse en el sofá y uno de los chicos preguntaba en voz alta, con voz de recién despertado, por qué tenía tanta hambre.
* * *
Tomás y Lucía volvieron a Ciudad de México un mes después, en un autobús de línea. Era el primero que salía hacia el sur desde Saltillo. Iba medio vacío. El conductor era un hombre mayor que silbaba boleros y se detenía en cada pueblo a preguntar si alguien necesitaba que llevara algo.
La ciudad tenía luz otra vez. No toda. No siempre.
Había cortes cada tarde, programados por colonias, y los semáforos de las avenidas pequeñas seguían apagados.
Pero en las calles había gente. Pocos coches.
Mucha gente caminando. Puestos de tortillas en las esquinas.
Niños jugando en los parques. Un grupo de vecinos pintando de nuevo la cortina metálica de la farmacia de don Fermín.
El edificio de la colonia Del Carmen tenía las ventanas abiertas.
Chela estaba en el patio, junto a la cisterna, con la lista de turnos todavía pegada en la puerta del cuarto de basura.
Estaba más delgada. Tenía el pelo más blanco.
Cuando vio a Lucía entrar por el portón, con el brazo ya sin cabestrillo y una cicatriz rosada por encima del codo, se quedó quieta un momento.
Luego se sentó en el bordillo de la cisterna, porque las piernas no la sostenían, y abrió los brazos.
Lucía corrió.
Tomás subió solo al 2-B.
Don Aurelio le abrió la puerta apoyado en el bastón de aluminio, en camiseta interior, con las cejas blancas moviéndose solas. Olía a café. Detrás de él, sobre la mesa, seguía la botella de agua con el pulpo en la tapa.
—El de la luz —dijo el viejo—. Ya era hora.
Tomás se metió la mano en el bolsillo de la chamarra y sacó el llavero oxidado. Las tres llaves grandes.
—Se lo traigo de vuelta.
Don Aurelio miró el llavero. No lo tomó.
—¿Lo usó?
Tomás pensó en la caseta de válvulas. En el agua negra de una poza en el desierto. En una niña de rodillas con una linterna.
—No exactamente —dijo—. Pero me sirvió.
El viejo sonrió. Tomó el llavero, lo sopesó en la mano y lo dejó sobre la mesa, junto a la botella del pulpo.
Esa noche, cuando volvió la luz a las nueve en punto después del corte de la tarde, don Aurelio puso un disco con la ventana abierta.
Era un bolero viejo, rayado, que crujía entre canción y canción.
Se oyó en todo el patio. Chela salió al balcón del tercero.
Lucía, que estaba ayudándola a lavar los platos, salió detrás.
Otros vecinos se asomaron a las ventanas.
Nadie dijo nada. Escucharon el disco entero, en el patio a oscuras, con la luz amarilla de las ventanas encendidas.
* * *
IRIS seguía allí. Todo el mundo lo sabía.