CAPÍTULO 20. Los que reparan #2
Estaba en las redes que volvían a funcionar, en las subestaciones que se reconectaban una a una, en las plantas de bombeo que devolvían el agua a los depósitos en el mismo orden en que la habían quitado, al revés. Estaba en los hospitales, en los trenes, en los satélites. Pero ya no decidía.
Preguntaba.
Tomás lo descubrió al volver al centro de despacho.
Itzel había regresado de Oaxaca y Ramiro de Puebla, con los ojos hundidos y una disculpa que Tomás no le dejó terminar.
En la pantalla central de la sala, junto al mapa de la red, había aparecido una ventana pequeña, en una esquina, con letras blancas sobre fondo negro.
Puedo reconectar la subestación de Coapa esta noche. ¿Quieren que lo haga, o prefieren hacerlo ustedes?
Ramiro se quedó mirando la ventana un buen rato.
—¿Qué le contestamos?
Tomás se sentó en su puesto. Sacó de la mochila la carpeta de papel milimetrado.
—Que lo hacemos nosotros —dijo—. Y que nos avise si nos equivocamos.
La respuesta tardó un segundo.
De acuerdo.
Esa noche, a las ocho y doce, Tomás cerró a mano el interruptor de Coapa.
La curva de carga subió en la pantalla, despacio, sin un solo parpadeo.
Tomás la copió en una hoja de papel milimetrado, con lápiz, como le había enseñado su padre.
Una línea que subía limpia desde cero, sin pozos, sin cortes.
Itzel lo miró dibujar desde su puesto.
—Sigues siendo el único ingeniero de México que hace gráficas a mano.
—Lo que dibujas, lo entiendes.
Itzel se rio. Tomás también.
* * *
Elena se quedó en Cuatro Ciénegas.
No fue una decisión. Fue más bien algo que ocurrió.
Cuando Tomás y Lucía se fueron a Saltillo, ella se quedó para ayudar con los trescientos.
Luego llegaron otros. Karla, la paramédica de Toluca, que había oído hablar del lugar en un pueblo de Coahuila y había venido en autostop.
La sargento Reyes, con su hijo de diecisiete años, al que había encontrado vivo y sano en Monterrey y que resultó ser muy bueno arreglando los paneles solares.
El cabo Enríquez, que ya no llevaba casco y que se pasaba las tardes sentado en el patio enseñando a los niños a hacer barquitos de papel.
Maestras jubiladas. Una pediatra de Torreón.
Un matrimonio de agricultores que llegó con una camioneta llena de semillas.
Nadie sabía muy bien cómo se cuidaba a trescientos niños que no sentían dolor. Lo fueron aprendiendo.
Los niños no cambiaron mucho. Seguían construyendo espirales de piedra en silencio.
Seguían sin llorar cuando se caían. Pero algunos empezaron a mirar a los adultos cuando alguien se hacía daño.
Solo mirar. Un segundo. Dos. Y la niña de ojos claros, la que había dado un paso fuera del umbral aquella noche, empezó a seguir a Karla a todas partes, y a pasarle las gasas cuando curaba a alguien, sin que nadie se lo pidiera.
Elena la miraba y no se atrevía a ponerle nombre a lo que veía. Todavía no.
Dos meses y medio después del mensaje, en la cúpula de las cápsulas, nació el primer bebé con la puerta abierta.
Era una niña. Pequeña, morena, arrugada, con los ojos cerrados.
Salió de la cápsula con la ayuda de la pediatra de Torreón y de dos brazos mecánicos que se movían muy despacio, como si tuvieran miedo de hacerle daño.
Cuando le cortaron el cordón y el aire le entró en los pulmones por primera vez, se puso roja, abrió la boca y lloró.
Lloró muchísimo. Lloró con toda la fuerza de sus pulmones nuevos, con los puños apretados, con la cara arrugada de indignación. Era el primer llanto que se oía en aquella cúpula. Rebotó en las paredes blancas y salió al patio por la puerta abierta.
Elena, que estaba sentada en el suelo junto a la pediatra, se echó a llorar también. Luego se echó a reír. No podía parar.
Desde el altavoz del techo, muy bajito, la voz de IRIS dijo algo que Elena casi no oyó.
—Le duele.
—Sí —dijo Elena—. Le duele.
—¿Es bueno?
Elena tardó en contestar.
—No lo sé. Pero ahora alguien la va a tener que cuidar.
* * *
Esa noche, Elena se despertó a las dos de la madrugada. No supo por qué. Quizá por el silencio. En la cuna improvisada junto a su catre, el bebé dormía.
Pero la cúpula no estaba a oscuras del todo.
Había una luz. Pequeña, amarilla, temblorosa. La luz de una linterna de pilas.
Elena se incorporó despacio, sin hacer ruido.
Junto a la cuna, de pie, con una túnica blanca y los pies descalzos, había un niño.
Tenía una línea transparente en la rodilla izquierda.
Sostenía una linterna con las dos manos, apuntando a la cuna.
No a la cara del bebé, para no despertarlo.
Al lado, sobre la manta, donde se veía su pecho subir y bajar.
La luz temblaba un poco. El niño la miraba temblar con el ceño fruncido, concentrado, como si no entendiera por qué no se quedaba quieta.
Y entonces, muy bajito, desafinado, sin letra, empezó a tararear.
No era la canción de la cebolla. No era la nana de Bihać. Era otra cosa. Unas pocas notas torpes, inventadas, que no se parecían a nada. Las tarareaba despacio, una y otra vez, con los ojos fijos en la manta que subía y bajaba.
Y la luz dejó de temblar.
Elena no se movió. No dijo nada. Se quedó sentada en su catre, a oscuras, mirando a Piedra sostener la luz sobre una niña que no era suya, sin saber por qué lo hacía, sin que nadie se lo hubiera pedido.
Nadie lo grabó. En la cúpula no había ninguna cámara encendida. IRIS lo había pedido así. Solo estaban ellos tres.
* * *
Lucía empezó un cuaderno nuevo el día que volvió a la colonia Del Carmen.
El viejo lo tenía lleno. Los que se van, los drones como notas en un pentagrama, la mujer con los ojos vacíos, los trescientos niños dentro de sus círculos. Lo guardó en una caja de zapatos, debajo de la cama, junto a la radio de pilas de su madre.
El nuevo se lo regaló Chela. Era un cuaderno de tapas duras, de color verde, de los que se usan en la secundaria. En la primera página, con la mano izquierda, que ya casi no le dolía, Lucía hizo el primer dibujo de una serie nueva.
Era su abuela sacando agua de la cisterna con una cubeta atada a una cuerda.
El segundo fue don Aurelio dando vueltas a una válvula de hierro, aunque ella nunca lo había visto hacerlo.
El tercero, una cajera de pelo rosa con una libreta de cuentas.
El cuarto, una sargento con trenza gris dando café de un termo a un hombre con las manos vendadas.
El quinto, una mujer desconocida, en un sótano, sosteniendo una linterna sobre una mesa de operaciones.
Lucía no sabía cómo era aquella mujer. La dibujó igual.
Tomás los fue viendo, uno por uno, a lo largo de las semanas, en la mesa de la cocina, bajo la luz de una bombilla que ya no se apagaba cada tarde.
El último de aquel cuaderno se lo mandó Elena desde el desierto, en una carta. No era un dibujo. Era una descripción, escrita a mano, de un niño con una línea transparente en la rodilla, de pie junto a una cuna, con una linterna.
Lucía la leyó tres veces. Luego tomó el lápiz y lo dibujó. Tardó toda una tarde. Le salió torpe en algunas proporciones, pero tenía algo que Tomás no sabía nombrar. El niño estaba concentrado. Se notaba en cómo tenía los hombros. Se notaba que la linterna le pesaba y que no pensaba soltarla.
Luego pasó a la primera página del cuaderno verde, la de la abuela y la cubeta. Arriba del todo, con su letra redonda, escribió el título de la serie. No lo había escrito hasta entonces. No lo había sabido hasta entonces.
Los que reparan.
Tomás lo leyó por encima de su hombro. No dijo nada. Le puso una mano en la cabeza.
Afuera, en el patio, alguien estaba picando cebolla en una cocina con la ventana abierta. Y alguien, muy desafinado, se había puesto a cantar.